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Libertad con aroma de mujer

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Summary

Brenda Ponce lo tenía todo para heredar el imperio familiar, pero tras una amarga traición a días de su boda, decide renunciar al lujo y mudarse a la gran ciudad para hacer una Maestría en Mercadeo Internacional. Determinada e independiente, jura no volver a depender de nadie. Sin embargo, su destino cambia la noche en que se cruza con Andrés Esposito: un magnate carismático y poderoso acostumbrado a conseguir todo lo que quiere. Lo que comienza como un roce fortuito desencadena una atracción electrizante. Entre secretos de familia, intrigas mediáticas y fantasmas del pasado, Brenda deberá decidir si proteger su independencia o entregarse a un amor que le devolverá la libertad.

Status
1h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

Nuevos Horizontes

​¿Cómo sabes si quieres algo? Si de niña te reprogramaron para algo... Las mujeres estamos en un mundo de independencia, no de dependencia.

​Brenda Ponce era una joven llena de ilusiones, con un corazón muy noble, hija de Alberto Ponce, un acaudalado empresario, y Paulina Sierra, una mujer dedicada a su familia y a una casa hogar. Brenda, la mayor de dos hembras, al graduarse con honores en la carrera de Gerencia y Mercadeo, decidió irse a otra ciudad para hacer una Maestría en Mercadeo Internacional.

​Cuando llegó a la ciudad, decidió empezar de nuevo, olvidar lo vivido con su ex y el resentimiento que llevaba dentro. Lo primero que hizo fue alquilarse en un apartamento pequeño pero bonito, con un estilo minimalista; arregló un poco aquí, un poco allá y salió al supermercado, que le quedaba muy cerca —en realidad, ella estaba cerca de todo: centros comerciales, farmacias, hospitales—.

​Para Brenda, ese era un sueño que se estaba haciendo realidad. Desde niña soñaba con la grandeza de la ciudad, ya que vivía en un pequeño pueblo. Cuando entró al supermercado, lo primero que investigó con la mirada fue si estaban solicitando empleados. Ella quería ser una más que llega a la ciudad y empieza a trabajar para ganarse la vida. Echó un vistazo, no logró ver nada y siguió a lo que iba.

​Al llegar al apartamento, dejó las bolsas en la mesa y decidió hacer un par de llamadas.

Llama a Paulina:

—¡Hola madre! ¿Cómo está todo? Esto me encanta, los rascacielos, la gente, el frío... —se ríe y se da cuenta de que no deja hablar a su madre—, oh, perdón madre, estoy tan emocionada que no me percaté, cuéntame.

Paulina responde:

—Todo bien, mi amor, aquí todos te echamos de menos. Creo que tu padre está melancólico, no ha salido del despacho.

​Brenda prometió llamar más tarde a su hermana Sofía y se dispuso a acomodar la ropa en su nuevo armario. El apartamento olía a madera fresca, a limpio y a esa dulce libertad que tanto había anhelado durante meses. No quería más llamadas de su ex, ni reclamos sobre bodas canceladas tres días antes, ni la opulencia sofocante del apellido de su familia. Estaba allí para demostrarse a sí misma de qué estaba hecha y valerse por sus propios medios.

​Aquella misma noche, su amiga Mariale logró convencerla de hacer una pausa en sus libros para asistir a una exclusiva recepción privada en la zona más prestigiosa de la ciudad. El salón rebosaba de luces cálidas, copas de cristal, música suave y personalidades de la alta sociedad. Brenda vestía un diseño sencillo pero sumamente elegante que resaltaba su figura, su belleza natural y sus intensos ojos azules.

​Mientras conversaba cerca de la barra sosteniendo una copa de vino tinto, una extraña sensación la recorrió de pies a cabeza: la certeza absoluta de que alguien la observaba fijamente desde la penumbra del salón VIP.

​Al darse vuelta para buscar la fuente de esa mirada penetrante, una figura imponente le cortó el paso de forma inesperada. Andrés Esposito vestía un traje de diseñador impecable, lucía una sonrisa pícara y unos profundos ojos miel que destilaban un magnetismo arrollador.

​—¿Eres la amiga de mi chica? —preguntó él con una voz grave y aterciopelada que resonó directamente en el pecho de Brenda.

​Brenda se congeló al instante. Aquella voz rasgada e inconfundible la hizo viajar inmediatamente a un choque accidental ocurrido días atrás en la biblioteca de la universidad. Un corrientazo eléctrico recorrió toda su columna antes de que pudiera articular palabra alguna, dejando a ambos atrapados en una mirada cargada de misterio y tensión.

​La fiesta avanzó entre conversaciones fluidas, risas y miradas discretas, pero la tensión entre Brenda y Andrés se volvió cada vez más palpable. Entrada la madrugada, al notar que su hermano estaba pasado de copas, Mariale decidió que era momento de regresar a casa. Gabriel, amigo cercano de la familia, se ofreció a manejar el vehículo de Andrés para llevarlos a todos con seguridad.

​Brenda intentó excusarse amablemente y tomar un taxi para no incomodar, pero Mariale se negó rotundamente, insistiendo en que no permitiría que se fuera sola a esas horas.

​Durante todo el trayecto hacia la residencia Esposito, Andrés viajó en el asiento del copiloto. A través del espejo retrovisor, sus ojos miel no despegaron la mirada de los labios de Brenda ni un solo segundo. Con comentarios sutiles y cargados de doble sentido, revivió el incidente de la biblioteca, logrando que las mejillas de Brenda se encendieran en medio de la penumbra del vehículo.

​Al llegar a la residencia, Gabriel estacionó frente a la entrada principal. Andrés bajó del automóvil con paso firme para despedirse. Al acercarse a la ventanilla de Brenda, se inclinó despacio y le rozó la mejilla con un beso cálido y prolongado.

​—Mover la lengua no siempre es para hablar, princesa... —le susurró al oído con picardía antes de guiñarle un ojo.

​Brenda se quedó petrificada en su asiento, con la respiración entrecortada y el corazón latiéndole a mil por hora, confundida por el torbellino de emociones que ese hombre comenzaba a despertar en ella.

—...Fingir que todo está bien solo para complacer a la prensa —se quejaba Andrés con frustración—. Karol nunca está; para ella es más importante andar viajando. Entiendo que es su trabajo, pero por encima de todo está nuestro compromiso y a ella no le importo. Eso me queda muy claro, Gabriel.

Mariale, al notar que su hermano estaba pasado de copas, decidió llevarlo a su casa. Le pidió a Brenda que las acompañara para que en la mañana la llevara de vuelta a la suya. Brenda, un poco incómoda, respondió:

—No te preocupes, Mariale, puedo tomar un taxi.

—Chicas, mejor yo las llevo a casa de Andrés en mi auto —intervino Gabriel—. Mañana las paso buscando y vamos a mi casa de la playa. Tengo una fiesta y ustedes no se la pueden perder.

—Acepto que nos lleves —dijo Mariale mirando a Brenda—. Amiga, vamos ya, es muy tarde y no dejaré que te vayas sola.

Al llegar a la residencia de Andrés, él fijó la mirada en Brenda y soltó una sonrisa:

—Qué bella eres, Brenda...

—Sí, es bella y natural. Nada que ver con la escurridiza —añadió Mariale.

—Uff, a esa ni me la nombres —respondió Andrés con desgana.

Mariale no entendió a qué se refería, pero decidió llevar a su hermano a su habitación. Brenda la ayudó en el camino, aunque prefirió esperar afuera en la puerta sin entrar. Luego, pasaron a otra habitación donde Brenda pasaría lo que quedaba de noche.

Al entrar al cuarto, observó cómo la luz de la luna se filtraba por el balcón. Las sábanas de seda roja hacían un juego perfecto con un sofá blanco; todo el lugar transmitía elegancia. Fue al vestidor y tomó una prenda de vestir para dormir, tal como Mariale le había dicho que hiciera con total confianza.

Pasó al baño, cuyo piso de mármol negro contrastaba con un lavabo tallado en piedra, posiblemente importado del continente europeo. A Brenda le apasionaba cada espacio que fuese único, y este estaba empezando a cautivarla. Se dio una ducha ligera y bajó a la cocina por un vaso de agua.

Justo al cruzar el umbral, chocó de frente con Andrés, haciendo que a él se le cayera un vaso de jugo.

—¡Perdón, perdón! —susurró ella sobresaltada.

Andrés la miró fijamente, con una mirada fría y profunda, hasta que de pronto soltó una leve risa:

—Tenías que ser tú...

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