CAPÍTULO 1
Noah
Estoy en el jardín trasero, apoyado contra uno de los árboles más viejos de la propiedad, fumando un cigarrillo mientras intento disfrutar de los últimos minutos de paz que me quedan.
Porque hoy llega ella.
La candidata.
La chica tiene ocho semanas para elegir entre Drew y yo. Como si esto fuera algún tipo de reality de citas organizado por nuestras familias.
Exhalo el humo lentamente.
No pienso recibirla.
No pienso fingir interés.
No pienso jugar al anfitrión encantador.
Para eso ya está Drew.
Él nació para esas mierdas.
Yo no.
Oigo el ruido de unas ruedas sobre la grava. Una maleta. Después unos tacones.
Levanto la vista. Y pienso exactamente lo mismo que pienso siempre cuando llega una nueva.
Joder.
Otra.
La observo avanzar por el camino principal.
El sol se engancha en los mechones sueltos que han escapado de su medio recogido mientras una ligera brisa le mueve el cabello.
No parece nerviosa. Ni impresionada. Ni emocionada.
Simplemente observa la mansión como si estuviera evaluándola. Como si estuviera tomando notas mentales.
Por pura costumbre la analizo. Maquillaje sencillo. Labios rojizos y carnosos. Ojos avispados. Falda de cuadros. Botines beige de tacón. Y una camisa satinada color chocolate de cuello alto y mangas ligeramente abullonadas.
En resumen: Bibliotecaria. Niña buena. Princesita perdida.
Exactamente el tipo de chica que acaba suspirando por mi hermano.
Ni siquiera es remotamente mi tipo.
Demasiado dulce. Demasiado correcta. Demasiado limpia.
Y aun así mis ojos bajan automáticamente a sus piernas.
Aprieto la mandíbula. No la mires.
Sigo mirando.
Muy bien, Noah. Magnífico comienzo.
Ella levanta la vista. Nuestras miradas se cruzan. Y sé perfectamente lo que ve. El hermano problemático. El chico malo. El error evidente de la ecuación.
La mayoría de las chicas siguen recto hacia la mansión. Ella no. Ella cambia de dirección. Y viene hacia mí.
Genial. Justo lo que necesitaba.
Cuando está lo bastante cerca, doy otra calada al cigarrillo.
—Otra más que vendrá a caer por mi hermano.
Su expresión debería cambiar. Dudar. Titubear. Poner cara de ofendida. No hace ninguna de esas cosas. Alza una ceja.
—¿Por qué dices eso?
La observo un segundo más. No baja la mirada. No se encoge. No parece intimidada.
Interesante.
—Porque siempre es lo mismo. Las mujeres me temen y las atrae Drew. Simple.
Sus labios se curvan apenas.
—A mí me causas curiosidad y, teniendo en cuenta que la decisión es mía, yo que tú intentaría no alejarme aposta.
La respuesta me arranca una risa seca. No porque sea graciosa. Porque no me la esperaba.
—Curiosidad no es interés. Y no necesito tu lástima. Drew tiene suficiente encanto para ambos.
La examino otra vez. Y vuelvo a percibir su perfume. Vainilla. Dulce. Cálido. Peligrosamente agradable.
—Vainilla... clásico —murmuro—. Y tu opinión sobre él no me importa. No necesito impresionarte a ti tampoco.
Tiro la colilla al suelo. La aplasto con la bota.
Ella sigue observándome. Como si fuera un experimento. Como si estuviera intentando averiguar por qué soy así.
—¿Y si te eligiera a ti?
Entrecierro los ojos. Ahí está. La típica provocación. La típica curiosidad. Nada nuevo.
—Imposible.
—Qué seguro estás.
—Porque sé cómo acaba esta historia.
—¿Y cómo acaba?
—Con Drew sonriendo.
Ella parece divertirse. Yo no. O al menos intento no parecerlo.
—¿Quieres apostar conmigo?
Y ahí vuelve esa sensación. La de que algo no termina de encajar. Porque las chicas como ella no suelen apostar. Las chicas como ella sonríen educadamente y cambian de tema. Ella me desafía.
Sonrío de lado.
—¿Apostar? ¿Qué tienes en mente, princesa? —La palabra sale cargada de burla. Y ella lo sabe. Por la forma en que arquea una ceja—. En ocho semanas me decidiré por uno de los dos. ¿Qué te hace estar tan seguro de que no diga tu nombre?
Me río. Con sarcasmo. Con experiencia. Con resignación.
—Porque llevo años viendo cómo funciona. Conozco el patrón. La dulzura, los deportes, las sonrisas falsas... tú caerás también.
Doy un paso hacia ella. Invado ligeramente su espacio. La mayoría retrocede. Ella no. Por supuesto que no.
—Pero adelante —añado—. Arriesga. Disfruta tu dinero.
—No odio a los mujeriegos y definitivamente no me importa el dinero.
La miro con incredulidad. Señalo la mansión detrás de nosotros.
—Todas dicen eso. Todas odian el tipo. Todas quieren seguridad financiera. Y este sitio habla bastante por sí solo.
Sacudo la cabeza. Ya conozco este juego. Sé cómo termina. Siempre.
—Ya veremos. Ocho semanas, dijiste. Tengo todo el tiempo del mundo para demostrártelo.
Empiezo a alejarme.
—Bienvenida a tu experimento fallido.
—¿Si digo tu nombre qué pasa? ¿Cuál es la apuesta?
Me detengo. Sin saber muy bien por qué. Y me giro. Por primera vez tengo curiosidad de verdad.
—Si ganas tú, haré lo que quieras. Lo que sea.
Ella espera. Yo sonrío despacio.
—Si gano yo, tendrás que admitir que tenía razón desde el principio.
Durante un segundo creo que ya está. Fin de la conversación.
Entonces se acerca. Lo justo para dejarme sentir otra vez su perfume. Vainilla. Joder.
Y después me remata.
—Adelante entonces. Porque te diré algo —inclina ligeramente la cabeza—: eres completamente mi tipo.
Mi cerebro tarda uno o dos segundos en procesarlo. No. No ha dicho eso. No puede haber dicho eso.
—Y los tipos de hombres que le gustan a una mujer nunca cambian —añade—. Solo evolucionan.
Y se marcha. Sin esperar respuesta. Sin darme tiempo a reaccionar. Simplemente se da la vuelta y empieza a caminar hacia la mansión.
Y entonces la veo. La espalda. Toda la maldita espalda.
La camisa de cuello alto que hace cinco minutos había metido en la categoría mental de «bibliotecaria aburrida» desaparece por completo en la parte posterior. La tela satinada abraza sus costados antes de perderse bajo la cintura de la falda.
Parpadeo. Una vez. Luego otra.
Porque aquello no encaja. No encaja con la niña buena. No encaja con la princesita perdida. No encaja con absolutamente nada de lo que había pensado sobre ella.
Joder. Mis ojos bajan. Y sí. Le miro el culo. Por supuesto que se lo miro. Y para colmo tiene un buen culo. Maldita sea.
Deja de mirar.
Sigo mirando.
Eres patético.
Probablemente.
La observo alejarse mientras los botines resuenan contra el suelo. Y sin querer, mi imaginación decide traicionarme. Una chupa de cuero negra. Smokey eyes. Labios rojos. La misma sonrisa desafiante que acaba de dedicarme. Una mirada descarada. Una versión completamente distinta de la chica que tengo delante.
La imagen aparece con demasiada facilidad. Y me gusta. Me gusta muchísimo más de lo que debería.
Eso sí que es un problema. Porque no tendría que importarme. Porque no es mi tipo. Porque dentro de ocho semanas elegirá a Drew. Porque siempre eligen a Drew. Porque esta historia ya la he vivido. Y porque la única persona que parece haberse olvidado de eso durante unos segundos soy yo.
Genial. He pasado de querer que se marche cuanto antes a imaginarme cómo sería si dejara de parecer una niña buena. Todo en menos de diez minutos. Un récord personal. Deberían darme una medalla. O una hostia. Cualquiera de las dos serviría.
Debería estar pensando en cualquier otra cosa. En Drew. En la apuesta. En las ocho semanas. En cómo va a terminar todo esto.
Pero lo único en lo que consigo pensar es en una espalda descubierta, un perfume de vainilla y una princesita perdida que acaba de dinamitar todas mis teorías en menos de diez minutos.
Y eso no me gusta. Ni un poco.
—Maldita sea... —murmuro.
Tiro el cigarrillo al suelo. Y camino hacia la casa mucho más pensativo de lo que estoy dispuesto a admitir. Mucho más interesado de lo que debería estar.
Todo por culpa de una princesita perdida que, claramente, no era tan buena niña como aparentaba.








