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FORK | CAKEVERSE

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Summary

(BL) Izan es un Cake de fresa, en su adolescencia salvó a Russó Lamont, un Fork, que fue traicionado por su organización. Años después, el jefe de la Mafia más poderosa está en busca de su ángel salvavida. -Te encontraré, Izan. Esta vez no es una promesa hecha en medio de una huida. Era una orden y Russó Lamont no estaba acostumbrado a aceptar un no como respuesta. • Historia corta BL • +18 m-preg • Cakeverse • Mafia • Sangre/obsesión/Mención canibalismo

Status
3h ago
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Promesa

La ciudad parecía haberse convertido en un laberinto sin fin.

Russó Lamont corría sin mirar atrás. El aire frío le golpeaba el rostro mientras avanzaba entre las calles estrechas, empujando a quienes se cruzaban en su camino y esquivando vehículos que frenaban bruscamente al verlo aparecer de la nada.

Su respiración era irregular, su camisa estaba manchada de sangre y una daga permanecía clavada en su brazo izquierdo, y cada movimiento hacía que el dolor subiera hasta su hombro.

Pero no podía detenerse, todavía no.

—¡Por ahí! ¡No lo pierdan!

Las voces detrás de él se acercaban.

Russó apretó los dientes, había cometido un error, uno demasiado grande. Había creído que podía confiar en su propio hermano, ese había sido su primer error dentro de aquel mundo. Apenas llevaba unos meses intentando abrirse camino en la mafia cuando comenzó a ganar territorio, dinero y aliados. Había conseguido algo que muchos hombres tardaban años en construir.

Y su hermano lo había visto, este había esperado hasta que Russó tuviera algo que quitarle. Después mandó la orden. Matarlo, para después quedarse con todo.

Russó dobló violentamente en una esquina, una punzada recorrió su pierna y casi cayó. La pierna la sentía fracturada y cada paso era una tortura, pero continuó. Pero no iba a morir allí, al menos no por culpa de su hermano.

Escuchó pasos detrás, tres hombres aparecieron al final de la calle, Russó se detuvo, ya no podía seguir corriendo.

Uno de ellos levantó el arma, Russó se lanzó hacia un costado justo cuando el disparo resonó, luego se abalanzó sobre el hombre más cercano. El enfrentamiento fue rápido y brutal, con un golpe bien acertado, el cuerpo contrario dió contra la pared, Russó tomó al hombre por el cuello de la chaqueta y lo lanzó al suelo. El segundo intentó atacarlo por detrás, pero se giró y lo derribó antes de continuar y el tercero retrocedió.

—¡Maldito bastardo!

Russó no respondió y simplemente corrió. No sabía cuánto tiempo llevaba huyendo, quizá diez minutos o mucho más, el dolor había dejado de ser una sensación concreta, era simplemente parte de él.

Finalmente encontró un callejón, era estrecho, oscuro y poco transitado. Entró y sus pasos se volvieron cada vez más lentos. Vió cajas de madera apiladas junto a un pequeño establecimiento de frutas y verduras. Al fondo había unos escalones que conducían a una calle superior. Russó intentó llegar hasta ellos, pero no lo consiguió, su pierna cedió y cayó de rodillas.

—Mierda... — Intentó levantarse, pero su cuerpo ya no respondía como quería. Entonces escuchó una voz.

—¿Estás bien?

Russó levantó la cabeza, un muchacho lo observaba desde los escalones, era apenas un adolescente que llevaba puesto el uniforme de un instituto: camisa blanca, pantalón oscuro, una corbata ligeramente torcida y una mochila colgada de un hombro. Parecía estar regresado de sus clases.

Russó lo miró fijamente. —Vete.

El chico no se movió y solo observó las heridad y la navaja incrustada en el hombro de aquel desconocido.

—He dicho que te vayas —Russó no tenía planeado involucrar a nadie.

En cambio, el chico dió un par de pasos. —No parece que puedas levantarte solo

Russó frunció el ceño, aquello era absurdo, cualquier persona con sentido común habría salido corriendo al verlo. Pero aquel muchacho simplemente bajó los escalones, sin miedo y sin hacer preguntas innecesarias.

Cuando llegó frente a él, se agachó. —¿Te están buscando?

Russó guardó silencio. El sonido de varios pasos llegó desde la entrada del callejón. El muchacho miró hacia allí, después volvió a mirar a Russó.

—Sí te están buscando.

—Entonces corre —Russó nisiquiera podría salvarlo en su estado.

El muchacho negó y tomó su brazo sano. —Ven.

No hubo tiempo para discutir, el chico lo condujo hasta las cajas de madera apiladas junto al establecimiento.

—Escóndete aquí —Le dijo como si aquello fuera buena idea.

Russó lo miró incrédulo, pero el muchacho movió algunas cajas y abrió un pequeño espacio entre ellas, ignorando su disconformidad. Russó apretó la mandíbula, no tenía mejores opciones, asi que ocultó entre las cajas justo cuando los hombres aparecieron en el callejón.

—¡Eh, chico!

El adolescente elevó la vista hacia los sujetos. —¿Qué quieren?

—¿Viste pasar a un hombre herido?

El muchacho fingió pensar unos segundos, después señaló tranquilamente hacia la calle contraria. —Creo que lo vi ir por allí.

—¿Seguro?

El chico solo asintió como si no fuera su asunto. Los hombres se miraron, uno de ellos salió corriendo primero y luego los otros lo siguieron.

Sus pasos se alejaron, Russó permaneció inmóvil en su lugar, o podía creerlo, aquel chico acababa de engañar a hombres armados sin siquiera cambiar el tono de voz.

Pasaron unos minutos y el chico regresó. Este se agachó frente a las cajas. —Ya se fueron.

Russó salió lentamente. —¿Por qué hiciste eso? Pudieron dispararte.

—Porque necesitabas ayuda —El muchacho se encogió de hombros.

Russó lo observó, había algo extraño en él. No parecía valiente pero tampoco imprudente, simplemente parecía no comprender por qué debía tener miedo.

El chico miró la daga clavada en su brazo. —Eso debe doler.

Russó soltó una risa seca. —No tienes idea.

—Puedo sacarla —Dijo mientras veía el arma desde distintos ángulos.

—¿Sabes cómo?

El muchacho negó. —No.

Russó lo miró. —Entonces no.

El chico señaló la daga. —Pero si la dejas ahí, seguirás sangrando.

Russó cerró los ojos, sabía que tenía razón. —Hazlo rápido.

El chico tomó aire y con cuidado retiró la daga, Russó apretó los dientes y dejó escapar un gruñido ante el el dolor.

El chico utilizó la corbata de su uniforme para presionar la herida. —Necesitas un médico.

—No puedo ir a un hospital de momento —Russó miró sus propias heridas de consideración.

El muchacho lo miró, pero no preguntó por qué, simplemente ajustó la tela alrededor de su brazo.

Russó lo observó trabajar, era extraño, apenas lo conocía, no sabía por qué estaba ayudándolo y, sin embargo, aquel desconocido estaba haciendo más por él que muchas de las personas que habían jurado estar de su lado.

—¿Cómo te llamas?

El muchacho levantó la mirada por unos segundos. —Izan.

Russó repitió mentalmente el nombre. Quiso responder, pero su olfato fue más veloz y por sus fosas nasales se coló el aroma de un pastel con sabor a fresas. Un único aroma que emitía Izan y sin ser consciente de lo especial y raro que era.

Izan era... un rarísimo Cake de fresa.

Y Russó, como un Fork puro, no podía estar confundido, lo detectaba como un radar y sin posibilidades de equivocarse. Sus primitivos instintos amenazaban con emerger, como un sediento al que le privaron del agua por una larga temporada. Sin duda, su crimen sería terrible si libera su gula canibal justo ahí...

—Tengo que irme — Izan se puso de pie. —Llegaré tarde a casa.

Russó volvió en sí cuando su cordura fue devuelta a la realidad, entonces arqueó una ceja.

Izan miró su reloj de pulsera que marcaba las siete. —Me van a regañar.

Por primera vez en aquella noche, Russó sonrió ligeramente. —Después de salvar a un desconocido perseguido por hombres armados, ¿te preocupa llegar de noche?

Izan asintió. —Sí.

Con un leve movimiento de cabeza, Izan simplemente se marchó sin decir más.

Russó permaneció sentado entre las cajas y lo observó alejarse hasta que desapareció al final de la calle. Entonces bajó la mirada, algo brillaba junto a sus zapatos. Era un pequeño dije, probablemente se había desprendido de Izan.

Russó lo recogió, era pequeño y sencillo, nada que tuviera un valor económico considerable. Pero para él, en aquel momento, parecía tener un peso diferente. Lo cerró dentro de su mano, no sabía por qué o quizá porque aquella noche había perdido casi todo y aquel muchacho desconocido había sido la única persona que, sin tener ninguna obligación, decidió ayudarlo.

Russó guardó el dije. —Te lo devolveré algún día, Izan —Se prometió y si alguna vez volvía a encontrarlo, también devolvería aquella deuda.


•••


Años después...

El nombre de Russó Lamont ya no era desconocido. Su nombre era suficiente para hacer callar una habitación, los Sangre Escarlata se habían convertido en una de las organizaciones criminales más poderosas del país. Sus negocios se extendían por distintos territorios, tenía hombres en prácticamente todos los lugares importantes. Contactos, información, dinero, poder y, enemigos, muchos enemigos.

Russó estaba sentado detrás de un enorme escritorio de madera oscura, revisando documentos mientras varios hombres esperaban instrucciones.

—El asunto del puerto quedó resuelto —informó uno de ellos.

Russó se masajeó la sien. —¿Y los hombres de la zona norte?

—Esperan su autorización.

Russó levantó la mirada. Ya no quedaba prácticamente nada del joven desesperado que había corrido por aquellas calles años atrás. Vestía un traje impecable, su expresión era fría y su presencia imponía silencio. Había aprendido a sobrevivir, había aprendido a desconfiar y, sobre todo, había aprendido que la traición podía venir de la persona que menos esperaba.

—Pueden retirarse.

Los hombres salieron y la habitación quedó en silencio. Russó abrió lentamente uno de los cajones de su escritorio, dentro había una pequeña caja, la tomó y al abrirla apareció el viejo dije. Habían pasado seis años desde aquella noche y todavía lo conservaba.

Lo tomó entre los dedos. —¿Dónde estás?

Era una pregunta que nadie había logrado responderle. Había utilizado contactos, pero sin un apellido era complicado. Había revisado registros, había buscado institutos, había investigado familias, había seguido pistas que terminaban en callejones sin salida. Izan parecía haberse desvanecido de la ciudad, como si aquella noche hubiera sido solamente un instante perdido en el pasado.

Russó cerró la caja, nunca había olvidado su rostro, su voz serena, ni la forma en que aquel muchacho había dicho su nombre.

Para todos los demás, Russó Lamont era un hombre al que convenía temer. Para él mismo, era alguien que había construido un imperio sobre las ruinas de todo lo que había perdido, pero había una deuda que el dinero no podía pagar. Y una promesa que no había olvidado.

Russó guardó nuevamente el dije. —Te encontraré.

Esta vez no era una promesa hecha en medio de una huida, era una orden y Russó Lamont no estaba acostumbrado a aceptar un no como respuesta.

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Compelling Plot

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Great Character

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Strong Dialog

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