Los últimos Alfas
Capítulo 1
Los últimos alfas
A los alfas machos se los cazaba en nombre de la civilización, aunque hacía mucho tiempo que nadie utilizaba ya aquella palabra.
Cazar resultaba demasiado desagradable. Recordaba persecuciones, animales acorralados, cuerpos reducidos a mercancía, una violencia demasiado directa para una sociedad que se consideraba moderna. En los documentos oficiales se hablaba de localización, registro, custodia genética y programas de reproducción. La terminología había cambiado porque las palabras, cuando se elegían bien, podían volver aceptable casi cualquier cosa.
Hubo un tiempo, sin embargo, en que un alfa masculino representaba exactamente lo contrario de una presa.
Durante siglos, la organización social había girado alrededor de ellos. Eran físicamente más grandes, más fuertes y biológicamente capaces de provocar respuestas feromonales intensas en una parte importante de la población omega. Aquel poder había terminado convirtiéndose en estructura: control territorial, linajes cerrados, matrimonios impuestos, sistemas familiares donde el predominio alfa parecía tan natural como cualquier otra ley biológica.
Los libros de historia hablaban de aquella época con una mezcla incómoda de fascinación y vergüenza. El mundo moderno la describía como primitiva, y probablemente lo había sido, aunque la historia tenía la costumbre de cambiar de forma sin cambiar del todo de fondo.
El cambio comenzó casi sin que nadie lo advirtiera.
Primero descendió el número de nacimientos de alfas masculinos. Después volvió a descender en la siguiente generación. Y en la siguiente. No ocurrió lo mismo con las alfas femeninas, que continuaron naciendo en una proporción mucho más estable y terminaron integrándose sin dificultad en una sociedad cada vez más dominada por omegas de ambos sexos.
Pero los varones alfa siguieron disminuyendo.
Los científicos bautizaron el fenómeno como el Desfase. Durante casi dos siglos se acumularon explicaciones sin que ninguna terminara de imponerse. Se habló de mutaciones genéticas, cambios epigenéticos, generaciones expuestas a supresores hormonales, contaminantes ambientales y hasta de una respuesta evolutiva frente a siglos de predominio alfa. Las teorías se multiplicaban mientras las cifras continuaban cayendo.
Y cuando algo empieza a desaparecer, su valor aumenta.
Al principio intentaron protegerlos. Se crearon registros voluntarios, bancos genéticos y programas internacionales de conservación. Los gobiernos financiaron estudios, y las primeras leyes prohibieron expresamente cualquier forma de explotación reproductiva. Sobre el papel, los alfas masculinos seguían siendo ciudadanos libres.
En la práctica, la escasez convirtió aquella libertad en algo negociable.
Los alfas masculinos poseían una fertilidad especialmente alta en determinadas combinaciones genéticas y, para complicarlo aún más, existía un porcentaje reducido de omegas cuya compatibilidad reproductiva dependía exclusivamente de ellos. Lo que había empezado siendo un fenómeno biológico terminó convertido en un problema político, económico y sucesorio.
Los grandes linajes comenzaron a competir por el acceso a determinados perfiles genéticos. Los Estados regularon los apareamientos. Aparecieron centros de reproducción y, poco a poco, la lógica institucional empezó a justificar cosas que décadas antes habrían resultado impensables.
El lenguaje volvió a hacer su trabajo.
Un alfa no era retenido, quedaba bajo custodia.
No era obligado a reproducirse, participaba en un programa.
No se lo trasladaba contra su voluntad, se gestionaba su ubicación por motivos de seguridad.
Cuanto más limpia era la expresión, menos necesario parecía mirar lo que había detrás.
La percepción social de los alfas masculinos también cambió. El antiguo dominador pasó a convertirse en una amenaza. Se difundió la idea de que eran impulsivos, territoriales, sexualmente agresivos y poco adaptados a la convivencia moderna. Una reliquia evolutiva demasiado poderosa para circular sin control.
La propaganda hizo el resto.
En campañas institucionales aparecían enormes, ceñudos y violentos. En los documentales se insistía en la dificultad para regular sus instintos. En las noticias, casi siempre eran presentados después de una fuga.
Alfa masculino sin registrar localizado en la frontera.
Continúa la búsqueda de un ejemplar reproductivo desaparecido.
Las autoridades recuerdan el riesgo de ocultar individuos no registrados.
Ejemplar.
Individuo.
Perfil.
Material genético.
La deshumanización resultaba mucho más sencilla cuando se administraba de forma gradual.
Muchas familias empezaron a esconder a sus hijos. Algunos médicos falsificaban clasificaciones secundarias; algunos funcionarios hacían desaparecer informes. Surgieron redes clandestinas que trasladaban niños y adolescentes antes de que sus características alfa fueran demasiado evidentes.
Los más afortunados aprendían a vivir como betas.
Otros cruzaban fronteras.
Otros desaparecían en comunidades donde nadie hacía preguntas.
Y otros eran encontrados.
La sociedad los llamaba prófugos.
Ellos tenían otra palabra.
Supervivientes.
Mientras tanto, también los omegas cambiaban.
Durante siglos, el celo había sido uno de los principales instrumentos utilizados para justificar su dependencia de los alfas. Los textos antiguos describían fiebre, hipersensibilidad, necesidad extrema de contacto y reacciones casi imposibles de controlar ante determinadas feromonas.
Pero aquellas respuestas comenzaron a atenuarse conforme los alfas masculinos desaparecieron del espacio social.
Sin exposición habitual a sus feromonas, el organismo omega parecía mantener los ciclos en un estado amortiguado. Para la mayoría, el celo moderno se reducía a unos días de mayor sensibilidad, insomnio, aumento del deseo y alteraciones hormonales perfectamente manejables. Los supresores, que durante generaciones habían sido casi obligatorios, dejaron de formar parte de la vida cotidiana.
Los celos antiguos pasaron a convertirse en historias de libros.
Relatos exagerados.
Una curiosidad de otra época.
Y poco a poco comenzó a extenderse una idea cómoda: quizá aquellos instintos pertenecieran al pasado. Quizá la sociedad hubiera evolucionado más allá de ellos. Quizá los alfas masculinos ya no fueran necesarios salvo para una función muy concreta.
Reproducirse.
Fue entonces cuando dejaron definitivamente de ser vistos como hombres peligrosos y pasaron a ser considerados recursos escasos.
Los centros oficiales intentaban mantener suficientes perfiles genéticos disponibles, pero con el tiempo apareció un problema nuevo. Los mismos alfas eran utilizados una y otra vez. Algunos acumulaban decenas de descendientes registrados; otros, cientos repartidos entre regiones enteras.
La variabilidad genética empezó a reducirse.
Para la población general era un problema a largo plazo.
Para las grandes familias, en cambio, se convirtió de inmediato en una cuestión de prestigio y poder.
Un alfa no registrado ofrecía algo que ningún banco podía garantizar.
Genes nuevos.
Una línea intacta.
Un perfil que todavía no había sido repartido entre otros clanes.
Los informes científicos hablaban de diversidad genética.
En determinados círculos se utilizaba una expresión mucho más directa.
Sangre nueva.
Y la sangre nueva alcanzaba precios obscenos.
Oficialmente, la caza privada estaba prohibida.
También oficialmente, las grandes familias jamás recurrían a ella.
Naturalmente.
Nadie preguntaba demasiado cuando aparecía un alfa sin registrar dentro de una propiedad privada y, unas semanas después, todos los documentos parecían perfectamente en regla. El dinero llevaba siglos demostrando que la ley podía volverse sorprendentemente flexible cuando se aplicaba a las personas adecuadas.
Entre aquellas familias estaban los Veyr.
Su apellido aparecía ligado a bancos, farmacéuticas, empresas biotecnológicas, extensiones de tierra y acuerdos comerciales que atravesaban varias fronteras. Durante generaciones habían construido poder con una paciencia casi quirúrgica y habían protegido su línea sucesoria con el mismo cuidado con que protegían sus empresas.
Hasta ahora.
Porque los Veyr tenían un problema que ningún abogado, banquero ni asesor podía resolver.
Su único heredero directo era omega.
Aquello no tenía nada de extraordinario.
Lo extraordinario era que todavía nadie sabía con qué tipo de alfa podía reproducirse.
Y Kaylan Veyr estaba a punto de descubrirlo.








