Capítulo 1
Hace unos años me presenté para lo que sería el concurso más importante de mi vida. Yo era escritor, no un escritor de libros de autoayuda, era un escritor de los que mucha gente se calla. Era escritor de libros para una cierta edad recomendada.
Durante toda mi vida, había publicado 3 o 4 libros; el único que ganó la popularidad necesaria fue “La Fragancia de las flores”. No tenía nada de especial; en realidad, era de los escritos que menos me gustaban.
En el concurso al que me presenté, conocí a mi mayor inspiración, Turot; este era un chico de campo, cuya meta en la vida era tener un rancho. Aun por su nombre tan artístico, carecía de cualquier arte en sí. Aunque sí había un arte que dominaba. Pero eso no tiene nada que ver con la historia.
Turot era un chico que no soñaba; era algo chapado a la antigua, pero con aquel punto homosexual que lo hacía especial. Aunque siempre me había presentado como su novio, aún notaba aquel punto de antigüedad cuando alguna persona mayor le preguntaba. A veces dudaba o no respondía en seguida.
¿Una red flag, no?
Además, yo lo conocí a los 16 años, cuando estas cosas no te importan; estuvimos juntos hasta los 20.
Cuando me enteré de que, bajo la presión de sus padres, se había comprometido con la hija del alcalde de su pueblo. <>, esa fue la excusa que me dijo. Puedes apreciar la mierda de excusa que me plantó.
Aquél día, me había despertado en mi cama y él junto a mí, como era normal, me dijo todo esto mientras solo llevaba una camisa y los calzoncillos, y él miraba el móvil, como si lo que me acababa de contar no hubiera roto unos 4 añitos de nada de relación.
¿Cómo? Espera, ¿qué? Él se giró hacia mí, resoplando, como si darme explicaciones por dejarme fuera fuera algo impensable.
-¿No me has escuchado? Te he dicho que hemos terminado, que me voy a casar, no sé cuándo, pero lo voy a hacer; si así no lo entiendes, te lo diré de otra forma. Última página del libro, y se cierra; que quede algo… estupefacto, diríamos.
En aquel momento, no lo quería ver cerca de mí, por eso me levanté, fui hacia la cocina, cogí una escoba, lo primero que vi.
Hay que admitir que no estaba en mis cabales.
Me volví a acercar a la habitación; él seguía tal cual, ni se había movido. Cuando me acerqué, me miró.
—¿Qué haces con la escoba? —sonreí; no sonreí de felicidad, sonreí con aquella sonrisa malévola.
Comencé a agitar la escoba; el rebote del susto.
—Turot, como no te vayas ahora, voy a hacerte lo que les hacías a los cerdos en la granja de tu padre. Con eso, comencé a pegarle con la escoba; él se levantó rápido.
—¿Pero qué haces? —me preguntó alterado.
—Echar a las plagas de mi piso. —Seguí agitando la escoba. Él se comenzó a vestir rápido, como nunca había visto hacerlo, y cogió su móvil, que estaba cargando en la mesita de noche. Corrió asustado de lo que le pudiera hacer hacia la puerta. Yo lo seguí, no de muy lejos; quería dejarle algo de margen. Entonces vi que se había dejado el cargador; lo arranqué del enchufe, cogí el cargador que se lo había olvidado. En aquel momento la tenía jurada también con su cargador.
Abrí un segundo la puerta y le giré; él estaba al inicio de la escalera. Cuando me comencé a acercar a él, comenzó a correr escaleras abajo. Me paré en la barandilla de las escaleras.
—¡Coge tu estúpido cargador! ¡Como lo vuelva a ver cerca de mi enchufe, lo parto por la mitad! —Ya no sabía si lo que decía lo decía de manera metafórica o de verdad.
El cargador lo tiré por las escaleras; escuché cómo caía contra el suelo. Cuando me volvía a dirigir a mi piso, vi cómo la vecina de delante abría la puerta. No tenía ganas de aguantar a una vieja chismosa, así que cerré la puerta mirándola directamente, aún con la camiseta y los calzoncillos y la escoba cogida como una espada.
Volví a entrar en mi piso y me senté junto a la puerta. Sentí cómo los cuatro años con Turot habían sido un desperdicio; comencé a llorar. Me tapé los ojos con las manos como si eso me reconforta más; tiré la escoba lo más lejos posible. Me sequé los ojos con la camiseta y no sé por qué me quedé mirando al techo. Era algo confortable mirar a una superficie plana y blanca. Me daba paz.








