Capítulo 1
Prólogo
Palermo, julio de 1992
Las primeras aparecieron al amanecer, y nadie las había convocado. Una sábana en un balcón de la calle de los Sastres, otra en una ventana del barrio de la Kalsa, otra atada con prisa a la reja de un entresuelo. Después fueron decenas, luego cientos, y hacia el mediodía la ciudad entera parecía haberse vestido de una rendición que en realidad era lo contrario.
Colgaban sin un solo grito. Eso fue lo que más desconcertó a los forasteros: el silencio de aquella tela inmensa agitándose sobre las calles, tan quieta que parecía respirar. Abajo, en una calle cortada por la policía, seguía subiendo el humo de la última explosión, y el olor a polvo y a metal quemado se metía por las ventanas abiertas y se posaba en los manteles blancos, en las sábanas, en la ropa de los vivos.
Nadie había dado la orden. Nadie sabía quién había sido el primero en atreverse. Las mujeres ataban las esquinas con manos torpes, los viejos sostenían las escaleras, los niños preguntaban qué significaba aquello y recibían por respuesta una mirada que no sabían interpretar todavía.
En una de esas casas, un hombre de cincuenta y ocho años miró cómo su mujer anudaba una sábana a la barandilla del balcón y no dijo nada. Había aprendido a callar mucho antes de aquel día. Había aprendido a los nueve años, en un verano de hambre, con el calor de una gallina aún tibio entre las manos de otro.
Capítulo 1
Hambre
El hambre, en Corleone, tenía sonidos. Saro Cannavò lo supo aquel junio de 1943, a los nueve años, cuando despertó antes del alba sin que nadie lo llamara y oyó el estómago de su madre en la oscuridad: un rumor largo y sordo, como de agua que busca salida bajo la tierra. Ella fingía dormir. Fingía por pudor, y él fingía no oírla por el mismo motivo, y así los dos sostenían una cortesía que en aquella casa valía casi tanto como el pan.
Quedaba poco de todo. La guerra se había llevado a los hombres y a los mulos, y lo que la guerra no se llevó se lo llevó el ammasso, la requisa del trigo, que los camiones grises vaciaban en la plaza ante la mirada de los carabineros y la del párroco, que bendecía sin mirar. En los campos, las espigas amarilleaban sin brazos suficientes para segarlas. En las casas se hervía achicoria con un puñado de sal y a eso se le llamaba cena.
Saro se vistió sin hacer ruido, se mojó la cara en el barreño y salió. El pueblo dormía aún bajo su roca, con las casas apiñadas en la ladera como animales que se dan calor. Olía a ceniza fría y a estiércol seco. En la fuente de la plaza pequeña, sentado en el borde de piedra con los pies colgando, lo esperaba Calogero.
Tenía trece años y parecía más. Era alto para su edad y de una delgadez de sarmiento, con la piel curtida por el sol y unas manos desproporcionadas, anchas, de las que ya anuncian al hombre. Hablaba poco. Cuando miraba, lo hacía despacio y de frente, y los mayores del pueblo, que lo llamaban «el hijo de Lo Bruno» con un tono entre la lástima y la prevención, apartaban primero los ojos.
—Llegas tarde —dijo, sin reproche.
—Mi madre no ha dormido.
Calogero asintió, como si eso lo explicara todo, y echó a andar. Saro lo siguió. Subieron por el camino de las eras, entre muros de piedra seca y tunas cargadas de higos aún verdes, hasta que el pueblo quedó abajo y el sol empezó a clavarse en los cerros. A mitad de la cuesta, Calogero se detuvo y señaló con la barbilla.
Era la masía del administrador, un edificio de piedra con un patio cercado por un muro bajo. Dentro, entre el polvo y la sombra de una higuera, picoteaban seis gallinas gordas, de plumaje rojizo, indiferentes a la guerra. A Saro se le hizo la boca agua con una violencia que lo avergonzó.
—Hay un perro —susurró.
—Duerme. Con este calor no se mueve hasta mediodía. —Calogero se agachó y recogió una piedra del tamaño de un puño—. Cuando yo te diga, tiras esto contra la puerta del establo. Con fuerza. El perro irá hacia allá.
—¿Y si no va?
—Irá.
No hubo más explicaciones. Calogero saltó el muro con una ligereza de gato y se perdió entre los matorrales del patio. Saro, con la piedra apretada en la mano y el corazón desbocado, contó hasta cien, hasta doscientos, hasta que oyó el silbido leve y lanzó. El golpe resonó seco contra la madera. Un ladrido ronco rompió la calma, luego pasos de bestia sobre la tierra, y entonces, durante un instante que a Saro le pareció eterno, no ocurrió nada.
Vio salir a Calogero del patio por el otro lado, con la chaqueta abultada y el rostro sin expresión. No corría. Caminaba rápido, muy derecho, como quien vuelve de misa. Saro lo alcanzó entre las tunas con la sangre golpeándole en los oídos y vio un ala asomar bajo la tela, un último temblor, la cabeza colgando. No había oído ningún ruido. Calogero había retorcido el cuello con un solo gesto de la muñeca, tan limpio como quien gira una llave.
Fue entonces cuando los vieron.
Por el camino, a lomos de una mula parda, subía un hombre de unos cuarenta años, con sombrero de fieltro y maletín de cuero atado a la silla: el doctor Pantaleo. Todo el pueblo lo conocía. Curaba las fiebres, firmaba los papeles que nadie sabía leer y arreglaba, decían, cosas más delicadas que las fiebres. Detuvo la mula a dos pasos de ellos. Sus ojos, serenos, bajaron sin prisa hacia el bulto que Calogero apretaba contra el costado y volvieron a subir hasta su rostro.
Saro dejó de respirar.
El doctor levantó dos dedos hasta el ala del sombrero, en un saludo breve, casi cortés, y siguió camino cuesta arriba sin una palabra.
—Nos ha visto —murmuró Saro cuando se alejó.
—Sí.
—No ha dicho nada.
—No.
Calogero se quedó mirando la espalda del doctor mientras la mula se perdía tras la curva. Era una mirada que Saro no le había visto nunca: atenta, medida, la de quien examina el tronco de un árbol que algún día tendrá que trepar.
En casa de los Lo Bruno, la madre desplumó el ave en silencio, con los labios apretados y las manos rápidas, mientras los tres hermanos pequeños la observaban desde un rincón con los ojos enormes. El caldo olió a gloria por toda la calle. Calogero le dio a Saro la primera escudilla, y él la bebió quemándose, con la grasa resbalándole por la barbilla, sin hablar, sintiendo cómo algo largamente apretado se le soltaba en el pecho.
—Tú no has estado aquí —dijo Calogero al despedirlo, en el umbral.
—No.
—Esto no se cuenta.
—Nunca.
Esa noche, por primera vez en meses, el estómago de su madre no sonó. Saro, con la boca todavía untada de grasa, creyó que aquel silencio era una forma de paz. Tardaría cincuenta años en comprender que era una forma de deuda.








