Capitulo 1 "el abejorro nivel 5"
CAPÍTULO 1: EL ABEJORRO DE NIVEL 5 🐝
Un mundo donde la fuerza lo decidía todo.
En aquel mundo, la fuerza no era simplemente una ventaja.
Era la diferencia entre vivir tranquilamente y convertirte en alguien a quien todos podían pisotear.
Cada persona tenía un nivel de combate que determinaba su capacidad para defenderse. Los más débiles apenas podían protegerse de un golpe, mientras que los guerreros más poderosos podían destruir todo lo que se interpusiera en su camino.
Los niveles estaban marcados desde los más bajos hasta los más extraordinarios.
Y, en una pequeña ciudad donde los guerreros de alto rango caminaban con orgullo por las calles, vivía un joven abeja que apenas había alcanzado el nivel 5.
Su nombre era BEE.
Tenía dos antenas negras sobre la cabeza, alas pequeñas en la espalda y unas manos que todavía no estaban acostumbradas a sostener armas pesadas. Su cuerpo era amarillo con franjas negras, y llevaba una mochila vieja que había reparado tantas veces que casi parecía estar hecha de puros remiendos.
Aquella mañana, Bee se encontraba en una tienda comprando suministros.
—A ver… agua, comida seca, vendas, una cuerda… —murmuró mientras revisaba una lista escrita en un pedazo de papel—. Creo que con esto debería bastar.
—¿Vas a viajar tú solo? —preguntó el comerciante, un escarabajo de caparazón marrón que lo observaba desde detrás del mostrador.
Bee levantó la mirada.
—Sí. Voy a buscar a un maestro que pueda entrenarme.
El comerciante soltó una pequeña carcajada.
—¿Tú? ¿Con nivel 5?
Bee apretó el papel entre los dedos.
—¿Y qué tiene de malo?
—Muchacho, hay soldados de nivel 20 que terminan huyendo cuando se encuentran con alguien más fuerte. Tú ni siquiera podrías defenderte de un golpe bien dado.
El comentario provocó que dos clientes se rieran.
Bee bajó la mirada durante un instante. No era la primera vez que escuchaba algo así.
—Bueno, entonces tendré que aprender a defenderme —respondió.
—¡JA! Primero intenta regresar vivo de tu viaje.
Bee dejó unas monedas sobre el mostrador, recogió sus suministros y se colocó la mochila.
No discutió. No insultó al comerciante ni intentó demostrarle nada.
Simplemente salió de la tienda.
Pero, mientras caminaba por las calles, cerró los puños con fuerza.
Algún día voy a ser lo suficientemente fuerte para que nadie vuelva a mirarme por encima del hombro.
No sabía cuánto tardaría.
Tampoco sabía cuántas veces tendría que caer.
Pero estaba dispuesto a descubrirlo.
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Una despedida difícil.
La casa de Bee estaba en las afueras de la ciudad, en una pequeña construcción de madera con un jardín lleno de flores silvestres.
Su madre, una abeja de alas transparentes llamada MIRA, preparaba la comida cuando lo vio entrar.
—¡Bee! ¿Ya regresaste? ¿Encontraste todo lo que necesitabas?
—Sí, mamá. Compré provisiones para varios días.
Mira dejó lo que estaba haciendo.
—¿Varios días? —repitió, mirándolo con preocupación—. Hijo, todavía puedes cambiar de opinión.
—Ya hablamos de esto.
—Lo sé, pero una cosa es hablar de viajar y otra muy distinta es marcharte sin saber qué peligros encontrarás.
Desde la mesa, su padre levantó la cabeza.
BRAN, un abejorro corpulento con una cicatriz sobre la ceja, llevaba varios minutos escuchando en silencio.
—Déjalo, Mira.
Ella lo miró.
—¿Cómo puedes decir eso tan tranquilamente?
Bran se levantó de la silla y caminó hasta su hijo.
—Porque sé que no cambiará de opinión.
Bee sonrió ligeramente.
—Gracias, papá.
—No me des las gracias todavía. —Bran cruzó los brazos—. Antes quiero preguntarte algo.
—¿Qué cosa?
—¿Por qué quieres volverte fuerte?
Bee abrió la boca, pero no respondió de inmediato.
Había pensado en aquella pregunta muchas veces. Algunas noches imaginaba enfrentarse a guerreros poderosos, derrotar a sus rivales y escuchar a la gente pronunciar su nombre con admiración.
Sin embargo, cuando intentó explicarlo, ninguna de esas respuestas pareció suficiente.
—Porque estoy cansado de ser débil —dijo finalmente—. Estoy cansado de que todos crean que pueden hacer lo que quieran conmigo. Quiero poder protegerme… y proteger a las personas que me importan.
Su padre permaneció callado.
Después, asintió lentamente.
—Esa es una razón aceptable.
—¿De verdad?
—Pero escúchame bien, Bee. La fuerza no te convierte automáticamente en alguien grande. Puedes alcanzar el nivel más alto de este mundo y seguir siendo un cobarde. También puedes tener un nivel bajo y demostrar más valor que cualquiera de esos guerreros.
Bran le puso una mano en el hombro.
—No entrenes solamente para derrotar a los demás. Entrena para que, cuando llegue el momento de actuar, no te arrepientas de haber sido demasiado débil para hacerlo.
Bee guardó aquellas palabras en su memoria.
Mira se acercó y lo abrazó.
—Prométeme que tendrás cuidado.
—Te lo prometo, mamá.
—Y que comerás bien.
—También.
—Y que escribirás cuando puedas.
—¡Mamá! ¡Voy a entrenar, no a desaparecer del mundo!
Ella le dio un pequeño golpe en la cabeza.
—¡Pues entonces no te quejes de mis preguntas!
Los tres terminaron riéndose.
Durante unos minutos, Bee olvidó los niveles, los combates y todas las personas que alguna vez se habían burlado de él.
Solo era un hijo despidiéndose de su familia.
Pero el momento llegó.
Bee se colocó la mochila, abrió la puerta y salió al camino.
—¡Bee! —lo llamó su padre.
El joven se volvió.
Bran levantó el puño.
—¡No regreses siendo el mismo debilucho que se fue!
Bee sonrió ampliamente.
—¡DESCUÍDALO!
Y echó a correr.
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El maestro del bosque.
El viaje fue más difícil de lo que Bee había imaginado.
Durante el primer día tuvo que atravesar caminos embarrados y dormir bajo un árbol. Durante el segundo, una tormenta lo obligó a refugiarse en una cueva.
Al tercer día, sus piernas estaban agotadas y la comida comenzaba a escasear.
Aun así, continuó avanzando.
Había escuchado que un antiguo guerrero vivía en las profundidades del bosque de las Mil Raíces. Según los rumores, aquel hombre podía entrenar incluso a los combatientes más débiles hasta convertirlos en auténticos luchadores.
Su nombre era MAESTRO KROV.
Nadie sabía exactamente cuál era su nivel actual.
Algunos decían que había superado el nivel 100. Otros aseguraban que sus habilidades eran tan extraordinarias que los números ya no servían para medirlas.
Bee no sabía qué creer.
Solo sabía que necesitaba encontrarlo.
Después de varias horas caminando entre árboles gigantescos, llegó a un claro.
En el centro había una pequeña cabaña de piedra. Junto a ella, un anciano insecto de brazos musculosos cortaba leña con un hacha.
Bee se acercó con cautela.
—Disculpe… ¿usted es el maestro Krov?
El anciano siguió cortando.
¡TAC!
Un tronco se partió en dos.
—Depende. ¿Quién pregunta?
—Me llamo Bee. He venido desde la ciudad para pedirle que me entrene.
Krov dejó el hacha en el suelo y finalmente lo miró.
Sus ojos eran fríos, y una larga cicatriz le atravesaba el rostro.
—¿Nivel?
Bee tragó saliva.
—Cinco.
El silencio duró unos segundos.
Entonces, Krov soltó una carcajada.
—¿NIVEL CINCO?
—¡Sí, señor!
—¿Has caminado durante tres días para llegar hasta aquí con un nivel cinco?
—Sí, señor.
Krov se acercó despacio.
—¿Y qué te hace pensar que voy a perder mi tiempo contigo?
Bee sintió que las piernas le temblaban, pero no retrocedió.
—Porque quiero aprender.
El anciano lo observó de arriba abajo.
—Eso dicen todos.
De repente, Krov desapareció de su campo de visión.
—¿Eh?
¡PUM!
Un golpe en el estómago hizo que Bee se doblara y cayera de rodillas.
—¡¿QUÉ DEMONIOS?! —exclamó, intentando recuperar el aire.
—Primera lección —dijo Krov—. Nunca bajes la guardia.
Bee apenas tuvo tiempo de levantar la cabeza.
¡PUM!
Un golpe en el hombro lo hizo rodar sobre la hierba.
—¡ESPERE! ¡NI SIQUIERA HEMOS EMPEZADO A ENTRENAR!
—¡ESTO ES EL ENTRENAMIENTO!
Krov avanzó.
Bee intentó apartarse del siguiente golpe, pero calculó mal la distancia y terminó cayendo de espaldas.
El anciano le dio un pequeño empujón con el pie.
—Vamos. Levántate.
Bee se incorporó con dificultad.
—¿Por qué me pega tanto?
—Porque todavía no sabes defenderte.
—¡PUES PODRÍA ENSEÑARME SIN INTENTAR CONVERTIRME EN UNA ALFOMBRA!
Por primera vez, Krov dejó escapar una sonrisa.
—Al menos tienes agallas.
Bee apenas pudo reaccionar antes de que el maestro volviera a lanzarse contra él.
Esta vez, el joven levantó los brazos para protegerse.
El golpe lo hizo retroceder varios pasos, pero no cayó.
Krov arqueó una ceja.
—Oh.
Bee respiraba agitadamente. Le dolían los brazos y las piernas, y sentía que cada parte de su cuerpo le pedía que abandonara.
Sin embargo, volvió a colocarse en guardia.
—¡No voy a rendirme!
Krov lanzó otro ataque.
Bee intentó esquivarlo, pero el anciano le bloqueó el paso y lo derribó con un movimiento rápido.
El joven cayó al suelo.
Y esta vez no se levantó inmediatamente.
Se quedó mirando el cielo, respirando con dificultad.
¿Así de grande es la diferencia entre nuestros niveles?
Por primera vez desde que había comenzado el viaje, Bee sintió miedo de verdad.
No miedo a que se burlaran de él.
Miedo a descubrir que, por mucho que lo intentara, jamás conseguiría alcanzar su objetivo.
Krov se agachó a su lado.
—Dime, muchacho. ¿Todavía quieres entrenar?
Bee apretó los dientes.
—Sí.
—¿Incluso después de esto?
—¡SÍ!
—¿Aunque te haga repetir el mismo ejercicio cientos de veces? ¿Aunque tus brazos tiemblen y tus piernas apenas puedan sostenerte? ¿Aunque pasen meses sin que consigas derrotarme ni una sola vez?
Bee se incorporó lentamente.
—¡SÍ, MALDITA SEA!
El bosque quedó en silencio.
Krov lo miró fijamente.
Después, se echó a reír.
—¡JAJAJAJA! ¡ESO QUERÍA ESCUCHAR!
Bee parpadeó.
—¿Entonces…?
—Está bien. Te entrenaré.
—¿¡EN SERIO!?
—Pero no confundas mi decisión con amabilidad. Si entrenas conmigo, te exigiré más de lo que crees poder soportar. No me importa tu nivel. No me importan tus excusas. Y si decides abandonar, no voy a detenerte.
Krov se dio la vuelta y caminó hacia la cabaña.
—Ven. Tengo algo para ti.
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El comienzo del verdadero entrenamiento.
Dentro de la cabaña, Krov abrió un viejo cofre de madera.
En su interior había herramientas, correas, piezas metálicas y varios objetos que Bee no reconoció.
El maestro sacó cuatro muñequeras gruesas, fabricadas con un metal oscuro.
Después, colocó sobre la mesa otras dos bandas metálicas más grandes.
—¿Qué son? —preguntó Bee.
—Tu nuevo equipamiento.
Krov le lanzó una de las muñequeras.
Bee intentó atraparla con una mano.
¡CLANG!
La pieza cayó al suelo con un ruido ensordecedor.
—¡¿PERO QUÉ ES ESTO?! —exclamó—. ¡¿UNA MUÑEQUERA O UN PEDAZO DE MONTAÑA?!
—Póntela.
—¡PESA DEMASIADO!
—Exactamente.
Krov recogió la pieza y se la ajustó alrededor de la muñeca. Luego hizo lo mismo con la otra mano y colocó las bandas restantes en los tobillos de Bee.
En cuanto el joven intentó caminar, sus piernas se hundieron ligeramente y tuvo que apoyarse contra la mesa.
—¡¿QUÉ CLASE DE BROMA ES ESTA?!
—Muñequeras y tobilleras de entrenamiento. A partir de ahora, llevarás ese peso mientras entrenas.
Bee intentó levantar los brazos.
Apenas consiguió moverlos.
—¡NO PUEDO NI LEVANTAR LAS MANOS!
—Entonces aprende.
—¡PERO ESTO ES RIDÍCULO!
Krov cruzó los brazos.
—Tu cuerpo está acostumbrado a moverse sin resistencia. Quiero que aprenda a moverse con ella. Primero caminarás. Después correrás. Cuando puedas controlar ese peso, empezaremos con los ejercicios de combate.
Bee miró sus muñecas y después sus tobillos.
No podía creer que aquel fuera su primer día como alumno.
Había viajado durante tres días buscando a un maestro, había recibido una paliza nada más conocerlo y ahora llevaba encima unas piezas de metal que parecían capaces de aplastarlo.
Krov se acercó a la puerta y la abrió.
La luz del atardecer iluminó el bosque.
—Mañana empezamos al amanecer.
Bee levantó la cabeza.
—¿Y hoy qué hago?
El anciano señaló el camino de tierra que rodeaba la cabaña.
—Camina diez vueltas.
Bee abrió los ojos de par en par.
—¿¡DIEZ VUELTAS CON ESTO PUESTO!?
—Once si sigues gritando.
Bee cerró la boca de inmediato.
Krov sonrió y salió de la cabaña.
El joven abeja se quedó solo, mirando el pesado metal que rodeaba sus extremidades.
Estaba agotado.
Tenía hambre.
Le dolía todo el cuerpo.
Y su maestro parecía disfrutar cada segundo de su sufrimiento.
Pero, poco a poco, Bee consiguió enderezarse.
Dio un paso.
Después otro.
Sus piernas temblaron, pero siguió avanzando.
Afuera, Krov lo observaba desde la distancia sin que Bee se diera cuenta.
—Nivel cinco… —murmuró el anciano—. Veamos qué puedes llegar a ser.
Bee apretó los puños y continuó caminando.
Todavía no era fuerte.
Todavía no podía defenderse de los guerreros que dominaban aquel mundo.
Pero había encontrado un maestro.
Y, por primera vez, estaba dispuesto a descubrir hasta dónde podía llegar.
FIN DEL CAPÍTULO 1.








