Prólogo
Estamos en 2046. Pero para entender el silencio de hoy, hay que retroceder a 2027.
El mundo ya estaba podrido antes de que empezara. Las amenazas entre potencias, los ejércitos movilizándose, el aire que se sentía pesado. Todos sabían que algo iba a estallar. Solo faltaba la chispa.
Y la chispa fue un estúpido tuit.
Un comentario inofensivo, casi una broma, que cayó en el polvorín equivocado. Entre 2027 y finales de 2029, el mundo se despedazó. Bombas nucleares, armas biológicas, ciudades enteras convertidas en ruinas. El cielo cambió de color y el mar se volvió un espejo turbio.
Latinoamérica no participó. Por decisión unánime, nos retiramos y nos convertimos en el refugio de los que huían. Pero el veneno no entiende de fronteras. El viento arrastra el aire contaminado. La lluvia pica en la piel.
Han pasado casi veinte años desde que terminó la guerra. Las potencias están en ruinas. Y ahora, por fin, los residuos tóxicos están llegando hasta aquí. El sur está perdido. Y lo peor es que nadie sabe qué se arrastra con el viento.








