Chapter 1 El plano inexistente
Noemí supo que algo estaba mal desde el momento en que pisó el recibidor.
No era una sensación física, sino ese vacío repentino en el estómago que te advierte que has cruzado una línea invisible o quizás sea una mala jugada por mudarse abun lugar completamente desconocido, La casa era exactamente como en las fotografías de la agencia inmobiliaria: antigua, de techos altísimos, absurdamente enorme y rodeada por un silencio sepulcral que parecía imposible estando tan cerca de la ciudad.
Dejó la última caja de cartón sobre el suelo de madera crujiente y se pasó una mano por la frente, apartando un mechón de cabello. Estaba exhausta. Había pasado todo el día cargando su vida en la parte trasera de un auto, huyendo de un pasado del que no quería acordarse.
Necesitaba empezar de nuevo. Eso era todo.
Miró la pantalla de su teléfono: 21:47.
—Por fin —susurró, y su propia voz sonó extraña, devorada por las sombras de las habitaciones vacías. Los anteriores dueños solo habían dejado atrás un par de muebles victorianos carcomidos por el tiempo.
Decidió que ya había hecho suficiente por esa noche. Subió los escalones de madera que protestaban bajo su peso, recorrió el pasillo del segundo piso y entró a la habitación principal. Dejó el teléfono sobre la mesita de noche, dispuesta a tirarse sobre el colchón inflable que improvisó en el suelo, cuando el sonido la congeló.
Toc.
Un golpe seco. Limpio.
Noemí levantó la cabeza, aguzando el oído. Su respiración se volvió contenida. El silencio de la casa regresó, pesado, casi denso.
—Las tuberías —se mintió a sí misma en voz alta.
Toc. Toc.
Esta vez no vino de las entrañas de la casa. El sonido provenía directamente del pasillo.
Con el corazón latiéndole con fuerza en la garganta, Noemí salió de la habitación. El pasillo estaba completamente a oscuras, apenas iluminado por la pálida luz de la luna que se filtraba por un ventanal. Encendió la luz del corredor. Nada. Todo estaba en su sitio.
Avanzó unos pasos, guiada por un extraño magnetismo. Se detuvo justo frente a una sección de la pared cubierta por un papel tapiz antiguo, desgastado y con patrones florales desteñidos.
Frunció el ceño al notar un detalle que se le había escapado durante el día: una delgada línea vertical atravesaba el papel desde el suelo hasta el techo. Casi imperceptible.
Acercó la mano. Sus dedos, temblorosos por la adrenalina, presionaron la superficie. Para su sorpresa, el muro cedió con un gemido de madera vieja. Al empujar con más fuerza, una sección entera se deslizó hacia atrás, revelando una puerta oculta de madera oscura.
Aquello no aparecía en ninguno de los planos que había revisado antes de comprar la propiedad.
Noemí contuvo el aliento. Encontró un pequeño hueco en el borde, metió los dedos y tiró de ella. La puerta se abrió apenas unos centímetros, liberando una corriente de aire helado que le erizó la piel del cuello y trajo consigo un aroma extraño... un aroma a lluvia, a tierra húmeda y a algo extrañamente familiar.
Encendió la linterna de su teléfono y apuntó hacia el interior. La luz reveló un espacio estrecho, de paredes de piedra desnuda. No había ventanas. No había muebles. Solo una vieja silla de madera en el centro geométrico del lugar. Un espacio diseñado para el encierro.
Sintió un escalofrío y se dispuso a cerrar la puerta de inmediato, arrepintiéndose de su curiosidad. Pero antes de que pudiera empujar la madera, una voz emergió de la absoluta oscuridad del fondo.
—Noemí.
El teléfono casi se le resbala de las manos. Su nombre había sonado como un susurro aterciopelado, arrastrado, vibrando en una frecuencia tan baja que pareció resonar dentro de sus propios oídos. No era la voz de un anciano, ni un lamento terrorífico. Era una voz masculina, profunda, jodidamente íntima y perturbadora.
Dio un paso atrás, con la linterna temblando.
—¿Quién... quién está ahí? —consiguió articular, con la voz rota.
El silencio se prolongó durante tres segundos que parecieron eternos. Justo cuando Noemí pensó que lo había imaginado debido al cansancio, la voz volvió a hablar, esta vez un centímetro más cerca de la rendija.
—Has tardado mucho en volver a casa.








