Chapter 1
Miro por la ventana del taxi al pequeño pueblo que recuerdo de mi infancia, mucho antes de que siquiera considerara irme. Madre me dijo que el pueblo nunca olvida, ni rostros ni familias; tiene una tendencia a recordar a la gente, una tendencia a no olvidar, justo como yo, decía. Mientras más lo pienso, más lejano se siente el recuerdo, más opacado por un sentimiento de rencor que comienza en mi bilis y sube hacia mi garganta. Madre siempre decía que yo nunca olvido lo que otras personas me hacen, un rasgo detestable, decía, que estoy llena de rencor e ira, decía, como mi padre, que la abandonó por sus constantes cambios de humor: un día podía estar feliz y al otro era un mar de llantos. Sus manos temblaban cuando acariciaba mis mejillas y me decía que todo estaba bien. Siempre vi las caricias de mi madre como una invasión. Sus dedos sobre mi piel me hacían sentir frágil, expuesta, como una muñeca que pudiera romperse al mínimo contacto. Incluso ahora, solo recordarlo me tensa la mandíbula. Mi hermana no es diferente. Esa forma suya de ocupar el centro de cada habitación, de recibir la atención que siempre parecía reservada para ella, me revuelve el estómago. Frunzo el ceño ante el pensamiento y aparto la mirada de la ventana. Hay recuerdos que todavía consiguen hacerme hervir la sangre. Mis pensamientos pasan a mi padre, el hombre que nos abandonó con la inestable de mi madre. Que Dios, si es que existe, lo entierre junto a los gusanos y devoren su carne hasta el último instante de su miserable existencia; que escupan en su tumba y maldigan su nombre, porque él merece todo lo que le espera en el infierno, ese maldito. Lágrimas amenazan con salir de mis ojos, los froto con fuerza mientras saco un pañuelo de mi bolsillo, pero eso no importa, nada de eso importa. A pesar de todo lo que me provoca mi familia, tuve que regresar. Después de recibir una llamada, ni bien atendí supe que era ella; su voz es difícil de olvidar, demasiado dulce para mi gusto. Estaba angustiada en la otra línea, jadeando como un ciervo herido. Las palabras le salían entrecortadas, cargadas de miedo. Dijo que su vida corría peligro, que alguien la estaba acechando. Vine aquí para ayudarla. Estúpido de mí. Cualquier otra persona habría colgado el teléfono y seguido con su vida. Yo no pude. Algo en mí se negó a mirar en otra dirección, se negó a dejarla sola para lidiar con el problema en el que, muy seguramente, ella misma se metió. Qué estúpida soy, replico para mis adentros, maldigo mi idiotez de creer que sus palabras siquiera son ciertas, maldigo a mi propia lengua traicionera por decirle que, a pesar de todo, yo iba a estar ahí para ella, siendo mi única hermana, una vil mentira, cierto, pero contiene algo de verdad. Desde que la perra de mi madre murió, se ha negado a emitir palabra incluso con sus vecinos. Mi madre, por supuesto, le dejó la casa, su herencia, a ella, ahora que yacía tres metros bajo tierra. Ella sabía que no podía hacer nada para detener al idiota que declaró el testamento. Escupí sobre su tumba el día que murió. En todo este tiempo, solo vine dos veces a este pueblo abandonado y solitario, llena de desdén mi corazón al ver las caras de la gente que pasa. Está siendo mi segunda visita, aún no puedo aplacar el hecho de que estoy volviendo a ayudar a la nefasta de mi hermana. Un suspiro deja mis labios; ni siquiera he llegado todavía a su casa, y ya quiero una copa de vino, un vino tan amargo como el resentimiento en mi alma y cuerpo, cada fibra necesitando aliviar la tensión que yo misma impuse. Suspiro de nuevo y esta vez recibo una mirada del taxista por el espejo. Asiento sin dirigirle la palabra, mi mente divagando mientras observo el oh, tan despreciable paisaje. Finalmente, después de lo que parece una eternidad, llegamos a la casa.
—14 Willow Street, Blackridge —
Asiento y le pago los 29 dólares del viaje. Cierro la puerta detrás de mí y miro al taxi despedirse y marcharse, ya deseando haberme ido. Paso uno de mis guantes por mi cara, cerrando los ojos por un momento. ¿Qué hubiera pasado si hubiera dejado a un lado su llamada y seguido con mi vida? Para colmo, no pudo elegir un peor momento, que las vacaciones de verano, justo cuando planeaba disfrutar de un merecido descanso, merecido ya que es mi segundo año en la carrera de psicología. Me tomo un momento para analizar mi apariencia: un abrigo largo de lana que llega por debajo de las rodillas, un suéter de cuello alto, pantalones oscuros y unos borcegos es todo lo que uso. Mis maletas yacen a un lado de mí con pertenencias que poco me importan; ropa y abrigos es lo que más traje. Siempre hace un frío desolador en este pueblo, pero mucho más en vacaciones. Desvío mi mirada a la casa ante mí; es más pequeña de lo que recordaba, aunque el recuerdo puede haber distorsionado mi visión. Es de un color rojo oscuro opacado por ciertas grietas en partes específicas. Es una vista triste para otros ojos, un recordatorio de lo abandonada y solitaria que puede llegar a estar una persona; esa es la conclusión que sacarían si la viren a primera vista. Pero viendo que el pasto me llega casi a las rodillas, parece más un signo de descuido que de deseo de permanecer aislada. Lo más seguro es que se deba al miedo que tiene de siquiera salir de su casa, ya que, por su tono de voz, esto lleva un tiempo pasando. Esto, sumado al hecho de que no tiene pruebas en contra de su acosador, hace todavía más convincente el hecho de que decida aislarse. Al mismo tiempo es un riesgo por sí mismo el estar tan lejos del resto; cualquiera podría hacerla desaparecer sin consecuencias, aunque estoy segura de que algún vecino chismoso estaría al tanto de dicho suceso. Tomando un respiro que no sabía que mi cuerpo necesitaba, me dirijo a la puerta y toco. Al principio nadie responde. Doy un toque más fuerte para estar segura de que me oyeron, y esta vez una chica joven, mi hermana, asoma la cabeza. Sus ojos examinan mis rasgos con cierta cautela, antes de asentir nerviosamente y erguirse ligeramente, haciéndose a un lado. Mis ojos entonces pasan a las diversas fotos familiares que decoran la pared del pasillo que da a las escaleras; algunas son viejas y otras parecen más recientes. Las viejas son de mi yo más joven junto a mi fastidiosa familia, en lo que asumo es mi cumpleaños, aunque por la falta de velas y globos de decoración, no sabría decir. Mi madre está tensa a mi lado con su mano en mi hombro, su rostro ciertamente no muestra felicidad; mi hermana está al lado derecho de mí, sentada, con una enorme sonrisa fija a la cámara; yo, por otro lado, me encuentro dando la sonrisa más pretenciosa que pude haber logrado. La vista hace que suelte una leve carcajada. Las más recientes, sin embargo, muestran mayormente a mi madre antes de que falleciera; en un par de ellas se encuentra mi hermana, pero son escasas en comparación con las que no. Apartando la vista con desdén, me dirijo a mi hermana.
—¿Cómo te encuentras?
Mientras que mi pregunta es más por cortesía que nada, su tono es ligero como una brisa y parece genuinamente aliviada de que esté aquí y siquiera pregunté.
—Bien de momento. Por favor, pasa a la cocina. Tengo mucho que quiero contarte.
Asiento y le abro paso para que vaya primero. La cocina es simple a la vista: diseños de flores sobre un fondo celeste claro y un piso de madera oscura, junto con una mesa en una esquina, muebles y gabinetes a un lado. Tomo asiento en una esquina y ella se sienta junto a mí.
—Me alegra que hayas venido.
Le doy una sonrisa como respuesta y noto que el peso de sus hombros baja ligeramente. Da un rápido respiro, antes de acomodarse para contarme el por qué de mi visita.
—Por favor, lo que te voy a contar no se lo digas a nadie. Prométemelo.
Asiento nuevamente y tomo su mano en la mía como un gesto reconfortante. Esto parece aliviarla, ya que da un jadeo y comienza de nuevo.
—Todo empezó con poemas. Al principio parecían inofensivos, pero cada vez se volvían más oscuros. Déjame enseñarte —declara.
Con eso se levanta y se dirige a un mueble cercano, saca unas cuantas hojas y las examina por un breve momento antes de asentir para sí misma. Luego las puestas sobre la mesa. Tomo la primera, que dice así:
“Flores”
Vi la flor en tu ventana,
florecer esta mañana.
Vi cómo el sol alumbraba
sus pétalos rojizos.
Me quedé viéndola, inerte,
mientras el tiempo pasaba.
Me quedé mirando, sin hacer nada.
Tal es la forma de la vida humana.
Interesante, refrescante en cierto sentido. Continúo con el siguiente.
“Rutina”
Sé la hora en la que descansas, conozco el sonido de la cerradura.
Quisiera expresar con palabras lo que mi mente anhela más que nunca.
Pienso en ti cada mañana, cada tarde y cada noche, pero mi mente divaga, divaga hacia el horizonte.
Las olas no se inmutan, siguen con su rutina.
Lamentos ahogados escucho, pero sigo sin guía.
Melancólico y desolador. Este me gusta más que el primero.
“Casa heredada”
Casa abandonada, sin rastro de cuidado, mientras los vecinos murmuran, se burlan y ríen.
Pero sé que, detrás de esas paredes, alguien todavía existe.
Déjame tomar tu mano, déjame acariciarte, déjame rozar tus labios, déjame soñarte.
“Ella”
La veo otra vez, a la que odio con todo mi ser.
La que vino a llevarte lejos, y por eso se fue.
Quiso alejarte de mí, apartarte de mi lado, pero no desistiré hasta que mi amor sea revelado.
¿Qué? ¿Podría estar hablando de madre? Es una posibilidad, pero, ¿no fue acaso un accidente? O es que sucedió algo más. Necesito encontrar respuestas. Siento la mirada de mi hermana, extiende su mano para tocarme, pero la aparto suavemente. Siempre detesté sus gestos, su mirada, ese brillo pretencioso en ellos; me recuerda a madre. Soltando un suspiro, me froto la frente.
—Esto no es suficiente, solo prueba que quienquiera que sea sabe cosas sobre nuestra familia, cosas que no debería saber —afirmo.
Siento su mirada nuevamente, examinándome. Me recuerda tanto a madre; en serio la detesto. Es tan desagradable que me hace querer maldecir, pero aprieto mis labios para no hacerlo. Finalmente, habla.
—Estuve pensando, quizás sea buena idea contratar a alguien, como un detective privado para que nos ayude —declara.
Asiento, tomando nota de eso. Son caros, digo para mis adentros, y no sé si el costo vale la pena; de todas formas, parece la única opción viable.
—Dime, ¿recibiste alguna otra cosa que pueda ser de ayuda?
Niega con la cabeza.
—Eso es todo lo que ha enviado hasta ahora, si mal no recuerdo, comenzó en primavera
—responde.
Entre marzo y abril, pienso para mis adentros. Qué mal momento para enviar cartas amenazantes con tanta lluvia y humedad, pero supongo que al acosador eso poco le importa.
—Me gustaría que habláramos con un detective privado. El hecho de que todavía no te haya hecho nada puede implicar que siente cierto apego por ti —afirmo.
Frunce el ceño, pero asiente. De repente, toma mi mano en la suya.
—Gracias por tu apoyo, Isabelle. En serio lo aprecio.
Pongo la sonrisa más genuina que puedo para ocultar mi desagrado, un acto difícil; deberían darme una medalla ya que no parece notarlo. Puedo sentir mi mandíbula tensarse amenazando con hacer trizas mis dientes. Finalmente, deja ir mi mano.
—Siempre estaré para ti, Lydia.
Parece convencida por mis palabras, ya que asiente y me da una sonrisa dulce. Mi mandíbula se tensa nuevamente y tengo que recordarme a mí misma que debo relajarme.
—Sobre el detective, ¿tienes a alguien en mente? —pregunto.
Asiente.
—Su nombre es Peter —responde.
Se levanta y va junto a la mesada para arrancar una hoja de un cuaderno. Parece pensativa mientras se dirige a mí y me lo entrega, sus suaves manos accidentalmente rozando las mías en el proceso.
Aprieto nuevamente la mandíbula y muerdo el interior de mi mejilla. ¿Por qué volví? Me pregunto, tal vez fue por pena, tal vez por un sentido de deber; cualquiera que sea el caso, no cambia el hecho de que estoy aquí ahora.
—¿Te encuentras bien?
—Sí, solo un poco cansada por el viaje. Sabes cómo me marean.
Asiente comprensivamente y vuelve a sentarse a mi lado, jugando con el anillo en su meñique. Mi mirada se fija en el número que aparece en el papel: “Blackridge Private Investigations (207)
555-0184". Saco mi teléfono para marcar al número. No creo que Lydia quiera hablar con él, si su aislamiento me lo indica; además, yo puedo estar en un mejor estado mental que ella. Sin más, marco el número y por un largo instante solo suena el contestador. Estoy a punto de colgar cuando finalmente alguien responde.
—Blackridge Private Investigations. ¿En qué puedo ayudarla? —pregunta.
—Hola, mi nombre es… —hago una pausa—. Estoy llamando porque necesito contratar a un investigador, ¿asumo que es usted? —respondo.
—Estaría en lo correcto, señorita. Si no le molesta que pregunte, ¿podría explicar el motivo de su llamada? —pregunta.
—Necesito su ayuda. Mi hermana está siendo acosada desde la primavera; todo lo que tenemos como evidencia son poemas, pero esta persona sabe cosas que no debería saber, asuntos familiares
—respondo.
—Entiendo. ¿Han intentado algo físicamente? ¿Alguna amenaza tal vez? —pregunta.
—No, pero no queremos correr más riesgos —respondo.
—Entiendo perfectamente. Dígame, este acosador, ¿ha intentado entrar a su casa? —pregunta.
—No, solo ha dejado poemas —respondo.
—Entiendo. Una última pregunta: ¿han visto a alguien que pudiera parecer sospechoso, merodeando la zona, tal vez? —pregunta.
Pienso por un momento. Lydia no mencionó nada de alguien sospechoso; si es porque no lo vio o porque simplemente no había alguien así, no lo sé, pero de todas maneras respondo:
—No que sepamos —respondo.
—Entiendo. Acepto el caso. Guarden los poemas y no los tiren… Ah, una cosa más: páseme su dirección —responde.
—14 Willow Street, Blackridge. digo.
Hay una breve pausa mientras, supongo yo, escribe la dirección.
—Bien. Bueno, estaré allí a primera hora en la mañana; asegúrese de estar en la residencia —declara.
Con eso se despide y cuelga. Dirijo mi mirada a Lydia, quien hasta ahora no ha dicho ni una palabra.
—Ya está hecho, vendrá mañana a primera hora —digo.
Suspira aliviada.
—Gracias, de verdad no tenía el coraje para llamar y… me alegra tanto que estés aquí —exclama.
De repente lágrimas amenazan con salir de sus ojos. Se para y extiende sus brazos mientras se acerca a mí. Maldigo para mis adentros; quiero empujarla con todas mis fuerzas, pero me abstengo de hacerlo. Solo la miro y le sonrío como una tonta, una sonrisa que no llega a mis ojos. Sin embargo, si ella se percata de esto o no, no parece importarle en lo más mínimo, ya que su rostro se suaviza ante el gesto y cubre mi cuerpo con el suyo. Sofocante. Siento que estoy hirviendo; una imperiosa necesidad de empujarla con todas mis fuerzas me invade. Sin embargo, no lo hago. Froto mi brazo suavemente por su espalda. Que alguien detenga este momento y lo borre de mi memoria. Finalmente, cuando pienso que no puedo soportarlo más, me deja ir. Largo un suspiro; no me di cuenta de que estaba conteniendo el aire.
—¿Algo te molesta?
Sí, tu presencia, digo para mis adentros.
—No es nada. Es solo que me preocupa tu bienestar.
Las palabras salen de mis labios con un toque más duro de lo que tenía planeado. Si se da cuenta o no, no lo dice, algo que me molesta profundamente.
—No te preocupes por mí. Voy a estar bien.
Asiento. Me duele la cabeza de tanto fingir.
—Oh, casi lo olvido, deberías ver tu habitación. La dejé tal como estaba, para que te sientas como en casa —dice.
Lo último que quiero es sentirme como en casa, pero me trago el comentario y asiento con una sonrisa.
—Lo apreciaría.
Asiente y me guía hacia las escaleras. Subimos y giramos para el lado derecho. Echo un vistazo al pequeño baño y continúo. Al llegar a mi habitación, un aroma a rosas invade mis sentidos; el rojo de las paredes contrasta con el piso de madera, dándole un toque nostálgico, un toque que no aprecio. Arrugo mi nariz, pero rápidamente cambio de expresión cuando Lydia se gira hacia mí.
—Espero que no te moleste el aroma, es que es mi preferido —declara.
La noto un poco tímida cuando lo dice; su reacción parece casi genuina. Aprieto la mandíbula nuevamente. No puedo dejar que me engañe; su amabilidad no es más que un truco para tratar de ponerme de su lado y controlarme como quien controla un títere. Relájate, me digo a mí misma, y muerdo el interior de mi mejilla.
—No te preocupes, me resulta placentero —digo.
Finalmente, justo cuando pensé que iba a dejarme sola y en paz, pone su mano en mi hombro y le da un apretón. Le doy la sonrisa más falsa que puedo reunir en mi actual estado de cansancio y asiento. Parece querer abrazarme, pero luego retrocede y pasa junto a mí, dándome una última sonrisa. Se despide y me deja por fin a solas con mis pensamientos. Me acerco a la cama y me derrumbo en ella, pataleando por un momento como un bebé enojado. Ni siquiera debería estar aquí. Un suspiro deja mis labios. Se suponía que iba a estar en casa con mi gato Ronald, disfrutando de un vino tinto y leyendo un libro junto al hogar, sus ronroneos apaciguando mi mente y el vino distrayéndome por momentos de mi lectura. Pero no, tenía que ser una especie de salvadora y venir hasta aquí. Frunzo el ceño. Mis pensamientos y mis sentimientos, no logro distinguirlos del todo. ¿Puede ser que mi corazón se esté ablandando? ¿De verdad siento tanta pena por ella como para viajar hasta aquí?
Niego con la cabeza; pensar en eso solo me generará más dudas, más preguntas sin respuesta. Niego nuevamente y me recuesto en la cama, tapándome hasta la cabeza. Mis ojos se cierran, se sienten pesados mientras caigo en lo que espero pueda ser un sueño profundo, o una pesadilla de la que voy a despertar tan pronto como los abra. Sin embargo, nada de eso es lo que ocurre.








