Un restaurante bastante normal... supongo

No recuerdo exactamente cómo empezó todo.
A veces, los sueños son así. Te encuentras en un lugar desconocido y, aun así, tienes la sensación de que llevas allí toda la vida. No te preguntas cómo has llegado, por qué estás allí o si lo que sucede tiene algún sentido.
Simplemente aceptas las reglas.
Y aquella noche, por algún motivo que todavía no consigo explicar, las reglas consistían en cocinar lomito a la plancha para unos ogros.
Pero vayamos por partes.
Todo comenzó en un restaurante.
Estaba sentada con mi esposo, disfrutando de una comida tranquila. El ambiente era agradable, con una iluminación suave y mesas de madera. No parecía haber nada especialmente extraño, salvo por un pequeño detalle: el restaurante se encontraba en un mundo dominado por las setas.
Sí, setas.
No me refiero a unas cuantas creciendo en el suelo de un bosque. Hablo de hongos enormes, vegetación de formas extrañas y un paisaje que parecía sacado de un cuento de fantasía.
Aun así, no recuerdo haberme sorprendido demasiado.
Supongo que, cuando estás soñando, tu cerebro puede colocarte delante de una seta del tamaño de un edificio y hacerte pensar que es perfectamente normal.
Mi esposo estaba conmigo, y los dos parecíamos estar acostumbrados a aquel mundo. Comíamos tranquilamente, como cualquier pareja que sale a cenar después de un día largo.
Entonces apareció el trabajo.
O, mejor dicho, el problema.
Tenía que cocinar lomito a la plancha para unos ogros.
No sé quién decidió que yo era la persona adecuada para semejante tarea. Tampoco recuerdo haber solicitado aquel puesto. Pero, de alguna manera, sabía que debía hacerlo.
Y había una condición.
Tenía que cocinar a tiempo.
Porque, si no llegaba a preparar la comida cuando correspondía, los ogros podían terminar comiéndome a mí.
Así de sencillo.
Nada de contratos laborales, horarios razonables o días libres. Allí, si tardabas demasiado en preparar la cena, podías convertirte en el plato principal.
Maravilloso.
Me puse manos a la obra.
La plancha estaba caliente y el olor de la carne comenzó a extenderse por el restaurante. Yo me concentraba en cocinar, pendiente de que todo estuviera listo, mientras intentaba no pensar demasiado en la posibilidad de acabar formando parte del menú.
Los ogros parecían satisfechos.
Y yo, sorprendentemente, también.
Era una situación absurda, pero tenía algo de divertido. Como si el mundo entero hubiera aceptado que aquel era mi trabajo y que no había ninguna razón para cuestionarlo.
Lo que no sabía era que cocinar para ellos sería solamente el principio.
Porque aquel restaurante no era nuestro hogar.
Ni siquiera era nuestro destino definitivo.
Era una parada más en un viaje mucho más grande.
Y todavía no entendía las reglas de aquel mundo.








