Capítulo 1: El precio del fuego
La cocina olía a café recién hecho, a mantequilla derretida y a pan tostado. Esa era, sin duda alguna, tu parte favorita del día; el único momento en el que el mundo exterior parecía detenerse por completo y te permitía ser simplemente tú, lejos de las presiones digitales y las sombras que acechaban tu mente. Tarareabas una canción cualquiera de la radio, una melodía alegre y pegadiza que contrastaba de forma casi irónica con los nubarrones grises y plomizos que amenazaban tormenta sobre los rascacielos de Italia. Mientras el agua de la tetera empezaba a silbar sutilmente, te giraste con una sonrisa suave para colocarle bien el cuello de la chaqueta de lana a tu hermano menor. Con movimientos mecánicos pero cargados de un cariño infinito, te aseguraste de que llevara el táper con el guiso caliente bien cerrado en la mochila y le recolocaste los apuntes desordenados de álgebra antes de que saliera corriendo por la puerta hacia la facultad.
—No vuelvas tarde, ¿vale? Que ya he comprado los ingredientes necesarios en el mercado para prepararte tu cena favorita —le dijiste con una voz que derrochaba una dulzura genuina, dándole un rápido abrazo protector que él correspondió entre quejas juguetonas y un beso rápido en tu mejilla.
Para tu familia, eras el pilar absoluto e insustituible de la casa. La chica atenta, detallista, la que siempre se enteraba de si tu madre necesitaba rellenar las recetas de sus medicinas para el corazón antes de que ella misma tuviera el valor de admitir que se le estaban acabando. Eras la que pasaba la noche entera en vela, sentada en una silla incómoda junto a la cama, cuidando a tu hermana pequeña cuando la fiebre le subía de golpe, refrescando su frente con paños húmedos y susurrándole palabras de aliento. Desprendías una devoción tan íntima, cálida y desinteresada que cualquiera que te viera trajinando en el salón de ese humilde pero pulcro piso de la periferia pensaría que eras una joven dócil, incapaz de romper un plato o de levantarle la voz a un extraño.
Sin embargo, detrás de esa fachada de ángel de la guarda se escondía un temperamento indomable y una mente brillante que funcionaba a revoluciones inalcanzables para el ciudadano común.
En cuanto la puerta principal se cerraba y la casa se quedaba completamente vacía, el chip de tu cabeza cambiaba por completo. La calidez se evaporaba, sustituida por una frialdad militar. Encerrándote en tu habitación, echabas el cerrojo con llave y bajabas las persianas por completo hasta que el cuarto quedaba sumido en una penumbra absoluta, rota únicamente por el zumbido constante de los ventiladores y el destello azulado que emanaba de tus tres pantallas de ordenador de última generación. En ese preciso instante, la chica dulce y hogareña desaparecía. Tu mirada se volvía felina, calculadora, y tus dedos comenzaban a volar sobre el teclado mecánico con una precisión matemática que rozaba lo irreal.
En los foros más oscuros del internet profundo de Italia, te conocían bajo un pseudónimo encriptado que infundía un respeto reverencial entre los criminales informáticos más veteranos del país. Eras una de las hackers más escurridizas, letales y cotizadas de la península. No te dedicabas a esto por diversión, ni por el mero subidón de adrenalina que provocaba saltarse la seguridad del Estado; lo hacías puramente por ellos. Por la supervivencia de los tuyos. Las deudas médicas de tu madre se acumulaban mes tras mes como una losa insoportable, y los sueldos precarios no bastaban para garantizar que tus hermanos tuvieran un plato de comida caliente ni la oportunidad de labrarse un futuro digno. Si para protegerlos de la miseria tenías que desmantelar los cortafuegos de corporaciones corruptas, chantajear a políticos con secretos inconfesables o vaciar las cuentas bancarias de algún millonario cuya fortuna olía a sangre, lo hacías sin que te temblara el pulso. No tenías escrúpulos cuando se trataba de los tuyos.
Esa tarde en concreto, tenías un trabajo de alta envergadura entre manos. Llevabas casi tres semanas picando código de forma obsesiva para burlar los sistemas de seguridad biométrica de una empresa fantasma que sospechabas que lavaba dinero de la trata de personas. Todo iba sobre ruedas; las barras de progreso avanzaban a un ritmo constante y estabas a solo unos clics de obtener el botín definitivo. Pero de repente, una línea de comandos ajena se infiltró en tu terminal. La pantalla principal pegó un destello violento y comenzó a parpadear en un tono rojo chillón. Tu cortafuegos principal se estaba desintegrando.
Un ataque de ira destructivo, de esos que te nublaban la vista por completo y te hacían apretar los dientes hasta que los músculos de la mandíbula te suplicaban clemencia, amenazó con estallar en tu pecho al ver que tu servidor se caía por culpa de una contramedida inesperada. Perdiendo los papeles por completo en la soledad de tu cuarto, diste un puñetazo seco y atronador contra el escritorio de madera de roble, provocando que los cables vibraran. Maldijiste entre dientes con una rabia sorda y envenenada. Nadie te saboteaba en tu propio terreno. Nadie salía impune de un desafío directo contra ti.
Fue en mitad de ese arranque de furia cuando el teléfono móvil que utilizabas exclusivamente para emergencias vibró sobre la mesa, emitiendo un zumbido agudo. Con una mano aún temblando por la adrenalina de la rabia, desbloqueaste el terminal. Era un mensaje de Minho, el intermediario clandestino que te conseguía los contratos más jugosos y el único ser humano que poseía tu dirección de correo encriptada de nivel militar.
«Tengo los códigos de acceso físico que necesitabas para eludir ese maldito cortafuegos y terminar el volcado de datos. Sé perfectamente que andas muy justa de tiempo para el pago de la hipoteca de este mes y que tu madre no puede esperar. Quedamos en veinte minutos exactos en el callejón trasero que hay detrás del supermercado del distrito financiero. Ven sola y sin armas. No quiero levantar sospechas con la policía».
Te quedaste mirando la pantalla iluminada durante un largo minuto, analizando cada palabra, cada espacio, buscando alguna anomalía. Tu instinto te decía que había algo extraño en la prisa de Minho, pero la cruda realidad del extracto bancario de tu madre y la amenaza de desahucio pesaron muchísimo más que cualquier atisbo de paranoia. Dejando escapar un hondo suspiro, hiciste un esfuerzo sobrehumano para borrar cualquier rastro de frustración de tus facciones. Te miraste al espejo, acomodaste tu cabello y saliste de tu habitación simulando que ibas a comprar algo para la cena familiar. En cuestión de minutos, volvías a transformarte en la vecina encantadora que saludaba al anciano tendero de la esquina con una reverencia perfectamente respetuosa de noventa grados.
El callejón trasero del supermercado era una boca de lobo sumida en una penumbra grisácea y sucia, acentuada por una lluvia fina y gélida que comenzaba a empapar el asfalto agrietado, creando charcos que reflejaban las luces de neón lejanas. Te envolviste con más fuerza en los pliegues de tu gabardina oscura, frotándote las manos desnudas para intentar entrar en calor en mitad del invierno coreano. Minho ya se encontraba allí, de pie junto a unos contenedores industriales, apoyado contra la pared de ladrillos húmedos con las manos hundidas en las profundidades de su cazadora de cuero desgastada. Su lenguaje corporal era errático, casi histérico; sus ojos saltones no paraban de escudriñar ambos lados del callejón de una manera tan sospechosa que se te encendieron todas las alarmas internas.
—¿Los tienes de verdad o me has hecho arriesgarme a salir para absolutamente nada? —preguntaste directamente, tu voz perdiendo toda la calidez hogareña y adoptando esa actitud cortante, gélida y firme que reservabas en exclusiva para tus negocios oscuros.
—Sí... sí, claro que los tengo aquí mismo. No te pongas nerviosa —respondió él con una voz extrañamente rota y temblorosa, una octava más alta de lo habitual. Sacó un pequeño pendrive metálico de su bolsillo, pero sus dedos flacos temblaban de un modo que te hizo dar un paso atrás.
Avanzaste con cautela un palmo para coger el dispositivo, pero antes de que las yemas de tus dedos llegaran a rozar el frío metal, el eco ensordecedor de unos neumáticos de alta gama derrapando salvajemente sobre el suelo mojado rompió el silencio del callejón. Un imponente coche negro de importación, blindado hasta los dientes y con los cristales tan tintados que parecían espejos opacos, frenó en seco a escasos metros de vosotros, bloqueando la única salida hacia la avenida principal por completo.
Tu instinto de supervivencia se activó al instante de forma visceral. En una fracción de segundo, un torrente de furia ciega y abrasadora te recorrió la columna vertebral al darte cuenta de la realidad. Miraste a Minho, cuyo rostro pálido reflejaba una cobardía y una culpa absolutas mientras daba tres pasos hacia atrás, alejándose de ti y buscando refugio en las sombras del edificio. Te había vendido. Había cambiado tu cabeza por su propia piel.
—¡Maldito hijo de puta! ¡Me has vendido a traición! —le gritaste con todas tus fuerzas. Tu voz ya no tenía absolutamente nada de dulce; era el rugido de una fiera acorralada. El ataque de ira estalló en tu interior con tanta potencia que el miedo quedó completamente anulado; en su lugar, solo experimentaste unas ganas brutales y primitivas de abalanzarte sobre él y destrozarle la cara a puñetazos allí mismo, sin importarte las consecuencias.
Intentaste avanzar hacia el traidor, pero las pesadas puertas del coche blindado se abrieron de golpe con un chasquido metálico. Dos tíos corpulentos, que parecían armarios empotrados vestidos con trajes oscuros idénticos hechos a medida y facciones duras que denotaban una vida de violencia, se bajaron al unísono. Te moviste con una agilidad felina, pivotando sobre tus talones para buscar cualquier rendija o escalera de incendios por la que escapar, pero uno de ellos fue más rápido. Con una fuerza descomunal, te agarró bruscamente del brazo por la espalda, levantándote casi un palmo del suelo.
—¡Soltadme ahora mismo, desgraciados! ¡Como me volváis a poner una mano encima os juro por mi vida que os arranco los ojos! —bramaste con rabia desbocada, forcejeando con una violencia salvaje que los pilló por sorpresa. Lanzaste patadas hacia atrás con tus botas, clavando tus uñas con desesperación en las manos curtidas del hombre que te retenía, logrando arrancarle un gemido de dolor. Tu carácter indomable resplandeció con fuerza en mitad de la lluvia; te negabas en redondo a dejarte atrapar como una víctima sumisa e indefensa.
El segundo secuestrador, percatándose de que te resistías muchísimo más de la cuenta y de que tu insospechada fuerza provocada por el brote de rabia los estaba retrasando peligrosamente en plena vía pública, sacó con presteza un pañuelo de tela gruesa empapado de un frasco de vidrio. Te agarró de la mandíbula con una presión que amenazó con dislocarte el hueso, obligándote a echar la cabeza hacia atrás, y estampó el tejido impregnado en cloroformo directamente contra tu nariz y tu boca.
Luchaste con cada gramo de energía que le quedaba a tus músculos, conteniendo la respiración de forma agónica mientras tus ojos, inyectados en sangre y lágrimas de rabia pura, juraban una venganza eterna y dolorosa contra Minho, que os observaba desde la distancia cubriéndose la boca con las manos. Sin embargo, los potentes químicos no tardaron en sabotear tu sistema nervioso. El callejón empezó a dar vueltas a una velocidad de vértigo. Tus brazos perdieron la fuerza, tus párpados se volvieron tan pesados como el plomo y tus rodillas fallaron por completo, obligándote a desplomarte hacia el vacío. Lo último que registraste antes de que la más absoluta y fría oscuridad te devorara el conocimiento fue el sonido seco del pestillo del coche cerrándose a tu espalda y el olor rancio, opulento e inconfundible de la tapicería de cuero nuevo.
Tu mundo perfecto, el que habías construido con tanto esmero para proteger a los tuyos, se había desmoronado como un castillo de naipes. Tu viaje hacia los círculos más profundos del infierno criminal de Italia acababa de comenzar. Cuando tu consciencia regresó de manera tortuosa, el reconfortante e íntimo aroma a café de tu hogar había sido sustituido por una combinación asfixiante que te revolvió el estómago: el olor espeso de perfumes de miles de euros, el humo denso de tabaco de importación fina y el sutil hedor a humedad estancada.
Tenías la boca completamente pastosa, la garganta tan seca que sentías que ibas a tragar arena y un dolor punzante e implacable justo detrás de los ojos que te hacía desear desmayarte de nuevo. Te costó varios intentos enfocar la vista debido a la extraña y parpadeante iluminación roja de neón que dominaba el espacio, pero cuando tus pupilas se dilataron y se adaptaron a la luz, el corazón te dio un vuelco salvaje en el pecho.
No estabas en una celda mugrienta. Ni mucho menos.
Te encontrabas en el majestuoso anfiteatro subterráneo de un hotel de cinco estrellas en pleno corazón de Gangnam, el barrio más rico y exclusivo de la capital. El lujo desmedido del lugar resultaba obsceno: paredes revestidas de mármol negro veteado en oro, columnas de diseño minimalista y una serie de pantallas LED de proporciones bíblicas que proyectaban gráficos financieros cifrados y datos de transacciones internacionales. Era el mercado negro de la élite de Italia, un santuario clandestino donde la justicia ordinaria era un mito y donde las vidas humanas se compraban como si fueran acciones de bolsa.
Al intentar mover tus extremidades para frotarte las sienes, un tintineo metálico estridente y un tirón seco en tus hombros te devolvieron bruscamente a la realidad. Tenías las manos esposadas a la espalda con unos grilletes de acero reforzado, los cuales estaban anclados de forma fija a una barra de hierro horizontal dispuesta en mitad de un escenario circular elevado. Te miraste el cuerpo de reojo y tuviste que ahogar un grito de pura indignación. Te habían despojado de tu ropa. Ahora llevabas un vestido de seda fina, de un negro tan brillante que parecía obsidiana, que se ceñía a tu anatomía de una manera tan descarada que remarcaba cada una de tus curvas, dejando tus hombros por completo al descubierto y cortándote el aire debido a un escote vertiginoso que no dejaba espacio a la imaginación. Te habían vestido con la única y sucia intención de que fueras expuesta y deseada.
Alrededor del escenario, sentados en cómodas butacas de terciopelo burdeos dispuestas en semicírculo, decenas de hombres vestidos con trajes de alta costura y cubiertos con máscaras venecianas de diseños extravagantes te observaban en un silencio absoluto. Sus miradas codiciosas, camufladas tras el oro, el terciopelo y las plumas de las máscaras, recorrían de arriba abajo tu piel expuesta. Te tasaban con una frialdad corporativa, como si fueras un animal exótico o un cuadro robado; un capricho obscenamente caro que cualquiera de esos aburridos millonarios de la alta sociedad podía adquirir para entretenerse en sus ratos libres.Un hombre de unos cincuenta años, vestido con un esmoquin gris marengo impecable y luciendo una sonrisa cínica y ensayada que te revolvió las entrañas, subió al escenario pisando con fuerza con sus zapatos de charol. El subastador oficial.
—Damas y caballeros, la siguiente mercancía de la velada es una pieza verdaderamente insólita y codiciada en nuestro catálogo —anunció el tipo, expandiendo los brazos de forma teatral mientras los focos de luz roja se concentraban exclusivamente sobre tu figura, haciéndote sentir desnuda bajo su calor—. Les ruego que no se dejen engañar por su aspecto aparentemente delicado, su juventud o la finura de sus facciones. Lo que tienen ante ustedes esta noche es una de las mentes criminales más brillantes de la red. Una hacker de primerísimo nivel, capaz de infiltrarse en cualquier sistema gubernamental, bancario o de inteligencia militar sin dejar el más mínimo rastro digital. Una herramienta letal y perfecta para blindar sus propios imperios o para destruir las finanzas de sus competidores desde la raíz. El precio de salida para su contrato de propiedad absoluta e indefinida comienza en un millón de euros...
La humillación insoportable de escuchar cómo ponían una cifra económica a tu propia existencia, sumada a la impotencia de encontrarte encadenada e indefensa ante semejante grupo de monstruos trajeados, intentó doblegar tu espíritu. Sentiste las lágrimas calientes del miedo agolparse en la base de tus párpados, amenazando con quebrar tu orgullo y hacerte romper a llorar frente a ellos. Pero antes de que la primera gota tuviera la oportunidad de humedecer tus mejillas, algo hizo un clic de una violencia inaudita en lo más profundo de tu cerebro.
Tu sangre comenzó a hervir a una temperatura abrasadora en cuestión de segundos. Ese interruptor maldito que tanto habías intentado reprimir a lo largo de tu vida, el que desataba tus ataques de ira más incontrolables y destructivos, se encendió de golpe, calcinando cualquier rastro de miedo o debilidad. ¿Llorar ante ellos? ¿Suplicar por tu vida a un puñado de viejos corruptos? Ni de coña. A ti no te pisoteaba nadie, y mucho menos un nido de cobardes que necesitaban esconderse detrás de máscaras de oro para comprar personas.
—¡Suéltame ahora mismo, gilipollas de mierda! —gritaste, interrumpiendo de forma abrupta las palabras del subastador.
Tu voz no flaqueó ni un solo milímetro. Resonó con una fuerza salvaje, cruda y desgarradora que quebró el murmullo elegante y refinado del salón como si fuera un martillazo contra un espejo de cristal. Los hombres de las máscaras se tensaron de inmediato en sus asientos de terciopelo, irguiendo la espalda por la pura sorpresa del atrevimiento.
—¡Si creéis por un solo segundo que voy a teclear una maldita línea de código para cualquiera de vosotros, es que estáis jodidamente mal de la cabeza! —bramaste con una furia desatada, poniéndote en pie con brusquedad y tirando de las esposas de acero con tanta rabia que el metal afilado te rasgó la piel de las muñecas, provocando que un hilo espeso de sangre carmesí comenzara a gotear lentamente por el dorso de tus manos—. ¡Que os den a todos! ¡Iros directos a la mismísima mierda!
Con la respiración completamente rota, el pecho subiendo y bajando de forma violenta debido a la oleada masiva de adrenalina y los ojos inyectados en una cólera ciega, diste un paso agresivo hacia el borde del escenario, hasta donde las cadenas te lo permitieron. Miraste fijamente al subastador a los ojos y, sin pensarlo dos veces, le escupiste con fuerza directamente sobre sus relucientes zapatos de charol. No quedaba ni un solo rastro de la sumisión que esperaban de una esclava, ni una pizca de la chica buena y cariñosa que cuidaba de sus hermanos en casa; eras una loba herida dispuesta a arrancarle la yugular a quien se te acercara.
La sala VIP quedó sumida en un silencio sepulcral, tan denso, pesado e incómodo que resultaba asfixiante. Nadie, absolutamente nadie en toda la historia de aquella puja clandestina, se había atrevido jamás a profanar las reglas de la organización y a desafiar a los compradores de una manera tan soberbia y descarada. El subastador, con los músculos de la mandíbula completamente rígidos por la humillación pública, contuvo el aliento, se limpió disimuladamente el calzado con el bajo de su pantalón y entornó los ojos con pura malicia. Hizo una seña rápida y violenta con la cabeza hacia los laterales ocultos del escenario.
Dos guardias de seguridad de dimensiones colosales, con los nudillos deformados por los combates y rostros inexpresivos que delataban una vida dedicada al dinero sucio, se abalanzaron sobre ti a paso rápido. Uno de ellos alzó una mano enorme y pesada con total brusquedad, dispuesto a cruzarte la cara de un bofetón para romperte el orgullo de golpe, enseñarte cuáles eran tus “modales” y obligarte a caer de rodillas sobre las maderas del palco.Apretaste los dientes con fuerza, negándote por completo a apartar la mirada o a agachar la cabeza, dispuesta a recibir el impacto físico con la frente en alto, pero el golpe de gracia nunca llegó a rozarte.
—Un momento.
Una voz profunda, magnética y peligrosamente calmada cortó el aire de la sala, emergiendo desde el palco VIP principal, situado en la zona más elevada, sombría y exclusiva de todo el recinto. Solo bastaron esas dos palabras pronunciadas con un desapego escalofriante para que los dos guardias corpulentos se detuvieran en el acto, bajando los brazos mecánicamente como si una fuerza invisible y superior los hubiera congelado en el sitio.
De la penumbra absoluta del fondo de aquel palco de honor, dio un paso al frente un hombre que irradiaba una atmósfera de autoridad, poder y peligro verdaderamente absolutos. Jeon Nicolás. Un hombre indiscutible de la mafia más poderosa de Italia. El hombre cuyo nombre los intermediarios pronunciaban con un hilo de voz y un terror reverencial en los callejones más oscuros de la ciudad; el líder criminal que controlaba los hilos del gobierno, la policía y la economía subterránea desde las sombras de su imperio.
Era un espécimen imponente, considerablemente más alto y robusto de lo que habías alcanzado a escuchar en los rumores callejeros. Vestía un traje de tres piezas de diseñador impecablemente negro, de corte entallado a la perfección, prescindiendo de la corbata y luciendo los dos primeros botones de la camisa blanca de seda completamente desabrochados. Aquel detalle revelaba el inicio de unos intrincados, caóticos y oscuros tatuajes de tinta negra que ascendían por su clavícula y devoraban por completo la piel de su cuello, subiendo hasta la base de su mandíbula. Sus manos, cubiertas de tinta oscura hasta las mismas yemas de los dedos, se deslizaron elegantemente fuera de los bolsillos de su pantalón. A su paso por los pasillos del anfiteatro, los hombres adinerados y poderosos de la sala bajaron la cabeza de inmediato en una señal de sumisión instintiva, apartándose a los lados como si el mismísimo diablo en persona caminara entre ellos.
Nicolás descendió por las escaleras alfombradas de forma parsimoniosa y subió los escalones del escenario sin un ápice de prisa, moviéndose con una elegancia felina y depredadora que te erizó los vellos de la nuca. No se reflejaba ninguna emoción humana en su rostro pálido, frío y de unas facciones tan simétricas que parecían esculpidas en mármol, pero sus ojos oscuros —dos pozos negros, densos y carentes de cualquier rastro de piedad— brillaban con una fascinación perturbadora, explícita y peligrosa. No te quitó la vista de encima ni por una millonésima de segundo. Se deleitaba de forma descarada con la manera en que le sostenías la mirada desafiante, con cómo tu pecho subía y bajaba agitado por la rabia líquida, plantándole cara a pesar de saber perfectamente que tu existencia entera dependía de un simple movimiento de sus dedos tatuados.
Se detuvo a tan solo un metro exacto de ti, justo en el centro del escenario cubierto por los focos de neón. Desde esa distancia tan ridículamente corta, el aire que respirabas se volvió denso, casi eléctrico. Pudiste oler a la perfección la esencia que desprendía su presencia: una combinación magnética y embriagadora de colonia de madera de sándalo cara, tabaco de vainilla dulce y un sutil pero inequívoco rastro a pólvora fría que delataba la crudeza de su verdadero oficio de sangre.
Nicolás ladeó la cabeza ligeramente hacia un lado, recorriendo cada milímetro de tus curvas envueltas en el vestido de seda negra con una lentitud descarada y posesiva. Sus ojos se detuvieron unos segundos en tus muñecas ensangrentadas, disfrutando del contraste del rojo sobre tu piel, antes de volver a clavar sus pupilas en las tuyas. Una sonrisa casi imperceptible, cruel, divinamente atractiva y cargada de una tensión sexual y de poder verdaderamente brutal, dibujó la comisura de sus labios carnosos.
—Cincuenta millones —declaró Nicolás.
Su voz ronca, aterciopelada y de un barítono profundo resonó a través de todos los altavoces de la sala subterránea, provocando una vibración física en la madera bajo tus pies descalzos. No era una oferta dentro de la puja, ni una propuesta negociable; era un mandato absoluto dictado por el dueño de la ciudad, una orden que ningún ser vivo en aquella habitación tenía el valor o la estupidez de discutir.
Al subastador se le secó la lengua al instante. Tragó saliva de forma ruidosa, con la manzana de Adán subiendo y bajando con dificultad, asintió con la cabeza de manera frenética y comenzó a hacer señas desesperadas y torpes a los guardias para que te liberaran de la barra de hierro inmediatamente antes de que el Don perdiera la paciencia.
Nicolás dio media vuelta sobre sus zapatos italianos para bajarse del escenario con la misma calma con la que había subido, pero justo antes de descender el último escalón, se detuvo en seco y se inclinó elegantemente hacia ti por la espalda. Se acercó tanto que sentiste el calor irradiando de su pecho rozando sutilmente la piel desnuda de tus hombros, y su aliento cálido golpeó directamente el lóbulo de tu oreja derecha, provocándote un escalofrío violento y eléctrico que te recorrió cada centímetro del cuerpo, haciéndote temblar de pura adrenalina acumulada.
—Me gusta el fuego, preciosa —susurró contra tu oído con un tono tan bajo, rasgado y sucio que hizo que tus rodillas flaquearan por primera vez en toda la noche—. Veamos cuánto tardas en quemarte por completo en mi cama.








