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La Sombra Del Sol

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Summary

Hay espadas que brillan y espadas que callan. En un mundo donde el bronce vale más que la sangre y el estaño decide quién gobierna, una hoja negra que no hace ruido al chocar puede costar la vida a quien la lleve. Kaelen, un mensajero con un secreto que pesa. Vespera, la capitana que manda sobre un mar de ceniza. Tristán, un caballero de quince años con una espada que nunca se enfría. Cinthia, la viuda más rica de Puerto Cobre. Gideon, el cartógrafo que calcula el colapso de un reino. Cinco destinos que aún no se cruzan. Una guerra que ya empezó. Cuando el dogma, la codicia y el hambre chocan, el mundo no se detiene a esperar a nadie.

Genre
Fantasy
Author
Pablo
Status
14h ago
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
16+

I. El Peso Del Cobre Y La Sangre

El lodo del Valle del Alba se aferraba a las botas de Kaelen Vance como un acreedor desesperado, espeso y teñido de un tono cobrizo que delataba la riqueza de la tierra de Valdris.

El aire de la mañana bajaba cortante de las montañas nevadas, arrastrando olor a óxido, sudor de bestias de carga y la salmuera rancia que seguía pegada a los carromatos desde Puerto Cobre. Kaelen se subió el cuello de la capa de lana raída y entornó los ojos grises contra el viento. A simple vista era un viajero miserable más en una caravana de miserables: el cabello oscuro apelmazado sobre la frente, una fina cicatriz en la mandíbula que se tensaba cada vez que apretaba los dientes contra el frío.

En los registros de la aduana figuraba como erudito, cartógrafo y humilde mensajero de la Orden de los Registros, una hermandad laica dedicada a conservar el conocimiento en un mundo empeñado en olvidarlo.

Pero los registros mentían, o al menos no contaban la historia completa.

Apoyado contra el costado astillado del carromato, sostenía lo que parecía un bastón de viaje o una vara de agrimensor, envuelto en un paño sucio y atado con correas de cuero. Tenía los nudillos blancos. Bajo la tela no había madera, sino Silencio: una hoja de hierro de meteorito y Acero Umbrío, negra y mate, hecha para devorar la luz en lugar de reflejarla. Y lo más perturbador era que no sonaba al chocar. Solo un golpe sordo, sin eco, como si la espada asesinara el ruido.

Llevarla era una sentencia de muerte. El clero de Orion, el Padre Solar, gobernaba Valdris con túnicas doradas y puño de hierro, y para sus sacerdotes las armas nacidas de la oscuridad eran una herejía que se pagaba en la hoguera.

—Maldita sea esta humedad —escupió Toris, el mercader dueño de la carreta donde Kaelen había comprado un sitio.

Era un hombre obeso, envuelto en pieles baratas, con tantos anillos de cobre en los dedos que parecían una armadura. Se frotó las manos.

—Si seguimos a este paso, el Río Sombra se desbordará antes de que lleguemos a Khemet.

Kaelen no respondió enseguida. Miraba las estribaciones rocosas que se estrechaban más adelante, formando desfiladeros que servían de embudo a las caravanas.

—Llegaremos a tiempo —dijo al fin, con una voz sin matices. Hacía mucho que había aprendido que un mensajero de los Registros debía ser tan invisible como el arma que ocultaba.

Entre los sacos de grano, al fondo de la carreta, se removió el tercer pasajero: un monje anciano de túnica gris, con un creciente de plata colgado del cuello. Un siervo de Lyra, la Madre Lunar. Su presencia era rara; el culto de Lyra vivía lejos, en los bosques y glaciares de Aelthar, cerca del Monasterio de la Aguja Plateada, el destino de Kaelen.

—El tiempo es un lujo que los hombres miden en metales, mercader —murmuró el monje, con voz de papel de lija—. Pero el valor de las cosas está cambiando. ¿No lo has visto en los mercados de Puerto Cobre?

—¿Verlo? Lo sufro cada día —gruñó Toris—. El estaño ha triplicado su precio en dos lunas. Los bastardos de Aelthar controlan la Ruta del Estaño y lo saben.

Kaelen escuchaba sin intervenir. La escasez de estaño no era un simple problema de mercaderes. En ese mundo el hierro servía para la guerra común, pero el bronce, cobre unido a estaño, era la riqueza suprema: moneda de alto valor, estatuas sagradas, joyas de lujo. Quien controlaba el estaño controlaba el bronce.

—Es la sangre de Terra —dijo el monje—. Cuando rompió el mundo por celos de los amantes Orion y Lyra, separó el cobre del estaño y obligó a los hombres a cruzar mares y desiertos para volver a unirlos. El bronce es sagrado porque es reconciliación. Y toda reconciliación tiene un precio.

Toris escupió al barro.

—Guárdate los sermones, anciano. Lo cierto es que los gremios marítimos se están matando en Las Ardientes, con los corsarios bloqueando las islas. Y corre el rumor de que los Señores Feudales están cansados de pagar el diezmo. Hablan de movilizar ejércitos.

Bajó la voz y miró de reojo a los mercenarios que marchaban a la cabeza.

—Y se habla de algo más. Un hallazgo en el Manto de Hielo Eterno, al sur de Aelthar. Ruinas antiguas. Metales que no son de este mundo, que no necesitan mezclarse para ser perfectos.

El monje guardó un silencio sepulcral, pero Kaelen vio cómo sus dedos se cerraban sobre el creciente de plata. Los sacerdotes dorados acusaban al culto de Lyra de esconder secretos oscuros, sobre todo el arte de forjar armas que devoraran la luz sagrada del sol. Kaelen no creía en la propaganda del clero. Creía en el peso de la espada que tenía entre las manos, forjada, según decían, por Vorn, el Herrero Ciego y Dios Olvidado, y custodiada por los Herreros del Silencio, una secta perseguida que veneraba el hierro puro por encima de la farsa del bronce.

El carromato dio una sacudida al pasar sobre una raíz y lo arrancó de sus pensamientos. Las llanuras del valle habían quedado atrás. Entraban en el Desfiladero del Cuervo, la grieta que cruzaba la frontera montañosa antes de bajar al árido Khemet, un purgatorio de desiertos y mesetas que era el único puente entre occidente y oriente.

Paredes de roca gris se alzaban a ambos lados como los muros de una prisión de gigantes. El aire se volvió denso y estancado, y la luz del Padre Solar se filtraba hasta convertirse en un crepúsculo perpetuo. Los cascos de los bueyes y las ruedas de madera rebotaban contra la piedra en un eco discordante que ponía los nervios de punta.

Kaelen sintió un pinchazo en la nuca, un instinto casi animal. Recorrió con la mirada las cornisas.

No hubo grito de aviso.

La primera flecha atravesó el cuello de uno de los bueyes de cabeza. La bestia bramó con un gorgoteo espantoso y se desplomó, arrastrando el yugo y volcando el primer carromato de la fila. El desfiladero estalló en caos.

—¡Emboscada! —rugió el capitán de los mercenarios, desenvainando una espada de hierro tosco.

Kaelen tiró de Toris por el cuello de las pieles justo cuando una saeta se clavaba en la tabla donde el mercader estaba sentado un instante antes. El monje se acurrucó entre los sacos, rezando en un susurro febril a la Madre Lunar.

Una docena de hombres descendió desde las sombras. No vestían harapos de bandido, sino cuero hervido bien ajustado, y empuñaban hierro de calidad. Llevaban el rostro cubierto con pañuelos embarrados. Los mercenarios, desorientados, empezaron a caer uno tras otro bajo estocadas precisas y brutales. El olor metálico de la sangre se mezcló con el polvo.

—¡No toquen a las bestias, solo a los guardias! —gritó uno de los asaltantes—. ¡Y registren los carros! ¡Buscamos el paquete de la Orden!

A Kaelen se le encogió el estómago. Llevaba dos cosas de la Orden: el mensaje sellado que guardaba en el zurrón y la espada bajo el paño. Esos hombres no habían venido por cobre. Y no sabía cuál de las dos buscaban, ni cuál sería peor que encontraran.

Toris lo miró aterrorizado.

—Van tras de ti, maldito erudito.

—Quédate abajo si valoras tus dedos —siseó Kaelen.

No podía desenvainar a Silencio. Si mostraba el Acero Umbrío ante testigos, el clero de Orion lo cazaría hasta el último rincón de Khemet, y los asesinos del desfiladero serían el menor de sus problemas. Tendría que sobrevivir con la cabeza.

Dos asaltantes llegaron al carromato. Cuando el primero trepó por la parte trasera, Kaelen no blandió el fardo como una espada: lo clavó hacia adelante como un ariete, directo a la tráquea. El hombre cayó del carro ahogándose.

El segundo lanzó una estocada con una espada corta. Kaelen pivotó sobre el talón y dejó que la hoja atravesara los sacos de grano a su lado, pero no del todo: el filo le rasgó el antebrazo izquierdo y sintió el ardor tibio de la sangre bajo la manga. Apretó los dientes, agarró la muñeca del hombre y la torció con un movimiento seco que rompió el hueso con un chasquido. Después usó el peso del bandido para estrellarlo contra la rueda. Quedó inconsciente.

Kaelen no buscaba gloria, solo salir vivo.

El líder, un hombre alto con cota de escamas de hierro, remató al último mercenario y avanzó hacia el carro rugiendo. No llegó a alcanzarlo. Un cuerno de guerra, profundo y gutural, resonó en el desfiladero. Una patrulla de caballería pesada de Valdris, alertada por el estruendo, entraba por el extremo del paso. Sus armaduras de bronce pulido lanzaban destellos de espejo y los estandartes dorados de Orion ondeaban con ferocidad.

—¡Antes de tiempo! —maldijo el líder—. ¡Retirada! ¡Al bosque, ya!

Sus hombres abandonaron el botín y a los caídos, y treparon por las escarpaduras con una agilidad entrenada.

El silencio cayó sobre el desfiladero, roto por los gemidos de los moribundos y el crepitar de un fuego que prendía en un carro volcado. La caravana estaba destrozada. La sangre empapaba la tierra rica en cobre, un tributo macabro para dioses indiferentes. Toris sollozaba abrazado a sus cofres. El monje salió de su escondite murmurando plegarias para guiar a los muertos en la oscuridad.

Kaelen respiró hondo y esperó a que el pulso se le calmara. Bajó del carro; el barro volvió a tirar de sus botas. Se acercó al hombre de la muñeca rota. Había recobrado el sentido lo justo para arrastrarse hacia las rocas, y un virote de la caballería lo había alcanzado a mitad de camino.

Kaelen se arrodilló. Ignoró las monedas de cobre de la bolsa y abrió la chaqueta de cuero manchada de sangre. En la placa de hierro oxidado que protegía el pecho, oculto a simple vista, había un emblema grabado: un lobo coronado por un sol invertido.

La heráldica del Ducado de Valesia. Un señor feudal rival, devoto de las facciones más extremistas del Padre Solar.

Era la primera pieza del rompecabezas. Alguien en las altas esferas políticas y teológicas de Valdris sabía de Silencio, o al menos del vínculo herético entre la Orden de los Registros y los proscritos de Aelthar. Y sabía también por dónde pasaría la patrulla: el líder solo se había equivocado por minutos.

Kaelen cubrió el emblema antes de que la caballería dorada se acercara. Se puso en pie, apretando el fardo, y sintió el frío del Acero Umbrío vibrar contra su palma. El viaje de Valdris a Khemet ya no era cuestión de sobrevivir al clima; era una carrera contra las sombras de un mundo a punto de arder por el dogma, la codicia y el misterio.

El mensajero se ajustó la capa para ocultar la sangre de la manga y se preparó para enfrentarse a las preguntas de los guardias del sol. A partir de ahora, cada palabra suya tendría que ser una mentira perfectamente afilada.

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