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MOROZ

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Summary

Desde que el Mesías caminó entre los mortales y, según las leyendas, despertó la magia en el mundo, nada volvió a ser igual. Durante cuatrocientos años, la nación de Rhiskamov ha soportado el odio del resto de los reinos. Discriminados, perseguidos y masacrados por portar un don tan temido como poderoso: extrañas capacidades que arden en la sangre de más de dos millones de almas… y que se revelan en los ojos verdes de cada uno de ellos. En la gélida y salvaje frontera que separa Rhiskamov del Imperio de Rostova, donde el viento aúlla como un lamento eterno y la muerte acecha en cada tormenta, un joven llamado William Sadwood jura su vida a la Guardia Primordial: la antigua y olvidada orden que custodia ese cruel confín del mundo. No lo hace por honor. Lo hace por venganza. Aquellos que le arrebataron todo aún caminan libres… y William está dispuesto a cruzar el abismo para arrancarles el alma. ¿Logrará el muchacho de ojos verdes cobrar la deuda de sangre que le deben? ¿O será él quien sucumba ante la destrucción que se cierne sobre el mundo, una destrucción que ni siquiera el Mesías pudo prever?

Genre
Fantasy
Author
StAticZ
Status
19h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

HIELO Y SANGRE

La noche resultaba gélida. William, más conocido por sus camaradas como Will, se hallaba en la cima de la torre de la Luna. Se encontraba vigilando tanto el cuartel de la guardia como sus exteriores. Las brillantes estrellas iluminaban tenuemente el firmamento mientras el joven muchacho cumplía su labor.

«Llevo ya casi un año aquí —se dijo a sí mismo el muchacho—. Sin embargo, el comandante aún me tiene vigilando desde esta maldita torre...».

Y era cierto, pese a llevar una buena cantidad de tiempo, aún lo tenían en esa torre. Hacía ya dos años desde que su madre murió, durante el ataque a Rozov. Cuando sucedió todo no tenía ni idea de dónde ir. El frío de las noches había sido fuertemente contrastado por el ardor del fuego y el brillo de las molotov que habían tirado a su casa los miembros de ese maldito culto.

«Juré que los mataría a todos —pensó—. Pero si sigo como estoy, no llegaré a hacerles ni un corte».

Agarró el mango de su espada, que se hallaba envainada en su cintura. La nieve caía y lo único que lo protegía del frío de esta era el techo de la torre y una botella de vodka que lo calentaba. Los inviernos en Rhiskamov eran conocidos por ser devastadores y por no tener piedad ni con los ricos ni con los pobres, todos morían por igual.

En algunas ocasiones Will envidiaba a esos malditos de Rostova, en sus grandes y lujosas casas, con sus chimeneas de leña y las delicias que comían en sus generosos banquetes. «Ellos no saben lo que es el frío, lo que es el hielo», se quejaba en su mente mientras seguía mirando afuera.

A veces se preguntaba si ellos, la gente de Rhiskamov, habían cometido algún pecado en su vida pasada o si habían sido maldecidos por Lucifer. Recordaba con cariño cómo su madre, su dulce madre, solía prepararles una deliciosa sopa hecha con algún conejo que había cazado su padre. Esa sopa era el manjar más exquisito que pudo haber probado alguna vez, quizás fuera por lo reconfortante de tomar una sopa caliente en el cruel frío invernal o si era porque estaba hecha con el cariño de una madre, una madre que nunca iba a volver.

El sueño comenzaba a llegar a su cuerpo. Pese a estar fuertemente abrigado con el traje de cuero de la guardia y la capa medianamente acolchada, el frío seguía entrando y congelándolo. Ni siquiera habiéndose tomado ya casi la mitad de la botella de vodka que le habían dejado para calentarse podía llegar a encontrar el calor que buscaba.

«Quizás debí haberme quedado en Rozov», pensó mientras dejaba que el frío invadiese su cuerpo y dejaba de observar la ventana.

En un momento dado cerró los ojos y no los volvió a abrir por el resto de la noche. Era obvio que lo iban a reprender fuertemente al siguiente día, sin embargo, Will creía fervientemente que no podían reprenderlo por hacer un acto tan necesario como el dormir por la noche.

Su sueño fue de lo más extraño. Desde que había ocurrido el ataque del culto a Rozov y desde que el bosque donde estaba su cabaña había sido quemado con su padre adentro, Will había empezado a tener sueños oscuros, sueños que parecían profecías macabras.

Y este sueño no fue la excepción. En su sueño, Will se encontraba caminando por un bosque. La noche dominaba el espacio donde estaba y lo único que guiaba su camino era un árbol más grande que los demás, un árbol enorme, que parecía estar incendiado. A su alrededor se escuchaban voces y cuando él intentaba mirar de dónde venían no se veía absolutamente nada.

—¡Ojos de demonio! —gritaban aquellas voces mientras Will caminaba hacia aquel árbol.

—¡Vuelve al infierno!

—¡Nuestras tierras no son para vosotros!

—¡Quemen a ese maldito demonio de hielo!

Mientras más se acercaba al árbol, más se dejaban de escuchar aquellas voces. Pronto llegó a una cueva; no había ningún otro camino por el cual ir, por lo que decidió adentrarse con la esperanza de sentir el calor de aquel árbol.

Sin embargo, al entrar por la cueva se encontró en otro lugar totalmente diferente. Se trataba de un enorme puerto lleno de barcos y soldados. Ahí podía ver ondear una bandera que él sabía muy bien de dónde provenía. Se trataba del orgulloso león de Rostova.

Al parpadear se encontró en un muelle. A su lado había un hombre de avanzada edad y con el uniforme de Rostova, el cual le hablaba en un idioma que no podía entender. Solo entendió una cosa, su propio nombre: William. En ese momento despertó.

Ya era de mañana y el frío había disminuido. Parado enfrente suyo había un rostro que reconocía muy bien. El hombre alto, con un traje igual al suyo, con una barba gris reconocible y una cabeza calva, se trataba del vicecomandante Garheld, «Barba de Acero».

—¡Te has quedado dormido! —lo reprendió fuertemente—. El comandante Gallius te dio una responsabilidad y tú la incumpliste —continuó—. Dime, ¿qué hubiera pasado si algún idiota de Rostova venía para atacarnos?

—La guerra ya terminó —dijo Will mientras se paraba—. Rostova no nos atacará porque sabe que eso sería su tumba.

Will se disponía a retirarse cuando el vicecomandante lo frenó en seco con su robusto brazo.

—No te escaparás —habló mientras ponía tenso el brazo para que Will no lo moviera—. Si fuera por mí, te daría de comer a los sabuesos, pero Gallius dice que ve algo en ti que no ve en los otros.

—Quizás debería hacerle caso —dijo burlonamente Will—, me parece que el comandante tiene más experiencia que tú en batalla, y eso que es bastante menor.

—Serás... —dijo Garheld, pero no pudo terminar de hablar puesto que la puerta se abrió y entró alguien.

Se trataba de Andrew, «Ojos de ángel», el mejor amigo de Will y quien era el único al cual disfrutaba de su compañía. Era un muchacho de su edad, aunque menor por unos dos meses. Su cabello era castaño y sus ojos sin duda eran hermosos, tan hermosos que Will tenía envidia de estos. Era común que la gente de Rhiskamov tuviera los ojos verdes, la mayoría los tenía así; sin embargo, Andrew los tenía de un color celeste bastante claro. Su complexión era un poco delgada, pero era más alto que Will por unos siete centímetros.

—El comandante Gallius quiere ver a William —dijo aquel muchacho—, dice que lo necesita ahora mismo.

—Dile al comandante que su supuesto mesías se ha quedado dormido en la torre de la Luna —habló con un poco de rencor Garheld—. Dile que lo estoy reprendiendo y que no pararé hasta que aprenda la lección.

—Pero el comandante... —¡Haz lo que te digo! —rugió de forma feroz el vicecomandante.

Will miró los ojos de Garheld y sonrió de forma burlona. «Sé que tienes miedo», pensó. Y era cierto, Garheld le tenía miedo a Gallius, ya fuera por su habilidad con la espada o con el revólver, su arma más famosa.

Garheld dejó la expresión dura de su rostro; ahora parecía derrotado. Apartó su brazo y Will pudo pasar con normalidad.

—Has tenido suerte esta vez —le dijo—. Sin embargo, no te creas que dejaré esto de lado, cuando el comandante acabe contigo seguiré yo.

Will no dijo nada, solo se volteó para no ver el rostro de Garheld, quien lo miraba con un desprecio sobrehumano. Nunca había entendido el porqué del odio que le tenía el vicecomandante, simplemente desde que llegó este lo aborrecía.

«Se puede ir al infierno si quiere, pero si así fuera, ¿de quién me burlaría junto con Thomas y los otros?».

Mientras bajaban por las angostas escaleras de piedra, que solo con tocarlas con el pie se notaba lo viejas que eran, por la ventana de la torre se podía ver gran parte del cuartel de la guardia. El cuartel era un lugar antiguo; se decía que había estado allí incluso antes de la revolución y que los guardias primordiales habían sido, de hecho, los primeros en buscar la independencia.

Will no estaba muy seguro si creer en eso. Hoy en día la guardia primordial era conocida por vigilar simplemente la frontera con Rostova; era un lugar donde cualquiera podía unirse aun sin saber agarrar un puñal.

«¿Cómo alguien que apenas sabe agarrar la espada podría iniciar una revolución?», se preguntaba mientras terminaban de bajar las escaleras.

Finalmente habían llegado a la puerta de la torre y al salir fueron recibidos por el frío viento que llegaba desde el horizonte. Al andar por el camino que los llevaría a la oficina del comandante Gallius, las pisadas se marcaban por la nieve que cubría el terreno.

Aunque fuera de mañana el frío seguía dominando el ambiente y Will sabía que si no fuera por el traje de cuero que les brindaba protección ante este frío estarían muertos. Rhiskamov no era un lugar para débiles.

—¿Te dijo el comandante para qué me necesita? —preguntó Will.

—No, solo dijo que vinieras —respondió Andrew, de forma tímida, acorde a su forma de actuar siempre.

—Me pregunto por qué me habrá llamado a mí —dijo Will mientras seguían su andar por el cuartel—. En lo que a mí respecta, soy solo un soldado más, un pedazo de carne al que se puede desechar.

El cuartel de la guardia era inmenso, o por lo menos daba la sensación de serlo. Quizás hubiera sido porque la aldea de Will y de Andrew no era muy grande; en comparación con el cuartel, era más o menos la mitad de su tamaño.

—Sabes que no es así —respondió Andrew—. Fuiste reconocido incluso por Geralt, y sabes que es difícil sorprender a Geralt. No te sale bien ser humilde —finalizó con una sonrisa.

Will respondió su sonrisa con otra. Desde que habían sido pequeños, Andrew había sido su amigo. Ambos lo habían perdido todo hacía ya dos años, cuando los malditos del culto habían arrasado y quemado la aldea. Will se había enterado, en palabras de su amigo, de que el abuelo de este había sido asesinado de un disparo en el pecho.

«Ambos lo perdimos todo. Pero solo yo he deseado más que nada la venganza, es lo único por lo cual vivo y respiro».

Y era cierto, la venganza era lo único que le quedaba, eso sería lo único por lo que lucharía.

Finalmente llegaron a las estancias del comandante. Al abrir la vieja puerta de madera, esta rechinó de forma horrible; sin duda era una de las razones por la cual no le gustaba visitar el recinto de Gallius.

Al entrar fueron recibidos por un hombre en su escritorio, se trataba del comandante, Gallius Mirlton. Era un hombre de avanzada edad, aunque no tanta como la de Garheld. Su cabello era corto, pero su barba no lo era tanto. Vestía el traje negro característico de la guardia y en su pecho se hallaba la insignia del comandante. En su rostro se veía una vieja cicatriz que atravesaba su ojo izquierdo, yendo esto desde la barbilla hasta la frente.

Por lo que le habían contado, el comandante había llegado al lugar hacía ya quince años. Fue enviado por el rey para fungir como comandante tras la muerte del anterior por una hipotermia durante una tormenta de nieve, algo común en la frontera.

Gallius alzó la vista y tanto Will como Andrew hicieron la respectiva reverencia en señal de respeto. Gallius hizo un ademán para que se alzaran y Will avanzó para mirarlo frente a frente. Al caminar analizó el entorno. La oficina estaba junto a la entrada y el escritorio se hallaba frente a la puerta, en el medio de la habitación. Atrás del escritorio se hallaba una densa biblioteca que contendría al menos doscientos libros; sin duda Gallius era un aficionado a la lectura.

—¿Puedes retirarte, por favor, Andrew? —dijo el comandante—. Me gustaría hablar algunas cosas con William.

—Me ha mandado a llamar, comandante —comenzó Will—. ¿A qué se debe el llamado, mi comandante?

—Hemos recibido informes sobre avistamientos del culto al norte de la frontera —respondió Gallius.

Will no pudo evitar apretar los puños ante este informe; quizás por fin llegaría la hora de la venganza.

—Te mandé a llamar porque necesito que envíes el comunicado a tus demás compañeros, sé que los conoces muy bien —continuó el anciano—. Dentro de dos meses, en abril, tú y los demás irán a una expedición a este lugar.

—¿No sería mejor que le hubiera dicho esto a Garheld? —preguntó intrigado Will—. Él es de mayor rango que yo.

«Es obvio que es porque sabe que soy mejor, siempre he sido mejor que ese saco de huesos viejos», se dijo a sí mismo con orgullo.

—No confío plenamente en él —replicó el comandante—. Pero sí confío plenamente en tus habilidades como guerrero, te he visto pelear, tanto con las de acero como con las de fuego.

—Gracias por el cumplido, mi comandante —«Naturalmente, soy el mejor en lo que hago», pensó mientras veía a Gallius frente a él—. Si me lo permite, iré a comunicárselo a mis compañeros.

Antes de que se pudiera retirar, un pensamiento surcó el océano de su mente. «Ese sueño que tuve, quizás debería contárselo», dedujo. Sin duda había sido un sueño extraño. Quizás el comandante, con su característica sabiduría, podría darle una respuesta de qué significaba.

—Antes de retirarme —dijo Will—, me gustaría decirle algo.

—¿De qué se trata?

—He tenido sueños, sueños extraños y poco comunes —dijo Will.

—Es normal tener sueños, hasta un anciano como yo los tiene —respondió el anciano, claramente intrigado—. Pero cuéntame, ¿de qué se trata?

—En mi sueño estuve en un puerto, sé que es de Rostova por la bandera y los uniformes de los soldados —comenzó—. Había un hombre que me hablaba en una lengua que estoy seguro de que es de allá, me llamó por mi nombre, pero no vi rastro de agresividad en él ni en los demás soldados.

—¿Recuerdas algo de lo que te dijo? —preguntó el comandante.

—Sí —respondió Will—. Me dijo: «Rhizmav to su’v volalta. ¿Sul noma ietz William ju?».

—Ya veo —habló Gallius mientras tocaba su barba—. Una pregunta, Will, ¿has estado alguna vez en Rostova?

—No, mi comandante.

—Naturalmente, solo tienes catorce años —dijo—. Bueno, yo sí he estado en Rostova, por ende sé su idioma y sé lo que te dijo.

—¿Qué me dijo, comandante? —preguntó extrañado Will; nunca supo que el comandante había estado en Rostova, quizás sería por una misión o algo así.

—Recuerda cuidar de tu hijo. ¿Su nombre es William, no? —dijo el comandante.

Will estaba extrañado. Pero quizás todo se limitaría a que fuera solo eso, un sueño.

—¿Has estado en contacto con ese hombre alguna vez? —preguntó el comandante.

—No, no podía reconocerlo, era la primera vez que lo veía.

—Ya veo —dijo—. Bueno, te mentiría si te digo que te tengo una respuesta, me encargaré de buscar una, te lo aseguro.

—¿No le parece que puede haber sido solo un sueño? —preguntó Will, extrañado por el interés anormal del anciano.

—Los sueños son poderosos, tanto como el sol, el cielo, las nubes y Dios.

«Vaya que es religioso».

—Bueno, no le quito más tiempo, comandante —dijo Will—. Iré a comunicarle a mis compañeros lo que me indicó.

—No me has quitado tiempo, muchacho —habló—. Más bien, me gustaría que vuelvas a comunicarme las cosas que te inquietan, veo mucho futuro en ti, eso me agrada.

Will le dedicó una tenue sonrisa y abrió la puerta. El viento helado del exterior entró a la habitación y Will sintió como si hubiera estado mucho tiempo alejado de ese frío. Mientras terminaba de abrir la puerta, un pensamiento recorrió su mente. Se volteó y miró al comandante.

—¿Usted cree que habrá otra guerra? —preguntó, inquieto por la respuesta.

—Es clara la respuesta —dijo el comandante—. Pero te recomiendo algo, no pienses mucho en eso. Recuerdo unas palabras que le decía a mi difunto hijo: pensamientos de guerra pronto se convierten en una.

Will cerro la puerta y se fue

«Guerra, sin duda sería una increíble oportunidad —pensó Will—. Sin embargo, por alguna razón siento miedo en mi interior».

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