1.LOS AURICULARES
Bahía Blanca, 2011. Quinto año. 16 años.
El calor de noviembre se metía por las ventanas del Nacional sin pedir permiso. El ventilador del techo giraba lento, haciendo un ruido que ya todos conocían de memoria. Faltaban diez minutos para las 13 y la profesora de Historia, la Sánchez, seguía hablando de la crisis del 2001 como si nadie en ese curso tuviera un padre que se había quedado sin trabajo en ese año.
Valentín Gómez estaba sentado en el anteúltimo banco, con la remera del uniforme toda arrugada y la mochila abierta. No anotaba nada. Miraba de reojo a dos bancos más adelante.
Bautista Ferrer estaba con la cabeza apoyada sobre el brazo. No dormido, pero casi.
— Che, Bauti — le susurró Valen, pateándole la silla por abajo —. Despertate que te va a enganchar.
Bauti levantó la cabeza. Tenía los ojos rojos.
— No dormí — murmuró.
— ¿Por qué?
— Ruido en mi casa. Mi viejo llegó tarde.
Valen asintió. No preguntó más. Conocía esos ruidos. En la casa de Bauti, cuando el padre llegaba tarde, todos se tenían que esconder en sus piezas.
Sonó el timbre. El salvador timbre de las 12:40.
Todos se levantaron como si se hubiera prendido fuego el curso. Mochilas volando, sillas arrastrándose.
Bauti se quedó sentado.
Valen se frenó en la puerta.
— ¿Venis o no?
— Andá vos, yo me quedo un rato. Me duele la cabeza.
Valen miró hacia el pasillo lleno de gente y después miró a Bauti. Dudó dos segundos.
— No, me quedo.
— ¿Para qué te vas a quedar? — dijo Bauti, un poco a la defensiva.
— Porque sos mi amigo, boludo. ¿Qué te pasa hoy?
Bauti no contestó. Se le llenaron los ojos de lágrimas pero las aguantó. Valen se sentó al lado, sin decir nada más. La Sánchez pasó por al lado de ellos, les tocó el hombro.
— Vayan al patio, chicos. Ya cerramos el aula.
El patio del fondo era el lugar donde no iba nadie. Daba a la calle de tierra de atrás, había un árbol medio seco y una pared escrita con liquid paper. Ahí se escondían los que no querían jugar al fútbol y los que querían fumar sin que los vea el preceptor.
Se tiraron contra la pared. El piso quemaba pero no les importó.
Bauti sacó el celular. Un Nokia con la pantalla trizada que le había regalado el primo.
— ¿Querés escuchar música? — dijo, como si necesitara hacer algo con las manos.
— Dale.
Bauti solo tenía un auricular que andaba. El otro estaba cortado.
— Tomá, ponete vos este — le dijo, pasándoselo.
— ¿Y vos?
— Yo escucho por el parlantito bajito. No importa.
Se pusieron cerca. Hombro con hombro. Valen podía sentir el calor del cuerpo de Bauti. Bauti podía ver el lunar que Valen tenía cerca del cuello, ese que siempre le había querido preguntar si era de nacimiento.
Pusieron una canción de Miranda! que pasaban a cada rato en la 99.1.
— Esta me hace acordar a cuando íbamos a la primaria — dijo Valen.
— ¿Te acordás cuando nos quedamos a jugar a la pelota hasta las nueve de la noche y tu vieja nos fue a buscar con el auto?
— ¡Y nos retó a los dos! — se rió Valen.
Se rieron. Pero después se hizo silencio.
Bauti sacó el auricular.
— Valen...
— ¿Qué?
— ¿Puedo decirte algo que no le dije a nadie?
Valen se puso serio. Se acomodó para mirarlo de frente.
— Obvio.
Bauti jugaba con una piedrita. No lo miraba.
— A veces siento que... que no soy como quieren que sea. ¿Entendés? Como que en mi casa esperan que sea de una forma, que me guste el fútbol, que hable de minas, que sea... no sé. Y yo no soy así. O no solo así.
Valen tragó saliva. El corazón le empezó a latir muy fuerte.
— Yo te entiendo — dijo, con la voz un poco más baja —. Yo también siento eso. A veces estoy con los pibes del barrio hablando de no sé qué, y yo estoy pensando en otra cosa. Y me da miedo que se den cuenta.
— ¿Miedo de qué?
— De que me miren raro. De que me dejen de hablar. De que le digan a mi viejo.
Bauti por fin lo miró. Tenía los ojos brillosos.
— ¿Conmigo no te da miedo?
Valen se quedó callado. Tres segundos eternos.
— Con vos no — dijo —. Con vos es el único lugar donde no tengo miedo.
Bauti sonrió. Pero no era una sonrisa normal. Era una sonrisa que temblaba.
— Yo tampoco tengo miedo con vos.
Se quedaron mirándose. Cerca. Muy cerca. Se podía escuchar el parlantito del celular bajito y los gritos de los pibes jugando en el otro patio.
Valen pensó en acercarse un poco más. Bauti pensó en apoyar la cabeza en el hombro de Valen. Ninguno de los dos lo hizo.
Porque en 2011, en ese colegio, en ese barrio de Bahía, dos pibes de 16 años que se gustaban no tenían ni palabras para decirlo. No existía. Estaba mal visto. Si alguien los veía así, al otro día era un rumor en todo el colegio.
El preceptor gritó desde lejos:
— ¡Gómez! ¡Ferrer! ¡Adentro que ya toca de nuevo!
Los dos se pararon de golpe, como si los hubieran descubierto haciendo algo malo.
— Vamos — dijo Bauti, guardándose el celular rápido.
Caminaron juntos hasta la puerta del aula. Antes de entrar, Valen le tocó el brazo.
— Che.
— ¿Qué?
— Mañana traete el otro auricular. Le pedimos a mi hermano que lo suelde.
— Dale — dijo Bauti —. Mañana lo traigo.
Entraron al aula. Se sentaron separados, como siempre. Pero esa tarde, por primera vez, los dos supieron que lo que sentían no era solo amistad. Era algo más grande. Y que iba a tener que ser un secreto.
Y los secretos, cuando sos adolescente, pesan muchísimo.








