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Querido diario:
Hay tantas cosas que quiero callar...
y al mismo tiempo tantas que me pesan en la boca, como si pedir silencio también doliera
No sé cómo decirlas
No sé cuándo
No sé si existe un momento correcto para admitir que algo dentro de mí siempre está temblando
A veces pienso que nací con una especie de aviso invisible, uno que los demás pueden leer aunque yo no lo vea por eso las miradas
Siempre las miradas
Esas que no preguntan, que no abrazan, que solo observan como si estuvieran buscando un error
Me han acompañado toda la vida, pero se volvieron más filosas desde el día en que esas palabras salieron de su boca
No fueron gritos
No fue un golpe
Fue peor: fueron dichas con calma, con una sonrisa leve, con ese veneno que se disfraza de verdad
Desde entonces camino con la sensación de estar mal armado
Como si algo en mí estuviera torcido, sobrando o faltando al mismo tiempo
A veces me miro demasiado
Otras veces no quiero verme en absoluto
Hay días en los que mi cuerpo se siente ajeno, como si fuera algo que debo cargar y no algo que me pertenece. Me pregunto si los demás también se sienten así o si esto es solo otro defecto más que no sé cómo nombrar
Me da miedo pensar en voz alta
Me da miedo confirmar lo que sospecho
Me da miedo que la respuesta sea sencilla y cruel
¿En serio hay algo malo conmigo?
Y si lo hay...
¿qué es exactamente lo que está roto?
¿Mi cuerpo, mi forma de sentir, mi manera de existir?
No quiero ser una carga
No quiero ser motivo de vergüenza
Solo quiero entender por qué incluso cuando no hago nada, cuando solo respiro, parece que ya estoy fallando
Hoy escribo porque callar empieza a doler más que decir
Aunque no sepa si alguien, algún día, leerá esto
21
de agosto