La niña en la nieve
La oscuridad era absoluta, densa y fría. En medio de ese silencio absoluto, unas voces distantes comenzaron a colarse como un eco distante, un murmullo fragmentado que el viento helado parecía arrastrar antes de dejarlo morir:
«Kate… Perdón… Kate…»
Un escalofrío recorrió el cuerpo de la pequeña cuando abrió los ojos de golpe.
A su alrededor no había más que un bosque blanco e infinito, cubierto por toneladas de nieve que amortiguaban cualquier sonido. La brisa helada le azotaba el rostro, pero la confusión en su mente dolía aún más. No sabía dónde estaba, cómo había llegado allí ni quién era. El único rastro de memoria que conservaba eran aquellas palabras lejanas que aún resonaban en su cabeza como un enigma: Kate.
Tratando de incorporarse entre la capa espesa de nieve, la niña levantó la mirada.
A pocos pasos de ella, recortada contra la penumbra del bosque, una silueta permanecía completamente inmóvil. Se trataba de una mujer vestida con un atuendo oscuro que contrastaba fuertemente con el blanco del entorno. En sus manos sostenía una espada cuyo filo acerado apuntaba directamente al pecho de la niña. La mujer sostuvo la postura durante unos segundos eternos. Con un movimiento lento y cauteloso, usó su mano libre para bajarse la bufanda que le cubría la mitad del rostro, dejando al descubierto una expresión cargada de confusión y un evidente temor contenible.
—¡Oye! —exclamó con voz firme, aunque con un leve temblor en las comas
—¿Quién eres? ¿Y qué estás haciendo aquí?
La niña la miró fijamente, con los ojos vacíos de recuerdos y la mente sumida en la bruma. Sin comprender lo que sucedía a su alrededor ni el peligro del filo que la amenazaba, sus labios apenas se movieron para susurrar lo único que habitaba en su memoria:
—Kate… Perdón…
En cuanto la palabra flotó en el aire helado, el filo de la espada vibró con un chasquido metálico casi imperceptible. La mujer ahogó un leve jadeo; no parecía que las palabras hubieran venido solo de la niña, sino que la propia arma en su mano había emitido un murmullo sordo en respuesta.
—¿Quién eres? —insistió la mujer, retrocediendo medio paso por el desconcierto, aunque sin bajar la guardia
—¡Responde! ¿Qué haces aquí?
—Kate… Perdón… —repitió la pequeña en un hilo de voz, balanceándose ligeramente en la nieve—Kate… Perdón…
La mujer apretó la empuñadura de la espada con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Un estremecimiento le recorrió el brazo mientras mantenía una batalla silenciosa contra el arma, que parecía resistirse a su control o exigir algo que ella pugnaba por contener. La pequeña apartó la mirada del filo brillante para observar el entorno helado que la rodeaba. Con la inocencia reflejada en sus ojos vacíos, intentó dar un paso hacia la mujer. Sin embargo, sus piernas no respondieron; tras un tambaleo torpe, cayó de bruces sobre la densa capa de nieve. Ni siquiera sabía cómo caminar.
La mujer observó la escena en silencio. La tensión en sus hombros cedió un poco al comprender la fragilidad de la criatura ante ella.
—Solo es una niña…
Murmuró entre sus labios, bajando ligeramente la guardia
—No pienso hacerlo.
Un chispazo de dolor recorrió de pronto el brazo de la mujer, como un calambre punzante provocado por la propia empuñadura. La espada se negaba a ceder, exigiendo eliminar a la niña. Sin embargo, la mujer apretó los dientes y, con un tono dominante y firme, le habló directamente a su arma:
—¡Shikoru! Es mi decisión y punto. Además… no percibes hostilidad, ¿o sí?
El filo dejó de vibrar. La pulsación en su brazo se amortiguó hasta desaparecer, devolviéndole el control. Segundos después, una voz áspera y profunda resonó únicamente en el interior de la cabeza de la mujer:
«No es el mismo monstruo que enfrenté antes… Supongo que tienes razón».
Tras el asentimiento mental de la espada, la mujer suspiró y deslizó la hoja metálica dentro de su funda con un movimiento rápido y certero. Se acercó a la pequeña y se arrodilló sobre la nieve para tomarla suavemente en brazos. Al levantarla y ver su rostro de cerca, la mujer ahogó una exclamación de sorpresa.
—Wow…
murmuró, examinando los facciones de la niña
—Tu ojo izquierdo es marrón, pero el derecho… es azul. Y hasta parece brillar.
Sin perder tiempo, se quitó la bufanda y envolvió con cuidado el cuello y rostro de la criatura para protegerla del viento helado. Se puso en pie y echó a correr a paso firme a lo largo de un sendero cubierto de blanco que serpenteaba cerca de allí.
A los pocos minutos, la arboleda se abrió para dar paso a una imponente construcción: una mezcla entre cabaña acogedora y mansión de madera oculta en medio del bosque.
Al llegar frente a la puerta principal, la voz de Shikoru volvió a resonar directamente en la mente de la mujer, cargada de una sobria advertencia:
«Espero que no hayas tomado la decisión equivocada…»
La mujer sostuvo el peso de la niña contra su pecho y, con una mirada firme y segura, respondió en voz baja antes de empujar la entrada:
—Ella no se convertirá en el monstruo que tú conociste. Puede cambiar.
Al cruzar la puerta, el ambiente cálido del interior las recibió de golpe. Desde el fondo de la estancia, un niño de cabello naranja alborotado corrió a su encuentro con una sonrisa de alivio.
—¡Ya volvió, señorita Rioko!
Exclamó con entusiasmo
—En las noticias dijeron que la nie…
El niño se frenó en seco al percatarse del bulto abrigado que Rioko llevaba entre los brazos. Parpadeó confundido, ladeó la cabeza y señaló con curiosidad:
—Oye, sensei… ¿Quién es ella?
Rioko acomodó con cuidado a la pequeña en su pecho mientras respondía al chico:
—Bueno… estaba de camino a la casa y vi a la niña tirada en la nieve, así que la traje para que tuviera refugio mientras pasa la tormenta.
—Ya veo
respondió Zack, rascándose la nuca alborotada mientras observaba fijamente a la recién llegada
—¿Qué le habrá pasado?
—Ni idea, pero tampoco podía dejarla morir ahí afuera.
Antes de que Zack pudiera añadir algo más, una tercera persona flotó hacia la sala. Se trataba de una niña de cabello pálido y piel tan clara y blanca como una hoja de papel. No caminaba sobre el suelo; avanzaba suspendida en el aire, levitando con total naturalidad a pocos centímetros del suelo de la cabaña.
—¡Sensei!
Exclamó Stella con voz ligera y curiosa nada más ver a su tutora.
—Ya volviste. ¿Qué tan frío está afuera? ¿Eh? ¿Quién es ella?
—La encon-
Antes de que Rioko pudiera explicarle a Stella fue interrumpida por la niña quién alza la cabeza para observar a las personas a su alrededor. Con cuidado y delicadeza Rioko coloca a la niña en el suelo, sentada justo en frente de la chimenea, mientras se sienta en el sofá a observar cómo Zack y Stella tratan de sacar conversación con la niña. Tras varios minutos de intentos se dieron por vencidos al ver que ésta no decía nada que no fuera «perdón o Kate»
—Señorita Rioko ésta niña no parece conocer ninguna otra palabra
Comentó Zack con una cara de decepción.
—Sus padres deben estar buscandola como locos o acaso... No tendrá padres?!
Exclamó Stella con una preocupación visible.
Por lo complicado que era tratar con ésta niña Rioko tomó la decisión más simple, y ya que era el único nombre que ésta niña conocía optó por bautizarla con el nombre de Kate.
—Para no hacernos la vida complicada haremos lo siguiente, te llamarás Kate, así de simple.
Zack y Stella aplaudieron mientras admiraban la decisión de su tutora.
—Kate...
Resonó un ligero ruido apenas notable en la habitación similar a una campana o un triángulo, luego del ruido la niña observó a rioko con alivio.
—Kate... Me- me gusta... Ese nom- bre, Gracias setsei...
Impactados por lo sucedido los tres se miran de frente mientras tratan de asimilar que la niña que antes no sabía decir otras palabras ahora logró decir unos diálogos, aunque titubeo un poco igual logró decirlos.

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