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RELOJERO

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Summary

Un reloj que Lucas escucha. Pero no consigue entenderlo. Hasta que una voz comienza a responder. Lucas solo quería reparar un viejo reloj de bolsillo… Pero desde que apareció en su mesa de trabajo, su sonido se ha convertido en una obsesión. Tic, tac, tic, tac, tic, tac. Hay algo que el reloj intenta decirle. Y cuanto más intenta repararlo, más difícil se vuelve distinguir entre lo que escucha, lo que recuerda… y lo que ha olvidado.

Genre
Mystery
Author
V.M.
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1


Miré la ventana de reojo.

Es más de medianoche y yo todavía aquí sentado, tratando de conseguir que este maldito reloj funcione. No siento los dedos. Estos engranajes no me dicen nada; solo un ruido sin sentido.

Tic, tic, toc, toc, tac, tac.

«¿Por qué no puedo entenderte, condenada máquina?»

Este dolor de espalda me va a matar. Un vaso de leche caliente, que la cama me espera. Mañana, quizás quieras hablar.

Recogí todas mis herramientas. Con sumo cuidado las coloqué en sus estuches de plástico. Tanto tiempo conmigo, de alguna forma les tenía que pagar por su fidelidad.

«¡Ay! Casi me caigo. Estas piernas ya no dan para más».

Tic, tac, tic, tac, tic, tac.

«¿Estás jugando conmigo? Suficiente».

Abrí la puerta, y al cerrarla, el golpe se oyó hasta la acera de enfrente.

Escaleras arriba, me esperaba un colchón, una manta caliente. Como autómata caí en la cama, hasta olvidé cubrirme con la cobija.

Amaneció. El frío se me había metido hasta los huesos. Arrastré mis piernas hasta el baño y una luz me cegó.

No cerré esa cortina anoche.

«A ver sol, ¿por qué un día no te quedas dormido?».

Intenté lavarme la cara y escuché:

Ti, ta, ti, ta, ti, ta.

«¡No lo vas a conseguir!», grité.

El agua helada me despertó. Murmuré:

«No me vas a volver loco».

Volví al taller. Me detuve frente a la mesa de trabajo. Solo observé ese reloj por un minuto.

Tic, tic, toc, toc, tac, tac.

Seguía una y otra vez. Lo apreté en mi mano. Me dolieron los nudillos y lo solté.

Tic, tac, tic, tac, tic, tac.

Saqué esas minúsculas herramientas. Ahora, una extensión de mis dedos. Traté de mover un engranaje.

Los párpados se cerraban, aunque quise mantenerlos bien abiertos.

Solo escuché un último:

Tic, tac, tic, tac, tic, tac.

Todo negro alrededor.

—Estoy soñando.

—No.

—¿Quién eres?

—Soy él… o mejor, ella.

Escuché una risa.

—Soy a quien querías escuchar.

—¿Pero dónde estoy?

—Conmigo.

—No entiendo.

Su voz me resultaba tan familiar, pero no podía recordarla.

—Escuchas los relojes, pero no me escuchas a mí.

Su voz sonó rota.

— Sr. Lucas, aquí está su café negro, bien cargado y sin azúcar —una voz chillona se acercaba—. En la mesada de la cocina están sus tostadas solo con mantequilla y el jugo de naranja. Por cierto, debe ir a comprar más porque las últimas las usé hoy. Voy a limpiar y arreglar su cuarto y me voy temprano. Tengo una tarea de matemáticas que no entiendo y necesito estudiar.

Lucy no se dio cuenta de que mis ojos trataban de enfocar la taza de café que me daba.

Por inercia extendí la mano. El calor, el aroma del café me devolvieron a la vida.

Tomé un gran sorbo y coloqué la taza a un lado de la mesa.

— Tenga cuidado que está bastante caliente —chilló otra vez Lucy, mientras escuchaba sus pasos irse hacia la puerta.

El chirrido del pomo. Después, silencio, hasta que una voz chillona lo rompió.

— ¿Sr. Lucas, usted no estudió matemáticas en esa escuela técnica del centro?. Tal vez podría darme clases. Es que el profesor guía me ha dicho que busque un tutor, porque mis calificaciones son pésimas. Que seguro repruebo si no lo hago.

Si, el café estaba bien caliente. Pero esa niña no dejaba de hablar. Ni siquiera le prestaba atención a lo que decía. Solo un ruido agudo que me ensordecía.

— Yo no puedo pagarle pero podemos intercambiar trabajos. Usted me enseña y yo limpio y eso...

Unas carcajadas resonaron. Pero mi vista seguía fija en la mesa, en el café humeante, en el reloj.

— Yo sé que estoy perdida con eso de los números pero si no saco al menos un 5, voy a perder mis vacaciones. Porque mamá no me dejará ir donde mis primos.

Se fue, pensé, al no escuchar nada durante unos segundos.

Regresé con mis herramientas.

— ¿Sr. Lucas que dice? Porfis... Porfis... le limpió hasta este taller. Mire las telarañas que tiene. Sr. Lucas, Sr. Lucas, me está escuchando?

En este momento, me arrepentía del día que acepté que esa niña viniera a hacer la limpieza.

Solo eran un par de horas en la mañana.

Gruñí bajo.

Sin ganas de seguir escuchando sus chillidos, incliné la cabeza hacia delante.

Y noté el silencio otra vez.

Tic, tic, toc, toc, tac, tac.

«Qué me tratas de decir y yo no entiendo».

Tomé el reloj entre mis manos, le di la vuelta. Detallé el frente. Era un reloj de bolsillo, de esos antiguos.

Traté de hacer memoria cómo había llegado ese reloj a mi mesa. Nada.

Observé la tapa posterior dorada. Se notaba una inscripción muy borrosa.

Me levanté a buscar en el estante, un líquido especial para limpiar.

Tic, tac, tic, tac, tic, tac.

«Sigo sin entenderte», susurré. Con un paño de gamuza empecé a frotar el metal. Fueron apareciendo las iniciales «G.I.».

En la lejanía, una voz chillona…

Agua helada de golpe. Logré abrir los ojos. La cabeza me retumbaba.

Intenté hablar. Nada.

A la mañana siguiente. La voz chillona canturreando a mi alrededor.

—Sr. Lucas, al fin despertó. No se mueva mucho, el doctor dijo que tiene que quedarse tranquilo en cama. Pero no se preocupe. Yo ya limpié todo, hasta su taller—una risita—. Mire que estaba bien sucio, así que me debe como 10 clases de matemáticas —otra risita.

Traté de incorporarme. Todo daba vueltas.

—¡Ay, Sr. Lucas que se quede tranquilo!. Es que usted no me oyó.

Esa niña nunca dejaba de hablar.

—¿Qué pasó? ¿Por qué estoy en cama? —pregunté con una voz carrasposa, que ni yo reconocía.

—Bueno, parece que se le subió la tensión y no sé qué… del corazón. Cuando el doctor venga esta tarde, le explicará mejor. Yo la verdad, no le entendí nada—decía acomodándome la manta.

Se fue hasta la ventana para recoger las cortinas a un lado. Con lo que me molestaba tanta luz en el cuarto.

— Sr. Lucas, el doctor me preguntó si conocía algún familiar suyo. Yo le dije que nunca vi a nadie por aquí. Pero me dio mucha curiosidad. ¿Usted no tiene hermanos, o hijos, o lo que sea?.

Finalmente, hizo un minuto de silencio. Mientras, acomodaba mi desayuno en la mesita al lado de la cama.

—No. ¿Dónde está el reloj? —murmuré. Me dolía la garganta.

—Pues fíjese que cuando le dio el patatus ese del corazón, yo escuché un ruido fuerte y fui corriendo. Le tiré un vaso de agua a ver si despertaba. Abrió los ojos un momentico pero después se desmayó otra vez.

Me pasó la taza de café caliente y mordió una tostada.

—¡Ajá! Como le iba diciendo. Cuando el doctor llegó, trató y trató de quitarle ese reloj de la mano. Pero parecía que estaba pegado. Cuando lo subieron aquí, le dió unas medicinas y ya lo soltó.

—Pero ¿dónde está? —volví a preguntar gruñendo.

Lucy estaba arreglándome las almohadas y respondió:

—Ahí en la mesita dónde tiene el desayuno. Ya se lo buscó.

—No.

Inmediatamente, me incliné buscando con la vista. Divisé el brillo y extendí la mano rápido.

—Parece que ese reloj es muy caro porque cómo lo cuida, Sr. Lucas.

Se escucharon unos golpes abajo y Lucy caminó rápido a la salida. Pero al cruzar el umbral me miró:

—Sr. Lucas, ¿quién es Gabriela? —preguntó y se fue corriendo a abrir la puerta.

Percibí apenas el sonido del pestillo de la puerta principal. Una voz grave murmuraba y la voz chillona no se cansaba de hablar.

Mi cabeza martilleaba ese nombre:

Gabriela… Gabriela…

Tic, tic, toc, toc, tac, tac.

«Sigo sin entender ese maldito reloj. Qué quiere».

Cerré los ojos. La cabeza dando vueltas. Ese zumbido que me enloquecía.

De nuevo la oscuridad.

—Aún no quieres recordarme. Pero sabes quién soy. Aquella mañana gris de otoño, gritabas mi nombre. Y ese grito me ha acompañado.

—Pero ¿dime quién eres?  No puedo recordar… —esa voz cada vez más familiar…

Unas manos me tocaban. Frías. Ásperas. Una voz ronca, a lo lejos, me llamaba.

—Lucas. Lucas. Abre los ojos.

Otras manos pequeñas tomaron las mías. Temblaban. Y la voz chillona:

—Sr. Lucas, abra los ojos porfis… porfis… ya le dio otra vez ese patatús.

Esa niña siempre con palabras raras que no entendía. Cada mañana el café caliente, las tostadas y el jugo de naranja. Su voz chillona canturreando por todos lados.

Hasta que volvía el silencio y mis relojes me hablaban.

«Por qué no te entiendo, viejo reloj…».

Cuándo apareció en mi mesa. No lo recuerdo. O siempre estuvo allí. No lo sé.

Esa voz… esa voz…

Entreabrí los ojos. Sudaba pero tenía frío.

—Lucas, Lucas —me zarandeaban.

Hablé bajo, apenas audible:

—Déjenme solo.

—Lucy, ve por un vaso de agua —ordenó la voz ronca.

La voz chillona se iba perdiendo entre balbuceos.

—Lucas, amigo. Hay que llevarte al hospital inmediatamente.

—No. Ya hablamos de esto. La respuesta es la misma. No.

—Viejo terco —dijo enojada la voz grave.

Juvenal. No somos amigos. Pero es lo más cercano. Doctor y cliente.

El reloj de su abuelo. Una reliquia invaluable. Hermoso. Ese me dijo muchas cosas, que era un buen hombre aunque con mala suerte con la familia.

Que trabajaba mucho para olvidar. Que podía venderlo y hacerse de una vida tranquila pero prefería tenerlo guardado en su mesita de noche.

Un estruendo venía de la cocina. A los pocos minutos, Lucy estaba a mi lado con el vaso de agua. Juvenal me dio unas pastillas y me tomó la tensión.

Se quedó mirando la pantalla del aparato.

Lucy en silencio. Raro.

Sonó el móvil de Juvenal con un sonido tan extraño.

—Lucas, tengo que ir al hospital, hay una emergencia, pero regreso lo más pronto que pueda.

Me dio una palmada en el hombro y se fue.

Lucy todavía en silencio.

—¿Qué te pasa, niña? —le pregunté.

—Sr. Lucas, ¿usted no se va a morir, verdad? —con un hilo de voz.

—Qué cosas dices, niña. Aunque uno se muere cuando le toca y no cuando uno quiere.

Frotaba el reloj entre mis manos. Y ese sonido extraño que hacía… ahora ya no estaba.

—Lucy, ¿puedes traerme las herramientas del taller?

No escuché nada. Levanté la vista y Lucy solo estaba mirándome, en silencio.

—Anda, niña, apresúrate que se me acaba el tiempo.

Ella salió corriendo. La oía saltando escalones. Yo seguía frotando el reloj.

«¿Qué te pasa ahora? ¿Por qué no suenas?».

Lucy llegó tan rápido como se fue. Me ayudó a sentarme, sin pedírselo y sin necesitarlo. No dije nada. Estaba callada.

Se puso a arreglar el armario. Yo solo aflojaba tornillitos y los volvía a apretar.

—Sr. Lucas, ¿quién es Gabriela? —preguntó, como si lo hiciera por primera vez, y se calló.

No respondí. Ni aparté la vista del reloj. Solo existía el ruido que hacía esa niña moviendo cosas. Pero no hablaba.

Al rato, se sentó al borde de la cama junto a mí.

—Sr. Lucas, mire lo que encontré.

Continuaba moviendo esos diminutos engranajes. Mis dedos se acalambraban. Yo seguía metido de cabeza en ese reloj.

—Sr. Lucas, mire… mire…

De repente, puso unas fotos frente a mi cara. Borrosas. Viejas. Maltratadas.

Y lo vi.

Apreté el reloj con tanta fuerza que me dolió.

—Sr. Lucas, ¿ese chico es usted? ¿Y quién es esa chica que está abrazando?

Sentí una punzada. Me llevé la mano con el reloj al corazón.

—Sr. Lucas, ¿qué le pasa? Sr. Lucas, no se vaya a morir —me ordenó.

Intentó levantarse y la retuve por la muñeca. Me costaba respirar. La acerqué a mí y le dije al oído:

—Vete a buscar al doctor,  y cuando regreses, mira en los cajones del taller. Busca un sobre, es para ti.

No sé si me escuchó. Salió corriendo.

Yo sentía los ojos pesados y los dejé cerrarse. Seguía frotando ese reloj con la mano en el pecho. Sentí frío. La cabeza me daba vueltas. Escuché el sonido.

Tic, tac, tic, tac, tic, tac.

«Entiendo lo que me dices». Sonreí.

—Aquí estoy contigo —dijo la voz familiar.

Sentí unas manos pequeñas apretar la mía y la voz chillona sollozando.

Estaba en el aire.

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