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A CUATRO METROS DE TI

All Rights Reserved ©

Summary

Max McClaire tenía suficiente dinero para comprar casi cualquier cosa, un apellido que le abría todas las puertas y una reputación capaz de cerrárselas de golpe. También tenía una regla: no volver a confiar en nadie. Entonces apareció Valerick Sunet. Un becado entrometido que no sabía cuándo alejarse, que parecía ver demasiado y que, por alguna razón, decidió quedarse cuando todos los demás se fueron. Max solo cometió un error. Dejar que se acercara. All Rights Reserved.

Status
1h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Las preguntas del agente se repetían con un eco en su cabeza. 

Qué hacía a esa hora.

Quién más estaba con él.

Hace cuánto conocía al chico en el hospital.

—Ellard está muy grave, podría morir. Si sabes algo, este es el momento de decirlo. Si muere, esta investigación va a convertirse en algo mucho más serio.

—No contestes, Maximillien —dijo su madre.

Su madre estaba al celular con el abogado de la familia, estaba en camino. Su padre le lanzaba una mirada fría desde el otro lado de la sala. No le creían que era inocente. Hasta él estaba dudando, tenía algo de culpa, los del grupo lo odiaban con el alma y él los había provocado. Pero la pelea se les había salido de las manos. El agente hurgaba en su alma con sus ojos negros, ya había decidido que era el responsable. Max no podía dejar de claravarse las uñas en la muñeca, sus nervios se podían ver a kilometros y no contestar lo hacía ver más sospechoso.

No había estado ese día, las pruebas que tenía eran falsas, en la nobleza había mucho dinero para contratar a alguien que haga que esos videos parezcan reales. Pero también lo había para contratar abogados que pueden hacer ver inocente hasta a un asesino serial. No era uno. Solo tenía el dinero para ese tipo de abogados, además, que podía saber un adolescente de quince años sobre temas legales. Lo único que conocía de eso era de las series policiales que veía y allí los protagonistas siempre terminaban mal por hablar. Por eso hizo caso y se quedó callado.

El timbre sonó. Su madre soltó una plegaria y le gritó a la criada que vaya a abrir la puerta de inmediato. El abogado había llegado. La pregunta de si tenía una orden de arresto hizo enojar al agente, pero también hizo que se fuera, seguirían investigando el caso, solo que contactaría al abogado y no a él de ahora en adelante. Luego habló con sus padres, tardaron bastante, pero al final el señor también se fue. Max no se movió del sillón en todo ese tiempo, se tensionó más al quedarse solo con ellos. Los dos se giraron desde la puerta y se lo quedaron viendo. El aire era menos asfixiante con el agente.

—Maximillien McClaire —dijo su madre—. Podrás ser mi hijo, pero el hospital es de toda la familia, ha pasado de padre a hijo durante siete generaciones, ¡doscientos años, Maximillien! No lo vamos a perder por uno de tus juegos.

Juegos.

Estaba por ser incriminado de un posible homicidio y para ella era un juego.

Siempre era así, todas sus vidas giraban en torno al hospital. Lo que hacían, lo que decían, lo que vestían, todo debía ser acorde al prestigio de los hospitales McClaire. Si no estaba a la altura, no merecía el apellido ni pertenecer a esa familia.

—De verdad… no fui yo, mamá.

—¡No importa si fuiste o no Maximillien! Importa si esto sale en las noticias, las acciones…

Comenzó con lo de las acciones.

Su padre seguía callado mirándolo con decepción.

Max bajó la mirada.

Si le hubieran advertido que enamorarse podría llevarlo a la cárcel, no hubiera mandado ese mensaje.


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Nunca fue su deseo ser popular, pero el título ya venía con el apellido McClaire, lo heredó incluso antes de nacer. Así como el destino de ser el próximo presidente de los hospitales. Lo tuvieron a él únicamente con ese objetivo, y tuvieron a su hermana esperando tener un reemplazo en caso de que él arruinara esos planes.

—¿Qué quiero estudiar? —Siempre lo tuvo claro—. Medicina.

El chico lo miró un rato.

—Nunca entenderé como piensan los nobles, qué tiene de bueno ser la mascota de sus padres.

Max no solía juntarse con becados, toda su vida estuvo rodeado de gente rica y en la nobleza había una regla implícita para no terminar siendo despreciado: Hay que juntarse con gente del mismo nivel. Tampoco fue su elección sentarse a lado de ese chico, estaba esperando fuera del despacho del director, fue pura casualidad que hubiera alguien más en la sala de espera. Se puso a hablar con él porque parecía agradable, pero el último comentario destrozó esa paz.

—Entonces no deberías estar en esta academia —dijo Max—. Debes saber cómo piensan los nobles si quieres aprender a servir a uno.

Tampoco era de los que buscaban pelea o menospreciaba a otros, pero hace tiempo que se hartó de aguantar ofensas sin contratacar, si querían pelea, él sería el primero en darla, y lo consiguió, el comentario de Max avivó un brillo rojo en los ojos verdes.

—No vine a estudiar cómo ser su sirviente —dijo entre dientes.

—Es lo único para lo que servirás aquí.

—Si llego a serlo será por mi elección, no porque papi y mami me dijeron que lo haga. Yo si tengo cerebro para pensar por mi cuenta. No soy el títere de nadie.

Max se abalanzó a él y lo tomó del cuello de su sudadera blanca.

—¡Repite eso becado de mie…!

La puerta del director se abrió.

El chico puso una sonrisa.

—Todos son iguales —dijo en voz baja—. Por qué sería su sirviente cuando puedo hacer que actúen como yo quiera.

Max apretó los puños.

—Señor McClaire, suelte al señor Sunet.

Lo soltó, pero continuó desafiándolo con la mirada.

—Por favor, pase, señor Sunet.

El chico entró al despacho con una mirada de superioridad, y cuando salió, minutos después, le dio una sonrisa condescendiente mientras caminaba por el pasillo.

—Malditos becados —susurró Max.

—Señor McClaire —llamó el director.

Max inhaló hondo y se levantó.

Ese último año había pasado en esa oficina más que en clases, y mirando el lugar más que escuchando lo que le decía el director. Había aumentado un cactus a la colección de la librería, un esfero al porta lápices y varios documentos a la mesita del fondo que estaba cerca de un sillón. Max se sentó en la silla frente al escritorio.

—¿Puede explicarme que fue lo que acaba de pasar afuera?

—¿No se lo dijo ya el señor Sunet?

—Quiero escuchar su versión.

—Me insultó. Me defendí. Punto.

Los ojos del director saltaron entre sus ojos por un rato.

—Lo llamé porque la psicóloga me dijo que no ha estado yendo a sus sesiones.

—Nunca acepté ir a eso.

—No era una petición, señor McClaire, debe hacerlo si quieres seguir estudiando aquí. Esa es la condición que sus padres aceptaron a cambio…

—No me importa lo que quieran mis padres —cortó—, puedo pensar por mí mismo.

El director se recostó en el espaldar de la silla, cruzó sus dedos sobre su rodilla.

—Ellos no son lo que pidieron esa condición, señor McClaire, fui yo. Sus padres dijeron que no era necesario, pero yo creo que sí lo es. Su comportamiento ha cambiado drásticamente desde el anterior año, usted no era…

—¡Siempre fuí así! La diferencia es que ya no me importan las malditas acciones del hospital, me tienen harto.

—¿Por eso agrede a sus compañeros? ¿Porque no puede agredir a los padres que le exigen que se comporte por el bien de su empresa?

Max apretó la mandíbula.

—A usted qué le importa.

No sabía nada. Ni él ni sus padres. No querían entenderlo, se los había dicho mil veces, él solo se estaba defendiendo, pero seguían diciendo que él era el agresor. Si eso era lo único que querían ver, entonces ¿qué importaba si se volvía uno? Ya lo estaban castigando por eso. Si se comportaba así, al menos no se sentía injusto.

—Señor, McClaire, si no acude a las sesiones, voy a tener que expulsarlo.

—Me da igual. Tengo dinero para ir a otro país y estudiar en un mejor lugar que esta pocilga.

—La expulsión manchará su registro, será difícil que lo admitan en otra academia noble.

Max se rio.

—Casi pareciera que usted no fuera el director de una. ¿Cuántos estudiantes ha aceptado sin ver su carpeta a cambio de dinero extra?

Las cejas del director se juntaron.

—Es la última que dejaré pasar, señor McClaire.

Max giró los ojos, se levantó y fue a la salida sin esperar el permiso del director. Cerró la puerta con fuerza.

Si lo expulsaban sería mejor.

Aún tenía dos horas de clases, pero aprovecharía ese llamado para saltárselas y fingir que seguía donde el director. No tenía ganas de sentarse a lado del grupo que le causó ese problema ni escuchar a un profesor que hacia la vista gorda a todo.

No soportaba a nadie de esa academia.

Todos eran unos hipócritas.

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