01_Promesas bajo el cielo_
Junio del 2005, era mediodía y las vacaciones habían comenzado. Minho y yo aprovechamos cada día libre para recorrer cualquier rincón de la ciudad que despertara nuestra curiosidad.
Nuestro medio de transporte era su vieja bicicleta.
Aquel día habíamos elegido un sendero rodeado de árboles. Las copas se extendían sobre el camino y sus ramas nos protegían del sol, algo que yo agradecía especialmente.
Nunca había sido demasiado cuidadoso con mi piel. Mi situación económica no me permitía comprar todos los productos que otros chicos consideraban indispensables y, aunque Minho a veces me compraba protector solar, yo procuraba que me durara demasiado.
Él lo sabía.
Por eso, cuando salíamos juntos, solía buscar rutas con sombra. Nunca hacía un gran comentario al respecto ni esperaba que se lo agradeciera. Simplemente lo hacía.
Quizá por eso me costaba tanto explicarle a los demás lo que significaban para mí aquellas pequeñas cosas.
De pronto, un ruido metálico interrumpió mis pensamientos.
La cadena se había salido.
—Minho, creo que tu bicicleta acaba de…
No terminé la frase.
La rueda comenzó a perder aire y, cuando intenté comprender qué estaba ocurriendo, ya estábamos descendiendo por una pendiente. Minho trató de controlar la bicicleta, pero los frenos no respondieron como debían.
El miedo me recorrió de pies a cabeza.
—¡Minho! ¡Minho, detente!
Me aferré a su camisa, apretándola con tanta fuerza que seguramente terminé arrugándola por completo. Sabía que no podía detener la bicicleta sujetándolo de aquella manera, pero necesitaba agarrarme a algo. O, mejor dicho, necesitaba agarrarme a él.
—¡Tranquilo! ¡Sujétate bien!
¿Tranquilo?
¿Cómo pretendía que estuviera tranquilo?
Entonces vi la pendiente que se abría frente a nosotros.
—¡MINHO!
—¡Agáchate un poco!
Obedecí por puro instinto. Rodeé su torso con los brazos y escondí el rostro contra su espalda, cerrando los ojos con todas mis fuerzas.
Sentí el viento golpearme la cara y revolverme el cabello. El sonido de las ruedas sobre el camino se mezcló con la risa de Minho, que parecía estar disfrutando de aquella locura mucho más de lo que cualquier persona sensata habría considerado aceptable.
—¡Wuuuuh!
No podía creerlo.
¡Estaba gritando de emoción!
Finalmente, consiguió reducir la velocidad y llevar la bicicleta hasta una zona más llana. Cuando por fin nos detuvimos, permanecí unos segundos inmóvil, intentando convencer a mi corazón de que podía volver a latir con normalidad.
Minho, en cambio, parecía haber participado en la aventura más emocionante de su vida.
Me bajé del asiento trasero y lo miré, indignado.
—¡No vuelvas a hacer eso jamás!
Él me observó con una sonrisa todavía dibujada en el rostro.
—¿Qué cosa?
—¡¿Que qué cosa?! ¡Casi nos matamos!
—Pero estamos bien, ¿no?
—¡Ese no es el punto, Minho! ¿Qué habría pasado si se nos atravesaba un animal? ¿O un niño? ¿Te imaginas el problema en el que nos habríamos metido?
Debía de tener el ceño tan fruncido que mi frente parecía una hoja arrugada.
Él se echó a reír.
—Taemin, deberías relajarte un poco. Correr riesgos también forma parte de crecer.
—¿Y caernos por un precipicio también forma parte de crecer?
—Bueno… depende del precipicio.
Lo miré con incredulidad.
Minho soltó otra carcajada antes de agacharse para revisar la bicicleta.
—Además, te quejas mucho de nuestro medio de transporte.
—Yo no me quejo de nuestro medio de transporte.
Levantó la cabeza y me dedicó una mirada acusadora.
—Acabas de llamarla «tu bicicleta vieja».
—Porque es tu bicicleta vieja.
—Podrías mostrarle un poco de respeto. Nos ha llevado a todas partes.
Observé la cadena desprendida, la rueda desinflada y el pobre estado general de aquella máquina.
—¿Sabes qué sí sería una ofensa? Decir que es nueva. Eso sí sería una ironía.
Minho abrió la boca para responder, pero terminó riéndose de nuevo.
—Muy gracioso, Lee Taemin. Muy gracioso.
Volvió a concentrarse en la bicicleta, intentando arreglar la cadena, aunque resultaba evidente que no íbamos a continuar el paseo tan pronto.
—De todos modos, no tendrás que soportarla para siempre —dijo finalmente—. Mi padre me prometió que me compraría una nueva si ganábamos el partido de fútbol.
—¿Ah, sí?
—Claro. Y entonces tendremos una nave mucho mejor para salir de paseo. Te llevaré como te mereces.
No pude evitar sonreír.
—Minho, no tengo ningún problema con la calidad de nuestro transporte. Podemos ir en burro, si quieres. Siempre y cuando ese burro sea obediente y no intente matarnos lanzándonos por un precipicio.
Minho se quedó mirándome en silencio.
Después, se incorporó lentamente.
—Espera un momento…
—¿Qué?
—Acabas de decir algo bonito y gracioso. Pero ¿también me acabas de llamar burro?
Intenté contener la risa, sin demasiado éxito.
—Yo solo he dicho que podemos ir en burro.
—Ya veo.
Dejó la bicicleta junto a la acera y se acercó a mí.
—Pues este burro todavía tiene muchas aventuras preparadas.
Antes de que pudiera responder, me tomó de la mano y echó a correr.
—¡Minho! ¿Adónde vamos ahora?
—¡A descubrirlo!
Tuve que apresurarme para seguirle el paso. Las ramas y las plantas se interponían en nuestro camino, y ambos procurábamos apartarlas sin maltratarlas mientras nos adentrábamos en una zona verde que apenas conocíamos.
Yo fingía estar molesto.
En realidad, sonreía tanto que me dolían las mejillas.
Porque, aunque Minho podía ser imprudente, escandaloso y desesperantemente terco, también era la persona con la que más me gustaba perder el tiempo.
Y quizá aquello era lo más peligroso de todo.
Que, cuando estaba con él, incluso mis preocupaciones parecían quedarse un poco más lejos.
Finalmente, llegamos a una pequeña extensión de hierba, rodeada de árboles. El pasto era verde y estaba salpicado de diminutas flores violetas y amarillas.
Nos dejamos caer sobre él, agotados de tanto correr.
Me acomodé boca arriba y coloqué los brazos detrás de la cabeza, utilizando mis manos como almohada.
El cielo estaba despejado.
No había una sola nube que interrumpiera aquella inmensa extensión azul. La luz del mediodía parecía intensificar su color hasta volverlo casi cegador.
Siempre me habían gustado los cielos despejados. Había algo reconfortante en contemplar aquella inmensidad, como si, por un momento, el mundo fuera mucho más grande que todos nuestros problemas.
—Hablando en serio, Taemin…
La voz de Minho interrumpió mis pensamientos.
Giré la cabeza hacia él.
—¿Qué pasa?
Seguía mirando hacia arriba, con las manos detrás de la cabeza.
—Algún día dejaré de llevarte en bicicleta.
Alcé una ceja.
—¿Y eso por qué? ¿Vas a comprar un burro?
—Muy gracioso.
Sonreí.
—Continúa.
Minho se incorporó ligeramente, apoyándose sobre los codos.
—Algún día tendré un automóvil. Uno de los mejores. Y podré llevarte a donde quieras sin tener que preocuparme por si se sale la cadena o se pincha una rueda.
—Eso suena bastante conveniente.
—Y lo conseguiré por mi cuenta. No porque mi padre me lo compre. Quiero hacerlo con mi propio esfuerzo.
Esta vez no me reí.
Había algo diferente en su voz. Seguía sonando entusiasmado, pero detrás de aquella emoción había una determinación que yo conocía bien.
Minho tenía muchas cosas que los demás envidiaban. Sin embargo, también cargaba con expectativas que no siempre le pertenecían. Su familia ya había imaginado el futuro que debía seguir, y él quería demostrar que podía construir uno propio.
Lo miré durante unos segundos.
—Estoy seguro de que lo conseguirás.
Él volvió la cabeza hacia mí.
—¿De verdad?
—Sí. Pero no tienes que apresurarte. Deja que las cosas ocurran poco a poco. No todo tiene que resolverse de inmediato.
Minho sonrió.
—Lee Taemin, hablas como un anciano. Solo eres dos años menor que yo y ya pareces un señor dando consejos.
Me incorporé, fingiendo estar ofendido.
—Entonces deja de preguntarme cosas.
—No te he preguntado nada.
—¡Acabas de hacerlo!
Se rio y se sentó a mi lado.
—Está bien, está bien. Pero tengo que admitir que eres bastante sabio.
Negué inmediatamente con la cabeza.
—Deja de burlarte.
—No me estoy burlando. Eres precavido, reflexivo… Piensas mucho las cosas.
—No soy así.
—¿Ah, no?
—No.
Minho me miró con aquella expresión suya, tan segura de sí misma, como si pudiera ver algo que yo no era capaz de encontrar.
A veces me preguntaba cómo podía hablar de mí con tanta facilidad cuando yo apenas sabía qué pensar de mí mismo.
Muchas personas creen que rechazar un elogio es una muestra de humildad. Otras piensan que significa no saber reconocer las propias virtudes.
Yo no sabía cuál de las dos cosas me ocurría.
Solo sabía que, cuando Minho hablaba de mí de aquella manera, me costaba creer que estuviera describiendo a la misma persona que yo veía cada día.
Así que preferí cambiar de tema.
Me acomodé el cabello, todavía revuelto por nuestra carrera, y volví a mirar el cielo.
—Solo diré una cosa: vas a cumplir tus metas. Sí o sí.
Minho se quedó callado por un momento.
Después, sonrió.
—Entonces nuestras metas se harán realidad.
Giré la cabeza para mirarlo.
—¿Nuestras?
—Claro. Las tuyas también, Taemin.
No supe qué responder.
Minho se tumbó de nuevo sobre la hierba, como si acabara de decir algo completamente obvio.
—Es una promesa entre los dos. Bajo este cielo y sobre este pasto.
Extendió su mano hacia mí.
La observé un instante antes de entrelazar mis dedos con los suyos.
—¿Una promesa?
—Un pacto.
Sonreí.
—Está bien. Un pacto.
Volví la mirada hacia el cielo. El azul parecía infinito, y durante aquel momento creí que nosotros también teníamos todo el tiempo del mundo.
Que creceríamos juntos.
Que alcanzaríamos nuestras metas.
Que, pasara lo que pasara, siempre encontraríamos el camino de regreso el uno al otro.
Y le creí.
Porque, a veces, las promesas más importantes se hacen sin testigos.
Solo dos personas, un pedazo de cielo y la ingenua certeza de que el futuro les permitirá cumplirlas.





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