Chapter 1 La luz del alba
"Esa luz despojada de todo accesorio penetraba hasta lo más profundo de las cosas... Cómo si fuera una prolongación de si misma."
Virginia Wolf.
Hay tres cosas que debes saber sobre el faro de Anomalía.
La primera: llevaba cuarenta y siete años apagado.
La segunda: todos los barcos que se acercaban demasiado a sus costas perdían la señal, incluso aquellos que navegaban con tecnología suficiente para comunicarse con satélites situados a miles de kilómetros de la Tierra.
Y la tercera, la más importante:
No había tormenta.
Y, según los registros oficiales, la última campana había sido retirada de la iglesia de San Jerónimo veintidós años atrás, después de que el campanero desapareciera durante una misa y su sombra permaneciera colgada del campanario durante seis días.
Nadie volvió a hablar de aquello.
En Puerto Umbrío, la gente había aprendido que algunas preguntas eran como las puertas cerradas: si no querías descubrir lo que había detrás, era mejor no tocar el picaporte.
Aquella madrugada, sin embargo, alguien decidió abrir una puerta.
Se llamaba Sebastián.
Y estaba a punto de cometer el peor error de su vida.
Aunque, para ser justos, todavía no sabía que su vida había comenzado a equivocarse mucho antes de que él naciera.
NLa primera señal llegó a las 03:16.
Sebastián estaba despierto, sentado frente a la ventana de su habitación, observando cómo la niebla devoraba los jardines de la mansión que él y su hermana habían heredado hacía apenas tres semanas.
La casa era demasiado grande para dos personas, demasiado antigua para resultar acogedora y demasiado silenciosa para ser completamente normal.
Tenía siete dormitorios, cuatro baños, una biblioteca de dos plantas, un invernadero abandonado y un sótano cuya puerta estaba cerrada con tres cerrojos desde el interior.
Sí, desde el interior.
Sebastián había tardado once días en darse cuenta de ese pequeño detalle.
Había tardado doce en decidir que no quería averiguar por qué.
Y llevaba tres semanas intentando convencerse de que aceptar una mansión gratuita junto al océano no era el principio de una película en la que todos terminaban muertos.
Su hermana Cleo decía que aquello se llamaba paranoia.
Jb Sebastián prefería llamarlo sentido común con antecedentes familiares.
El teléfono vibró sobre el escritorio.
Un mensaje.
Cleo: ¿Estás despierto?
Sebastián miró la hora.
03:16.
Sebastián: No. Te estoy respondiendo desde el más allá.
La respuesta llegó inmediatamente.
Cleo: Perfecto. Pregúntale a mamá dónde dejó las escrituras de la casa.
Sebastián dejó escapar una risa brevCleo tenía esa habilidad irritante de encontrar algo gracioso incluso cuando las circunstancias sugerían que lo más sensato era mudarse a otro continente y cambiarse el nombre.
Era su hermana menor, aunque solo por unos años, y compartía con él dos cosas: la herencia familiar y una incapacidad casi patológica para admitir que tenía miedo.
La tercera vibración del teléfono no fue un mensaje.
Fue una llamada.
Número desconocido.
Sebastián contestó.
-Si eres un vendedor, son las tres de la mañana.
Al otro lado no hubo respuesta.
Solo un sonido húmedo, profundo y lento.
Como una respiración procedente de una habitación inundada.
Sebastián apartó el teléfono de su oído.
-Mira, no sé qué clase de negocio estás intentando montar, pero...
Una voz femenina lo interrumpió.
-No abras la puerta cuando ella llegue.
Sebastián se quedó inmóvil.
-¿Quién eres?
-No dejes que entre en la casa.
-¿Quién?
La mujer soltó una especie de sollozo.
Entonces dijo algo que hizo que Sebastián dejara de respirar durante un instante.
-Sebastián, por favor. Esta vez, no la dejes llegar hasta Cleo.
La llamada se cortó.
En la pantalla apareció la duración: cuarenta y siete segundos.
Sebastián revisó el número.
No existía.
Volvió a marcar.
La operadora le informó que estaba intentando llamar a un número que no se encontraba disponible.
-Fantástico -murmuró-. Ahora hasta los fantasmas tienen mala cobertura.
Se levantó para cerrar la ventana.
Fue entonces cuando vio la luz.
A lo lejos, más allá de los jardines, de los acantilados y de la carretera costera, una columna blanca atravesó la niebla.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Sebastián conocía aquel lugar.
Todo el mundo en Puerto Umbrío conocía aquel lugar.
El faro.
El faro que llevaba cuarenta y siete años apagado.
La luz giró lentamente hacia la mansión.
JbY, durante un segundo imposible,
Sebastián tuvo la certeza de que aquello que estaba al otro lado del cristal lo había visto.
No el faro.
Lo que estaba dentro.
La luz se apagó.
En la oscuridad, alguien llamó a la puerta de su habitación.
Tres golpes.
Una pausa.
Dos golpes más.
-¿Sebastián? -dijo una voz femenina desde el pasillo-. Soy yo. Abre.
Era la voz de Cleo.
Pero Cleo estaba durmiendo en el dormitorio del extremo opuesto de la casa.
Él mismo la había visto acostarse.
-¿Cleo?
-Abre la puerta.
Sebastián no se movió.
La voz volvió a sonar, esta vez más dulce.
Más familiar.
-Por favor. Tengo frío.
Él miró el teléfono.
Hbb 03:17.
Entonces recordó el mensaje.
No abras la puerta cuando ella llegue.
La manija comenzó a tv girar lentamente.
-Sebastián -susurró la voz-. Sé que estás ahí.
Él retrocedió un paso.
La manija dejó de moverse.
Durante varios segundos, el pasillo permaneció en silencio.
Después, algo al otro lado de la puerta comenzó a reír.
No era una risa humana.
Era una imitación.
Una copia imperfecta, como si alguien hubiera escuchado reír a Cleo una sola vez e intentara reproducir el sonido sin comprender qué lo hacía divertido.
Sebastián sintió que el estómago se le encogía.
La risa se interrumpió.
Y la voz dijo:
-Qué pena. Ahora tendré que aprender a abrirla.
El picaporte se hundió por completo.
Clic.
Los tres cerrojos de la puerta se deslizaron solos.
La puerta se abrió dos centímetros.
Sebastián no pensó.
Agarró la lámpara de la mesita y golpeó la puerta con todas sus fuerzas.
El impacto la cerró de golpe.
Algo chilló al otro lado.
Esta vez, el sonido fue tan agudo que las bombillas del techo estallaron simultáneamente.
La casa quedó a oscuras.
-¡Sebastián!
Esta sí era Cleo.
Su voz llegó desde el fondo del pasillo, acompañada por el ruido de unos pasos apresurados.
-¡Sebastián, abre!
Él reconoció el tono de inmediato. Era su hermana, sin duda. La misma voz con la que le pedía dinero prestado, le robaba comida y amenazaba con vender sus pertenencias cuando discutían.
Abrió la puerta.
Cleo apareció frente a él, despeinada, envuelta en una bata oscura y sosteniendo un cuchillo de cocina.
Sebastián miró el cuchillo.
Después la miró a ella.
-¿Por qué tienes eso?
-Porque alguien está intentando entrar en nuestra casa.
-Técnicamente, alguien acaba de intentar entrar en mi habitación.
-Ah, perdón. No sabía que estábamos clasificando las amenazas por habitaciones.
Cleo pasó junto a él y entró en el dormitorio.
Tenía el rostro pálido, aunque intentaba disimularlo con una expresión de fastidio.
-Escuché golpes. Después, un ruido horrible. ¿Qué pasó?
Sebastián cerró la puerta y volvió a colocar los cerrojos.
-Alguien estaba afuera.
-¿Quién?
-No lo sé.
-¿Y dónde está?
Sebastián miró hacia el pasillo.
-Espero que en un lugar donde no podamos encontrarlo.
Cleo lo observó en silencio.
Entonces reparó en el teléfono que él todavía sostenía.
-¿Te pasó algo más?
Sebastián dudó.
Podía contarle lo de la llamada. Lo de la mujer que sabía su nombre. Lo de la advertencia sobre ella.
Pero había algo que no encajaba.
Cleo bajó lentamente el cuchillo.
-Eres un idiota.
-Y, sin embargo, aquí estás, confiando tu vida a mi criterio.
-Estoy considerando seriamente cambiar de hermano.
-La herencia no incluye devoluciones.
Cleo sonrió, pero la sonrisa desapareció cuando vio algo detrás de él.
Su mirada se quedó fija en la pared.
-Sebastián...
Las gotas negras treparon por la pared hasta alcanzar el techo. Se deslizaron sobre la madera y desaparecieron dentro de una grieta que no había estado allí unos segundos antes.
Cleo retrocedió.
-Dime que eso es normal.
-Es una mansión antigua.
-La humedad no camina por los techos.
-Quizá esta sí. La arquitectura europea es muy avanzada.
-Sebastián.
-Estoy intentando mantener la moral alta.
La grieta se abrió.
Algo golpeó desde el interior de la pared.
Una vez.
-Eres incapaz de abandonar un misterio.
-Y tú eres incapaz de abandonar una discusión.
-La diferencia es que mis discusiones no intentan salir de las paredes.
Sebastián no contestó.
Porque, por primera vez desde que habían llegado a Puerto Umbrío, estaba de acuerdo con ella.
Aquella casa no era una herencia.
Era una trampa.
Y alguien acababa de confirmar que ambos estaban dentro.
Para sus amigos, para sus enemigos y para cualquiera que tuviera la mala suerte de cruzarse con ella en un mal día, era simplemente Tessa.
Tenía veintitantos años, una curiosidad que a menudo confundía con valentía y una larga lista de decisiones cuestionables que, en su opinión, constituían una experiencia vital bastante completa.
Había llegado a Puerto Umbrío siguiendo la pista de una desaparición.
Una desaparición que, según los archivos oficiales, nunca había ocurrido.
El desaparecido era su padre.
Y la última ubicación registrada de su teléfono, diecisiete años atrás, había sido el faro.
Frente a ella, en mitad de la carretera, había una mujer vestida de blanco.
No llevaba paraguas, aunque la lluvia comenzaba a caer.
No se movía.
No parecía respirar.
Tessa parpadeó.
La mujer estaba más cerca.
No había caminado.
Simplemente, ahora estaba allí.
Tessa apretó el volante.
-No. Ni hablar.
Durante un largo momento, contempló el sobre sin tocarlo.
Finalmente, lo abrió.
Dentro había una fotografía.
En ella aparecía un grupo de personas frente al faro. La imagen estaba descolorida y tenía una esquina quemada.
Tessa reconoció a su padre.
Estaba de pie junto a una mujer que llevaba un vestido oscuro.
Entre ambos había un niño.
Detrás de ellos, casi oculto por las sombras, se distinguía un hombre alto con el rostro cubierto.
Tessa acercó la fotografía a la luz del tablero.
En el reverso había una fecha.
17 de octubre de 1979.
Y debajo, una frase escrita a mano:
Si estás leyendo esto, significa que el faro ha vuelto a elegir.
Su padre había desaparecido diecisiete años atrás.
Pero la fotografía mostraba algo todavía más imposible.
Ella también aparecía en la imagen.
Era una niña pequeña, de unos seis años, de pie junto al hombre de rostro cubierto.
Tessa tenía veinticuatro.
La fotografía había sido tomada mucho antes de que naciera.
Y, aun así, allí estaba.
Mirando directamente a la cámara.
Sonriendo.
Como si hubiera sabido que algún día encontraría aquella fotografía.
Como si hubiera estado esperando.
Entonces, desde algún lugar entre los árboles, sonó una campana.
Una sola vez.
La radio se encendió.
La voz masculina regresó.
—Tessa, escúchame con atención.
Ella apretó el sobre entre los dedos.
—¿Papá?
Hubo un silencio.
Después, la voz respondió:
—No confíes en Sebastián.
La comunicación se interrumpió.
A lo lejos, el faro volvió a encenderse.
Y, por primera vez en cuarenta y siete años, su luz no apuntó hacia el océano.
Apuntó directamente hacia ella.
Su abuelo, fallecido hacía más de veinte años.
El anciano levantó la cabeza.
Sus ojos estaban abiertos.
—Llegas tarde, Sebastián.
Cleo soltó un grito.
Sebastián retrocedió, chocando contra una mesa.
El anciano sonrió.
—Tu hermana siempre ha sido demasiado ruidosa.
Cleo agarró el brazo de Sebastián.
—¿Qué demonios está pasando?
El anciano tomó la taza y bebió un sorbo.
—Lo que tenía que pasar.
—Usted está muerto —dijo Sebastián.
—¿Sebastián?
—Sí.
—Tenemos que hablar con usted y con su hermana.
Sebastián miró hacia el interior.
—¿Qué ocurre?
El agente abrió la carpeta.
Dentro había una fotografía.
La misma fotografía que Tessa acababa de encontrar en su automóvil.
El mismo grupo de personas.
El mismo faro.
El mismo niño.
Pero había una diferencia.
Sebastián volvió la cabeza hacia Cleo.
Ella estaba allí.
Viva.
Respirando.
Con los ojos abiertos de par en par.
Entonces, desde la biblioteca, llegó la
voz de su abuelo.
—No les abras la puerta.
Los tres agentes desenfundaron sus armas.
El agente de cabello gris retrocedió un paso.
—Dios mío…
La luz del vestíbulo parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
Y, en el reflejo del espejo situado junto a la escalera, Sebastián vio a una mujer de pie detrás de Cleo.
Una mujer vestida de blanco.
Con su mismo rostro.
La mujer levantó un dedo y lo apoyó sobre los labios.
Silencio.
Después sonrió.
Y el espejo se hizo añicos.








