Capitulo 1
La luz de los candelabros de cristal caía sobre el mármol negro del salón como si quisiera desnudar a cada invitado. El olor a feromonas de alfa saturaba el aire: pesado, metálico, a madera quemada y a sangre caliente. Ophelia Lennox lo percibía, sí, pero no la atravesaba. No le apretaba el vientre ni le hacía temblar las rodillas. Solo le irritaba la garganta.
Llevaba un vestido de seda color hueso que se pegaba a la curva de sus caderas y dejaba al descubierto los hombros. El escote era profundo, deliberado. El pelo crema claro lo llevaba suelto, peinado hacia atrás para que se notaran las mejillas altas y la línea del cuello. Los ojos —ese tono entre morado pastel y celeste de cielo después de la lluvia— no miraban a nadie en particular. Sonreía lo justo. Bastaba para que tres alfas distintos se acercaran en los primeros veinte minutos y le ofrecieran copas, conversación, o directamente el cuello.
—Señora… ¿o debería decir señorita? —el primero, un alfa de traje gris, se inclinó demasiado cerca—. Su olor es… sutil. Casi no se percibe. ¿Está en fase de supresión?
Ophelia giró la copa entre los dedos. El champán estaba demasiado frío.
—No uso supresores —respondió con voz baja, clara, sin temblor—. Soy beta.
El hombre parpadeó. La sonrisa se le congeló un segundo. Luego la recuperó, más amplia, más falsa.
—Claro. Perdone. La apariencia… y la voz. Es fácil confundirse.
Se alejó. No del todo. Se quedó a tres metros, observándola de reojo como quien espera que el error se corrija solo.
Ophelia no se movió. Había aprendido desde los doce años a no moverse cuando la miraban así. Cuando el médico de la familia había dicho “beta” con esa voz plana, y su madre había dejado de mirarla para fijarse en la hermana omega, la que ya tenía un compromiso arreglado a los catorce. La que olía a lavanda y a leche caliente. La que merecía futuro. Ophelia había aprendido a comer sola, a estudiar sola, a odiar en silencio la idea de que un cuerpo decidiera el valor de una persona.
Ahora tenía diecinueve años, estudiaba Derecho en la universidad más cara de la ciudad, y llevaba en el dedo anular una sortija de platino con un diamante negro que no había elegido.
Lucius Blackwood no había aparecido todavía.
El contrato estaba firmado hacía tres semanas. Diecisiete páginas. Cláusulas claras. No había afecto. No había promesas de fidelidad emocional. Había dinero —mucho—, protección legal, y una condición que Lucius había impuesto con la misma voz fría con la que firmaba adquisiciones: si ella quedaba embarazada de él, el contrato no se podía romper. Ni por ella. Ni por él. El hijo quedaba bajo su tutela y su apellido. Ophelia había leído esa cláusula dos veces. Había firmado igual. No porque quisiera un hijo de un alfa que apenas conocía. Sino porque el dinero de Lucius Blackwood le daba independencia real. Y porque, en el fondo, le divertía la ironía de que el alfa más buscado de la ciudad se comprometiera con una beta que no le temía.
Había otras cláusulas. Ella no estaba obligada a atenderlo durante sus celos. Él no estaba obligado a explicar sus ausencias. Sexo cuando ambos lo quisieran. Nada de nidos. Nada de marcas. Nada de feromonas compartidas en público más allá de lo necesario para la farsa.
La farsa era esta noche.
Lucius apareció a las nueve y cuarto.
No entró. Simplemente estuvo. Un metro noventa y ocho de traje negro impecable, pelo negro peinado hacia atrás, ojos oscuros que no reflejaban la luz de los candelabros. Caminaba como si el suelo le debiera algo. La gente se apartaba sin que él lo pidiera. El olor llegó primero: feromona de alfa pura, densa, a cedro quemado y a hierro. Varios omegas del salón bajaron la mirada o se llevaron la mano al cuello. Ophelia solo sintió el mismo peso en el pecho que sentía siempre cerca de alfas fuertes. Nada más.
Hasta que él se detuvo frente a ella.
Lucius la miró de arriba abajo. Lento. Sin sonreír.
—Ophelia.
La voz era grave, sin inflexión. Como si dijera el nombre de un documento.
—Lucius —respondió ella igual de plana.
Él extendió la mano. No para tomarla. Para que ella la tomara. Ophelia colocó los dedos sobre los suyos. La piel de él estaba fría. El anillo negro brilló bajo la luz.
—Ven —dijo él—. Ya es hora de que te presenten correctamente.
La llevó hacia el centro del salón, donde el anfitrión —un alfa mayor de la vieja guardia— esperaba con una copa en la mano. Lucius no soltó su mano. El contacto era público, deliberado.
—Caballeros. Señoras —la voz de Lucius cortó las conversaciones cercanas—. Les presento a mi prometida. Ophelia Lennox.
Silencio de tres segundos. Luego el murmullo. Alguien susurró “beta”. Alguien más dijo “pero huele…”. Un omega joven, de ojos grandes, la miró con algo parecido a lástima.
El anfitrión se aclaró la garganta.
—Una… elección interesante, Blackwood. Siempre pensamos que seguirías la línea de tu padre. Una omega de buena casa.
Lucius no parpadeó.
—Mi padre está muerto. Yo decido.
Ophelia sintió la presión de los dedos de él alrededor de los suyos. No era cariño. Era posesión. O advertencia.
Un alfa de traje azul se acercó demasiado. Olía a tabaco y a feromona agresiva.
—Señorita Lennox. Si me permite… su olor es extraño. Casi inexistente. ¿Está segura de su secundaria?
Ophelia levantó la barbilla.
—Completamente. ¿Usted está seguro de la suya? Porque se está acercando demasiado a la prometida de otro alfa.
El hombre se tensó. Lucius giró la cabeza apenas. Los ojos oscuros se clavaron en el intruso.
—Aléjate —dijo con la misma voz con la que probablemente despedía empleados.
El alfa azul retrocedió. Otros no. Las miradas seguían. Ophelia sentía el peso de ellas en la nuca, en los pechos, en la entrepierna. Estaban olfateándola mentalmente. Buscando la debilidad. Buscando el error.
Lucius la llevó a un rincón más apartado, junto a una columna de mármol. Allí el ruido bajaba. Él se detuvo, la miró de frente. La diferencia de altura era absurda. Ella tenía que levantar la cabeza.
—Estás tensa —dijo él. No era pregunta.
—Estoy rodeada de gente que cree que un beta no debería existir en este salón. Es normal.
—No les importas. Les importo yo. Y el hecho de que rompí el patrón.
Ophelia soltó una risa corta, sin humor.
—Qué romántico.
Lucius no sonrió. Nunca sonreía de verdad. Solo esa línea fina de la boca que a veces se curvaba un milímetro cuando algo le resultaba útil.
—El contrato es claro. Tú eres mi prometida en público. En privado eres lo que firmaste. Nada más.
—Lo sé.
—Entonces deja de apretar la mandíbula. Pareces una alfa enfadada.
—Mejor una alfa enfadada que una omega sumisa esperando que alguien le diga qué hacer.
Los ojos de Lucius se oscurecieron un segundo. Algo pasó por ellos. No era enfado. Era cálculo.
—Interesante —murmuró—. La mayoría de las betas que conozco se disculpan por existir. Tú no.
—La mayoría de las betas que conoces no tuvieron una hermana omega a la que le dieron todo mientras a ellas las dejaban en un rincón. Yo aprendí pronto.
Lucius la estudió en silencio. Luego, sin aviso, se inclinó. El olor a cedro y hierro la envolvió por completo. Ophelia no retrocedió. Él acercó la nariz a su cuello, justo debajo de la oreja, y inhaló. Lento. Profundo.
Ophelia se quedó quieta. El corazón le latía más rápido, pero no por excitación. Por la invasión.
—No hueles a nada —dijo él contra su piel—. Ni a beta. Ni a omega. Solo a jabón y a irritación.
—Qué decepción para ti.
—No. Es… conveniente.
Se enderezó. Sus ojos seguían fijos en el cuello de ella, donde la vena se marcaba bajo la piel clara.
—Esta noche duermes en mi casa. La farsa empieza oficialmente. Habrá fotos. Habrá prensa mañana. Prepárate.
—Ya firmé. Sé a qué me atengo.
Lucius asintió una vez. Luego, sin más, puso la mano en la parte baja de su espalda y la guió de regreso al centro del salón. La mano era grande, pesada, y no se movió de ahí durante el resto de la noche. Cada vez que alguien se acercaba demasiado, los dedos se cerraban un poco más. No era protección. Era marca de propiedad.
A las once, un omega del servicio se acercó con una bandeja de copas. Olía a miedo y a deseo contenido. Al pasar cerca de Ophelia, el chico se detuvo. Parpadeó. Inhaló.
—Señorita… usted… —balbuceó—. Perdone. Pensé que…
No terminó. Lucius lo miró. El omega bajó la cabeza y desapareció.
Ophelia sintió algo extraño en el pecho. Un latido que no era suyo. Como si el aire se hubiera vuelto más denso solo en el espacio entre ella y Lucius. Él también lo notó. Giró la cabeza hacia ella con una lentitud deliberada.
—¿Qué?
—Nada —mintió ella.
Pero no era nada. Por primera vez en años, algo en su cuerpo había reaccionado. No al salón. No a los alfas que la rodeaban. Solo a él. Un calor bajo el ombligo. Un cosquilleo en la nuca. Como si una puerta que siempre había estado cerrada se hubiera entreabierto un centímetro.
Lucius la observó con esa misma mirada de cálculo. Luego, sin decir nada, pasó el pulgar por la curva de su cadera, por encima de la seda. El gesto fue breve. Íntimo. Público.
—Vamos a casa —dijo.
No era sugerencia.
El auto era un Bentley negro. El chofer no miró por el espejo. Lucius se sentó a su lado, piernas abiertas, una mano apoyada en el muslo. Ophelia miró por la ventana las luces de la ciudad. El anillo pesaba.
—Los chequeos médicos —dijo ella de pronto—. Los que me hiciste hacer antes de firmar. ¿Qué salió exactamente?
Lucius no respondió de inmediato. Miraba hacia adelante.
—Que eres beta. Como ya sabías.
—Mentira. Tú no pagas a tres especialistas privados por una confirmación que ya tenían mis papeles de infancia.
Él giró la cabeza. La miró de lado. En la penumbra del auto, los ojos oscuros parecían pozos.
—Algunas cosas no están en el contrato para ser discutidas. Duerme cuando lleguemos. Mañana tienes universidad. Y yo tengo una junta a las siete.
—Eso no responde.
—No pretendo responder.
El silencio se instaló. Ophelia sintió otra vez ese calor bajo el ombligo. Más fuerte. Como si el olor de él —ese cedro y hierro— estuviera empujando algo dentro de ella que no debería existir. Cerró los ojos. Respiró por la boca. No ayudó.
Cuando el auto se detuvo frente a la torre de cristal y acero que Lucius llamaba casa, él bajó primero. Abrió la puerta de ella. La mano que le ofreció no era cortesía. Era orden.
Ophelia la tomó.
Subieron en el ascensor privado. El espejo les devolvía la imagen: él enorme, negro, frío; ella más pequeña, de pelo crema y ojos de cielo, con la expresión de alguien que ya no se deja sorprender. En el piso 47, las puertas se abrieron a un ático de techos altos, ventanales que daban a toda la ciudad, y un silencio absoluto.
Lucius se quitó la chaqueta. La dejó sobre el respaldo de un sofá de cuero negro. Se desabrochó los gemelos. Los dejó sobre la mesa de mármol. Cada movimiento era preciso, sin desperdicio.
—Tu habitación está a la izquierda. Hay ropa. Hay baño. No entres a la mía a menos que te lo pida.
Ophelia se quedó en el centro del salón.
—¿Y si tengo una pregunta sobre el contrato?
—Mándamela por correo. Tengo abogados para eso.
Se giró hacia ella. La miró otra vez de arriba abajo. El vestido de seda. El escote. El anillo.
—Esta noche no te toco —dijo con voz plana—. No porque no quiera. Sino porque el contrato dice “cuando ambos lo deseemos”. Y tú todavía estás evaluando si me odias o me usas.
Ophelia sostuvo la mirada.
—Puedo odiarte y usarte al mismo tiempo. No son excluyentes.
Algo parpadeó en los ojos de Lucius. Un destello. Luego se apagó.
—Buena noche, Ophelia.
Se fue por el pasillo de la derecha. La puerta de su habitación se cerró sin ruido.
Ophelia se quedó sola en el salón enorme. El olor a él seguía en el aire. Cedro. Hierro. Y debajo, algo más oscuro. Algo que hacía que su cuerpo —ese cuerpo que siempre había sido beta, que siempre había ignorado las feromonas— se tensara de una forma nueva e incómoda.
Se llevó la mano al cuello. La piel estaba caliente.
En el bolsillo interno de su bolso, el contrato doblado pesaba. Diecisiete páginas. Una cláusula en particular: si queda embarazada de Lucius Blackwood, el matrimonio no se disuelve. El hijo lleva su apellido. La madre no puede marcharse.
Ophelia caminó hasta la habitación de la izquierda. Era grande. Cama king. Ventanal. Baño de mármol. En el armario había ropa de su talla: blusas, faldas, ropa interior cara, un par de camisas de hombre que olían a él. Alguien las había puesto allí a propósito.
Se desnudó. El vestido cayó al suelo. Se miró en el espejo del baño. Cuerpo de diecinueve años. Pechos firmes. Cadera estrecha. El vello claro entre las piernas. Nada de glándulas hinchadas. Nada de olor dulce. Solo ella.
Se duchó con agua caliente hasta que la piel le ardió. Cuando salió, el vapor olía todavía a Lucius. Se puso una de las camisas de él. Le quedaba enorme. Llegaba a mitad de muslo. Se metió en la cama.
No pudo dormir.
A las tres de la mañana, el calor bajo el ombligo se había convertido en un pulso. Bajo. Constante. Como un segundo corazón. Ophelia se llevó la mano entre las piernas, por encima de la tela de la camisa. Estaba húmeda. No debería estarlo. Nunca le pasaba solo por oler a alguien.
Cerró los ojos. Imaginó los dedos de Lucius —grandes, fríos, precisos— en lugar de los suyos. Imaginó esa voz grave diciéndole “abre”. Imaginó el peso de un metro noventa y ocho sobre ella. El nudo. La presión. La marca que no estaba permitida.
Se corrió en silencio, con los dientes apretados, pensando en un alfa que no la quería y en un secreto que él guardaba y ella todavía no conocía.
En la habitación de al lado, Lucius Blackwood estaba despierto. Sentado en el borde de la cama, con el informe médico abierto en la tablet. Las palabras subrayadas en rojo:
Secundaria: Omega. Desarrollo feromonal incompleto. Posible retraso hormonal desde la infancia. Pruebas de niñez erróneas por niveles insuficientes. Recomendación: seguimiento. Riesgo de presentación tardía bajo estrés o exposición intensa a alfa compatible.
Lucius cerró la tablet. Miró hacia la pared que lo separaba de ella.
Sonrió. Por primera vez en la noche. Una sonrisa mínima, sin calidez.
Había firmado el contrato sabiendo exactamente lo que compraba.
Una beta que no lo era.
Una omega que todavía no lo sabía.
Y un cuerpo que, tarde o temprano, iba a responderle.
Se recostó. Cerró los ojos.
El olor de ella —ese jabón y esa irritación y ese algo nuevo que había empezado a filtrarse en el auto— todavía estaba en su nariz.
Mañana seguiría la farsa.
Y el cuerpo de Ophelia, poco a poco, dejaría de mentir.


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