EL ORIGEN DEL IMPERIO AETHERIS
En las tierras altas de Solera, donde las torres de mármol blanco se alzan hacia un cielo que parece siempre teñido de azul profundo, existe una leyenda tan antigua como el propio Imperio Aetheris: la dinastía imperial ha sido bendecida durante siglos con un milagro que también es su mayor prisión. Desde los primeros días del imperio, el Gran Linaje ha seguido una regla sagrada: cuando nacen dos hijos, un varón y una mujer de la misma generación, están destinados a unirse en matrimonio. No por capricho ni por simple costumbre, sino porque se cree que la sangre pura de Aetheris no debe mezclarse con ninguna otra. El poder, la magia y la estabilidad de todo el imperio dependen de que esa línea permanezca intacta, sin manchas, sin extraños, sin cambios. Así lo hicieron los primeros emperadores, así lo ordenaron los ancestros, y así se ha cumplido en cada reinado, sin excepción.
El Emperador Khan y la Emperatriz Anhal no son una excepción. Son gemelos, tal como lo fueron sus padres antes que ellos. Crecieron sabiendo que sus vidas no les pertenecían del todo, que su unión no era solo su destino, sino la promesa que mantiene unido a todo un reino. Cuando llega el momento del parto, la expectativa en el palacio de Solera es inmensa. El pueblo espera, los consejeros aguardan, los templos elevan oraciones: que nazcan los nuevos herederos, que la tradición continúe, que el imperio siga firme bajo la protección de su sangre.
Pero cuando nacen los niños, algo ocurre que nadie esperaba. El primero es un niño fuerte, de cabello tricolor y ojos profundos, este será llamado Asla. Parece perfecto, tal como debía ser. La segunda es una niña, y desde el instante en que llega al mundo, todo cambia. Su piel es blanca como la luna, su cabello tan claro que parece plata hilada, y cuando abre los ojos, brillan con un rojo intenso, como rubíes encendidos. Ada es la primera persona en todo el imperio que nace con esas características.
Para algunos, es una señal de algo extraordinario. Para otros, en cambio, es algo que no encaja en el orden que siempre han conocido.
La partera que asiste al parto es una mujer de edad avanzada, que ha visto nacer a tres generaciones de la familia imperial. Al ver a la pequeña, su rostro se descompone en temor. En una época donde lo diferente se confunde con lo peligroso, donde cualquier desviación de lo esperado puede interpretarse como un mal presagio, ella toma una decisión que cambiará todo, tomó a la bebé y la llevo a una habitación aparte con el pretexto de examinarla.
Las puertas se cerraron tras de sí. La partera caminaba por los pasillos traseros del palacio, alejándose de las luces y la vida que acababa de presenciar. En sus brazos, envuelta en una manta sencilla, descansaba la pequeña Ada. No lloraba. Sus ojos, de ese rojo intenso que tanto la había asustado, estaban cerrados, como si el destino mismo le hubiera pedido esperar.
El aire de la noche era fresco y pesado a la vez. Al cruzar la última puerta, la anciana se detuvo y miró hacia atrás: las torres de Solera brillaban en la distancia, ajenas a la decisión que acababa de tomar. Con el corazón apretado, susurró una disculpa que nadie escucharía:
—Perdóname, pequeña. Creo que te salvo de algo terrible, aunque no sé si te entrego a algo mejor.
Caminó durante horas, hasta llegar a una casita pequeña de madera y piedra, escondida entre las colinas. Allí vivía una mujer buena, que hacía tiempo había confesado su deseo de tener un hijo. La partera llamó a la puerta, depositó al bebé entre sus brazos, y antes de que pudieran preguntar algo, simplemente dijo:
—Cuídala bien. Es especial.
Sin dar su nombre, sin contar su origen, se marchó entre las sombras. Regresó al palacio cuando apenas empezaba a clarear el día. Al entrar a la cámara imperial, se acercó a la cama y bajó la mirada, con voz quebrada pero firme:
—Lo siento, Majestades. La niña… no sobrevivió al nacimiento.
Un silencio pesado llenó la habitación. La emperatriz cerró los ojos, y una lágrima rodó por su mejilla. Nadie cuestionó sus palabras. Nadie sabía que, a pocos kilómetros de allí, la niña de cabello blanco y ojos de rubí respiraba tranquila en una cuna humilde.
Y mientras tanto, en su cuna real, el pequeño Asla descansaba, ajeno a todo. Sin saber que la mitad de su alma acababa de cruzar la puerta de aquel palacio, para perderse en la noche.








