Prologo ¿En qué momento dejamos de sentir?
PRÓLOGO
¿En qué momento dejamos de sentir?
A veces me pregunto en qué momento cambié.
No sé si fue después de una despedida, entre las lágrimas que alguna vez derramé por alguien que no supo quedarse, o durante alguna de esas noches en las que una relación parecía seguir en pie, aunque algo dentro de mí ya hubiera comenzado a marcharse.
No sabría señalar una fecha exacta. No hubo un día en el calendario en el que despertara y descubriera que ya no era la misma mujer.
Fue algo más silencioso.
Durante mucho tiempo creí que el amor consistía en encontrar a alguien capaz de hacerme sentir especial. Yo conocía esa emoción: las manos inquietas antes de un encuentro, la sonrisa que aparecía al reconocer una voz, la impaciencia por recibir un mensaje y aquella manera absurda, maravillosa, de convertir un detalle pequeño en el acontecimiento más importante de la semana.
Recuerdo a la muchacha que fui. La que podía sentirse inmensamente feliz por unas flores, la que guardaba cartas como si dentro de ellas estuviera escrito el futuro, la que llegaba a imaginar una vida entera a partir de una promesa.
No sabía demasiado del amor. Pero lo sentía con una intensidad que entonces me parecía inagotable.
Después llegaron otras historias.
Algunas me hicieron feliz. Otras me obligaron a descubrir partes de mí que habría preferido no conocer de aquella manera. Hubo promesas, despedidas, decisiones que tomé sin saber cómo me afectarían años después y momentos en los que confundí permanecer con amar, perdonar con olvidar y ser elegida con ser verdaderamente querida.
No todas mis historias fueron tristes. Sería injusto recordarlas de esa manera. También hubo risas, ilusiones, momentos que todavía puedo mirar con ternura y personas que formaron parte de quien soy.
Pero el tiempo pasó.
Y un día comencé a preguntarme por qué ya no sentía como antes.
No sé si las emociones desaparecen de verdad o si una aprende a esconderlas tan bien que termina olvidando cómo encontrarlas. No sé cuánto de mí cambió por crecer, cuánto por las experiencias que viví y cuánto sigue esperando, en algún rincón de mi memoria, una explicación que todavía no tengo.
Por eso vuelvo al principio.
A la adolescente que fui antes de conocer su primer amor. A la muchacha que todavía no sabía que una historia podía comenzar con flores y terminar con una despedida, ni que el corazón podía conservar un recuerdo incluso después de haber decidido marcharse.
No vuelvo para juzgarla.
Vuelvo porque quiero comprenderla.
Esta es la historia de los hombres que amé, de las versiones de mí que conocieron y de todo lo que ocurrió entre la primera vez que sentí mariposas en el estómago y el día en que comencé a preguntarme adónde habían ido.
Pero, sobre todo, es la historia de una mujer que intenta entender en qué momento dejó de reconocer la forma en que amaba.
Y quizá, al recordar cada comienzo y cada final, encuentre alguna respuesta.
O quizá descubra que hay preguntas que también merecen ser contadas.








