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Al parecer ahora soy un yankī

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Summary

Al parecer ahora soy un yankī Jeyko tiene un talento particular para meterse en problemas sin entender cómo llegó a ellos. Después de un incidente que preferiría olvidar, su vida escolar empieza a complicarse por culpa de unos pandilleros que parecen tener asuntos pendientes con él. Su intento por evitar otra paliza termina llevándolo hasta Gema, una chica que no solo sabe defenderse, sino que también lidera su propia pandilla. La solución que ella le ofrece no es precisamente tranquilizadora: si quiere dejar de ser una presa fácil, tendrá que unirse a ellos. Ahora Jeyko tiene que aprender a pelear, lidiar con un grupo de personajes bastante peculiares y descubrir qué significa formar parte de una pandilla que insiste en no ser una pandilla. Y justo cuando empieza a acostumbrarse a su nueva vida, los problemas vuelven a aparecer. Esta vez, sin embargo, no parece que pueda escapar de ellos simplemente echándose a correr.

Genre
Action
Author
Sukeban
Status
4h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 0: sueño

Detrás de las aulas de un colegio, al lado de una arboleda y entre hojas secas, se encontraban dos estudiantes, aparentemente fuera del foco de cualquier otra persona.

—Bien, ¿de qué querías hablarme? ¿Quieres pedirme alguna clase de favor? —dijo un chico de pelo negro y de prominente altura cuyo nombre era Jeyko.

—Me gustas —dijo la chica, quien momentos antes lo había arrastrado a ese lugar.

—¿Me hablas a mí? —replicó el joven.

—No hay nadie más aquí —afirmó la chica con una muy notoria mentira.

Mientras la conversación proseguía, más arriba, en un tercer piso, se encontraba un grupo de tres chicas que murmuraban y se reían de la situación. Se asomaban con curiosidad por la ventana del aula, peleando y forcejeando entre dos de ellas por quién obtenía la mejor vista y lograba escuchar un poco de la conversación que se daba metros abajo, mientras que la tercera se limitaba a escuchar lo que decían las otras dos.

—¡Realmente lo hizo! —exclamó la primera de las chicas.

—¡Shhhh! Si nos descubren, se arruinará el reto —dijo reprendiendo la segunda de las chicas mientras se encontraba sentada sobre una de las mesas de los pupitres—. Ese chico es muy peculiar, no tiene amigos, se la pasa solo y es medio rarito.

—Seguro le dirá que sí. Probablemente está desesperado por un poco de afecto femenino, o afecto en general. ¡Ja, ja, ja! Qué patético —se reía la tercera y última de las chicas.

—¡Silencio! Quiero saber qué le dirá. Cuando le diga que sí, Juli nos dará una señal indicando cuándo nos podremos burlar todas de él, ya saben —dijo la primera chica, que parecía estar a punto de caerse por la ventana, algo para nada seguro.

Aun cuando las chicas esperaban con ansias la señal para burlarse con furor, esa señal jamás llegaría.

—¿Huh? ¿Se está yendo? ¿Y la señal? —dijo la primera chica.

—No será... ¿que la rechazaron? ¿No? Porque si es así, entonces me estaré riendo de esto todo el día —dijo la segunda chica con los cachetes inflados, tratando de contener la risa.

—¿De verdad? ¿Alguien como él rechazándola? A ver, Juli tampoco es tan linda, pero vamos, tampoco es tan fea. Digo, ya tien— —dijo la primera chica, siendo interrumpida a mitad de su parla.

—¡Ahhh!

La puerta del aula se azotó con furia y la culpable era la chica que momentos antes se encontraba con Jeyko.

—¡Me dijo que lo pensaría y que le diera tiempo! ¡Un tipo que ni tiene amigos!

—¡Ja, ja, ja, ja! Esto tampoco está tan mal. Esto también me da bastante risa. Sí, ¡ja, ja, ja, ja! Me due— ¡Me duele el estómago! ¡Ja, ja, ja, ja! —dijo la segunda chica mientras se quedaba sin aire en sus pulmones y casi se caía del pupitre en el que estaba sentada.

—¡Ahj!

—¿Pero qué te dijo concretamente? —preguntó la tercera chica.

—Dijo que nunca habíamos hablado antes, que no me conocía y yo no lo conocía a él, que era muy repentino todo y que jamás había tenido pareja, que jamás había considerado sus sentimientos hacia mí y no sé cuántas bobadas más. ¡Estuvo así por casi tres minutos! —dijo la chica, furiosa.

La voz de la chica era estruendosa. La indignación y la calentura del momento hicieron que olvidara por un momento que no debía ser ruidosa, porque no se permitía a los estudiantes estar en las aulas durante la hora de descanso. Como consecuencia directa, sus griteríos y chillidos constantes lograron atraer la atención de un profesor.

—¡¿Qué es este escándalo?! Señoritas, ¿sí saben que no se puede estar en el aula durante el descanso? ¡Salgan de una vez!

—Sí, señooo, ya salimos —dijo la segunda de las chicas.

La expresión de la chica cambió de un instante a otro. Al final, las fachadas también se tenían que mantener. El simple hecho de imaginar que otros no la vieran tan femenina como solía aparentar ser le parecía un horror.

—Lo sentimos, seño. Solo vinimos a buscar mi lonche, que se me había olvidado, y bueno, simplemente nos dejamos llevar y se nos olvidó retirarnos —Juli sacó la lengua de manera tonta, intentando verse inocente, aun cuando instantes antes se miraba bastante irritada.

—¡Siempre la misma excusa! ¡Ya salgan!

—¡Sí, sí! —dijeron las cuatro chicas al unísono mientras salían una tras otra del salón de clases.

***

«Tic-tic-tic-tic».

Se escuchaba constantemente el traqueteo del piñón libre de una bicicleta, la cual era llevada a pie por un joven a su derecha. Un ruido que aumentaba los pensamientos, también ruidosos, de aquel joven.

«Es increíble. De verdad no sé qué pasó o cuándo, y que se me declare así sin más».

La tarde era fresca. El sol había pasado su punto más alto y empezaba a descender. Aun así, las nubes tapaban todo el cielo, logrando de esa manera que el sol fuera solo una nube un poco más brillante que el resto.

El chico había llegado a su destino y vio a una chica no muy lejos de él. Con ello, el traqueteo de la bicicleta había por fin terminado.

—Hola, lamento llegar de imprevisto. No esperaba tampoco verte afuera de tu casa, pero supongo que también me sirve —dijo el chico con una voz insegura—. Sabes, acerca de lo que te dije hace unas horas, ¿podrías olvidarlo? Ya tomé una decisión.

—¿Olvidarlo? Está bien; pasa y charlemos —dijo la chica, que se encontraba sola, sentada enfrente de su terraza.

La casa de la chica era relativamente pequeña, igual que la pequeña terraza en la que se encontraba sentada. Estaba sobre una silla Rimax y, al lado de ella, se encontraba otra igual. Unas cuantas cervezas se encontraban en el piso; parecía que a nadie le importaba ver adolescentes tomar al aire libre.

La entrada era estrecha, pues el exterior y la terraza estaban divididos por una alta reja negra, un poco oxidada a primera vista. Una escalera de cemento conectaba la entrada con la calle, puesto que el piso de la casa se encontraba un poco más alto que el asfalto, y una pequeña zanja con aguas residuales dividía consecutivamente la reja de la calle.

—Es gracioso. No te había hablado antes y ahora estoy en tu casa. Se siente extraño, teniendo en cuenta que jamás te di una respuesta, pero lo pensé un poco y creo que sí.

—¿Creo? No parece que te importe mucho. Por cierto, jamás te pedí que vinieras, ¿sabes? —dijo la chica tajantemente.

—Bueno, no quería dejar en espera tus sentimientos. Mi respuesta es «sí» —dijo Jeyko.

—Bueno, acerca de eso, debo decirte que todo este tiempo solo fue un reto. Jamás me podrías gustar. Si tan solo me hubieras dicho que sí desde el inicio, te hubieras librado de un pequeño problemilla.

—¿Eh? ¿Broma? ¿Problemilla?

—La razón es que ya me encuentro en una relación en este momento, y realmente nos estás molestando —dijo la chica mientras de adentro de su casa salía otro joven con dos latas de cerveza.

—¿Y este tipejo? —dijo aquel chico mientras le entregaba una lata a la chica y tomaba un sorbo de la suya.

Para Jeyko era difícil decir qué sentía en ese momento. Una sensación de incomodidad tremenda, como si todo estuviera fuera de lugar. Estaba seguro de que esta situación se iba a salir de sus manos y él no había hecho nada mal para terminar así. Realmente nada. O tal vez había cometido algún error. Probablemente ser demasiado considerado.

—Creo que le gustó, amor. Este chico no para de molestarme. Me dijo «¿quieres que salgamos?» o algo así —dijo la chica con una leve sonrisa llena de malicia.

—¿Así que piensas robarte a mi novia? Los picaflores de hoy en día se disfrazan hasta de tipos patéticos solo para caerle a una mujer.

—¿Eh? ¿Eh? ¿Eeeeeh? E-esto, y-yo solo quería... —dijo el chico, nervioso—. Yo no intenté nada en ningún momento. Ella está mintiendo. Ella fue la que se me declaró a mí. Yo solo quise corresponderle a sus sentimientos, pero resulta que solo fue una bro—

—¡Suficiente! Nada de lo que digas va a salvarte.

¡Zas!

Un golpe llegó repentinamente, lo que hizo que el chico fuera hacia atrás, golpeándose con la reja en el hombro y cayendo a la calle. Junto con la falta de equilibrio, esto hizo que Jeyko metiera un pie en aquella maloliente zanja, manchando así su zapato y parte de su pantalón. Afortunadamente, su pie no hizo palanca contra la calle, por lo que no llegó a sufrir una fractura o una herida mayor. Solo se mojó.

El dolor era adormecedor. Le había dado un gancho que, aunque no fue muy efectivo, sí tuvo la suficiente fuerza para tumbar al joven.

—Jeje, ese fue un buen golpe, amor. Qué asco, mira su pie. ¡Puaj! —dijo la chica entre risitas burlonas. Se sentía aliviada al ver cómo golpeaban al chico causante de las burlas que sus amigas le habían propinado durante toda la jornada escolar.

—¡Buah! Definitivamente soy asombroso. Estuve practicando ese gancho con unos amigos —dijo el novio de Juliana mientras daba golpes al aire.

«Él también está mintiendo. Es cierto que caí, pero fue por el empujón del golpe. Además, la escalera me hizo pisar en falso. ¡Ahj! Aunque es cierto que me duele, sobre todo por la caída», pensó Jeyko mientras trataba de reincorporarse.

—¡¿A dónde crees que vas?! —dijo el novio de Juliana mientras se abalanzaba hacia Jeyko—. ¡Tal vez esto te ayude a pararte!

El tipo dio una patada frontal al chico, que volvió a caer al piso, seguida de un par de patadas más, las cuales hacían gemir de dolor al joven. El golpe le arrancó un «¡Ngh...!» ahogado mientras se arrastraba y extendía las manos hacia adelante, como un pobre intento de evitar algún golpe.

—¡Ja, ja, ja! Julián, eso, dale una paliza —exclamó la chica, cuya risa sutil se transformaba en carcajadas, pues típicamente le resultaba hilarante toda la situación que ella misma había provocado.

—Eres un imbécil, patético de mierda. Mírate, deberías verte en un espejo. Mira la vergüenza que das. ¡Pff-tu! —escupió al suelo con desprecio—. Ahora es turno de tu bici.

—¡Espera! Mis padres me la dieron en Navidad... No lleva ni el año. ¡Por favor! Solo deja que me vaya, ¿sí? Jamás le hablaré a ninguna chica que no conozca. Solo quise tener una novia. Para este punto, cualquier chica me iba bien.

—Rgh... ¡¿Estás diciendo que mi novia es una cualquiera?! —estalló de furia.

—¡No! ¡Eso no fue lo que traté de decir! —dijo el joven, aún más asustado.

—¡Despídete de tu bicicleta! —exclamó el novio de Juli.

La bicicleta estaba apoyada contra la reja de la casa, tranquila, como si no tuviera nada que ver con lo que estaba pasando. Pero el chico llegó caminando rápido, con los hombros tensos y la respiración pesada.

Se detuvo frente a ella apenas un segundo. Sus manos temblaban.

«Tch».

De un tirón, la arrancó de donde se encontraba y la lanzó contra el pavimento. El metal golpeó el asfalto con un «¡clank!» seco. La rueda delantera siguió girando un momento, chirriando débilmente. Aún insatisfecho, con la mandíbula apretada, levantó el pie y descargó una patada contra ella. La bicicleta se deslizó unos centímetros, raspando el suelo.

La volvió a patear, esta vez contra la rueda. Los radios crujieron con un «crack» metálico, doblándose hacia dentro. La rueda quedó torcida, girando torpemente antes de detenerse. Finalmente, la agarró por el manubrio y la estrelló otra vez contra el suelo.

Su respiración era lo único que se oía ahora, pesada y áspera.

La bicicleta ya no parecía una bicicleta: la rueda doblada, la cadena colgando, el manubrio torcido hacia un lado. Un montón de metal maltratado.

—Ahora lárgate antes de que te mate.

—¡Wow! Eso fue impresionante. Lo tengo todo en video, parece sacado de una película.

—Cariño, tampoco exageres. Aunque tal vez lo de actuar no se me dé tan mal. Así podría abandonar este barrio de una vez por todas.

—¡Yaaaa, ya me aburrí! ¡Vamos por un helado!

—¿Helado? Ahora mismo estoy es pelado, en cero.

—¡Amoooor! No seas así, malo...

El murmullo de la conversación seguía detrás de él, pero ya no tenía sentido. Las palabras del otro tipo se mezclaban con la risa nerviosa de la chica, frases cortas, excusas torpes, bromas que sonaban huecas en el aire gris de la tarde.

Él no miraba hacia ellos.

Tenía la vista clavada en la bicicleta.

Se paró y se agachó despacio, y levantó la bicicleta por el manubrio. El metal raspó contra el suelo con un sonido áspero. La rueda torcida apenas giró medio centímetro antes de trabarse.

—¿Ves? Ni se rompió tanto —dijo una voz detrás de él, ligera, casi burlona.

Las palabras llegaron a sus oídos... pero no entraron.

Empezó a caminar. La bicicleta avanzaba a su lado a tirones, arrastrándose más que rodando. Cada paso iba acompañado por el «crrrk... crrrk...» irregular de la rueda doblada raspando el metal. El manubrio torcido hacía que el cuadro se desviara, obligándolo a sostenerlo con firmeza para que no se volcara.

Pasaron unos segundos, luego minutos, pero no miró hacia atrás.

La calle parecía más larga ahora, estirada bajo el cielo gris. Sus pasos eran lentos, pesados, y la bicicleta seguía a su lado, igual que en su llegada.

***

Cabizbajo y con los ojos a punto de llenarse de lágrimas por la frustración, Jeyko se sentía impotente. Se sentía humillado. Le habían faltado al respeto, habían barrido el piso con él y, aun así, lo que más le molestaba de todo eso era que ambos le habían mentido en la cara, y que, en base a esas mentiras, todo había terminado así.

¿No era mejor dejarlo quieto y solo?

Al final, era como estaba desde un principio. Él ya sabía que era cobarde, ya sabía que era patético, raro y que no tenía amigos por ser como era. Entonces, ¿por qué tomarse el esfuerzo siquiera de hacerle daño?

Al final, Jeyko solo quería estar tranquilo. Quería dejar de sentir su corazón inquieto. Nunca había sido muy rencoroso, así que dejaría pasar todo si eso le permitía tener menos problemas y, a la larga, sentirse mejor.

—Oye, sube la cabeza. No sabes la hermosa tarde que te estás perdiendo —dijo una linda chica con una bicicleta a su costado, inclinando su cuerpo para tratar de hacerse visible ante la continua mirada al piso de Jeyko.

—No, lo siento. No quiero que me veas, y tampoco quiero verte por eso —dijo Jeyko, avergonzado, mientras detenía su caminar y ponía una mano frente a su cara para entorpecer la vista de la chica—. ¿También vienes a pisotearme? ¿Eres amiga de esos dos? Solo buscas que baje la guardia, lo sé...

Pese a la incómoda respuesta de Jeyko, la chica confirmó que él no la estaba pasando bien, por lo que decidió redoblar la apuesta.

—¿Esos dos? No conozco a ningún «esos dos». Más bien, no conozco a mucha gente en este barrio, porque me acabo de mudar aquí justo ayer —dijo la chica, haciendo notar su obvia ironía.

—Tampoco me agrada la forma en la que lo dices. De todas formas, ¿qué es lo que buscas al hablarme estando yo así como me ves? —dijo Jeyko, que mantenía la cabeza hacia abajo y evitaba que le vieran el rostro.

—Solo pasaba por aquí. Conocía el lugar y miraba lo que me podría interesar, así que por eso estoy aquí —dijo la chica con una sonrisa que Jeyko no vio.

—¿Entonces ahora soy un payaso o parte de un zoológico? —dijo Jeyko con leve furia—. Supongo que solo me queda eso.

—Nada de eso. Solo quería saber cómo estabas. No hay forma de que pueda saber qué te pasó, pero no está de más preguntar cómo estás. Nada de morbo, sino por genuina preocupación. Es difícil ignorar a alguien cuya bicicleta rota emite tanto sonido y que se ve tan magullado —replicó la chica.

«¿Esto qué es? Nadie se acerca así a otra persona. La gente solo pasa de largo, incluso si está en mi situación actual. A nadie le importa lo suficiente. ¿Es alguna clase de condescendencia barata hacia mi lamentable estado? ¡Ahj! Pues qué más da. Solo llenaré su ego y volveré a casa de una vez», pensó Jeyko.

—¿Por qué no nos sentamos? —dijo Jeyko, queriendo acabar con el teatro de una vez.

—¿Dónde? —preguntó la chica.

—Aquí, en la acera. Casualmente, estoy cansado de caminar para este punto —respondió Jeyko.

El día resplandecía todavía con bastante potencia. Era de esos días en los que todo se veía más blanco, más claro de lo usual. La acera no era un lugar precisamente limpio, pero para Jeyko eso poco importaba. Ya estaba sucio por el polvo de la calle y una de sus piernas estaba sucia por el agua residual de la zanja, razón por la cual su pantalón se encontraba recogido hacia arriba para evitar sentir la humedad.

Tanto él como la chica recostaron sus bicicletas contra la acera, pero el contraste entre ambas era notorio. Apenas Jeyko se sentó, levantó y dobló las rodillas, se echó hacia adelante, se recostó sobre ellas con los brazos cruzados y la cabeza a un costado, mirando hacia el lado contrario de donde se encontraba la tan risueña chica.

—Lo diré directamente. Una chica se me declaró, pero resulta que solo fue una broma. No le di respuesta, pero a las horas decidí no dejar sus sentimientos en espera. Me envalentoné y decidí viajar a su casa para darle una respuesta. Reconozco que fue algo imprudente, pero aun así no pensé que ya tuviera una pareja y que, además, estuviera en ese momento con ella. El resto es más que obvio. Me dieron una paliza y destrozaron mi cicla. Es patético —contó Jeyko, siendo lo menos ambiguo posible y con un poco de autodesprecio.

«Qué lamentable quedé en esta historia. Ni siquiera pude defenderme. No huí, no corrí, no lancé un golpe, una patada... No hice nada», pensó Jeyko para sí mismo, tratando de autoflagelarse.

—A mí me parece que hiciste bien.

La afirmación logró que Jeyko abriera los ojos de la sorpresa, sin que ella pudiera verlo debido a que seguía sin mostrarle el rostro.

—¿Sabes? En el fondo no estoy enojado. Solo estoy molesto porque todo haya terminado así por mala suerte y mentiras. Debería ser más egoísta. Para una vez que pienso ser considerado...

—No todo fue tan malo. Ahora que estamos hablando los dos, es cierto que no está mal pensar en uno de vez en cuando, pero ser considerado también puede ser un acto egoísta si lo ves de cierta manera. Si te hace sentir mejor, entonces ¿por qué no ser bueno si es lo correcto? No te avergüences por haber considerado los sentimientos de alguien más.

—¿Es eso lo que haces ahora? ¿Lo haces por ti o porque es lo correcto? ¿Te hace sentir mejor? —preguntó Jeyko, lanzando palabras agresivas camufladas como tres preguntas.

—No es por mí. Jamás me ha hecho sentir mejor...

—¿Entonces? ¿Para qué?

—Ni yo lo sé. Solo Dios lo sabe.

—¡Ja! Quizá... y quizá me siento un poco mejor.

—A veces es bueno ser pisoteado. Creo que te ayuda a reorganizar las ideas —dijo la chica mientras miraba hacia el firmamento—. Pe-pero tampoco me malentiendas. La próxima vez trata de defenderte. Verás cómo no se siente tan mal.

—No te logro comprender...

—Ni yo me entiendo. Es lo que creo, no lo tomes como una verdad...

—¡Ja, ja, ja, ja!

—Oye, no le veo lo gracioso —dijo la chica con una sonrisa.

Ambos adolescentes hablaron unos cuantos minutos más sin mirarse a la cara. Al principio, la chica miraba la parte de atrás de la cabeza de Jeyko, pero al final terminó mirando en la dirección contraria, justo como Jeyko hacía.

—Esa bicicleta no tiene reparo, ¿sabes? Ja, ja —exclamó con una leve risa melancólica—. La dejaré acá. Tal vez le sirva más a algún chatarrero. Les diré a mis padres que me la robaron o algo. Es una pena, me la regalaron hace menos de un año, durante Navidad.

—¿Aún te queda camino?

—Unos quince minutos caminando, algo así...

—¿Qué te parece si te subes detrás de mi bici? Prometo no tratar de verte el rostro. Serás mi parrillero.

Una gran sonrisa se esbozó en el rostro de la chica, pero nuevamente no había nadie que pudiera verla.

—Bien, solo esta vez.

—Perfecto. Yo me subiré primero, súbete atrás —dijo la chica mientras se subía a su bicicleta—. Ya.

Jeyko alzó la cabeza poco a poco y logró ver la espalda de aquella chica, bastante prominente comparada con la de una chica de su edad.

«¿Será deportista?», se preguntó Jeyko.

El pelo era amarillo, casi pálido. Aparte de eso, no logró distinguir mucho más; solo podía recalcar que era una espalda.

—Tenías razón. Me estaba perdiendo de una muy bonita tarde.

—¿Verdad?

—Gracias...

—No hay de qué.

El viaje transcurrió sin una palabra más. Todo lo que se podía decir ya se había dicho, y no quedó más que la brisa chocando contra la frente de los dos para acompañar al silencio.

Para el final del viaje, se despidieron, pero no se dijeron los nombres y jamás se vieron el rostro.

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