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La piel del zorro ©

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Summary

Taiga Kelagor cargaba con extraños secretos. Cuando Ilmar lo encontró moribundo, entre la sangre y la tierra de las montañas, lo llevó a casa. Ese fue su primer error. Cuando lo consideró gentil, sereno, y hasta dócil, fue su segundo error. La piel vulnerable y débil de él escondía secretos que escapaban del poder de ella, secretos que podían destruir su Clan entero. Para el tercer error… ya era demasiado tarde. El fuego entre ellos ardía más fuerte que la razón, y en la montaña de los Clanes, el deseo siempre gana.

Status
3h ago
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

¿Estaba muerto?

Respiré hondo. Miré atrás, madre no estaba, había echado a correr cuando sintieron el estruendo del muro. Seguramente estaban a kilómetros.

Volví a mirarlo, el cuerpo inerte envuelto en una túnica rasgada y negra que se hubiese ocultado perfectamente en el barranco de pasto y hierba si no fuese por la luz de la luna.

Ilmar Silder, debes actuar.

Me acerqué lentamente, escuchando el crujir de las hojas secas debajo de mis botas y el frufrú de mi capa sobre el pasto. Me quedé de pie junto a su cuerpo inmóvil y, luego de respirar hondo y expulsar el aire, me agaché junto a él.

Su cabello negro estaba por toda su cara y extendido en parte por el pasto, en largas trenzas y mechones sueltos. El rostro entero estaba cubierto por una mezcla de sangre, tierra y manojos del mismo cabello.

Tragué saliva. Necesitaba saber si aún respiraba.

El sabor metálico de mi propio miedo me llenó la boca, espeso, asqueroso. Traté de concentrarme, de recordar las clases del Tío, de respirar como él me enseñó: inhalar en cuatro tiempos, exhalar en seis. Pero mi cuerpo no obedecía. Mis manos temblaban tanto que apenas podía mantenerlas lejos de mi pecho, donde el corazón me latía desbocado, animal, desesperado por salir corriendo.

¿Seguirán por aquí los asesinos?

Mis ojos, ajustándose a la penumbra, intentaron ver más allá del cuerpo que tenía frente a mí. La niebla se extendía en todas direcciones, densa, impenetrable, tragándose todo lo que estuviera a más de diez pasos. Los árboles que había atravesado hace solo un momento, ahora parecían figuras inclinadas, observándome, esperando. Las ramas se entrelazaban sobre mi cabeza formando una bóveda de dedos negros que se movían con el viento y amenazaban con cerrarse y asfixiarme.

Pidiendo a mi mano que dejara de temblar, acerqué dos dedos a su cuello.

Él respiraba.

Traté de apartar el cabello de su cara para verle el rostro, y mis dedos tropezaron con la sangre antes de tocar la piel. Estaba fría, demasiado fría. La sangre, espesa y oscura, se había secado en mechones apelmazados, pegando el cabello a la frente, a las mejillas, a la línea de la mandíbula. Traté de separar un mechón con más cuidado, y entonces vi un destello de piel pálida debajo, blanca como la cera, manchada de cortes que no parecían hechos con un cuchillo sino con algo más brutal.

Garras, pensé, y el pensamiento me heló. O algo peor.

Un sonido a mi izquierda hizo que me congelara.

El corazón se me detuvo un latido, justo antes de volver a latir con tanta fuerza que me dolió el pecho. Giré la cabeza con lentitud, temiendo lo que iba a encontrar, y miré hacia la línea borrosa de los árboles. No había nada, solo la oscuridad, el silencio. La misma quietud helada que me rodeaba. Pero el sonido había estado ahí. Lo había escuchado.

Un animal, un bicho ¡Yo que sé!

Me obligué a volver a mirar al hombre.

—¡Señorita Silder! ¡Dónde se encuentra! —enseguida miré atrás, a la espesa niebla.

Escuché más gritos. Las voces venían del camino, encima de nosotros, de los lados, pero aún lejos.

—¡A…!

Ocurrió rápido. Un momento estaba en cuclillas, mirando sobre el barranco, buscando al guardia con la mirada, al otro, él se había echado encima de mí.

Pestañeé.

Pudiera mirar el cielo estrellado, pero solo vi un rostro oculto por la tierra, la sangre y la sombra de la noche. Su mano permaneció sobre mi boca, sus dedos helados y firmes sobre mis labios. Mi pulso subió en un estallido, lo sentí en la punta de mis dedos y en las muñecas, tanto que me mareaba.

Su cuerpo presionó el mío sobre el pasto y la hierba me pinchó la nuca. Cada uno de sus contornos me hundía más y más en el piso. Por alguna razón, mi cuerpo reconoció tal peso, al toque, como si lo conociese de toda la vida.

Después de la incredulidad y el asombro, vino en miedo. Intenté gritar, pero no salió nada. Mi garganta se había cerrado, mis pulmones habían dejado de funcionar. Mi cuerpo entero se había convertido en una cosa paralizada, inútil, entregada al peso de él y a la visión de esos ojos que no parpadeaban, que no se movían, que simplemente me miraban. A pesar del frío, sentía el calor de su aliento sobre mi rostro, llegaba a mí en diminutas olas que rozaban mi frente y mis mejillas, podía sentir como ese calor se deslizaba por la línea de mi mandíbula, como la hoja de una cuchilla.

Abrí mucho los ojos, intenté quitarme, pero su peso me inmovilizaba.

Lo siguiente me heló la sangre por completo.

Sus ojos, que apenas podía distinguir por la sombra y su cabello negro, emergieron de la oscuridad, se prendieron como solores, y lo que vi en ellos me robó el aliento más de lo que me lo robaba su cuerpo sobre el mío.

Tuvieron un cambio, primero fue un amarillento enfermizo, como la luz de una farola antigua que se encendía lentamente, luego, ese amarillo se intensificó hasta volverse dorado. Incluso en la oscuridad, en la negrura de su rostro oculto, resplandecieron como dos faros.

Entonces pasó algo con sus pupilas.

Los dos pequeños círculos negros en medio de sus ojos se movieron, se transformaron. Ante la incredulidad de mi mirada, se aplanaron y volvieron una afilada línea vertical. Como la grieta que quedaba cuando medio rompes un plato, como los ojos de un gato o los de un reptil.

El sudor frío nació en medio de mis omóplatos, deslizándose por mi espalda baja ¿Era la muerte? Mi corazón galopó más fuerte, corrió desbocado del miedo. Miedo puro y crudo que se clavó en mis huesos, pues sentí que podía morir en ese preciso instante.

La línea negra de sus ojos, ante mi asombro, se movió. Se expandió, como si se ajustara a la oscuridad, como si buscara algo, aquella extraña línea en medio de sus ojos dorados brillantes se partió en dos, continuó transformándose en algo que me era completamente ajeno.

Dos segundos.

Dos eran suficientes para hacer algo, para huir, gritar, golpear. Pero mi cuerpo permanecía inmóvil, atrapado en aquellos extraños ojos. Jamás había visto algo así en el Clan o en los libros.

Entonces, así como se había lanzado sobre mí, se desmayó.

El peso sobre el mío aumentó de pronto, y su cabeza se enterró a un lado de la mía, sobre la hierba húmeda. Su cuerpo que temblaba ahora era blando, pesado, absolutamente inconsciente.

—¡El Clan Kelagor!

Intenté moverme, pero pesada un infierno, un verdadero infierno. Pude ver vagamente la cabeza de mi padre sobre el camino. No corrió hacia mí, sino al carruaje.

Escuché más voces de pronto.

—¡El Clan Kelagor fue masacrado! ¡Busquen a su heredero!

Gemí vagamente, queriendo quitarlo de encima, y el silencio más absoluto fue mi respuesta. Cuando me senté, empujándolo, se vino de nuevo sobre mí, como una última muestra de conciencia y fuerza. Cayó a mis brazos, y como pude, lo abarajé, cerrando mis manos en su espalda. Cuando caía inconsciente, alcancé a sujetar su nuca y lo acerqué a mi cuerpo, su cabeza cayó sobre mi hombro y el largo cabello me tapo el rostro por un segundo.

Respiré hondo, y solo en ese momento reconocí aquellos ojos de un retrato que vi hace mucho…

¿No era este el heredero del Clan Kelagor?

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