Capítulo 1: El hogar siempre huele a magia.
Si alguien me hubiera dicho que echaría de menos una casa en la que ocho personas podían discutir simultáneamente por una tostada, tres gatos mágicos dormían donde les daba la gana y las escobas tenían la desagradable costumbre de perseguir a quienes no recogían sus habitaciones, probablemente le habría recomendado que visitara a un sanador para que le examinara la cabeza. Sin embargo, mientras el carruaje avanzaba por el sendero empedrado que conducía a Belladonna, con las ruedas crujiendo sobre las hojas secas y una diminuta hada azul revoloteando junto a la ventana, comprendí que había pasado demasiado tiempo lejos de casa.
Belladonna no era un pueblo que apareciera en los mapas de los humanos corrientes. De hecho, si alguno de ellos se encontraba por casualidad con el camino que conducía hasta allí, lo más probable era que terminara dando vueltas alrededor del mismo roble durante horas, convencido de que se había perdido en el bosque. Mi madre decía que aquello era una medida de protección muy antigua; Rowan sostenía que se debía a que los humanos tenían una orientación pésima y que los hechizos no hacían más que ahorrarles la vergüenza de admitirlo. Yo prefería creer a mi madre, aunque jamás se lo habría confesado a Rowan. Bastante insoportable era ya sin darle motivos para sentirse inteligente.
A medida que el carruaje descendía por la colina, el pueblo apareció ante mis ojos como una ilustración sacada de uno de aquellos libros de cuentos que mi padre solía leerme cuando era pequeña. Las casas de piedra clara se amontonaban a lo largo de las calles estrechas, con tejados puntiagudos cubiertos de musgo y chimeneas de las que salían pequeñas espirales de humo violeta. Las ventanas estaban adornadas con macetas de flores luminosas, algunas de las cuales cambiaban de color según el humor de sus dueños. Un anciano discutía con su sombrero, que había decidido volar hacia la fuente de la plaza; dos niñas perseguían a un conejo blanco con alas de mariposa; y, sobre el tejado de una pastelería, una bandada de diminutos dragones domésticos se calentaba al sol, soltando anillos de humo por sus hocicos.
Todo seguía igual.
La panadería de los Bellweather continuaba desprendiendo aquel olor maravilloso a canela y pan recién hecho, la fuente central todavía lanzaba chorros de agua que se transformaban en peces plateados antes de caer de nuevo en la piedra, y los faroles encantados comenzaban a encenderse por sí solos, aunque aún quedara un poco de luz en el cielo. Incluso la estatua de la plaza, un antiguo hechicero con una barba exageradamente larga, seguía sacándole la lengua a los niños que pasaban por delante. Mi madre afirmaba que el encantamiento era una reliquia histórica. Mi padre decía que alguien había pagado una cantidad ridícula de dinero para que una estatua se burlara de la gente. Yo sospechaba que ambos tenían razón.
Apoyé la frente contra el cristal y sonreí sin darme cuenta.
Habían pasado varios meses desde la última vez que había recorrido aquellas calles. La escuela de magia real quedaba lo bastante lejos como para que volver a casa no fuera algo que pudiera hacer cualquier tarde, y aunque me había acostumbrado a los dormitorios ordenados, las comidas a horas exactas y las normas que parecían escritas por personas que jamás habían tenido hermanos, no había conseguido acostumbrarme al silencio. Allí, en Belladonna, el silencio era prácticamente una criatura mitológica. Si no había alguien cantando en la cocina, otro practicando un hechizo en el jardín o Finnian intentando demostrar que podía hacer algo que claramente no podía hacer, era porque algo terrible estaba a punto de suceder.
Y, aun así, era el único lugar donde podía imaginarme viviendo para siempre.
—Hemos llegado, señorita.
La voz del cochero me sacó de mis pensamientos. Me incorporé tan deprisa que golpeé con la cabeza el borde de la ventana.
—¡Ay!
El hada azul que me había acompañado durante los últimos minutos dio una vuelta alrededor de mi cabello, como si se estuviera riendo de mí. La señalé con un dedo acusador.
—Ni una palabra.
La criatura soltó una chispa brillante y escapó por una rendija de la ventana.
Traicionera.
Recogí mi bolso, me acomodé el abrigo y bajé del carruaje antes de que el cochero pudiera ofrecerme ayuda. El aire fresco me golpeó las mejillas y me llenó los pulmones con una mezcla de tierra húmeda, hojas, humo de chimenea y flores encantadas. Era un olor imposible de encontrar en los pasillos de la escuela, donde todo olía a libros antiguos, pociones derramadas y estudiantes demasiado orgullosos de sus propias habilidades.
Mi casa se alzaba al final de un pequeño sendero, detrás de una verja negra cubierta de enredaderas. No era un castillo ni una mansión con torres de mármol, como las residencias de algunas familias antiguas de hechiceros, pero tampoco era una casita miserable que se desmoronara con el primer viento. Los Ashbourne nunca habíamos sido ricos, aunque tampoco habíamos pasado necesidades. El sueldo de mi madre como hechicera de la corte real nos había permitido vivir cómodamente, mantener la casa en buen estado y llenar las despensas con algo más que patatas y pan duro. Aun así, alimentar a ocho hijos tenía sus dificultades, sobre todo cuando tres de ellos estaban convencidos de que la comida desaparecía por culpa de una maldición familiar y no porque Rowan tuviera la costumbre de levantarse por las noches para terminarse las sobras.
La casa tenía paredes de piedra gris, ventanas de marcos blancos y un tejado oscuro del que sobresalían dos chimeneas. Las rosas del jardín trepaban por la fachada y brillaban suavemente al anochecer, como si alguien hubiera escondido estrellas entre sus pétalos. Un pequeño molino de viento giraba en el tejado, aunque no soplaba ni una brisa. Mi padre lo había construido para mantener ocupadas a las hadas del jardín; según él, las criaturas necesitaban un pasatiempo. Según mi madre, aquello era una forma muy elaborada de evitar que se metieran en la despensa.
En una de las ventanas había una cortina que se movía frenéticamente.
Entrecerré los ojos.
La cortina volvió a agitarse.
—Como estés haciendo alguna estupidez, Finnian… —murmuré.
La puerta principal se abrió de golpe.
—¡EIRAAAA!
No tuve tiempo de reaccionar. Una pequeña figura pelirroja salió disparada por el umbral, bajó los escalones casi de un salto y se lanzó directamente a mis brazos. Apenas conseguí soltar el bolso antes de recibir el impacto, y tuve que retroceder un paso para no terminar sentada sobre el camino.
—¡Pippa! —exclamé, riéndome mientras la estrechaba contra mí—. ¡Por todos los duendes, vas a partirme las costillas!
—¡No es verdad! —protestó ella, apretándome todavía más fuerte.
Pippa tenía diez años, el cabello rojo cobrizo recogido en dos trenzas desiguales y unas mejillas que parecían sonrojarse cada vez que respiraba. Había crecido desde la última vez que la había visto, aunque seguía siendo lo bastante pequeña como para esconder la cara en mi hombro y fingir que no había estado llorando de emoción. Le acaricié el cabello, sintiendo que algo cálido y dolorosamente familiar se acomodaba en mi pecho.
—Mírate —susurré—. Estás enorme.
—Tú sigues siendo alta.
—Mido lo mismo que antes.
—Pues entonces yo soy la que está creciendo.
—Una conclusión brillante. La escuela de magia debería contratarte como profesora.
Pippa soltó una risita contra mi cuello. Durante unos segundos, nos quedamos abrazadas sin decir nada. Yo había imaginado muchas veces cómo sería volver a casa, pero ninguna de aquellas fantasías había incluido la sensación exacta de tener a mi hermana pequeña entre los brazos, escuchar su respiración agitada y descubrir que, por mucho que cambiara el mundo, algunas cosas seguían teniendo el mismo lugar dentro de mí.
Entonces escuché un sonido sospechosamente parecido al de una botella de champán abriéndose.
Levanté la cabeza.
—No.
Una pequeña explosión de confeti rosa, dorado y verde estalló directamente frente a mi cara.
Cerré los ojos por instinto. Durante un instante, el mundo entero se convirtió en una nube de papelitos brillantes que se me metieron en el cabello, se pegaron a mis pestañas y terminaron deslizándose por el interior de mi abrigo.
Cuando volví a abrir los ojos, Finnian estaba en la puerta con una varita entre los dedos y una expresión de satisfacción tan grande que me dieron ganas de lanzarlo al estanque.
—¡Bienvenida a casa! —anunció, inclinándose con una reverencia exagerada—. Espero que disfrutes de nuestra humilde celebración.
Lo miré en silencio.
Él sonrió.
Yo parpadeé para quitarme un papelito de una pestaña.
Finnian dejó de sonreír un poco.
—¿Te gusta?
—Estoy decidiendo si voy a abrazarte o a convertirte en una rana.
—¿Una rana bonita?
—Una rana sin patas.
—Eso parece innecesariamente cruel.
Pippa se echó a reír entre mis brazos. Finnian aprovechó aquel momento de distracción para esconder la varita detrás de la espalda, como si eso pudiera borrar las pruebas del delito.
—¡Finnian Ashbourne! —gritó una voz desde el interior de la casa—. ¡Te dije que no usaras ese hechizo cerca de la puerta!
—¡Técnicamente, madre, lo usé delante de la puerta!
—¡No empeores tu situación!
La voz de mi madre tenía ese tono particular que podía hacer que hasta los muebles se comportaran correctamente. Era una habilidad que no se enseñaba en la escuela de magia, aunque yo estaba convencida de que debería ser una asignatura obligatoria para todos los padres.
Antes de que Finnian pudiera inventar otra excusa, alguien apareció detrás de él. Sylvie se asomó por la puerta con los ojos brillantes y una sonrisa tímida que se transformó en una expresión de pura felicidad en cuanto me vio.
—Eira…
No terminó la frase. Se acercó deprisa y me abrazó por un costado, con cuidado de no aplastar a Pippa. Sylvie era distinta de todos nosotros. Tenía el cabello castaño, los ojos atentos y una manera de observar las cosas que a veces me hacía pensar que escuchaba conversaciones que nadie más podía oír. No era de las que gritaban al recibirte ni de las que preparaban explosiones de confeti, pero cuando me abrazó, apoyando la mejilla contra mi hombro, sentí la misma emoción que había visto en el rostro de Pippa.
—Te extrañé —me dijo en voz baja.
Aquellas dos palabras me hicieron más daño que cualquier despedida en la estación de carruajes.
—Yo también te extrañé, pequeña.
—No soy pequeña.
—Claro que no.
—Tienes un diente de leche guardado en una caja.— intervino Finnian.
Giré lentamente la cabeza hacia nuestro hermano.
Finnian levantó ambas manos.
—¿Tienes un diente de leche guardado en una caja? —pregunté, horrorizada.
—¡No! Bueno, sí, pero no es mío. Creo.—Sylvie intentó excusarse
—Voy a fingir que no he escuchado eso.
—¡Eira!
Una nueva voz se sumó al alboroto y, de pronto, la entrada se llenó de hermanos. Cedric fue el siguiente en acercarse. Me abrazó con una sonrisa tranquila, de esas que parecían decir que el mundo podía estar a punto de derrumbarse y él todavía encontraría una manera de preparar té. Su cabello castaño estaba despeinado y tenía una mancha de tinta en el puño de la camisa.
—Has vuelto antes de lo que esperábamos —comentó.
—El carruaje no se detuvo a recoger a ningún dragón fugitivo esta vez.
—Una lástima. Habría sido entretenido.
—Cedric, no animes a Finnian —advirtió Sylvie.
—No he dicho nada de Finnian.
—Lo has mirado.
—¿Ahora está prohibido mirar a la gente?
—Cuando la gente es Finnian, sí —intervine.
Nuestro hermano menor fingió ofenderse y se llevó una mano al pecho.
—Esta familia no aprecia mi talento.
—Tu talento consiste en convertir situaciones normales en emergencias —dijo Cedric.
—Y, aun así, todos hablan de mí.
—Porque es difícil ignorar un incendio en la cocina.
—Aquello fue un accidente.
—Prendiste fuego a una cuchara —recordé.
—¡La cuchara estaba encantada!
—¡La cuchara era de madera!
—¡Precisamente! ¡Un material muy inflamable!
Me eché a reír antes de poder evitarlo. Y entonces Maelis apareció detrás de Cedric, con los brazos cruzados y una expresión que intentaba desesperadamente fingir indiferencia.
Mi hermana tenía el cabello rojo como el mío, aunque lo llevaba recogido con una cinta oscura y siempre parecía tener una idea complicada rondándole la cabeza. Sus ojos recorrieron mi rostro, mi abrigo cubierto de confeti y el bolso que había dejado caer a mis pies.
—Vaya —dijo—. La escuela de magia te ha enseñado muchas cosas, pero por lo visto todavía no te ha enseñado a esquivar un hechizo de nivel básico.
—Qué alegría verte también, Maelis.
—Te habría preparado una bienvenida más digna, pero Finnian insistió en encargarse de las celebraciones.
—¡Porque tengo talento! —gritó él desde la puerta.
—Tienes suerte de que nuestra madre te quiera —respondió Maelis.
Ella se acercó y me abrazó con tanta rapidez que casi pareció que no quería que nadie la descubriera haciéndolo. Luego se apartó, acomodándose la manga.
—No te acostumbres a esto —murmuró—. La próxima vez te recibiré con una lista de preguntas sobre tus exámenes.
—No esperaba menos de ti.
Maelis sonrió apenas, y por un momento vi a la hermana que se quedaba despierta conmigo hasta tarde para explicarme hechizos que yo no comprendía, aunque al día siguiente tuviera sus propias clases. Después su expresión cambió ligeramente y miró hacia mi bolso.
—¿Trajiste los libros que te pedí?
—Acabo de llegar.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Sí, Maelis. También te extrañé.
—Bien. Entonces estamos de acuerdo.
A veces sospechaba que mi hermana había nacido con una lista de objetivos escrita en la frente. Otras veces, cuando la encontraba dormida sobre sus libros con tinta en la nariz, recordaba que debajo de toda aquella ambición seguía siendo la misma chica que me había enseñado a hacer crecer flores luminosas en el alféizar de nuestra ventana.
—¡Apartaos, criaturas sentimentales! —anunció Rowan—. Ha llegado el momento de que la verdadera estrella de esta familia reciba a nuestra hermana perdida.
—¿Tú? —pregunté.
—Veo que la distancia no ha logrado devolverte el sentido del humor.
Rowan apareció con una sonrisa descarada, el cabello castaño revuelto y una manzana en la mano. Era incapaz de entrar en una habitación sin hacer algún comentario innecesario, y estaba convencido de que su ausencia de poderes mágicos era una injusticia personal que el universo terminaría corrigiendo en cualquier momento. Hasta entonces, había decidido compensar aquella carencia convirtiéndose en la persona más ruidosa de Belladonna.
—Ven aquí, enana —dijo, abriendo los brazos.
—Soy mayor que tú.
Lo abracé. Rowan me levantó ligeramente del suelo, me hizo girar y casi terminó golpeándose con el marco de la puerta. Pippa aplaudió. Finnian se rio. Cedric cerró los ojos con la paciencia de un santo.
—Te extrañé —admitió Rowan cuando por fin me dejó en el suelo—. La casa ha sido insoportablemente aburrida sin alguien a quien culpar de mis errores.
—¿Tus errores?
—Naturalmente. Antes, cuando rompía algo, podía decir que había sido un hechizo tuyo. Ahora debo asumir las consecuencias de mis actos, y te aseguro que no me está sentando bien.
—Podrías probar a no romper cosas.
Rowan me miró con auténtica preocupación.
—Eira, has pasado demasiado tiempo en la escuela. Estás empezando a decir cosas absurdas.
Una carcajada se me escapó de los labios. Rowan sonrió, satisfecho consigo mismo, como si acabara de cumplir una misión de importancia nacional.
Entonces apareció Elowen.
Mi hermana mayor no necesitaba levantar la voz para hacerse notar. Tenía el cabello rojo recogido en una trenza larga, la espalda recta y esa expresión serena que utilizaba cuando todos los demás estaban a punto de perder la cabeza. A diferencia de Rowan, no hizo ninguna broma. Simplemente se acercó y me abrazó con fuerza, una mano apoyada en mi nuca, como si quisiera comprobar que de verdad estaba allí.
—Has tardado —murmuró.
—El carruaje no podía ir más rápido.
—No hablaba del carruaje.
Me quedé quieta un segundo. Elowen siempre había tenido esa habilidad irritante de decir muy poco y, aun así, conseguir que sintiera que me había leído todos los pensamientos.
—Estoy bien —le aseguré.
Ella se apartó lo suficiente para mirarme a los ojos.
—Lo sé. Pero puedes estar bien y aun así haber extrañado tu casa.
No supe qué responder. Así que volví a abrazarla.
Elowen me acarició el cabello una vez antes de soltarme. Después miró a Finnian, que había empezado a hacer desaparecer los papelitos de confeti con pequeños movimientos de su varita.
—Tú vas a limpiar todo esto.
—¡Pero si es confeti mágico!
—Entonces será muy interesante ver cómo lo limpias con magia.
—Eso es abuso de autoridad familiar.
—Y todavía no has visto nada.
Finnian guardó la varita de inmediato.
Fue entonces cuando apareció mi madre.
No necesitó anunciarse. Su presencia tenía una manera muy particular de llenar los espacios, como si el aire mismo la reconociera. Llevaba un vestido verde oscuro bajo un delantal cubierto de harina y tenía el cabello pelirrojo recogido en un moño que ya comenzaba a deshacerse. Una pequeña mancha blanca le decoraba la punta de la nariz.
La poderosa hechicera de la corte real, capaz de levantar barreras mágicas, detener encantamientos peligrosos y enfrentarse a criaturas que habrían hecho salir corriendo a la mayoría de los magos, estaba allí, en la puerta de nuestra casa, con harina en la cara y una cuchara de madera en la mano.
Mi madre me miró.
Yo la miré.
Ella dejó la cuchara sobre una mesita.
—Eira.
Y entonces corrí hacia ella.
Me abrazó con tanta fuerza que durante unos segundos volví a ser una niña pequeña que se escondía detrás de sus faldas cuando los truenos hacían temblar las ventanas. Cerré los ojos contra su hombro y respiré el olor de su ropa, una mezcla de lavanda, harina y el aroma dulzón de las pociones que siempre llevaba consigo.
—Mi niña —susurró, besándome el cabello—. Mi niña preciosa.
—Hola, mamá.
—Mírate. Estás más delgada.
—Mamá…
—Y tienes ojeras. ¿Estás durmiendo bien? ¿Comes lo suficiente? ¿Te abrigas por las noches? ¿Sigues estudiando hasta que se te cierran los ojos? ¿Algún profesor te ha hecho trabajar demasiado? Porque puedo hablar con la directora, y si la directora no me escucha, puedo hablar con el consejo, y si el consejo…
—Estoy bien, mamá.
—Eso dicen todos antes de desmayarse sobre un caldero.
—No me he desmayado sobre ningún caldero.
—Todavía —intervino Rowan.
Mi madre giró la cabeza hacia él.
—Rowan, querido, ¿te gustaría pasar el resto de la semana fregando las ollas con un cepillo de dientes?
Rowan palideció.
—No, madre. Me gustaría muchísimo menos.
—Entonces deja que abrace a mi hija.
Me reí contra su hombro. Ella me estrechó una vez más antes de apartarse para examinarme de arriba abajo, como si buscara heridas ocultas o algún hechizo mal ejecutado que hubiera dejado marcas en mi piel.
—Estás preciosa —dijo finalmente, y aquella sencilla frase consiguió que se me apretara la garganta.
No era que necesitara que alguien me dijera que era preciosa. Era que, después de meses intentando demostrar que podía arreglármelas sola, volver a escuchar la voz de mi madre diciéndome que estaba bien me hizo sentir como si pudiera dejar de esforzarme por un momento.
—Yo también me alegro de verte —contesté, intentando que mi voz no sonara demasiado emocionada.
—¡Yo también estoy aquí! —anunció mi padre desde el interior de la casa—. Aunque, por lo visto, nadie se acuerda de los padres cuando llega una hija.
Lo encontré junto a la mesa del recibidor, con un paño de cocina sobre el hombro y una expresión de fingida ofensa. Mi padre no tenía poderes mágicos, algo que jamás había impedido que se convirtiera en una de las personas más importantes de nuestra familia. Era tranquilo, paciente y poseía una habilidad extraordinaria para conseguir que ocho hijos dejaran de discutir durante el tiempo suficiente para comer. Mi madre podía detener una maldición; mi padre podía lograr que Rowan devolviera un objeto que había tomado prestado sin permiso. En ciertos días, yo consideraba lo segundo mucho más impresionante.
—Papá.
Dejé a mi madre y fui a abrazarlo. Él me rodeó con los brazos y me besó la frente.
—Bienvenida a casa, pequeña.
—Te extrañé.
—Yo también. Aunque debo admitir que he disfrutado de tener una silla libre en la mesa.
Me aparté para mirarlo.
—¿Una silla libre?
—Por fin podía sentarme sin que alguien me pidiera que alcanzara la sal, reparara una lámpara o explicara por qué un sapo estaba durmiendo en mi zapato.
—¡Fue un sapo encantado! —protestó Finnian.
—Era mi zapato encantado —respondió mi padre—. El sapo solo estaba aprovechando las comodidades.
Todos empezamos a reírnos, y mi padre aprovechó para abrazarme otra vez, esta vez con una ternura que no necesitaba ninguna broma para disimularse.
—Me alegra que hayas vuelto, Eira.
Aquello fue todo. No hizo falta nada más.
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Si alguien me hubiera preguntado qué era lo mejor de volver a casa, habría tenido dificultades para elegir una sola cosa. Podría haber hablado del jardín, de las rosas luminosas, del olor de la cocina o de la forma en que Pippa no dejaba de seguirme por los pasillos como si temiera que fuera a desaparecer de nuevo. Pero creo que, en realidad, lo mejor era la sensación de que nadie esperaba que fuera perfecta.
En la escuela, cada error tenía consecuencias. Un hechizo mal pronunciado podía arruinar una práctica; una poción mal preparada podía hacer que toda la clase terminara cubierta de espuma verde; y olvidar una tarea era suficiente para que un profesor te mirara como si hubieras traicionado personalmente a la magia. Allí debía demostrar que merecía mi lugar, que podía aprender, que tenía talento y que no era simplemente otra muchacha pelirroja de una familia numerosa.
En casa, podía entrar con confeti en el pelo, una mancha de barro en la falda y un bolso a punto de romperse, y lo único que recibía era una discusión sobre quién había gastado el último frasco de tinta.
Era maravilloso.
Después de dejar el bolso junto a la escalera, subí a mi habitación. Pippa quiso acompañarme, pero mi madre la llamó desde la cocina para que ayudara a poner la mesa, y la pequeña se marchó después de hacerme prometer que bajaría enseguida. Finnian, por su parte, intentó seguirme con la excusa de que necesitaba inspeccionar el estado de mi varita.
—Mi varita está perfectamente —le dije, cerrándole la puerta en la cara.
—¡Eso es exactamente lo que diría alguien cuya varita necesita una inspección!
—¡Fuera, Finnian!
—¡Te quiero también!
Sus pasos se alejaron por el pasillo.
Sonreí y me volví hacia mi habitación.
Todo seguía exactamente como lo había dejado.
La cama estaba junto a la ventana, cubierta con una colcha color crema que mi madre había bordado años atrás, cuando todavía insistía en que cada uno de sus hijos debía tener algo hecho por ella. Las pequeñas flores cosidas en las esquinas tenían un encantamiento sencillo: al anochecer, sus pétalos adquirían un brillo dorado, como si hubieran absorbido la luz del sol durante todo el día. Las cortinas de encaje se mecían suavemente aunque la ventana estuviera cerrada, porque mi padre había instalado un encantamiento de ventilación que, según él, mantenía la habitación fresca y, según yo, se limitaba a hacer lo que le daba la gana.
Mis libros seguían apilados sobre el escritorio, ordenados por tamaño y no por materia, porque siempre había considerado que un libro grande tenía más posibilidades de aplastar a uno pequeño si los dejaba mal colocados. Junto a ellos descansaba mi vieja lámpara de cristal, que encendía una pequeña estrella azul cada vez que yo chasqueaba los dedos. En el estante de la pared había frascos vacíos, piedras recogidas en el bosque, una pluma que cambiaba de color según la tinta que utilizara y una colección de pequeñas figuras de madera que Pippa me había regalado cuando todavía pronunciaba mal mi nombre.
También seguía allí la marca oscura sobre el escritorio, el recuerdo de mi primer intento de crear una esfera de luz. Había terminado produciendo una explosión de chispas que me dejó las cejas chamuscadas y convirtió el pelo de Rowan en un tono verde brillante durante tres días. Él todavía afirmaba que aquel había sido el mejor aspecto de su vida. Yo todavía sostenía que el verde no combinaba con su personalidad.
Me acerqué a la ventana y observé el retrato familiar colgado en la pared. Los ocho hermanos aparecíamos amontonados en el jardín, intentando mantener una expresión digna mientras una pequeña criatura alada se posaba sobre la cabeza de Cedric. En el retrato, Rowan tenía una mancha de crema en la mejilla, Finnian estaba sacando la lengua y Pippa apenas alcanzaba a asomarse detrás de mi brazo. Mi madre sonreía con una mano apoyada en el hombro de mi padre, que parecía resignado a la idea de que jamás conseguiría una fotografía familiar en la que todos estuvieran quietos.
El retrato se movió cuando me acerqué. Mi versión de doce años levantó la mano y saludó con entusiasmo. Pippa, que en la imagen todavía tenía las mejillas redondas de una niña pequeña, intentó trepar por el borde del marco para acercarse a mí. La versión de Rowan se rio, aunque no recordaba que hubiera hecho eso durante la fotografía original.
—Sigues siendo un idiota —le murmuré a su imagen.
El Rowan del retrato me guiñó un ojo.
Suspiré, divertida, y me senté en el borde de la cama. Durante un largo momento no hice absolutamente nada. No abrí los libros, no revisé mis apuntes, no intenté practicar ningún hechizo ni me preocupé por lo que tendría que hacer al día siguiente. Simplemente escuché.
Abajo, mi madre daba instrucciones desde la cocina. Mi padre movía sillas. Finnian discutía con Cedric sobre las propiedades de un hechizo que claramente no había terminado de comprender. Sylvie preguntaba dónde habían guardado las servilletas, mientras Pippa gritaba que alguien había puesto una cuchara dentro de su zapato. A lo lejos, Rowan declaró que no podía ser culpable de aquello porque, según él, ni siquiera sabía cómo había llegado la cuchara hasta allí.
Cerré los ojos.Por primera vez en meses, no me sentí obligada a hacer nada más que respirar.
Y quizá aquello fuera lo que más había echado de menos: la posibilidad de existir sin tener que demostrar nada.
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La cena en casa de los Ashbourne nunca había sido una actividad tranquila. Mi madre podía preparar una comida deliciosa, mi padre podía colocar los platos con una precisión admirable y Elowen podía amenazar con imponer orden antes de que todos nos sentáramos, pero en cuanto la primera persona abría la boca, cualquier esperanza de una velada silenciosa desaparecía.
Aquella noche no fue diferente.
La mesa estaba llena de pan recién hecho, verduras asadas, una fuente de patatas doradas y un guiso cuyo aroma me hizo comprender que la comida de la escuela había sido una ofensa personal contra todos los ingredientes del mundo. Un par de velas encantadas flotaban sobre nuestras cabezas, y pequeñas luciérnagas doradas recorrían los bordes de las ventanas para mantener alejados a los insectos. Mi madre había preparado mi plato favorito, algo que intentó disimular diciendo que simplemente había comprado demasiadas patatas.
Nadie le creyó.
—Entonces —dijo mi padre mientras nos servía el guiso—, ¿quién quiere empezar contándonos qué ha ocurrido hoy?
—Yo —anunció Finnian.
—No —respondimos todos al mismo tiempo.
Finnian dejó caer la cuchara sobre la mesa.
—Es increíble. En esta casa no se respeta la libertad de expresión.
—La libertad de expresión no te da derecho a contar durante cuarenta minutos cómo casi conseguiste encantar una tostada —dijo Elowen.
—¡No casi! ¡Lo conseguí!
—La tostada salió volando y terminó en el tejado —recordó Cedric.
—Eso demuestra que el hechizo funcionó.
—Demuestra que el desayuno se convirtió en un problema de mantenimiento —dijo mi padre.
Me llevé una mano a la boca para ocultar la risa. Finnian me señaló inmediatamente.
—¡Tú no te rías! En la escuela convertiste un pez en una rana y lo metiste dentro del sombrero de un profesor.
Me quedé inmóvil con el tenedor a medio camino de la boca.
Lentamente, todos los rostros se volvieron hacia mí.
—No lo metí en el sombrero —aclaré—. El pez apareció en el sombrero por accidente.
—¿Y cómo llegó hasta allí? —preguntó Sylvie, con una sonrisa inocente.
—Estaba practicando un hechizo de transformación.
—¿En un pez? —preguntó mi madre.
—Era un pez de práctica.
Mi madre dejó la cuchara sobre su plato.
—Eira, cariño, ¿por qué había un pez de práctica en tu aula?
—Porque el profesor lo llevó.
—¿Y por qué lo transformaste?
—Porque era la práctica.
—¿Y por qué terminó en el sombrero del profesor?
Abrí la boca. La cerré. Volví a abrirla.
—El hechizo tuvo un pequeño… problema de dirección.
Rowan se inclinó sobre la mesa, encantado.
—Es una historia preciosa. Nuestra querida Eira, estudiante ejemplar, futura hechicera de prestigio, derrotada por un pez con aspiraciones sociales.
—No me derrotó un pez.
—¿Y el profesor?
—El profesor tampoco me derrotó.
—¿Entonces por qué suspendiste la práctica?
Lo miré con toda la dignidad que pude reunir.
—Porque el pez se convirtió en una rana a mitad del hechizo y saltó dentro de su sombrero.
Rowan golpeó la mesa con la palma de la mano, riéndose tan fuerte que una de las velas flotantes se tambaleó. Cedric tuvo que apartar su vaso antes de que terminara derramándose sobre el mantel.
—¡Lo sabía! —exclamó Finnian—. ¡Sabía que había sido algo así!
—¿Cómo ibas a saberlo? —pregunté.
—Porque yo también he tenido problemas con las transformaciones.
—Tú convertiste una cuchara en una babosa.
—¡Y aprendí de ello!
—La babosa estuvo en la despensa durante tres días —dijo mi padre.
—¡Porque nadie quería tocarla!
Mi madre se masajeó el puente de la nariz, aunque estaba sonriendo.
—Me alegra comprobar que todos seguís utilizando la magia con la misma prudencia de siempre.
—Mamá, eso es una exageración —dijo Maelis.
Mi madre la miró.
—La semana pasada alguien intentó preparar una poción de crecimiento en la cocina.
Maelis se concentró de pronto en cortar una patata.
—Qué curioso. Yo también escuché ese rumor.
—El rumor dejó una calabaza del tamaño de un caballo en nuestro jardín —dijo Elowen.
—Y alimentó a toda la familia durante cuatro días —añadió Rowan—. Personalmente, considero que fue una contribución admirable a la economía doméstica.
—Te comiste la mitad de la calabaza tú solo —señaló Cedric.
—Precisamente. Un acto de sacrificio.
La conversación continuó entre risas, acusaciones y una discusión sobre si una calabaza encantada podía considerarse una mascota. Yo escuchaba a mis hermanos mientras comía, maravillada por la naturalidad con la que todo parecía encajar. En la escuela, la gente hablaba de linajes mágicos, de calificaciones y de los hechizos que podrían permitirles obtener un puesto importante en la corte. En casa, hablábamos de ranas en sombreros, cucharas perdidas y calabazas gigantes.
No había comparación posible.
—¿Y tú, Sylvie? —pregunté cuando la conversación comenzó a calmarse—. ¿Qué hiciste hoy?
Mi hermana levantó la cabeza, sorprendida de que alguien le preguntara directamente.
—Ayudé a papá en el jardín. Las rosas de la entrada estaban un poco apagadas, así que cambiamos la tierra y les pusimos agua nueva. Después leí un rato.
—¿Qué estás leyendo?
—Un libro sobre criaturas del bosque.
Sus ojos se iluminaron mientras me explicaba que había descubierto una especie de polillas que podían imitar la luz de las estrellas y que, si uno las observaba con suficiente paciencia, era posible seguirlas hasta pequeños claros donde crecían flores que solo abrían sus pétalos durante la noche. La escuché con atención. Sylvie tenía una forma muy especial de hablar de las cosas que le gustaban: no intentaba convencer a nadie de que eran importantes, simplemente las describía con tanta ternura que resultaba imposible no querer conocerlas.
—Podríamos ir a buscarlas algún día —le propuse.
—¿De verdad?
—Claro.
Pippa levantó la mano de inmediato.
—¡Yo también quiero ir!
—Tú tienes que dormir temprano —dijo Elowen.
—¡Tengo diez años, no dos!
—Y a los diez años todavía puedes perderte en el jardín.
—¡No me perdí! ¡La última vez estaba explorando!
—Terminaste dentro del cobertizo —recordó Rowan.
—¡Porque estaba buscando un erizo!
—Y encontraste una gallina.
—¡La gallina me encontró a mí!
No pude evitar reírme. Pippa se cruzó de brazos, indignada, y yo le prometí que la llevaría con nosotros. Elowen suspiró como si acabara de aceptar la responsabilidad de cuidar a un ejército de criaturas salvajes, pero no protestó.
—¿Y tú, Eira? —preguntó mi padre—. ¿Cómo van las clases?
Todos parecieron prestar atención al mismo tiempo. Incluso Finnian dejó de jugar con una migaja de pan.
Me acomodé en la silla.
—Bien. Tenemos mucha práctica con los encantamientos de protección, y pronto empezaremos con los hechizos más complejos. La profesora dice que tengo buena intuición, aunque debo aprender a controlar mejor la energía cuando me pongo nerviosa.
—Eso último no me sorprende —dijo Maelis.
—Gracias por tu apoyo.
—De nada.
Mi madre me observó con una expresión más seria.
—¿Te gusta la escuela?
La pregunta parecía sencilla, pero había algo detrás de ella. Quizá porque sabía cuánto había trabajado para conseguir que pudiera estudiar allí. El sueldo de hechicera real no alcanzaba para todos nuestros sueños, y pagar una escuela de magia de aquel nivel había significado organizar las cuentas con más cuidado que nunca. Mi madre jamás me había hecho sentir culpable por ello, pero yo conocía el esfuerzo que había detrás de cada moneda.
Miré a mi familia. A mi padre, que me sonreía con tranquilidad; a Elowen, que fingía no escuchar mientras cortaba la comida; a Maelis, que parecía preparada para analizar mi respuesta; a Rowan, que intentaba robar una patata del plato de Cedric; a Finnian, Sylvie y Pippa, que esperaban con curiosidad.
—Sí —contesté al fin—. Me gusta. Estoy aprendiendo muchísimo y… quiero llegar a ser una buena hechicera.
Mi madre sonrió. No una sonrisa orgullosa, sino una suave, de esas que parecían comprender mucho más de lo que yo había dicho.
—Entonces me alegro de haberte enviado allí. Aunque, si algún profesor te obliga a estudiar hasta que te desmayes sobre un caldero, quiero saberlo —añadió.
—Mamá, no voy a desmayarme sobre ningún caldero.
—Eso espero, cariño.
—Yo quiero ser hechicero —declaró Finnian de repente—. Y voy a inventar un hechizo que limpie toda la casa en cinco segundos.
Elowen dejó el tenedor.
—Aja, si claro.
—Ni siquiera he explicado cómo funciona.
—No hace falta.
—¡El hechizo hará que las escobas se muevan solas y persigan a cualquiera que ensucie!
Mi padre cerró los ojos.
—Finnian, por favor, dime que no has probado eso todavía.
Finnian miró su plato.
El silencio que siguió fue tan absoluto que incluso las luciérnagas de la ventana parecieron detenerse.
—Finnian —dijo mi madre con una calma aterradora—. ¿Qué has hecho?
—Bueno, técnicamente, el hechizo funcionó.
—¿Qué has hecho?
—Las escobas limpian solas.
—¿Y?
—Y persiguen a quien ensucia.
—¿Y?
Finnian bajó un poco la cabeza.
—La señora Bellweather vino esta mañana a quejarse.
Rowan dejó de masticar.
—¿Por qué?
—Porque una escoba la persiguió por la calle.
—¿Por qué la perseguía?
—Porque se le cayó una cáscara de manzana.
—¿Y?
—La señora Bellweather salió corriendo, la escoba salió detrás de ella, la señora Bellweather intentó esconderse en su cobertizo y…
Finnian se detuvo.
—¿Y? —repitió mi madre.
—Y la escoba tiró una cesta de huevos.
Rowan soltó un ruido extraño, a medio camino entre una carcajada y un atragantamiento.
—¿Cuántos huevos? —pregunté.
Finnian levantó dos dedos.
—¿Dos? —dijo Cedric.
—Dos cestas.
Mi padre dejó la servilleta sobre la mesa.
—Mañana voy a hablar con la señora Bellweather.
—Puedo acompañarte —ofreció Elowen.
—Yo también —dije, incapaz de contenerme—. Quiero ver la escoba.
—¡No hay nada que ver! —protestó Finnian—. ¡Es un invento extraordinario! Solo necesita algunos ajustes.
—Como dejar de perseguir ancianas —sugirió Sylvie.
—Eso es una función opcional.
Mi madre se llevó una mano a la frente. Yo me reí tanto que tuve que apoyar el tenedor en el plato. Había olvidado lo fácil que era reír en aquella mesa, lo rápido que una conversación podía transformarse en un desastre y cómo, incluso cuando todos terminábamos discutiendo, siempre había alguien dispuesto a servirte más comida.
En algún momento, mientras Rowan intentaba convencer a mi padre de que el incidente de los huevos demostraba el potencial económico del invento de Finnian, me quedé mirando a mi familia sin participar en la conversación. Mi madre reía mientras amenazaba con confiscar la varita de Finnian; mi padre escuchaba con esa paciencia infinita que parecía venir de otro mundo; Elowen intentaba mantener el orden; Maelis discutía sobre la utilidad de los encantamientos domésticos; Cedric mediaba entre todos; Rowan exageraba cada detalle de la historia; Sylvie acariciaba distraídamente al gato que había saltado sobre sus rodillas, y Pippa se esforzaba por contar algo sobre una mariposa que había encontrado en el jardín.
Y yo estaba allí.
No en un dormitorio desconocido, ni en un aula llena de estudiantes que esperaban que cometiera un error. No en un pasillo donde debía caminar deprisa para llegar a tiempo a mis clases. Estaba en mi casa, sentada a una mesa demasiado pequeña para todos nosotros, rodeada de voces que conocía desde antes de saber pronunciar sus nombres.
Sentí que algo dentro de mí se aflojaba.
Quizá crecer consistía en eso. En descubrir que el mundo era mucho más grande de lo que habíamos imaginado de niños, que había lugares maravillosos esperando más allá de las colinas y que algún día tendríamos que aprender a vivir sin la protección de quienes nos habían criado. Pero también consistía en descubrir que, por mucho que camináramos, algunas partes de nosotros siempre recordarían el camino de regreso.
—Eira.
Levanté la mirada. Mi madre me observaba desde el otro lado de la mesa.
—¿Qué ocurre, cariño?
Sonreí.
—Nada. Estoy feliz de estar aquí.
Ella me sostuvo la mirada durante unos segundos. Después extendió una mano y apretó suavemente la mía.
—Nosotros también estamos felices de tenerte en casa.
Pippa se levantó de su silla para abrazarme por detrás. Sylvie apoyó la cabeza en mi hombro, y Rowan, incapaz de dejar pasar una oportunidad para arruinar un momento sentimental, levantó su vaso de agua.
—Propongo un brindis por el regreso de nuestra hermana, por las patatas y por el hecho de que, de momento, nadie haya convertido la casa en una rana.
—Eso no tiene sentido —dijo Cedric.
—Los mejores brindis nunca lo tienen.
—Por Eira —dijo mi padre, levantando su vaso.
—Por Eira —repitieron los demás.
Y yo, con el corazón tan lleno que apenas sabía qué hacer con él, levanté el mío también.
—Por casa.
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Más tarde, cuando la cena terminó y la familia comenzó a dispersarse, subí a mi habitación con la promesa de que al día siguiente ayudaría a mi padre a reparar el desastre de Finnian. No me sorprendió descubrir que mi hermano ya había desaparecido de la cocina ni que mi madre estuviera discutiendo con él desde algún lugar de la planta baja. Tampoco me sorprendió que Rowan hubiera tomado una segunda porción de postre y que Cedric estuviera intentando convencerlo de que dejar comida para los demás era una costumbre civilizada.
Me senté junto a la ventana, recogí las piernas bajo la falda y observé Belladonna.
El pueblo brillaba bajo el cielo nocturno. Las ventanas iluminadas parecían pequeños cuadrados de oro entre las sombras, las flores mágicas se cerraban lentamente y los faroles encantados flotaban sobre las calles como luciérnagas gigantes. Más allá de las últimas casas se extendía el bosque, oscuro y silencioso, lleno de senderos que conducían a lugares que yo apenas conocía. En alguna parte de aquellas profundidades vivían criaturas antiguas, guardianes de los árboles y espíritus que, según las historias de mi madre, podían reconocer una mentira antes incluso de que alguien abriera la boca.
De niña, aquellas historias me daban miedo. Ahora me parecían fascinantes.Había tantas cosas que todavía quería aprender. Tantos hechizos que dominar, tantos libros por leer, tantos lugares por visitar. Quería convertirme en una hechicera de la que mi madre pudiera sentirse orgullosa, descubrir qué clase de magia era capaz de hacer y demostrarme a mí misma que podía construir algo propio sin dejar de pertenecer a mi familia.A esas alturas, mi mayor preocupación era decidir si debía desempacar mis libros esa misma noche o dejarlo para la mañana siguiente.
Elegí la mañana.
Después de todo, había regresado a casa. Por una vez, podía permitirme no hacer nada.
Desde la planta baja llegó un estrépito seguido de un grito.
—¡FINNIAN!
Me llevé una mano a la boca para no reírme demasiado fuerte.
Un instante después, una nube de confeti salió disparada por la escalera y se coló por debajo de mi puerta.
Miré los pequeños papelitos que caían lentamente sobre el suelo.
Suspiré.
—Definitivamente, he vuelto a casa.








