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Las Crónicas De Valterra

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Summary

Las Crónicas de Valterra Hay verdades que el continente prefirió enterrar. Y otras que ni siquiera sabe que existen. Hace diez años, la casa que guardaba el sur del reino se alzó en armas y cayó. De sus ruinas nacieron los Caballeros de las Cenizas, que juraron proteger a quienes nadie más protegería. Hoy la orden se desangra, las regiones vecinas miran sus tierras con hambre, y el nombre de su capitán más célebre se cuenta en las tabernas como si fuera el de un santo. Emeric tiene diecisiete años y un hermano que es leyenda. En Montealba los niños juegan a ser el capitán Veyer, y él sueña con empuñar algún día una espada como la suya. Muy lejos de allí, una joven de un pueblo al que el continente prefiere no mirar a los ojos aprende que obedecer también es una forma de sobrevivir. Entre reinos que no se perdonan, descendientes de invasores a quienes aún se desprecia y héroes que no son como los cuentan las crónicas, algo antiguo se mueve en la oscuridad. Quienes lo vieron no volvieron para contarlo. Una historia de guerra, lealtades rotas y secretos que alguien se ha esforzado demasiado en ocultar.

Genre
Fantasy
Author
A. Irache
Status
21h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

PRÓLOGO - Las montañas del Sur

La nieve empezó a los dos días de camino, y desde entonces la montaña no dejó de cerrarse sobre ellos.

Al principio fueron manchas blancas entre los pinos, un polvo que el viento arrancaba de las ramas y dejaba caer sobre los hombros de los jinetes. Después los pinos se hicieron más bajos y más torcidos, y el suelo desapareció bajo una costra dura que crujía bajo los cascos. A media tarde del tercer día ya no quedaban árboles. Solo roca desnuda, ventisqueros y un cielo del color del estaño. Hacía horas que no veían huellas de animales, ni siquiera de lobos, y ningún pájaro cruzaba el cielo. Aldren lo atribuyó al invierno.

Aldren Veyer se subió el cuello de la capa. Tenía cuarenta y siete años, y el frío llegaba a sus viejas heridas antes que a la piel: a la rodilla que le había destrozado una maza, al hombro, a los dedos que ya no cerraban del todo. Sobre la coraza, bajo una capa de escarcha, apenas se distinguía el emblema de los Caballeros de las Cenizas: una espada alzada entre llamas consumidas.

Su alazán de hocico blanco resopló una nube de vapor.

—Ya falta poco, Bronce.

Detrás venían los otros tres.

Bernart cabalgaba encorvado, con las manos enormes colgando sobre las riendas. Había sido enterrador en una aldea de las tierras bajas, hasta que la aldea se quedó sin nadie que pagara por enterrar a nadie. Cada noche anudaba una cuerda que llevaba atada al cinto: un nudo por cada día de paga que la orden le debía. Aldren había contado treinta y un nudos.

Nerio iba a su lado, flaco, de ojos pequeños y quietos, escupiendo al suelo de vez en cuando. Decía que había sido arriero, pero se sentaba en la silla como quien ha marchado mucho tiempo detrás de una bandera, y nunca se detenía en un sitio sin tener algo sólido a la espalda.

El último era Tomek, diecisiete años, con las orejas rojas de frío y el modo de montar de quien aprendió en un establo ajeno. Imitaba, sin darse cuenta, la forma en que Aldren sostenía las riendas.

Los tres llevaban poco más de tres meses en la orden. Caballeros en entrenamiento, los llamaba el reglamento, pero el reglamento se había escrito cuando la orden podía elegir a sus hombres. Ahora tenía ciento cuarenta espadas para sesenta leguas de frontera, y un capitán salía con quien quedaba.

—Dos cabras —masculló Bernart—. Nos ofrecieron dos cabras y usted dijo que no.

—¿Y dónde las habríamos llevado?

—Pa’ vender. ¿Dónde va a ser?

—¿En la montaña?

—En algún momento hay que bajar de esta mierda de nieve.

Nerio soltó una risa corta, sin alegría.

—Yo a la hija del molinero no le habría dicho que no, capitán. Lo miraba muy agradecida.

—Tenía marido —dijo Tomek.

—No dije que me la quería llevar. Dije que estaba agradecida.

Aldren no sonrió.

—Esa gente ha perdido bastante. No salimos a cobrarles lo poco que les queda.

—Claro. —Bernart escupió a un costado—. Porque a nosotros nos sobra la comida.

Aldren abrió la boca y volvió a cerrarla. La noche anterior había visto a Bernart cortar la hogaza sobre el muslo con el cuchillo sucio, y a Nerio reírse porque el capitán se lavaba las manos antes de comer. Pan duro, y se lavaba las manos. Le había parecido una broma entre camaradas.

Vallecruz había estado a punto de desaparecer.

Una partida de Orsolo, la región vecina del oeste, había cruzado la frontera aprovechando que nadie la vigilaba. Eran dos docenas. Bastaron para incendiar tres granjas, vaciar los graneros y colgar de un álamo a los campesinos que se negaron a entregar el grano. Los Caballeros de las Cenizas llegaron la segunda noche. Aldren todavía tenía en la nariz el olor de los techos ardiendo, y en los ojos la cara de sorpresa del oficial enemigo cuando una flecha le atravesó la garganta.

Vallecruz había enterrado a siete. La orden, a dos. Uno de ellos tenía veinte años y llevaba en la bolsa una carta para su madre, sin terminar.

Al amanecer, una anciana le había tomado la mano para besársela. Aldren la retiró con suavidad y le pidió que no lo hiciera. Detrás de ella, los niños escarbaban entre los restos de un granero buscando granos que el fuego hubiera perdonado.

Así estaba Sarrenia desde hacía diez años. La casa Corvalán que la guardaba para la corona de Meridian se había alzado en armas, y Aldren, que era entonces capitán de sus tropas, había luchado por ella hasta el final. Perdieron contra la capital y contra los reinos vecinos. Su castillo, con media muralla derrumbada, lo ocuparon los caballeros que sobrevivieron y los campesinos que tomaron las armas, y de ellos nació la orden. Empezaron con un ideal limpio: defender a quienes no podían defenderse. Ahora Meridian mandaba cartas y nunca hombres, Orsolo mordía la frontera una aldea cada vez, y en el resto del continente todavía se hablaba de los Caballeros de las Cenizas como de valientes. Aldren sabía cuánto de eso seguía siendo verdad. Había visto caer a su señor en el patio del castillo y había jurado, sobre su cuerpo, que nadie más moriría indefenso mientras él pudiera sostener una espada. Ya no estaba seguro de si aquello era una promesa o una condena.

Antes de que salieran de Vallecruz, el anciano del pueblo les había entregado un pergamino enrollado.

—Era de mi abuelo. Decía que en las montañas del sur había minas de antes de que existiera el pueblo. Que sacaban piedras que brillaban como brasas.

Desde la puerta, Nerio había preguntado cuánto valía una piedra así. El anciano se rio. Aldren lo notó, y lo olvidó enseguida: el hambre vuelve curiosos a los hombres.

Las órdenes eran volver a la fortaleza. Pero necesitaban dinero. Las armaduras no se reparaban con buenas intenciones, los caballos comían, los herreros cobraban, y cada invierno llegaban más refugiados a las aldeas que aún resistían. Una sola piedra podía cambiar eso. Aldren tomó la decisión esa noche, sin consultar a nadie: cinco días de desvío, quizá seis.

Algo tintineó entonces en la alforja de Bernart. Un sonido de metal pequeño. Aldren recordó que en casa del anciano había una jarra de peltre sobre la mesa, y que después ya no estaba. Pensó en preguntar y no preguntó. Había sido un día largo y la jarra no valía una discusión.

—Dicen que los Barkani de las montañas del hielo no sienten el frío —rezongó Bernart, calándose el gorro hasta las cejas.

—Yo vi uno una vez —dijo Nerio, mirando la nieve—. Era de los otros, los del bosque, fue en una granja del este, cuando marchaba con la leva. Tenía la piel del color de una mezcla de todos los verdes y el pelo como hojas secas, y unos ojos amarillos, como los gatos. Cargaba sacos con una argolla de hierro en el tobillo. El dueño lo alquilaba a los vecinos por temporadas. Dos monedas por semana.

—¿Y hablaba? —preguntó Tomek.

—Mejor que tú. Y aun así cargaba sacos.

Aldren apretó las riendas, pero no dijo nada. En Sarrenia no vendían Barkani. No sabía si eso lo absolvía de algo.

Pasado el mediodía el sendero se estrechó. A un lado, una pared de roca negra cubierta de hielo; al otro, una pendiente que se perdía en la niebla. El viento cortaba como una hoja. Los caballos avanzaban con las cabezas gachas, resbalando, y Bronce se negó dos veces a seguir antes de que Aldren le hablara en voz baja.

Al fin, tras una revuelta, apareció una explanada llena de ventisqueros y, al fondo, la boca de la mina. Era una abertura negra, reforzada con vigas gruesas, medio hundida bajo un derrumbe antiguo. Dos pilares de piedra la flanqueaban. En uno había una marca tallada: tres líneas verticales cruzadas por una cuarta.

Aldren sacó el mapa. La misma marca estaba junto al dibujo de las dos cumbres.

—¿Qué dice? —preguntó Nerio, asomándose.

—No es una inscripción. Es una señal.

—Pero ¿qué dice?

—No lo sé.

Nerio miró el pergamino como se mira una puerta cerrada.

Dejaron los caballos al abrigo de un saliente, bien atados. Bronce giró la cabeza para seguirlos con la mirada hasta que desaparecieron en la oscuridad. Aldren se detuvo junto a las vigas de la entrada. En su cara interior, la madera estaba cubierta de surcos profundos, como si algo hubiera arañado desde adentro durante años.

—Un oso —dijo.

—Qué oso tan grande —murmuró Tomek.

—Encendamos las antorchas.

Aldren se quitó la bufanda de lana y se la tendió a Tomek.

—Póngasela. El frío entra por el cuello.

—¿Y usted?

—Yo ya estoy acostumbrado.

Tomek dudó, la tomó y murmuró un gracias que apenas se oyó. Nerio resopló.

—¿Y si hay más de lo que podemos cargar? —preguntó Bernart.

—Volveremos con más hombres.

El túnel descendía en pendiente suave. La escarcha cubría las paredes y, entre las vetas oscuras, la luz de las antorchas arrancaba destellos de hielo. Había rieles torcidos, una vagoneta volcada, cadenas viejas colgando del techo. Sobre la escarcha del suelo corrían surcos largos y parejos, como si alguien hubiera arrastrado algo pesado una y otra vez. Aldren los atribuyó a las vagonetas. El agua goteaba de las vigas.

Ploc. Ploc. Ploc.

—No me gusta este lugar —dijo Tomek.

—Tienes miedo —dijo Nerio.

—Tengo ojos.

Aldren se detuvo en una bifurcación. Una galería estaba cerrada por un derrumbe; la otra seguía hacia abajo. Consultó el mapa.

Entonces lo oyó. Era muy débil, y al principio lo confundió con el crujido de la madera.

Clac... clin... clac.

Los tres se quedaron inmóviles.

—Cadenas —dijo Bernart—. Se mueven con el aire.

Aldren levantó la antorcha. Ninguna de las cadenas sobre sus cabezas se movía.

—Probablemente.

Nerio había dejado de hablar. Caminaba un paso detrás de todos, contando algo en voz muy baja, y cada vez que la galería giraba se volvía a mirar el camino por el que habían venido. Bernart, delante, pasaba la palma por las vigas como si las tasara.

Siguieron bajando. El aire se hizo más húmedo, un frío que no mordía sino que se pegaba a la ropa. Tomek caminaba muy cerca de Aldren, como un perro que no quiere quedarse atrás.

—Capitán —murmuró—, ¿su hermano sabe pelear?

Aldren recordó la noche anterior junto al fuego en que se lo había contado. Emeric tenía diecisiete años, casi igual que Tomek, y vivía en Montealba, en Asterion, al este del continente. Aldren lo había visto cuatro veces en su vida. La última, hacía cinco años: un niño de doce con los ojos muy abiertos, que le había preguntado si era cierto que había detenido a cien jinetes en un puente con una flecha en el costado. Le escribía cada primavera. Sus cartas hablaban de un caballero que Aldren no conocía, y cada otoño él le contestaba que ese hombre no era él. Nunca le creía. La última carta contaba que en Montealba los niños jugaban a ser el capitán Veyer, y que a Emeric siempre le tocaba hacer de Orsolo. Aldren había reído al leerla. Después la había guardado sin responder.

Aquella noche Bernart había dicho que debía de ser bonito tener a alguien que le escribiera. Nerio había bromeado diciendo que no le serviría de nada ya que Bernart no sabía leer. Tomek había preguntado si Emeric quería ser caballero.

—Quiere ser lo que cree que soy —había respondido Aldren—. Eso es lo que me preocupa.

—No sabe pelear —contestó ahora—. Prefiere los libros.

—Mejor —dijo Tomek—. Así vive más.

Luego de un rato caminando, llegaron a una cámara amplia, sostenida por pilares de roca viva. Un hilo de agua helada cruzaba el suelo y se perdía por una grieta. Había cestos podridos y una plataforma caída.

Fue Bernart quien vio el brillo.

—Capitán.

Había acercado la antorcha a una pared. Bajo una costra de escarcha y sedimento, algo devolvía la luz con un resplandor rojo.

Aldren raspó con la daga. La piedra fue apareciendo, roja, atravesada por vetas anaranjadas, y al mover la antorcha su interior parecía encenderse como una brasa soplada. La había visto una sola vez, años atrás, engarzada en el collar de una dama de la corte.

—Roca de fuego.

—¿Cuánto vale? —preguntó Nerio, ya a su lado.

—Depende del tamaño y de la pureza.

—¿Cuánto?

—Lo bastante para alimentar a muchas aldeas durante un invierno.

Bernart silbó entre dientes.

Trabajaron con dos cinceles que encontraron entre las herramientas y el martillo que habían traído. Aldren dirigía. Cada golpe resonaba en la cámara y, abajo, el tintineo seguía, clac... clin... clac, pero ya nadie le prestaba atención.

Cuando la piedra por fin cedió, Aldren la sostuvo con las dos manos. Era menor que un puño y pesaba como si fuera de plomo.

Pensó en pan para tres aldeas. En herreros pagados. En reabrir los puestos de vigilancia del norte. Pensó que esa primavera la carta de Emeric tendría una respuesta distinta.

Envolvió la piedra en un paño y la guardó en la bolsa de cuero.

Cuando levantó la vista, nadie hablaba.

Bernart miraba la bolsa. Nerio miraba a Bernart. Tomek miraba el suelo.

—Capitán —dijo Nerio despacio—, esto vale más que lo que ganamos los tres juntos en diez años.

—Va a la orden.

—La orden me debe treinta y un días. —Bernart tocó la cuerda de nudos que llevaba al cinto, como quien se toca una herida.

—Lo sé. Se les pagará.

—¿Con qué?

Nadie respondió. El agua goteaba.

—Con eso —dijo Nerio, y señaló la bolsa con el mentón—. Podríamos repartirla aquí mismo.

Aldren creyó que era una broma. Después vio que ninguno se reía.

—Esta no es una conversación para tener aquí abajo —dijo—. Saldremos, hablaré con la orden y se resolverá su pago. Eso se lo prometo. En cuanto a lo que acaban de decir... —Hizo una pausa—. No puedo prometerles que lo olvide.

Nerio asintió despacio, como quien confirma un precio.

—Ya. Eso pensé.

—Capitán —dijo Tomek con la voz quebrada—, si le damos la mitad a la orden...

—Muchacho, apártate de ellos.

—No me llame muchacho.

—Cállate tú —dijo Nerio sin mirarlo—. ¿Qué quieres, volver a arar la tierra de otro?

Tomek miró a Aldren. Tenía los labios apretados y el mentón le temblaba, y por un momento pareció a punto de dar un paso hacia el capitán. Nerio le puso una mano en el hombro. No fue un gesto amable: los dedos se hundieron en la carne hasta que el muchacho se encogió.

Tomek cerró las manos sobre la empuñadura de su espada. Todavía no la había sacado.

—Mi padre se murió esperando que alguien viniera —dijo—. No vino nadie.

—Te uniste para evitar que le pasara a alguien más.

—Me uní porque daban sopa.

Bernart dio un paso al frente.

—Mi aldea le pagaba a la casa de Sarrenia. Eran unos hijos de puta esos Corvalán, pero pagábamos y nadie nos tocaba. Después llegaron ustedes diciendo que ya no había que pagarle a nadie. Y cuando vinieron los de Orsolo con cuarenta hombres a cobrar, la orden estaba en otro pueblo.

—La orden no puede estar en todas partes.

—Entonces no prometan lo que no pueden cumplir, carajo.

Aldren no tuvo respuesta para eso, y los tres lo vieron.

—Lo que les ocurrió a sus aldeas fue obra de quienes las atacaron —dijo al fin.

—Eso cuénteselo a los muertos —dijo Bernart.

—Habla muy bonito, capitán —dijo Nerio—. Se nota que tuvo casa, y letras, y un apellido que vale. Yo tuve una lanza de leva y una zanja donde dormir.

Aldren los miró uno por uno. A Tomek le había enseñado a sostener una espada. Con Bernart había compartido varias noches de guardia. Había luchado espalda con espalda con Nerio en Vallecruz.

Desenvainó despacio.

—Han jurado defender a quienes no pueden defenderse. Dejen esa idea donde la encontraron, o les juro que ninguno saldrá de esta montaña con esa piedra.

—Qué pena —dijo Nerio.

Bernart atacó primero. Aldren desvió el golpe y respondió con un corte que le abrió la mejilla. El hombre retrocedió gritando.

—¡Viejo de mierda!

Nerio llegó por la derecha. Se movía bajo, con los pies bien plantados, y Aldren comprendió demasiado tarde que eso no lo había aprendido en tres meses de instrucción. Su hoja le abrió el costado, bajo las costillas. El dolor fue agudo, caliente, y contrastó con el frío de la mina.

Aldren retrocedió. Su bota resbaló sobre la piedra helada.

Tomek se lanzó contra él con los brazos demasiado altos, el pecho al descubierto.

Una vez. Diez veces. Cien veces le había señalado aquel error.

El cuerpo de Aldren respondió antes que su cabeza. Desvió el acero del muchacho y metió la hoja bajo el borde de la coraza. Tomek abrió los ojos. Intentó decir algo y solo le salió un hilo de sangre por la barbilla. Se arrodilló. Después cayó de lado sobre la grava.

—¡Hijo de puta! —rugió Bernart.

El golpe vino de costado. Aldren lo detuvo, pero algo le estalló en la pierna derecha y la rodilla cedió. Cayó. Una bota le pateó la mano armada y la espada resbaló hasta el arroyo. Buscó la daga. Nerio le pisó el antebrazo.

—Se acabó, capitán.

La empuñadura de Bernart le golpeó la cara y la sala dio una vuelta entera.

Cuando recuperó la vista estaba de espaldas sobre la roca. La sangre le empapaba el abrigo. Cada respiración era un cuchillo. A pocos pasos, Tomek no se movía.

Intentó incorporarse. El costado le ardía y algo tibio le resbalaba bajo la coraza hasta el suelo. Contó sus respiraciones como le habían enseñado a contar las de los heridos: cortas, rápidas, cada vez más altas. Sabía reconocer una herida mortal. No iba a llegar al amanecer.

Nerio se agachó, le abrió el abrigo, hurgó hasta encontrar la bolsa y la levantó. Sacó la piedra. La luz de la antorcha la atravesó y le dejó reflejos de brasa en los dedos.

Bernart se rio, una risa grave, casi de niño.

—Somos ricos, carajo.

—Todavía hay que salir de aquí. Y encontrar a quién vendérsela sin que haga preguntas.

—Una casa de piedra en el norte. Y una mujer que no huela a cabra.

—No...

Aldren no supo si lo había dicho o solo lo había pensado.

—La orden —alcanzó a murmurar.

—Todavía con eso —dijo Nerio.

—Rematémoslo.

—¿Pa’ qué? No llega a la mañana.

Bernart observó brevemente el cadáver de Tomek.

—¿Y el muchacho? —preguntó Bernart.

—Está muerto —dijo Nerio.

—Podríamos llevarnos su espada.

—Si la quieres, tómala.

Bernart dudó unos segundos, pero finalmente se inclinó y recogió el arma del joven.

Ni siquiera le cerró los ojos.

Los dos hombres emprendieron el regreso por la galería. Sus pasos se alejaron y la luz de las antorchas fue achicándose.

Aldren pensó en Emeric, en una carta que ya no iba a contestar. Quiso arrastrarse hasta Tomek y no pudo mover las piernas.

Entonces volvió a oírlo.

Clac... clin... clac.

Más cerca. Más claro.

—Esas malditas cadenas —gruñó Bernart, desde la boca de la galería.

—No son cadenas —dijo Nerio.

Tenía razón, y Aldren lo supo antes que ellos. Aquel ruido los había acompañado durante todo el descenso, siempre lejano, siempre lo bastante débil como para confundirse con la madera que crujía o con las cadenas viejas que se mecían en el techo. Ahora ya no se confundía con nada.

Clac... clac... clin.

Aldren giró la cabeza con esfuerzo. Desde donde yacía veía a los dos hombres recortados contra la oscuridad de la galería principal y, a su derecha, la abertura irregular de un túnel secundario que habían pasado por alto mientras buscaban la roca. De allí llegó el siguiente sonido: un golpe seco, otro, y un tintineo como de alguien que sacudiera un saco lleno de huesos y hierros.

Clac... clin... clac, clac.

—¿De dónde demonios viene? —preguntó Bernart.

Nerio levantó la antorcha.

—De ahí.

Aldren trató de incorporarse sobre un codo. El dolor del costado volvió a clavarlo contra la roca y bajo la coraza sintió escurrirse más sangre, demasiada. Dejó caer la cabeza, pero no apartó los ojos de ellos.

—¿Hay alguien ahí? —gritó Bernart.

La galería le devolvió la voz. Nadie respondió. Durante unos instantes solo se oyó el goteo.

Después, algo crujió en la oscuridad. No era madera ni piedra: era un sonido seco, quebradizo, con un roce metálico debajo, como el de una armadura mal ajustada.

Bernart retrocedió un paso.

—¿Capitán?

Aldren quiso contestar, pero solo le salió un gemido.

—El viejo se está muriendo —dijo Nerio, sin volverse—. Levanta esa maldita antorcha.

La luz trepó por las paredes del túnel secundario. Iluminó unas vigas podridas, apoyadas contra la roca, los restos de una vagoneta, un montón de piedras que cerraba parte del paso. Más allá, la oscuridad era total.

Algo brilló en el fondo. Un reflejo metálico. Luego otro.

La llama se inclinó con una corriente de aire frío, y Aldren lo vio.

Al principio creyó que era una armadura antigua apoyada contra el muro, con un yelmo de forma desconocida cubierto de óxido. Pero bajo el borde del casco asomaba una calavera amarilla, con la mandíbula descolgada y una grieta que le cruzaba la frente. La coraza colgaba sobre un costillar desnudo, sujeta por correas endurecidas hasta confundirse con el metal. Entre los huesos de su mano derecha descansaba una espada herrumbrosa.

Detrás apareció otra figura, y otra más.

La luz fue sacándolas de la sombra, una a una. Cotas de malla podridas. Corazas de placas viejas, cubiertas de tierra y manchas oscuras. Un escudo partido atado a un antebrazo. Una hoja tan roída que parecía a punto de deshacerse. Eran al menos una docena, y permanecían de pie, inmóviles.

—Qué mierda... —susurró Bernart.

Aldren pensó que eran cadáveres, hombres muertos hacía tanto tiempo que ni siquiera les quedaba la carne. Y sin embargo estaban de pie.

La primera figura inclinó despacio la cabeza. Del interior de su yelmo cayó un puñado de tierra. Después levantó la espada, con un crujido seco y un tintineo de placas.

Clac... clin.

Era el mismo ruido. El que los había seguido desde que entraron.

Otro dio un paso adelante, con el pie descarnado golpeando la piedra, y otro lo siguió. Las mandíbulas empezaron a abrirse y a cerrarse, chocando entre sí. Los huesos crujían bajo el peso del hierro mientras las espadas se alzaban entre las sombras.

Bajo la luz de las antorchas, Aldren observó entre los restos de tela que portaban lo que parecían ser emblemas que no podía reconocer.

Bernart soltó un alarido.

—¡Corre!

Nerio giró hacia la galería principal, pero ya era tarde. El primero de los muertos se abalanzó sobre ellos, y tras él una marea de huesos y hierro que salía de las entrañas de la montaña. La antorcha cayó al suelo.

Desde donde yacía, incapaz de moverse, Aldren Veyer vio cómo los muertos se arrojaban sobre sus antiguos compañeros.

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