UNO
El olor a tierra húmeda e incienso rancio se me pegaba a la garganta como una capa de polvo. Me mantuve de pie en la esquina más sombría del cementerio, apretando los puños dentro de los bolsillos del tosco delantal de sirvienta que me habían obligado a vestir. A pocos metros, el ataúd de madera noble de la duquesa Verati descendía hacia la fosa. Los guardias del palacio y las demás criadas pasaban junto a mí deslizando condolencias vacías, murmullos mecánicos que rebotaban en mi cabeza sin cobrar sentido. Para ellos, la duquesa era una solterona excéntrica que había muerto en medio de la noche de forma trágica; para mí, era la mujer que me había rescatado de una subasta de esclavos cuando yo no era más que una niña asustada, la figura materna que me lo había enseñado todo.
Sentí que mi cuerpo estaba en un trance, todo a mi alrededor pasaba de manera rápida hasta que una conversación me sacó de mi trance.
—La duquesa no tenía herederos directos, es ley de Winstood que sus posesiones pasen a su servidumbre de confianza —escuché la voz temblorosa del anciano consejero de Verati, quien discutía a un lado del sendero con un oficial real—. Morana fue criada bajo este techo, educada para ser la dama de esta casa. Exijo que se respeten los papeles.
El oficial de la Corona, un hombre de uniforme impecable y mirada de piedra, ni siquiera se dignó a mirarlo mientras acomodaba sus guantes de cuero. Verati quedó viuda cuando apenas era una joven, su esposo participó en la guerra de Vraca hace muchos años y cayó en batalla, en Winstood la ley ampara a las mujeres que perdían a sus maridos en batalla, permitiéndoles quedarse con el título y mantener su luto sin casarse con otro hombre. Verati pasó todos los días de su vida lamentando la muerte de su esposo, y nunca vio la necesidad de casarse así que contrató a un consejero que la ayudara a manejar sus bienes.
—Winstood no reconoce los caprichos de una mujer soltera que pretendía legar fortunas a una criada —sentenció con una frialdad aristocrática que me heló la sangre—. La mansión y los bienes han sido confiscados para liquidar las deudas impositivas de la propiedad. Y en cuanto a la sirvienta Morana, sus papeles ya han sido procesados. Fue vendida ayer por la tarde a sus nuevos amos.
El viejo consejero Reese se volvió hacia mí con los ojos empañados por la impotencia. Se despidió del oficial con un estrechamiento de manos. Caminó a pasos torpes y me tomó de las manos en el rincón apartado, lejos de las miradas de los soldados.
—Morana, escúchame bien —me susurró, con la voz rota—. Voy a viajar a la capital. Moveré cielo y tierra, apelaré ante los tribunales para reclamar los títulos y la herencia legítima que Verati te dejó. Te lo prometo por mi vida. Pero por ahora... Por ahora debes seguir las indicaciones de la Corona al pie de la letra. Mantén la cabeza baja. Obedece a tus amos y cuídate. ¿Si? ¿Podrías prometer eso a este viejo?
Podía ver los ojos de Reese llenos de lágrimas. ¿Se estaba despidiendo de mí? Reese siempre cuido de mí y de Verati, por un tiempo llegué a pensar que eran dos enamorados escondiéndose en la sociedad como había leído en mis libros. No pude evitar sentir una presión en mi pecho, esta es mi familia, no quiero dejarlos atrás. Quiero regar las flores en la tumba de Verati todos los días y debatir con Reese sobre los trayectos de comercio entre reinos.
Las palabras no salían de mi boca, el ardor llenaba mi pecho y mi garganta sentía un nudo fuerte que me asfixiaba. Abracé a Reese con fuerza, y me sentí desmoronada porque, creo que es la primera vez que lo abrazaba en tantos años.
El viaje hacia el norte fue una tortura de tres días en un carromato cerrado. A través de las rendijas de los tablones de madera, vi cómo los valles verdes y templados de Winstood se transformaban en un paisaje gris y hostil. El llanto contenido me quemaba el pecho. Extrañaba el calor de los libros de la duquesa, sus lecciones nocturnas, la seguridad de sus abrazos. Cuando el olor a sal, algas podridas y niebla marina inundó el transporte, supe que habíamos llegado a Wadeer, el pueblo costero gobernado por el duque Kein.
Según los libros de historia, Wadeer antes era un pueblo costero con bastante riqueza, tenían un pequeño puerto de barcos que transportaba mercancía a Vraca, otro país al norte que quedó desolado tras la guerra. Se rumoraba que la gente en Vraca tenía poderes especiales, nunca lo pude confirmar porque los pocos sobrevivientes que había fueron condenados a la ejecución por practicar magia, algo ilegal en Winstood ya que no sirve para venerar a los reyes.
El carromato no se detuvo ante las grandes puertas de hierro del palacio, sino en un callejón trasero. La entrada de la servidumbre.
Una criada mayor, de rostro surcado por arrugas profundas y expresión amargada, me recibió con un empujón tosco. No hubo palabras de bienvenida, sólo una lista interminable de deberes escupida a toda prisa mientras me arrastraba por pasillos húmedos de piedra que parecían absorber la poca luz del día. Entre su vómito de palabras me mencionó que su nombre era Fray, ama de llaves de los duques y la primera al mando en el área de criadas.
Me sentí fuera de lugar mientras la escuchaba, ¿por qué todo parece tan muerto y deprimente? Finalmente, abrió la puerta de un calabozo disfrazado de habitación en el ala más baja del edificio.
—Esta es tu litera —dijo, señalando un jergón de paja—. La compartes con Elode. No quiero quejas, no quiero retrasos. Tu turno empieza mañana antes del amanecer. Puedes preguntarle lo que necesites a Elode y no me causes dolores de cabeza, la última que lo hizo sigue limpiando sus dientes con un cepillo de metal.
Salió con un portazo y de las sombras del cuarto emergió una muchacha que aparenta mi misma edad, de ojos asustados pero expresión dulce. Elode, me imagino, me ofreció una sonrisa tímida que fue el primer destello de calor humano que recibí en días. Su piel es blanca y rosada, tiene unas fuertes ojeras marcadas debajo de sus ojos, como si llevara días sin dormir bien, sus labios están agrietados como si llevara días sin tomar agua. Es una belleza extraña, cansada.
— Supongo que ya conociste a Fray —mencionó jugando con sus dedos nerviosa—. Puedes relajarte, normalmente al anochecer solo trabajan las sirvientas personales o las encargadas de la cena. ¿Fue un viaje largo? ¿De dónde vienes?
Me acerque a pasos despacios y deje mi pequeña bolsa, la única que me permitieron traer, en el suelo. Esto era muy diferente a mi habitación en la mansión de Verati, no puedo ni siquiera pensar en que una criada estuviera viviendo en estas condiciones.
— Vengo de Sarcos, al sur de aquí.
Elode parece intrigada pero solo mira a otro punto de la habitación y agacha la cabeza antes de volver a verme con normalidad.
— Será mejor que descanses, mañana será un día movido mañana. ¿Cual es tu nombre?
— Morana.
Nuevamente hace el gesto de querer decir algo, pero lo guarda para ella y me da la espalda para acomodar su jergón de paja.
A la mañana siguiente, el ritmo del palacio me abrumó, pero Elode se mantuvo a mi lado, explicando en susurros la estricta rutina de la mansión mientras cargamos pesados cubos de agua. Podía sentir gotas de sudor recorrer mi cuerpo del cansancio, no recuerdo cuándo fue la última vez que caminé tanto cargando cosas de un lado a otro. Al dar la vuelta en uno de los pasillos principales, nos topamos con un par de colosales puertas de roble tallado. Me detuve en seco. El olor a cuero, papel antiguo y tinta flotaba en el aire.
En la mansión de Verati teníamos varias bibliotecas, al contrario de aquí que no he visto ninguna, lo único que parece sobrar son salones de fiesta y cuartos para tomar el té.
—Es la biblioteca del duque —comentó Elode, soltando una risita ante mi expresión—. Un lugar completamente innecesario para nosotras. Da gracias de que no tenemos que limpiar ese polvo; al fin y al cabo, ninguna de las criadas de aquí sabe leer. Es una pérdida de tiempo.
La miré, parpadeando con genuina confusión, olvidando por un segundo la advertencia del consejero y las reglas de supervivencia de Verati. ¿Ninguna sabe leer?
—Yo sé leer a la perfección cualquier idioma —respondí con naturalidad parándome en seco—. Y escribirlo también.
Elode se detuvo y me miró como si me hubiera salido una segunda cabeza. Su rostro se puso pálido y me tomó del brazo con fuerza, mirando a ambos lados del pasillo para asegurarse de que nadie nos hubiera escuchado.
—¿Estás loca, Morana? —siseó en un susurro aterrorizado—. No digas esas cosas ni en broma. Los siervos no leen. Si los guardias te oyen hablar así, pensarán que eres una rebelde o una enferma del norte. Camina, vámonos de aquí antes de que...
No la escuché. Una fuerza invisible, el hambre de recuperar un pedazo de mi antigua normalidad, me empujó a poner la mano sobre el picaporte de bronce. Empujé la puerta de roble.
El interior de la biblioteca era majestuoso, iluminado por altos ventanales que miraban directo a los acantilados y al mar embravecido. Pero no estaba vacía. En medio del salón, junto a una mesa de caoba cubierta de mapas, se encontraba un joven, apuesto sin duda. Vestía ropas de viaje finas pero sencillas, y sus rasgos denotaban una ascendencia exótica, ajena a la palidez común de Winstood.
Al escuchar el crujido de la puerta, levantó la vista. Sus ojos se clavaron en los míos. No me miró con el desprecio con el que los nobles solían mirar a los uniformes de sirvienta; me escaneó con una fijeza analítica, deteniéndose en mi postura recta y en la total ausencia de sumisión en mi rostro. Quedé completamente cautivada por sus ojos, creo que nunca había estado tan cerca de un joven de mi edad, ¿Se supone que son así de atractivos todos? Sus ojos marrones me llevan en un suave trance, como si quisiera comunicarse conmigo a través de ellos.
El silencio que se instaló entre nosotros fue denso, casi eléctrico.
—No es común que la servidumbre entre aquí a menos que sea el día de la mudanza —dijo el joven, con una voz profunda y extrañamente tranquila.
—Busco... buscaba el plumero, mi señor —mentí, aunque mi tono de voz sonó demasiado fuerte, demasiado educado para una criada común. Me obligo a recordar mis lecciones y añadí con una leve inclinación de cabeza—: Soy Morana. La nueva criada.
—Lord Kaden —se presentó él, dando un paso hacia adelante, sin apartar la mirada de mí—. El hijo del duque.
Antes de que pudiera responder y cometer un desliz mayor, Elode entró a la habitación temblando como una hoja verde en pleno otoño. Se arrojó prácticamente al suelo, haciendo una reverencia tan baja que casi toca la alfombra con la frente.
—¡Mil disculpas, Lord Kaden! —exclamó con la voz quebrada por el pánico—. Es nueva, no conoce las estancias y se ha perdido buscando los lavaderos. No volverá a ocurrir, se lo juro por la Corona.
Elode me tomó de la manga del vestido con un tirón desesperado y me arrastró hacia el pasillo, cerrando la puerta tras nosotras. Mientras caminábamos a paso apresurado por los pasillos oscuros, miré por encima de mi hombro una última vez. A través del espacio que quedaba antes de que la madera se cerrará por completo, vi que Kaden seguía de pie en el mismo lugar, observando el rastro que yo había dejado con una expresión de absoluta fascinación.








