1. Érase una vez...
Mucho se habla en los libros de los amores invencibles e intransferibles; se agotan las páginas mostrando cómo, pese a las calamidades, los prejuicios y la distancia, el amor es la fuerza inamovible que triunfa al final.
Pero, ¿cuántas de las expectativas de las lectoras, cuyo anhelo crece con las románticas historias de final feliz, llegarán a hacerse realidad?
En el inmenso y antiguo castillo de Bridwood se hallaba una dama cuya sangre en las venas la convertía en algo muy parecido a una princesa. A su parecer, poseía todo lo necesario para ser la heroína de su propia historia de amor. Solo había un pequeño inconveniente: su tempestuosa personalidad.
No obstante, poseía un corazón tan tierno como rebelde y devoraba cada novela romántica con la esperanza de encontrar a un gallardo caballero, de corazón amable y mente brillante, cuyo afecto le perteneciera como un sello irrompible del destino. Y, como alguien que nunca había experimentado el amor y que jamás se había sentido inclinada hacia ningún caballero en especial, llegó a la conclusión de que aquella agradable sensación que experimentaba al recibir las visitas de cortejo del heredero de los Fercoth era nada más y nada menos que amor.
Caminaban por los jardines del castillo. Al llegar, Robert pidió una audiencia privada con la dama y ella, segura de que, tras tres meses de cortejo, el caballero estaba a punto de declararse, insistió en salir al exterior, pues no deseaba que aquel mágico momento ocurriera entre cuatro antiguas paredes de piedra revestidas de cedro. Y, con una sonrisa nerviosa, contuvo un suspiro y un rotundo sí mientras contemplaba el cielo azul, con algunas nubes negras en el horizonte, la hierba fresca y los frondosos pinos que se avistaban desde el cercano bosque.
Robert sonrió y bajó la mirada, sin saber cómo decir lo que guardaba en su corazón como un tesoro de gran valor. Temía su respuesta y su reacción, pues le era bien sabido que la dama a veces sufría ciertos arrebatos. Sin embargo, el amor vuelve osado incluso al más cobarde, y el heredero de los Fercoth no era la excepción. Hinchó el pecho de aire, exhaló y sonrió, mostrando una serenidad que no lo acompañaba.
—Lady Vasty, en todo este tiempo que la he visitado he percibido sus muchas cualidades. No es solo una dama hermosa para contemplar, eso sin duda…
Vasty sonrió, diciéndose a sí misma que el caballero había iniciado muy bien aquella declaración. No deseaba interrumpirlo. De todos los hombres que la habían cortejado, él era el único que le parecía sensato, sin vanas pretensiones y con modales sencillos y desenfadados. Y aunque al principio le disgustaron tanto los delicados rasgos del muchacho, que a su parecer lo privaban de un aspecto varonil, poco a poco fue encontrando en sus grandes ojos azules una gran ternura y, en sus sonrosados labios, la sonrisa más dulce.
En su mente imaginó lo hermosa que sería una hija suya con aquella refinada y pequeña nariz que ostentaba el caballero y con su hermosa piel de leche, tan tersa y porcelanita.
—Sus firmes convicciones y su elocuente manera de explicarlas y defenderlas dan por sentado su gran intelecto. Es única e inescrutable… —aseguraba Robert, con la respiración acelerada y las manos sudorosas, que le temblaban incesantemente.
Pasaba saliva cuando Vasty decidió ayudarlo y decirle: «Sí, acepto ser su esposa». La dama sonrió y apenas se disponía a hacerlo cuando él soltó por fin lo que tanto le costaba admitir.
—Temo que me veo sobrepasado por sus muchas virtudes y jamás me consideraré digno de tanto. Soy un hombre sencillo, mi lady. Mis añoranzas y mis convicciones no son acordes ni tan elevadas como las suyas…
Robert inclinó el rostro y desvió la mirada, esperando un estallido de ira, una rabieta descontrolada y un copioso llanto. En cambio, hubo un silencio inusitado.
Vasty no cabía en sí misma; no comprendía lo que ocurría. Habían sido tantas y tan religiosamente frecuentes las muestras de devoción del caballero desde la primera vez que se vieron, que no encontraba una razón que pudiera explicar cómo un hombre tan enamorado había llegado a semejante conclusión. Sus pensamientos solo pudieron anticipar que aquello era una muestra más de la modestia y sublime afecto del señor Robert Fercoth.
—Pero… ¿cómo puede decir eso? Hemos conversado por semanas y usted siempre ha concordado conmigo. Supera en sensatez e intelecto a cualquier otro caballero al que yo haya conocido.
La bella joven de alegres ojos avellana sonrió, pero al ver el rostro de su amado descubrió un carmesí que lo delataba. Deseaba dejar aquellos meses, aquellas palabras y aquellas vivencias, todas en el olvido.
Vasty sintió perder el equilibrio. ¿Acaso sus ojos y oídos la traicionaban? Todo a su alrededor daba vueltas y, entonces, ante ella, aquel caballero fue perdiendo su brillante armadura cuando, al carraspear incómodo, inclinó su rostro un poco más.
—Nunca he sido bueno en las confrontaciones, señorita.
—¿Dice que me concedía la razón porque odia discutir? ¿Tan poco valor tiene que sintió el deber de callar lo que cree? ¿O tan aterrorizante soy? —cuestionó, con su tierno y blanco rostro encendido por el enfado—. Dígame, caballero, ¿desde cuándo sabe que no soy la dama a la que le dará su apellido?
Su indignada mirada exigía una respuesta, viéndose a sí misma sofocada por la humillación de haberse ilusionado, de haber creído que aquel era el hombre al que estaba destinada y con quien encontraría la anhelada dicha.
—Cuando la vi, me dije que era la mujer más hermosa que los dioses pudieron crear. Me aferré a la idea de que podría escucharla decir todo lo que su corazón y su mente guardan si con eso tenía la oportunidad de verla cada día de mi vida, pero… —dio un gran respiro, cobrando valor—. Cuando conocí a su hermana hace una semana, supe que era ella y no usted.
Vasty llevó una mano al pecho, conmocionada, tratando de controlar su enfado y su decepción. Sus mejillas, llenas de calor, le exigían abofetearlo, pero su corazón no pudo más que cuestionarse: ¿qué había de malo en ella? ¿Acaso no era la misma imagen que su hermana? ¿Era su personalidad tan aberrante como para no poder amarla?
La pena la destrozó, pero la furia la obligó a mantenerse en pie.
—¡¿Está enamorado de Valeska?!
Robert asintió con pesar.
—¡¿Acaso no pudo hallar a nadie más?! ¡¿De entre todas tenía que ser ella?! —reclamó, herida—. ¡Por los dioses, debe estar jugando!
Rió con frenesí, aún ofuscada, derramando un par de lágrimas y creyendo que se encontraba en algún tipo de pesadilla. Vasty caminó de un lado a otro, tratando de asimilar lo que escuchaba, con los ojos llorosos y un creciente y tormentoso calor que nacía de su pecho, experimentando por primera vez lo que era el rechazo y el desamor.
—¡Sé que parece ilógico! Pero, sin importar cuánto se parecen por fuera, sus almas no podrían ser más distintas —aseguró, afligido, con el alma impaciente y el corazón hundido en la zozobra—. Lo lamento. Le suplico que me perdone si he causado aflicción en su corazón, si en este tiempo logré entrar en él vanamente. Pero necesito que me autorice a declararme; de lo contrario, ella no aceptará y su hermano no lo permitirá.
—¡¿Qué?! —El asombro se incrementó en su rostro—. ¡¿Se atreve a pedirme algo tan…?!
Un estruendoso relámpago silenció aquellas iracundas palabras para abrir paso a una copiosa lluvia.
Vasty se alejó enfadada y caminó hacia el interior del castillo. Robert fue tras ella, impulsado por su corazón a suplicarle y obligarla a mostrar piedad. Desesperado, le dijo las muchas razones por las que estar juntos sería un error.
La dama se disponía a subir las escaleras alfombradas en azul que conducían a las alcobas cuando él la tomó del brazo, tratando de impedirlo.
—Mi lady, sabe tan bien como yo que no soy la clase de hombre que usted ha estado esperando.
—¡Ahora lo sé! Hace tres meses, hace una semana, hace tres días, ayer, mientras cabalgábamos juntos, no. Usted vino aquí día tras día jurando un amor que terminó siendo de cristal. ¡¿Cuántos?! ¡¿Cuántos poemas de amor me escribió?! —inquirió, sintiendo por primera vez que el amor no era más que palabras vacías.
Robert enmudeció.
—¿No lo recuerda? —cuestionó, mirándolo a los ojos y dejando que percibiera su decepción—. Noventa y cinco, uno por cada día desde que comenzó a cortejarme. Supongo que debí sospechar que algo cambió en usted cuando dejó de hacerlo hace tres días.
—Sé que he sido un tonto, pero le ruego que, aun así, tenga piedad de mí.
—¡Váyase ahora mismo! —ordenó, indignada, liberándose de su agarre.
Robert, afligido, la vio subir completamente molesta, sintiendo que toda esperanza yacía perdida.
Empapada, con frío en el cuerpo y el corazón roto, Vasty llegó a la amplia alcoba de Valeska, quien veía desde la ventana el nostálgico jardín que clamaba por sus rosas. Se recluía allí, jurando sentirse enferma, pero su hermana ahora sabía que su mal era Robert Fercoth.
Agitada por la situación, Vasty azotó la puerta y la observó con el ceño fruncido, caminando de un lado a otro como un león enjaulado. Su hermana, que imaginaba a qué se debía el disgusto de su gemela, permaneció en silencio, esperando su juicio.
—¿Lo amas?
—Vasty… —susurró la dama con angustia, inclinando la cabeza y ocultando una mirada repleta de culpabilidad.
—¡Solo responde, di la verdad! —exigió, acercándose a ella y tomando su mentón para obligarla a verla a los ojos—. ¡Estoy segura de que no ha venido a decirme esto a mí sin antes confesártelo a ti!
—Cada que recibía tus cartas en las que hablabas de él me decía: «Quisiera desposarme con un caballero así, tan sencillo, amable y educado». Cuando volví aquí y lo conocí, jamás tuve la intención de…
Angustiada y avergonzada, cubrió su rostro para que no la viera llorar. Vasty suspiró, conteniendo todo lo que su alma cargaba, y desvió la mirada.
—Felicitaciones. Serás su esposa.
Estaba dispuesta a salir de la alcoba cuando Valeska corrió hacia ella y la abrazó.
—¡No, no lo haré si tú lo amas! Prefiero perderlo a él que a ti —aseguró entre sollozos y lágrimas.
Vasty la empujó de inmediato, evitando mirarla. Ahogando el llanto y la pena, fingió indiferencia.
—Puedes desposarte con él si lo amas. Yo jamás podría amar a un tonto cobarde incapaz de defender sus opiniones.
Tras dar su bendición y convencer a su hermano de que, por el bien de Valeska, permitiera que el heredero Fercoth la desposara, Vasty decidió que cada caballero era un insensato, tonto y con pocas convicciones y que sus convicciones, si las tenían, eran vanas y cuestionables.








