Prologo
PRÓLOGO
El reloj marcaba las diez de la mañana cuando Peter Hale llegó al despacho del director ejecutivo. El hombre de cabello entrecano recorrió con la mirada la amplia oficina antes de detenerla sobre Henry, quien dejó a un lado los documentos que estaba revisando para recibir al presidente de la compañía.
—¿Ya le había hablado de mi hija? —preguntó Peter mientras tomaba asiento frente a él.
—No, señor.
Una sonrisa de orgullo iluminó el rostro del empresario.
—Es una joven muy inteligente. La envié a estudiar al extranjero y, dentro de unos meses, estará de vuelta.
—Me alegro por usted.
Aunque procuró que no se notara, aquella conversación lo incomodaba.
Durante los ocho años que llevaba trabajando en la empresa, había oído mencionar en varias ocasiones que Peter Hale tenía una hija. Incluso recordaba que algunos empleados comentaron que había visitado las instalaciones años atrás. Sin embargo, él nunca llegó a conocerla. Tampoco le había despertado interés alguno. Después de todo, era la hija del dueño de la compañía, y su vida personal poco tenía que ver con el trabajo.
—Gracias. En realidad, quería pedirle un favor.
Henry levantó la vista.
—Lo escucho.
Peter apoyó ambas manos sobre el escritorio y guardó unos segundos de silencio antes de hablar, como si estuviera escogiendo cuidadosamente cada palabra.
—Como sabrá, ella es mi única hija. Me habría gustado tener más hijos, pero no fue posible. Dentro de poco llegará el momento de retirarme y todo esto será suyo.
Hizo un leve gesto con la mano, abarcando la oficina y, en cierto modo, toda la empresa.
—Quiero que ambos dirijáis la compañía. No conozco a nadie más preparado que usted para enseñarle todo lo que necesita saber sobre este negocio.
Henry permaneció inmóvil durante unos segundos.
¿Confiarle semejante responsabilidad?
No esperaba escuchar algo así.
—Aprecio mucho la confianza que deposita en mí, señor Hale, pero yo no soy la persona más indicada para...
—...tratar con mujeres. Lo sé.
Peter sonrió con aire paternal antes de que él terminara la frase.
Henry no pudo evitar preguntarse por qué insistía en darle aquella responsabilidad si conocía perfectamente su forma de ser.
—Precisamente por eso creo que os entenderéis bien. Mi hija es una joven muy sencilla. Escucha antes de hablar y aprende con rapidez. No le complicará el trabajo.
Henry esbozó una sonrisa apenas perceptible.
Había conocido suficientes personas como para desconfiar de afirmaciones como aquella.
—Es muy distinta de todas las mujeres que ha conocido hasta ahora —añadió Peter con absoluta convicción.
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
Finalmente, Peter continuó:
—Y hay otra razón por la que quiero pedirle este favor.
Henry alzó la mirada.
—Como sabrá, mi socio George no es precisamente un hombre en quien confiar ciegamente. Ha sido un buen socio durante muchos años, pero últimamente sus decisiones me hacen desconfiar. Cuando yo ya no esté al frente de la empresa, quiero asegurarme de que mi hija tenga a alguien que vele por ella y por la compañía. Alguien que no se deje llevar por la ambición.
Sus ojos se clavaron en los de Henry.
—Y ese alguien es usted.
Aquellas palabras tenían un peso mucho mayor que un simple cumplido.
Peter no solo estaba depositando en él el futuro de la empresa.
También estaba confiándole lo más importante de su vida.
Henry sostuvo su mirada durante unos instantes antes de responder.
—Haré todo lo que esté en mi mano. Pero que ella aprenda o no... dependerá únicamente de ella.
Peter sonrió con satisfacción.
Era la respuesta que esperaba.
Mientras abandonaba el despacho, una sensación de tranquilidad alivió parte del peso que llevaba sobre los hombros. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que el futuro de su hija podría quedar en las manos adecuadas.








