El último día del mundo
Nunca pensé demasiado en el futuro. Supongo que, como la mayoría de las personas, creía que todavía tenía tiempo para hacer todo aquello que quería, equivocarme, cambiar y encontrar mi propio camino. Los días pasaban y yo seguía viviendo sin preguntarme demasiado hacia dónde me dirigía.
Si alguien me hubiera dicho que mi vida estaba a punto de cambiar para siempre, probablemente me habría reído.
Mi nombre es Leandro Vera, y esta es la historia de cómo todo cambió.
Pero, para entender cómo llegué hasta aquí, tenemos que volver al principio. A un día que, en aquel momento, no tenía nada de especial. Un día en el que todavía era una persona común, sin imaginar lo que el futuro me deparaba.
31 de diciembre de 2027.
Leandro caminaba por la calle con las manos en los bolsillos, observando distraídamente a las personas que pasaban a su lado. Algunos llevaban bolsas repletas de compras, otros conversaban mientras caminaban y varios parecían apurados por llegar a casa antes de que comenzaran los preparativos para la noche.
Las calles tenían ese ambiente particular de los últimos días del año. Todo el mundo parecía tener algo que hacer, algún lugar al que ir o alguien con quien reunirse.
Él, en cambio, caminaba sin demasiada prisa. Hacía semanas que buscaba trabajo sin conseguir resultados, y aquella preocupación seguía acompañándolo incluso mientras intentaba distraerse.
La mañana transcurrió sin nada fuera de lo común. No había señales que le hicieran pensar que estaba a punto de vivir algo que cambiaría su vida para siempre.
Cuando llegó la noche, Leandro ya estaba reunido con su familia para celebrar el fin de año. Las conversaciones llenaban la casa, la comida estaba preparada y el ambiente era el de cualquier reunión familiar. Entre risas, charlas y preparativos, las horas fueron pasando hasta que se acercó la medianoche.
Leandro conversaba con una de sus primas, Esmeralda, mientras ambos esperaban la llegada del Año Nuevo.
—¿Cómo te va en el trabajo? —le preguntó.
Esmeralda soltó un suspiro cansado antes de responder.
—Bien, la verdad. Estoy muerta, pero me llevo bien con todos.
—Me alegro —respondió él con una leve sonrisa.
Entonces, Esmeralda volvió la mirada hacia su primo.
—¿Y vos? ¿Qué tal te va?
La expresión de Leandro cambió ligeramente. Bajó la mirada durante un instante antes de contestar.
—Mal, la verdad. Todavía no pude conseguir nada. He llevado currículums a todos lados, pero no me han llamado de ningún sitio.
Esmeralda frunció el ceño, preocupada.
—Qué mal, boludo. Ya te va a llegar una oportunidad. No te desanimes.
Leandro soltó una pequeña risa, aunque aquellas palabras no consiguieron borrar la frustración que llevaba acumulando durante las últimas semanas.
—Sí, ojalá.
La conversación continuó entre los murmullos de la familia y las risas que llenaban la habitación. Sin embargo, el tiempo siguió avanzando hasta que alguien anunció que faltaban apenas unos segundos para la medianoche.
—¡Dale, vamos! ¡Que ya llega!
Todos comenzaron a levantarse de sus asientos. Algunos se acercaron a sus familiares, mientras otros preparaban sus copas para recibir el nuevo año.
—¡Diez! ¡Nueve! ¡Ocho…!
Las voces se unieron en una cuenta regresiva que aumentaba de intensidad con cada número.
Leandro se puso de pie junto a los demás.
—¡Tres! ¡Dos! ¡Uno!
—¡Feliz Año Nuevo!
El reloj marcó las doce de la noche.
El año 2028 había comenzado.
Los abrazos y los saludos no tardaron en llenar la habitación. Todos se deseaban felicidad, salud y buena suerte para los meses que estaban por venir. Leandro también abrazó a sus familiares, devolviendo cada saludo con una sonrisa.
Un nuevo año acababa de comenzar.
Y, aunque todavía no lo sabía, su vida estaba a punto de cambiar para siempre.
Leandro todavía intercambiaba abrazos con sus familiares cuando un estruendo ensordecedor resonó en el exterior.
¡BOOOOM!
El sonido fue tan fuerte que las conversaciones se detuvieron de golpe.
—¿¡Qué fue eso!? —exclamó alguien.
Sin perder tiempo, varios salieron de la casa para averiguar qué había ocurrido. Leandro siguió a los demás, todavía confundido por aquel ruido.
Pero, en cuanto puso un pie en el patio, todas las luces se apagaron.
No solo las de su casa.
Las de las viviendas vecinas, las farolas y los edificios cercanos desaparecieron al mismo tiempo. A lo lejos, las luces de toda la ciudad se extinguieron hasta que la oscuridad se extendió en todas direcciones.
Por unos instantes, nadie dijo una palabra.
Entonces, el suelo comenzó a temblar.
Al principio fue una vibración leve, pero, en cuestión de segundos, se convirtió en un movimiento violento que hizo tambalear a las personas y sacudió las viviendas.
—¡¿Qué está pasando?! —gritó una mujer mientras intentaba mantenerse en pie.
—¡Es un terremoto! —exclamó alguien.
—¡Eso no puede ser! —respondió otra voz—. ¡Estamos en el interior de la placa Sudamericana! ¡Un terremoto de esta magnitud sería muy extraño acá!
Leandro, que intentaba mantener el equilibrio, escuchó aquellas palabras y frunció el ceño.
—Tiene razón… —murmuró—. Esto no es un terremoto.
No sabía cómo explicarlo, pero algo en su interior le decía que aquello no era un fenómeno natural.
Entonces, tan repentinamente como había comenzado, el movimiento se detuvo.
El silencio volvió a apoderarse del lugar.
Varias personas soltaron el aire que habían estado conteniendo. Otras se apoyaron contra las paredes, intentando recuperar el equilibrio.
Esmeralda se acercó a Leandro.
—¿Qué fue eso?
Él miró a su alrededor, buscando alguna explicación entre las casas sumidas en la oscuridad.
—Ni idea… Pero esto no es normal.
No llegó a decir nada más.
Una luz apareció en el patio.
Al principio era apenas un pequeño punto brillante, pero comenzó a intensificarse hasta iluminar por completo el lugar. Leandro tuvo que cubrirse los ojos con una mano.
Entonces, la luz adoptó una forma.
Una silueta emergió lentamente de su interior.
Tenía apariencia humana, pero había algo en ella que la diferenciaba de cualquier persona. Sobre su cabeza flotaba una aureola que irradiaba un resplandor cegador. De su espalda surgían cuatro alas: dos superiores y dos inferiores, estas últimas ligeramente más pequeñas. Sin embargo, incluso las más pequeñas tenían el tamaño de una persona adulta.
Nadie se atrevió a moverse.
Leandro observó a la figura con los ojos muy abiertos, intentando comprender lo que tenía delante.
¿Un ángel?
No encontraba otra explicación.
Instintivamente, giró la cabeza hacia su derecha.
Entonces lo vio.
En el patio de la casa vecina había otra figura idéntica, rodeada por el mismo resplandor. Al igual que la primera, poseía cuatro alas y una aureola sobre la cabeza.
Leandro volvió la mirada hacia el ángel que tenía delante y después hacia el de la casa vecina.
No era el único.
Había más.
Y, por lo que podía distinguir en la oscuridad, aquellas dos figuras no eran las únicas luces que habían aparecido en la ciudad.
Antes de que pudiera asimilarlo, una voz rompió el silencio en su patio.
—¿Qué eres? ¿Has sido enviada por Dios? —preguntó uno de sus familiares.
El ángel dirigió su mirada hacia ellos.
—¿Por Dios? No. He sido enviada por una entidad que se encuentra bajo su autoridad.
La respuesta dejó a todos desconcertados.
—¿Y cómo te llamas? —preguntó otra persona.
El ángel guardó silencio durante unos instantes, como si aquella pregunta careciera de sentido.
—No tengo nombre.
Su mirada recorrió a los integrantes de la familia antes de continuar.
—No soy como ustedes, seres inferiores.
Leandro permaneció inmóvil, incapaz de apartar la mirada de aquella criatura.
No sabía qué era aquella entidad ni por qué había aparecido en su patio. Tampoco comprendía qué significaba que hubiera sido enviada por alguien que estaba bajo la autoridad de Dios.
Pero una cosa estaba clara.
Aquella noche, algo imposible había sucedido frente a sus ojos.








