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No Olvidaré Amarte

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Summary

En las frías tierras del condado de Umbría del Norte, dos corazones se cruzan inevitablemente. Stella Stapleton, la hija adoptiva con espíritu indómito y Yue Erckhart, un misterioso joven extranjero marcado por secretos, descubrirán que el amor es capaz de desafiar las normas y las intrigas. Pero en Bretannia, donde el respeto filial y el poder se entrelazan, ¿El amor será suficiente para resistirlo todo?

Status
3h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1 "Un Extraño Inesperado"

Stella observaba el paisaje del amanecer frente a la ventana, siempre había pensado que el invierno en Umbría del Norte se parecía a ella: frío, inclemente, implacable, tanto que nadie se atrevía a quedarse.

Miraba fijamente las colinas que rodeaban el condado que se alzaban como murallas, manteniéndolo apartado del bullicioso Vindelshire. La nieve lo cubría todo con un manto blanco que parecía eterno.

Stella llevaba diez años viviendo en la mansión Stapleton, y aún así, cada invierno se despertaba sintiéndose como la primera noche que llegó: una extraña en una mansión que no le pertenecía, con una familia que la miraba como si no supiera bien qué hacer con ella.

Pero esa mañana, mientras el humo de las chimeneas ascendía, Stella sintió algo diferente. Algo que no supo nombrar.

Quizás el cielo, teñido de rosa y naranja del amanecer. O quizá solo la certeza de que aquel día no sería como los demás.

Se mordió el labio —como siempre que algo la inquietaba— y apretó los dedos contra el marco helado de la ventana. Un escalofrío le recorrió la espalda, pero no era a causa del frío: la infancia en las calles de Umbría del Norte la habían vuelto inmune a las inclemencias del invierno. Dejó escapar un suspiro y decidió reunirse con el resto de la familia.

Mansión Stapleton. Villa de Alwick.


Stella bajó las escaleras con decisión. Sus vestidos azules se deslizaban suaves con cada paso, pero ella no se sentía elegante. Se sentía como siempre: la tercera hija adoptada de los Stapleton, la desadaptada.

“Hoy los sirvientes descansan”, recordó. Su padre había decretado el último día de cada mes para aprender a valerse por sí mismos—una de sus ideas para "formar carácter", según decía. Stella no se quejaba. Estaba acostumbrada a valerse por ella misma.

Su madrastra la esperaba abajo, sobre los azulejos ornamentados del vestíbulo, una peculiar elección del anterior patriarca, cuya influencia aún se percibía en cada rincón de la mansión. Lady Lily Stapleton sostenía el sombrero con la mirada celeste fija en Stella. Sin decir palabra, se lo ató bajo el mentón con una sonrisa que no llegaba a los ojos.

—Querida, siempre pierdes tus sombreros. Deberías ser más cuidadosa y comportarte como una lady.

Stella giró sus ojos azules tan profundos como el cielo nocturno. “Lady.” Siempre esa palabra.

—Gracias —dijo, y se apartó antes de que Lily añadiera algo más.

—Stella, ¿no habías dicho que traerías la leña?

La voz de Amber, la segunda hija adoptiva, llegó desde el salón con su tono práctico y organizado. La joven mestiza de rizos negros abrazaba a Elijah, el menor de los hijos adoptivos de la familia, que tiritaba junto a la chimenea de hierro apagada.

—Ya voy —respondió Stella, y salió al exterior.

Afuera, el amanecer pintaba el cielo de rosa y naranja.

—¡Los colores son tan lindos! —se maravilló estremeciéndose frente al paisaje blanquecino. Stella alzó los brazos un momento y giró sobre sí misma danzando por un momento. De pronto reaccionó—. ¡La leña! —y corrió a prisa hacia la leñera.

No perdió más tiempo. Levantó el hacha y la dejó caer con fuerza sobre el tronco. “¡Crac!” La leña se partió en dos astillas con un sonido que resonó a distancia.

Cuando la carretilla estuvo llena, la arrastró de vuelta a la mansión, jadeando bajo el peso.

En el umbral de la puerta de servicio, Rohan, el segundo hijo de los Stapleton, pero biológico, la esperaba con los brazos cruzados.

—Tardaste. ¿En qué te entretuviste?

Stella no respondió. Pasó a su lado con la carretilla para descargar los leños, pero él la detuvo.

—Esa labor te queda perfecta —dijo, con una sonrisa que era puro desprecio—. Deberías quedarte a vivir en la hacienda y trabajar como plebeya para nosotros. Aunque sería mucho pedir para ti.

Stella sintió el calor subirle por el cuello. Apretó los dedos alrededor del mango de la carretilla. Estuvo a punto de reaccionar con violencia.

—Rohan —intervino Alexander, apareciendo por un corredor—, ¿ya estás molestando a Stella otra vez? ¿Acaso no tienes cosas que hacer?

Rohan se giró, pero antes de que pudiera decir algo, la voz de Leonard, el patriarca familiar llegó desde el interior:

—¡Rohan, deja tranquila a tu hermana y ven a ayudar en la cocina, tú también Alexander, los quiero a ambos en la cocina junto a su madre!

Rohan alzó las cejas con sorpresa, obedeció enseguida. Stella lo vio alejarse y antes de que Alexander también se marchara lo detuvo.

—Gracias.

—Siempre hermana, Rohan se excede contigo —respondió Alexander, el primogénito y primer hijo adoptado.

—¿Estás bien? —preguntó sonriendo con calidez. Su expresión serena y su piel morena y perfecta le daban un aire de superioridad, casi como una escultura de caoba.

Stella sonrió, la primera del día.

—Si, no te preocupes por mí.

Ambos mantenían una estrecha relación fraternal.

Las siguientes horas transcurrieron en una coreografía de tareas domésticas, todas marcadas por la prisa de la familia: debían prepararse para un paseo al centro de comercio del condado. Stella, entre una cosa y otra, se aseguró de que la leña llegara a cada chimenea y las encendió sin problemas. Lady Lily, Alexander y Rohan se ocuparon del desayuno. Amber y Josephine ordenaron las habitaciones, mientras Elijah ayudaba a poner la mesa con cuidado, procurando no romper nada.

Cuando al fin todos se sentaron alrededor de la mesa, el olor a pan recién horneado llenaba el lujoso comedor. Stella se sentó entre Josephine y Alexander, y por un momento, casi sintió que era una más—hasta que Rohan abrió la boca.

—¿Por qué justamente hoy decidiste darles descanso a los sirvientes? El mismo día en que programamos una salida al centro de comercio.

Todos guardaron silencio, Rohan continuó:

—Además, ¿de qué podría servirnos aprender a hacer estas labores? —dijo, dirigiéndose a su padre—. Somos aristócratas. Jamás tendremos que rebajarnos al nivel de los plebeyos.

—Quiero que aprendan a valerse por sí mismos —respondió Leonard, con paciencia—. Cuando estén en la universidad, puede que no los atiendan como de costumbre.

Rohan resopló.

—Es degradante. E inutil… También tendremos servidumbre…

Josephine, la quinta hija adoptada, que había estado callada, alzó la cabeza.

—Padre, yo creo que ya aprendimos suficiente. Todos sabemos encender una chimenea, asear habitaciones y cocinar lo básico. ¿No podríamos dejar de hacer esto? Quiero disfrutar los meses antes de que mis hermanos se muden a estudiar. ¡Te lo suplico!

Leonard la miró con sus perspicaces ojos celestes. Luego recorrió la mesa con la vista: Su esposa Lady Lily, Amber, Alexander, Elijah, incluso Rohan—todos asintieron, excepto Stella, que solo se encogió de hombros.

Después de un momento, Leonard sonrió.

—Tienes razón. Ya han aprendido a trabajar en equipo. —Guardó silencio un instante—. Está bien. Este será el último día.

Un coro de vítores llenó el comedor. Josephine y Elijah lanzaron los brazos al aire. Amber aplaudió. Hasta Rohan esbozó una sonrisa triunfal.

Stella, en cambio, no celebró. Sabía que aquellos días de trabajo la hacían sentir útil, parte de algo. Cuando todo volviera a la normalidad, ella seguiría siendo la extraña.

Pero no dijo nada. Siguió desayunando con desinterés.

—Es la mejor decisión que pudiste tomar, querido. Muy acertada —dijo Lady Lily con su elegancia habitual, dejando escapar un suspiro que relajó sus finos hombros.

Luego Leonard tomó el periódico. Cambió el tono.

—Escuchen esto —todos le vieron atentos—. Hubo otro asesinato de un honorable aristócrata en Lindelof, perteneciente a la familia Cavanaugh.

El horror se instaló en el comedor.

—¡Esto es inconcebible, debe tratarse de un asesino serial de aristócratas, no puede ser nadie más que un sucio plebeyo!

—¡sí, un sucio plebeyo! —repetía Elijah imitando a Rohan.

—Ya es el tercero —intervino Leonard con seriedad y sin levantar la vista—. El periódico dice que la policía investigará en el callejón Pink Daisy.

—Gracias a nuestra Dama Fundadora —dijo Lily, llevándose la mano al pecho.

—¿Y si no fue un plebeyo? —intervino Stella, atrayendo de golpe todas las miradas.

—Defendiendo a tu clase —replicó Rohan con ironía—. Qué encantador.

—¿Quieres que te meta un pan en la boca? Así te callas de una vez —tronó Stella, su voz como un relámpago. Lady Lily se tensó en su asiento, la mano crispada sobre el corsé.

—¡Stella Stapleton! —exclamó, con un hilo de voz.

—Es suficiente. Rohan, Stella… basta —sentenció Leonard, con la mirada fija en ambos. Stella apretó los dedos bajo la mesa, pero al final solo le lanzó a Rohan una mirada que lo atravesó como un filo

El ambiente cambió en la mesa. Leonard prosiguió:

—Hablando de la Corona.. —pasó la página—. La familia Erckhart ha caído, la Corona incautó mercancía de contrabando.

—¿Será por eso que los Darlington nos trajeron su nueva cepa de té de obsequio? —respondió Lady Lily con curiosidad.

El matrimonio compartió una mirada que expresaba más que simple curiosidad

Rohan intervino con el rostro iluminado.

—¿Subimos en la pirámide social? —preguntó, con los ojos brillantes—. Si los Erckhart cayeron, entonces nosotros pasamos al tercer lugar.

—¡Grandioso! —exclamaron Amber y Josephine. Alexander se sumó junto a Lady Lily y el pequeño Elijah a la celebración.

Stella los miró en silencio. No compartía aquel aprecio por la estructura aristócrata. Le parecía absurdo celebrar la caída de otros como si fuera una victoria.

—Hay otra noticia —dijo Leonard, con el periódico en alto—. La orden de la Dama Fundadora anunció que en tres o cuatro años, un cometa cruzará los cielos de Bretannia. Lo llaman "El Mensajero de la Dama". Curiosamente, es el mismo Cometa que pasó anunciando la llegada de la Dama Fundadora hace mil años, ahora nuevamente volverá a cruzar nuestros cielos. Podría coincidir con grandes cambios o augurios, según indica una secreta profecía.

—¿Qué profecía? —preguntó Stella levantando la cabeza.

—Existe una antigua profecía que dejó la Dama Fundadora antes de fallecer. Lo único que se sabe de ella es que la llaman “La Estrella Dual” —respondió Leonard—. Solamente los sacerdotes de más alto nivel del santuario y la familia real tienen acceso a ella.

—Ciertamente, todo lo que concierne a la familia real de Albarahan es tan misterioso —musitó Alexander pensativo.

Stella sintió un escalofrío. No sabía por qué, pero aquella noticia le removió algo en el pecho.

El ambiente se volvió pesado. Todos guardaron silencio.

De pronto, el mayordomo Harrison ingresó al salón para anunciar:

—Milord, dos choferes insisten en verlo.

—Permíteles la entrada, señor Harrison. Debe ser importante.

—¡Pero Leonard, estamos desayunando! ¡Es impropio y fuera de lugar! —intervino Lily frunciendo el ceño.

—Vamos, cariño, no exageres, solo estamos nosotros —respondió sonriendo liviano.

Luego del breve desacuerdo, el patriarca permitió el ingreso de los sirvientes.

—Milord, lamentamos mucho molestarlos —dijeron inclinándose frente a la familia. Stella les prestó atención dejando su taza de porcelana pintada por Hazel—la otra hija biológica y melliza de Rohan, que se encontraba de viaje.

Leonard les sonrió amablemente.

—¿Qué desean?

—Verá, Milord, a pesar de que ha dejado de nevar, hay una peligrosa escarcha en el camino. Nos preocupa. Si lo permite, nos gustaría conducir para ustedes el día de hoy —dijo uno de los choferes.

—Agradezco su preocupación. Si ya lo han decidido por supuesto que lo permitiré.

Pasado el mediodía, la familia se puso en marcha, siguiendo el plan que Amber había hecho la noche anterior. Amber era muy organizada y tenía una lista de todos los lugares a visitar. Mientras repartía a sus hermanos en los carros, se enfadó al ver que Josephine no estaba con ellos.

Josephine salió disparada de la mansión, arrastrando un bolso de tela tan pesado que casi la hacía tropezar.

—¡Espérenme por favor! —suplico Josephine, con la voz entrecortada.

Stella, que aún no subía al carro, se volvió y la vio forcejeando. Sin preguntar, corrió hasta ella, alzó el bolso estampado con una facilidad que Josephine no pudo evitar apreciar.

—¿Qué llevas aquí, piedras? —bromeó Stella.

Josephine sonrió con misterio.

—Es una sorpresa.

Stella alzó una ceja, pero no insistió.

—Bueno, sorpresa o no —dijo Stella, cargando el bolso hacia el carro—, la próxima vez piensa en no romperte la espalda.

—¿Y perderme el espectáculo de verte cargar esto como si nada? —Josephine rió—. ¡Jamás!

Stella negó con la cabeza, pero una sonrisa se asomó a sus labios.

—Sube —dijo a secas, una vez que llegaron hasta el carro. Empujó el bolso al interior sin esfuerzo.

Josephine trepó tras ella.

—Amber, ¿puedes sujetar esto? —pidió Stella, y su hermana de rizos negros asintió, acomodando el bolso entre los asientos.

—¿Qué es esto hermana? Es tan pesado, si se te ha ocurrido traer un saco de patatas para imitar a Stella en sus obras beneficas, te juro que te dejo en el camino —dijo Amber en un tono severo como el de su madre.

—¡No te preocupes! —respondió Josephine—. Estoy segura de que te va a encantar.

—No es mala idea aprovechar el viaje para ayudar a los que no tienen.. A nosotros nos sobra comida ¿no?

Dijo Stella levantando los hombros, pero ninguna de sus hermanas respondió.

Elijah, el pequeño, se asomó con curiosidad.

—Si no hay patatas ¿Qué hay ahí? —preguntó, intentando abrirlo.

Josephine le apartó la pequeña mano con suavidad.

—Luego lo verás, hermanito.

—No seas cruel, Jo —dijo Amber, acomodándose junto a la ventanilla—. Si es tan pesado, al menos dinos si es para todos.

—Para todos —respondió la joven de quince años, con una sonrisa que prometía más de lo que decía.

Stella se instaló junto a la ventanilla frente a Amber y observó el paisaje nevado sumida en sus pensamientos secretos. No preguntó más. Pero mientras el carro se ponía en marcha, no pudo evitar mirar el bolso de reojo.

❀

Estación de trenes de Harroland, en el distrito Sur de Vindelshire.

❀

Ocho horas antes de la partida de los Stapleton al área comercial, la estación de trenes de Harroland bullía como un hervidero en pleno invierno. El humo del carbón se enredaba con los copos de nieve que caían sin prisa, y el frío mordía las manos de los viajeros que se apresuraban a subir a sus vagones.

Entre la marea de gorros de copa y vestidos pomposos, dos hombres—un adulto y un joven—descendieron de un tren procedente de Springshire. El adulto, Thomas, llevaba un traje gris y un abrigo negro que, a pesar del frío, se quitó rápidamente.

El hombre mayor compro dos boletos. El vapor salia de sus labios cuando dijo:

—Sin retorno, solo ida.

Retomaron su apresurado andar para buscar el próximo tren. Su mano derecha aferraba un bolso de mano con tanta fuerza que los nudillos se le blanqueaban.

—Vamos —dijo sin mirar atrás—. El próximo tren sale en diez minutos.

—¿A dónde iremos ahora? —preguntó Yue, siguiéndole a duras penas entre la multitud.

—Hay que llegar a Scochialand, por supuesto.

El joven —que resaltaba de entre la multitud por su belleza sin igual— no preguntó más. Se limitó a seguir a su padre, esquivando cuerpos, esquivando miradas que al pasar frente a él se detenían y volteaban para ver. La estación era un caos de maletas, niños que tiraban de las faldas de sus madres, y vendedores ambulantes que voceaban sus mercancías con una voz tan cansada como el humo que los rodeaba. El joven tropezó con una maleta.

—¡Tenga cuidado! jovencito… —gruño el hombre, pero la furia de sus palabras se diluyó por completo cuando cruzó miradas con aquellos ojos rasgados tan claros como las aguas.

—Disculpe…

Yue dijo apenas y siguió tras su padre que se abría paso entre la gente como un cuchillo entre la niebla.

—¡Eh, mi gorra! ¿Quién me la ha quitado? —gritó alguien a su izquierda.

Yue giró la cabeza, pero Thomas lo agarró del brazo con una fuerza que dolía.

—No mires —susurró—. Sigue caminando.

Yue obedeció, aunque sintió un nudo en el estómago. Su padre llevaba ahora un gorro que no era el suyo.

Thomas lo arrastró hacia un tren de hierro oscuro que silbaba en el andén contiguo. Un empleado de bigote poblado anunciaba a todo pulmón:

—¡Viajeros al tren!

Subieron al vagón. Era pequeño, con un corredor angosto y alfombrado de un marrón desgastado por el tiempo. La luz de las lámparas de aceite comenzaba a temblar al ritmo del suave traqueteo, proyectando sombras danzantes sobre los asientos de cuero oscuro. Los ventanales estaban empañados, y Yue se sintió, por un momento, encerrado en un mundo de vapor y penumbra.

Thomas no perdió tiempo. Se movió con rapidez. Dejó su elegante abrigo negro sobre un asiento vacío y, sin que nadie lo viera, tomó el abrigo de un modesto hombre distraído que disciplinaba a sus hijos. Yue, sin dudar, metió la mano en su bolsillo y dejó un puñado de monedas valiosas donde había estado el abrigo del hombre. Luego, Thomas cambió su gorro de copa por otro abrigo menos valioso y otro gorro modesto. Yue repitió la operación pagando las pertenencias robadas en silencio, todo en menos de un minuto.

—Padre, ¿cómo puedes hacerlo sin remordimiento? —musitó Yue, mientras seguía avanzando tras su padre.

Thomas no respondió, solo siguió avanzando. Cuando se sentó en sus asientos en el décimo vagón, parecía un plebeyo más.

—Padre, pagué por lo que tomaste sin permiso —musitó el joven de rasgos orientales, mientras se sentaba a su lado.

—No vuelvas a malgastar el dinero, aún nos queda mucho por recorrer —sentenció su padre y con un movimiento abrupto desplegó un periódico arrugado que llevaba en el bolso y fingió leer.

Yue miró por la ventana el paisaje blanco que se deslizaba, pero no lo veía. La veía a ella en sus recuerdos. Una dulce melodía de piano que traía a su mente a una figura femenina de interminables cabellos negros que hacía ondear con elegancia su vestido blanco. Ella danzaba al ritmo de la música, moviéndose con una gracia que lo hipnotizaba y hechizaba como ninguna. Su corazón latió con fuerza al recordarla.

Apretó los dedos dentro del bolsillo, rozando el pañuelo bordado que llevaba siempre consigo. Lo llevó hasta su rostro, aún olía a ella.

—Sus boletos, por favor.

La voz del jefe del tren lo sacó de su ensimismamiento, escondió el pañuelo y observó con la respiración agitada mientras Thomas, dejó el periódico a un lado y buscó en su bolso con calma fingida. Al encontrarlos los entregó con una sonrisa que ensayaba desde hacía años. El jefe del tren—un hombre de bigote poblado y mirada inquisitiva—los examinó con calma, los perforó, y guardó la herramienta en el bolsillo de su chaqueta.

—Necesito sus nombres y destino —dijo, sacando una pluma y un cuadernillo.

Thomas se aclaró la garganta. Su voz salió firme, segura, como si hubiera repetido aquellas palabras hasta memorizarlas en sueños:

—Él es mi sobrino, el joven Peter Franz. Yo soy Lord Robert Wellington, dueño de una imprenta en Vindelshire. Ya sabe cómo es el negocio de las imprentas: requiere mucha mano de obra, y he estado enseñando el oficio a mi sobrino. Ha aprendido mucho en estos meses —Thomas sonrió con familiaridad, como si estuviera compartiendo un orgullo genuino—. Ahora regresamos a la casa de su madre en Hamblen. Nos bajaremos en la próxima estación.

El jefe del tren escribía sin levantar la vista. Pero cuando terminó, no devolvió los boletos. Los sostuvo entre sus dedos, y sus ojos se fijaron en Thomas con una intensidad que helaba el aire.

—Sus identificaciones, por favor.

La mano de Thomas, alargada para recibir los boletos, se detuvo a medio camino. Parpadeó. Luego sonrió, aunque sus ojos no acompañaban el gesto.

—Qué rigurosidad, señor...

—Lamento los inconvenientes —dijo el jefe, con una voz que no tenía nada de disculpa—. Pero hemos recibido un aviso de la policía metropolitana. Por orden real, están apresando a los miembros de la familia Erckhart. Ya han atrapado a algunos, pero aún quedan prófugos.

Thomas sintió un escalofrío recorrerle la nuca. Bajo la mesa, sus dedos temblaban mientras buscaba en el bolso con una calma fingida que le costaba mantener. Los segundos se estiraban como si fueran eternos. Yue, a su lado, apretaba el pañuelo bajo el asiento, los nudillos blancos, los labios sellados.

—¿Es que acaso no las tiene? —preguntó el jefe, inclinándose apenas.

Thomas iba a responder cuando, desde el otro extremo del vagón, estalló un grito:

—¡Dejen de pelear, les he dicho!

Dos niños se tiraban del pelo. La madre gritaba, los pasajeros se quejaban, y el jefe del tren frunció el ceño con exasperación. Guardó el cuadernillo sin apartar la mirada de Thomas un segundo más.

—Un momento —dijo, y se giró hacia el alboroto, tardo tanto que no regresó hasta Thomas.

El hombre exhaló. Tenía el corazón tan alto que podía saborearlo en la garganta. Yue, tembloroso, llevó el pañuelo a su nariz y respiró hondo.

—Casi —susurró, sin mirarlo—. Casi nos atrapan.

—Pero no nos atraparon —respondió Thomas Erckhart con convicción.

Luego de algunas horas de viaje, el tren llegó a la estación. El silbato resonó en el andén mientras el vapor se disipaba entre la multitud que se agolpaba para recibir o despedir a sus seres queridos.

Yue y Thomas bajaron del tren rápidamente, mezclándose entre los pasajeros. Detrás de ellos, algunas quejas se alzaron entre la multitud:

—¡Mi abrigo! ¡Alguien tomó mi abrigo!

—¿Monedas de oro? ¡¿Esto es real?!

Thomas no miró atrás. Apretó el brazo de Yue y lo guió entre la gente.

—Vamos, debemos reunirnos con alguien —dijo, sin volverse—. No mires directamente a las personas.

Yue asintió y bajó la vista mientras su padre lo conducía hacia la boletería. Allí los esperaban un adulto y un joven de edades similares a las suyas. Sin mediar saludo, intercambiaron bolsos, documentos y boletos.

—Recuerden —dijo Thomas en voz baja—. Sus nombres serán Peter Franz, el menor, y Robert Wellington.

—Descuide, Milord —respondió el hombre de traje oscuro—. Seguiremos sus instrucciones.

El hombre y su joven acompañante se detuvieron al ver a Yue, sus miradas fijas en su rostro con evidente admiración. El muchacho, sintiendo el peso de aquellos ojos, bajó los suyos tal como su padre le había ordenado. Thomas, al notarlo, apretó el brazo de su hijo con firmeza.

—Vamos —susurró, y lo guió hacia la salida sin mirar atrás.

—Hay que continuar —dijo Thomas una vez lejos—. Tenemos que ir al condado de Selfield. Tendremos que devolvernos un poco para despistarlos

—Vamos, hijo —dijo Thomas, mientras le ajustaba una gorra de visera corta que había tomado de algún pasajero en el tren—. Ahora iremos al otro lado de la estación, donde pasan los trenes de carga. Si logramos subir a uno, llegaremos hasta Selfield. Desde allí, podremos salir del país en otro tren directo a Scochialand.

Yue asintió, frotándose las manos heladas.

—Está bien, padre. Confío en ti.

Thomas lo abrazó con fuerza, un instante fugaz pero sincero, y luego se separaron. No había tiempo para más. Cruzaron la estación helada a paso rápido. El viento cortaba sus rostros y la nieve crujía bajo sus botas.

Cuando llegaron al otro extremo, sus corazones se hundieron. El tren de carga ya estaba en movimiento.

—¡Corre! —gritó Thomas, y echaron a correr.

La nieve entorpecía sus pasos. Cada pisada se hundía en el blanco manto, robándoles velocidad. El tren avanzaba, lento al principio, pero ganando ritmo. Yue era más rápido y ágil; se adelantó a su padre, alcanzó la manilla de un vagón semiabierto y saltó hacia el interior. El impacto le sacudió los brazos, pero se aferró y logró ponerse en pie.

—¡Papá, vamos! —gritó, tendiendo el brazo hacia su padre.

Thomas corría con dificultad, las piernas hundiéndose en la nieve, el rostro enrojecido por el frío y el esfuerzo. Estaba a punto de caer cuando, con sus últimas fuerzas, arrojó su bolso y el abrigo dentro del vagón y estiró el brazo hacia su hijo.

Yue lo sujetó con fuerza, sintiendo el peso de su padre tirando de él, y con un impulso desesperado lo subió al vagón. Thomas cayó sobre unos sacos de carga, jadeando.

—¡Uf... lo logramos! —exclamó Thomas, con la voz entrecortada.

Yue, aún con el corazón latiéndole con fuerza, sonrió aliviado.

Durante un momento, solo se escuchó el traqueteo del tren y su respiración agitada. Yue fue el primero en moverse. Se acercó a su padre y lo examinó con preocupación.

—¿Estás bien?

Thomas sonrió, aunque el cansancio le pesaba en los ojos.

—Estoy bien, hijo. Cansado, pero bien.

Yue se acomodó a su lado, su padre se giró lo suficiente para mirarlo a los ojos.

—Perdona a este viejo inservible. Casi arruino todo.

—No eres tan viejo —respondió Yue con una sonrisa suave que dejaba ver un suave par de adorables hoyuelos—. Además, no tengo nada que perdonar. Esta vez tampoco me olvidaste y traerme contigo.

Thomas no pudo contenerlo.

«Es tan noble»

, pensó, y sus ojos se inundaron. Yue enseguida lo abrazó.

Luego de un momento, respiró hondo y recuperó el tono práctico.

—Bien. Hay que quitarnos el resto del lujo.

Sacó los atuendos modestos que habían intercambiado con los suplantadores, y ambos se cambiaron con rapidez. Thomas se deshizo de su traje gris y su camisa fina. Yue sintió la textura áspera de la ropa plebeya contra su piel y se miró con curiosidad.

—Me siento muy distinto.

—Esa es la idea —respondió Thomas.

Mientras se quitaban las últimas prendas que los delataban, Thomas roció sus ropas viejas con el licor que habia en el bolso y les prendió fuego. Las llamas crepitaron y desprendieron un calor efímero. Yue se acurrucó junto a su padre.

—Estamos casi a salvo, hijo. Solo resiste un poco más —Thomas le pasó un brazo por los hombros.

—¿Y qué haremos cuando lleguemos a Scochialand? —preguntó Yue.

—Tu abuelo tenía un buen amigo allí —dijo Thomas, con un tono que no ocultaba su incertidumbre—. Espero que nos reciba. Pero no sé si confiará en nosotros, en nuestra historia. A tu abuelo le gustaba mantenerme en el anonimato.

—¿Crees que no nos aceptarán?

—No lo sé —admitió Thomas—. También espero encontrar a alguno de mis hermanos en esas tierras o a tu abuelo. Alguna vez lo hablamos, fue idea de Dorian. Pero no sé si ellos lograron huir.

Yue no respondió. Solo se apretó un poco más contra él.

De repente, recordó el pañuelo. Sin pensarlo se abalanzó sobre el fuego, metió la mano en el bolsillo de su antiguo abrigo, que aún no se consumía del todo, y lo rescató entre las llamas. Lo apretó contra su pecho, sintiendo el aroma a jazmines. Sonrió con alivio, y Thomas soltó una risa.

—¿Qué?

—Nada, hijo. Solo me alegra que tengas algo que te haga sonreír en medio de todo esto.

Yue escondió el pañuelo sobre su corazón. Pero su sonrisa se desvaneció, y una sombra de tristeza cruzó sus ojos.

Thomas lo notó. Guardó silencio un momento, y luego habló con voz baja:

—Hijo... lamento mucho que hayamos tenido que huir así. Que hayas tenido que dejarlo todo atrás... y dejarla a ella. No era mi intención que pagaras por mis errores.

Yue no respondió, solo desvió su cristalina mirada rasgada.

—Podrás volver a buscarla —continuó Thomas—. Te lo prometo. Solo danos tiempo. Deja que todo se calme, y luego podrás regresar a Lindelof. Estoy seguro de que se encontrarán nuevamente. Prometí ayudarte y lo haré.

Yue levantó la vista. Sus ojos brillaban con una humedad que no se atrevía a derramar.

—Te lo agradezco, padre —susurró apenas mientras una lágrima escapó de sus bellos ojos.

Thomas lo abrazó con fuerza, y durante un largo momento, el único sonido fue el traqueteo del tren sobre las vías.

Pronto, las llamas se extinguieron. Thomas recogió los restos y los arrojó por la abertura del vagón, junto con la maleta de mano.

Volvió con Yue y se acomodó junto a él, buscando el calor que el fuego ya no podía darles.

—Solo resiste un poco más, hijo —susurró—. Todo se resolverá.

Yue cerró los ojos y asintió. El frío seguía mordiendo, pero el silencio entre ellos no era vacío. Era una promesa.

Centro de Comercio, distrito de Wilshire - Umbría del Norte.

Una vez terminado todos los asuntos en el distrito, la familia llegó al Parque Blanco al caer la tarde. El sol se escondía tras las colinas nevadas, y el lago congelado brillaba como un espejo de plata bajo los primeros faroles encendidos. Decenas de jóvenes patinaban sobre el hielo, sus risas y voces se mezclaban con la música de la orquesta que tocaba en el templete.

Stella se quedó quieta al borde del lago, los dedos apretados contra la barandilla de madera. Observaba a los patinadores deslizarse con gracia, girar, reír. Sintió un nudo en el pecho, ese anhelo que conocía demasiado bien.

«Quiero estar ahí»

, pensó.”

—¿Te gusta patinar verdad, Stella? —dijo Amber llegando a su lado, con un suspiro—. Tambien me gustaría.

—¿Y quién dice que no podemos? —intervino Josephine, con una sonrisa pícara.

Stella se giró, pero Josephine ya había desaparecido hasta los carros a unos cuantos metros de distancia, se cruzó en el camino con sus padres que la miraban curiosos. Luego de un momento regresó arrastrando el bolso bordado, tan pesado que casi la hacía tropezar. Lo dejó caer sobre la nieve, en medio de sus hermanos y lo abrió con orgullo.

—¡Traje los patines de todos!

Los hermanos la rodearon, exclamando de alegría. Stella sintió que el corazón le daba un vuelco. Patines. Iba a patinar.

—¡Si, patines! —gritó Elijah, abrazándola.

En pocos minutos, los jóvenes Stapleton ya se habían calzado los patines, mientras sus padres se acomodaban en unos bancos junto a la orilla.

Apenas el hielo los recibió, la energía juvenil se desató. Stella fue de las primeras en lanzarse: se deslizó con una gracia que parecía nacida del viento, giró, saltó y rió sintiéndose completamente libre.

Rohan la observó con desaprobación, se deslizó suave hasta Alexander que cuidaba de sus hermanos. No tardó en lanzar su veneno como de costumbre.

—Mira a Stella, qué poca vergüenza… ¿No crees que ya debería comportarse como una lady? —dijo con un tono que fingía inocencia—. Ya está en edad de comprometerse. Pero claro, sigue siendo la misma vagabunda marimacho de siempre, sin modales. Jamás será como Hazel —hizo una pausa, y sus ojos se clavaron en Alexander, se inclinó hacia él con voz serpenteante—, jamás pertenecerá del todo. Llevará el apellido Stapleton, sí… pero no la sangre.

Alexander sintió la sangre calentarle el cuello, pero su voz se mantuvo serena.

—Stella es admirable tal como es. No necesita tus juicios. Y si la sangre fuera garantía de superioridad, ¿no deberías aventajarme al menos una vez? Pero parece que ni eso.

Rohan se detuvo en seco.

—¿Ah, sí? ¿Ahora te crees superior, rizos? —se burló, revolviendo con fingida gracia un mechón corto del cabello ondulado de Alexander—. Da gracias de que mi padre te recogió. De no ser así, serías el lacayo de algún noble sin nombre.

—Tal vez —respondió Alexander, sin inmutarse—. Pero aún así, seguiría siendo superior a ti en todo.

La tensión entre ambos se hizo casi palpable. Pero antes de que Rohan pudiera responder, Amber los interrumpió emocionada.

—¡Miren a Stella! ¡Parece una bailarina!

—Claro que sí —respondió Alexander y se deslizó lejos hasta Stella para alejarse de Rohan.

Luego de vencerlo en una carrera, Stella se detuvo a descansar cerca de la orilla, Rohan llego hasta ella con una sonrisa que no era de admiración. Venía de discutir con Alexander, y el veneno aún le hervía en la sangre.

—Qué hazaña has logrado —dijo, con un tono que fingía cortesía—. Has vencido a Alexander, el más diestro de los Stapleton. Debes estar muy orgullosa.

Stella no respondió. Quiso alejarse, pero Rohan la siguió.

—Aunque, claro —añadió, inclinándose apenas—, una habilidad así solo es digna de un hombre. Eres justo como te apodaban en la academia: "la vagabunda marimacho". La que no encaja en ningún lugar.

El comentario fue como un látigo: Stella sintió la rabia punzarle el pecho. Apretó los puños con fuerza, los guantes amortiguando apenas el temblor. Sus ojos azules y desafiantes se cruzaron con los de Rohan, enfrentándolo sin miedo.

—¿No te da vergüenza? —insistió él con una sonrisa cruel, al ver su ira brotarle por los ojos—. ¿Quieres golpearme? Es lo único que sabes hacer. Qué vulgar. Toda tu educación ha sido en vano. Si tan sólo fueras más refinada... menos impulsiva...

Cada palabra caló más hondo que cualquier golpe físico. Rohan siempre se las arreglaba para recordarle que no era una verdadera Stapleton. Para él, seguía siendo una huérfana rescatada de la calle, inferior incluso a un plebeyo.

En lugar de reaccionar, Stella decidió no concederle la satisfacción. Giró sobre los patines con firmeza, patinó con fuerza hasta alcanzar a sus padres en los asientos en la orilla del lago. Sin decir una palabra se quitó los patines y se calzó las botas de cuero con determinación

—Hija, ¿estás bien? ¿Sucedió algo? —preguntó su padre. Stella no contestó, solo echó a correr hacia el bosque.

Alexander, que la vio con Rohan, fue tras ella y mientras salía del lago congelado, empujó a Rohan, causándole una caída.

—¡Déjala tranquila o te las verás conmigo! —gritó mientras Rohan se incorporaba del hielo como un resorte, furibundo y avergonzado, con la cara encendida como una brasa.

—¿Y qué se supone que harás? ¡Qué vas a hacer! —le increpó.

Luego, con la voz rasposa y el veneno destilado de años de arrogancia, escupió entre dientes:

—Esclavo de mierda…me las pagarás.

Enseguida sus hermanastros lo auxiliaron.

Alexander, luego de cambiar de calzado, corrió tras su hermana. Los esposos Stapleton quedaron muy preocupados.

—Iré por ellos querida. Cuida de los niños —dijo Leonard, determinado y fue tras sus dos hijos.

✿

Tren de carga proveniente de Hamblen con destino a Selfield. Atravesando Umbría del Norte.

A unos cuantos kilómetros del bosque nevado, el tren se aproximaba a toda velocidad. El traqueteo de las ruedas sobre los rieles y el silbido del viento habían adormecido a los dos fugitivos. Thomas dormía apoyado contra unos sacos de carga, y Yue, acurrucado a su lado, tenía la cabeza apoyada en el hombro de su padre.

De repente, la puerta del vagón se abrió de golpe.

—¡Polizones, fuera de aquí!

Yue y Thomas despertaron sobresaltados. Un hombre corpulento, el bodeguero, se alzaba frente a ellos con un mazo en la mano y los ojos inyectados de furia.

—¡Les he dicho, fuera de aquí!

Thomas reaccionó primero. Agarró a Yue del brazo y lo puso en pie mientras el bodeguero avanzaba hacia ellos.

—¡Tenemos que saltar! ¡Ahora! —gritó, y sin esperar respuesta, se lanzó hacia la puerta del vagón y la abrió de golpe.

El viento helado les golpeó la cara. El paisaje era una mancha blanca y borrosa que pasaba a toda velocidad. Thomas miró hacia atrás con el corazón acelerado: el bodeguero estaba a unos pasos, blandiendo el mazo.

—¡Ahora! —gritó, y Yue se armó de valor y obedeció.

Abrazó a su padre con fuerza, y saltó al vacío.

El aire frío se clavó en sus cuerpos mientras caían. Yue pensó en que debía proteger a su padre, apenas alcanzó a girar, decidido a recibir él el golpe de la caída.

Sintió el impacto primero en la espalda, luego en la cadera. Su cuerpo rodó, desorientado; pensó que la nieve amortiguaría la caída, pero no previó que bajo ella se ocultaban rocas. Una de ellas —traicionera— le golpeó la nuca. El dolor fue inmediato, cegador, y en ese instante soltó a su padre, que continuó rodando por su cuenta.

En el último instante, antes de que la oscuridad lo atrapara, Yue vio a la mujer que había dejado atrás. Era un adiós. Recordó sus movimientos armoniosos, aquel baile que compartieron y aquella dulce melodía de piano que había compuesto para ella. Todo se fue desvaneciendo, borrándose poco a poco hasta que solo quedó la oscuridad.

Thomas, luego de impactar sobre la nieve, continuó rodando hasta que se estrelló en uno de los muchos árboles que había en aquel bosque blanco. Apenas recobró la conciencia, se incorporó aturdido, pensando en su hijo. Se levantó con gran esfuerzo y bastante herido. La nieve había quemado una de sus mejillas, al igual que sus manos. Mientras se tambaleaba, intentó avanzar, pero sus pies se hundían en la nieve y cayó un par de veces.

—¡Yueliang! —gritó, desorientado, buscando con desesperación a su hijo.

No encontró más que árboles oscuros enterrados en la blanca nieve. Volvió a repasar el lugar, despejándose la cara con las manos nerviosas y quemadas por el hielo. No sentía dolor, solo miedo y agitación. Su jadeante respiración comenzó a desesperarse al no encontrar a su amado hijo.

De pronto, lo vio tendido a unos cuantos metros.

—¡¡Yue!! —gritó desesperado al verlo con rastros de sangre que resaltaban del claro paisaje—. ¡Hijo, no!

Corrió a su auxilio, sintiéndose culpable por todo. Cayó de rodillas a su lado, enterrándose de golpe sobre la nieve, temblando de frío y nervios.

A unos cuantos metros de aquel lugar, Stella se había detenido. Había corrido sin rumbo hasta que el dolor en el pecho y el frío en los pulmones la obligaron a parar. Se apoyó en un árbol, jadeando, y dejó que las lágrimas que había contenido cayeran libres mientras el viento helado le mordía las mejillas.

—¡Stella!

La voz de Alexander llegó desde atrás. Ella no se giró. Solo se secó la cara con brusquedad y esperó a que él la alcanzara.

—¡Por fin te alcanzo! —dijo Alexander, llegando a su lado, jadeando—. ¿Estás bien?

—Estoy bien —respondió ella, sin mirarlo

Alexander no insistió. Se quedó ahí, en silencio, a su lado, apoyado contra el mismo árbol, esperando a que ella estuviera lista para hablar.

Stella miraba al frente, al paisaje blanco y vacío, y poco a poco su respiración se fue calmando.

—El… Siempre encuentra la forma de recordarme que no soy una de los Stapleton —dijo al fin, sin mirarlo.

—Lo sé, es cruel —respondió Alexander, en voz baja.

—Y lo peor de todo es que tiene razón.

Alexander la miró, pero ella seguía sin voltearse.

—Eso no es verdad. Él quiere que te sientas así —dijo Alexander—. No se lo permitas.

Stella se quedó callada. Luego soltó un suspiro largo.

—A veces me pregunto si todo esto —dijo, haciendo un gesto vago con la mano—, si ser una hija adoptada que no aprende nada aunque pasen los años, no es como llevar un vestido prestado que jamás se amolda a mí. Tal vez ya no debería insistir…

Alexander no respondió de inmediato. La miró y luego desvió la vista hacia el horizonte.

—No le hagas caso —dijo con ternura—. Tú eres espléndida, Stella. Y quien te conozca de verdad lo sabrá.

Stella subió los hombros en un ademán despreocupado.

—Qué te parece —dijo Alexander—. Cuando aparezca el cometa, tú y yo deberíamos ir al observatorio del abuelo. Lejos de todo esto.

—¿Y pedir un deseo? —preguntó Stella.

—Claro, el que quieras —asintió él.

—Si es así, entonces—respondió ella—. Pediré que Rohan se vuelva más humano.

Alexander no sonrió. Solo asintió.

—Buena suerte con eso. Esperemos que el cometa sea poderoso.

Stella estuvo a punto de reír, pero en ese momento, desde el interior del bosque, se escuchó un grito desgarrador. Un hombre gritando, llamando a alguien, suplicando entre lágrimas:

—¡No! ¡Hijo, no!

Stella y Alexander se quedaron quietos, escuchando. El grito volvió a oírse y ahora pudieron distinguir la voz de un hombre, rota, desesperada, como si el mundo se le estuviera cayendo encima.

Stella sintió un escalofrío que no era por el frío.

—Vamos —dijo, y echó a correr hacia el sonido sin mirar atrás.

Alexander la siguió sin dudar.

Cuando por fin llegaron, lo vieron: un hombre mayor, arrodillado en la nieve, temblando y gimiendo junto a un cuerpo tendido. La sangre teñía la nieve a su alrededor.

—¡Ayuda! —gritó el hombre al verlos—. ¡Por favor, ayúdenlo!

Stella y Alexander se acercaron corriendo. El hombre tenía las mejillas quemadas por el frío, las manos enrojecidas, y los ojos llenos de lágrimas que se congelaban al caer.

—¿Qué pasó? —preguntó Alexander, arrodillándose junto al joven inconsciente.

—Íbamos en el tren de carga —dijo Thomas, con la voz entrecortada—. Nos descubrieron y nos lanzaron... él me protegió y se golpeó la cabeza…

Stella se arrodilló al otro lado del joven y sintió que el aire se le escapaba. Su rostro era pálido, casi blanco, y la sangre empapaba su cabello oscuro. Sin pensarlo, se quitó la bufanda y se la entregó a Alexander.

—Detén la hemorragia con esto—dijo, y su voz sonó más firme de lo que se sentía.

Alexander presionó la tela contra la herida, y Thomas se inclinó hacia ellos con una mezcla de esperanza y desesperación.

—¿Está vivo? —preguntó—. ¿Mi hijo está vivo?

—Sí —respondió Alexander—. Pero necesita atención médica inmediata.

A lo lejos se oyó la voz de Leonard que buscaba a sus hijos con desesperación:

—¡Stella! ¡Alexander! —Ambos jóvenes se miraron con alivio. Stella se levantó de un salto y fue a buscarlo.

—¡Padre! —llamó, corriendo hacia la dirección de donde habían venido—. ¡Aquí!

Se adentró en el bosque hasta encontrarlo.

—¡Rápido, padre! —insistió, y el crujir de los pasos de Leonard aproximándose resonó entre los árboles. En pocos minutos, regresaron con los demás. Stella ya le había contado lo ocurrido. Leonard tenía el rostro preocupado, pero en sus ojos brillaba la mirada del médico que todo lo escudriña. Se arrodilló junto a Yue y comenzó a evaluar su estado, mientras Alexander le explicaba lo que sabía.

—Disminuyó el sangrado. Pero necesitamos sutura y un lugar adecuado.

Mientras Yue era examinado por Leonard Stapleton, Stella se arrodilló al otro lado del joven y lo observó. A pesar de la sangre y el rostro pálido, no pudo evitar pensar:

«Es hermoso.»

No era un pensamiento poético. Era un hecho, absoluto.

Sin pensarlo, se quitó el abrigo y lo cubrió con él para aliviar en algo su estado.

Thomas, en tanto observaba la situación moviéndose de aquí para allá. Intentó explicar lo ocurrido, procurando focalizar su atención en el alto y distinguido médico.

—Íbamos en el tren de carga, solo queríamos llegar a Scochialand.. Mi hijo Yue... —se sorprendió de haber revelado el nombre real de su hijo—. Eh, mi hijo, ¿estará bien?

Leonard lo observó detenidamente, aquel atuendo de plebeyos, sus lesiones y desesperación. Se apiadó de él.

Sin dudarlo se quitó sus finos guantes de cuero negro y se los dio a Thomas, este los aceptó sin decir nada.

Le dijo mientras daba indicaciones a Alexander:

—Quédese tranquilo, soy médico y mi hijo está estudiando medicina, es muy hábil—luego se dirigió a sus hijos—. Sostén su cabeza sobre tus piernas, querida. Alexander, quita la bufanda, ponle este pañuelo y revisa el cráneo.

Le extendió la mano lánguida a su hijo Alexander, que cumplió perfectamente su solicitud.

—El cráneo está indemne. Solo necesita sutura. Esperemos que no tenga alguna hemorragia interna —dijo Alexander con el ceño fruncido.

—Hay que llevarlo a mi hospital —prosiguió Leonard, y entonces Thomas se impuso, con la voz desgarrada:

—¡No lo lleven al hospital! ¡Por favor! ¡No al hospital! ¡Se lo ruego!

Leonard lo miró detenidamente. Había algo en los ojos de aquel hombre—miedo, desesperación, un secreto que no podía contar—Guardó silencio unos segundos dudando, pero algo en la situación, en ellos tocó su noble corazón. Sin preguntar ni cuestionar, solo asintió.

—Lo llevaremos a la mansión, en la Villa de Alwick—dijo con voz firme—. Tengo lo necesario allí.

Thomas soltó un sollozo de alivio. Intentó reprimirlo, pero para Leonard fue visible.

—Gracias —susurró—. Gracias.

—Antes de moverlo, Veré si recupera la conciencia—dijo Leonard mientras buscaba dentro de su chaqueta una pequeña botella de alcohol fuerte. La destapó con rapidez y acercó el frasco a la nariz de Yue, con la esperanza de que el aroma lo despertara.

El hermoso joven reaccionó lentamente. Sus párpados se abrieron con esfuerzo, y lo primero que vio fue a Stella.

Sus miradas se encontraron. Fue una conexión súbita, inexplicable. El bosque pareció contener el aliento, y durante un segundo, el tiempo se detuvo.

Como si ya se conocieran.

Como si el destino les hubiese jugado esa carta desde antes de existir.

Con esfuerzo, Yue entreabrió los labios, intentando pronunciar algo, pero no tenía fuerzas. Alzó una mano temblorosa, hasta rozar el vestido de Stella a la altura del pecho. La atrajo hacia sí, con un gesto instintivo y con una fuerza que Stella no pudo resistir.

Inclinada frente a él, con los ojos anclados en los suyos, pudo sentir la intensidad con la que la envolvía.

Era imposible apartarse.

Ambos escudriñando sus rostros como si el tiempo no existiera.

Yue movió los labios sin voz. Su energía se extinguía poco a poco. La mano que la había atraído hacía sí cayó pesada, contra la nieve helada.

Stella se quedó ahí, inmóvil. De pronto desvió la mirada alzando los ojos al cielo.

Los primeros copos de nieve comenzaron a caer con una delicadeza que parecía cómplice. Uno de ellos descendió con sigilo hasta posar sobre sus labios.

—Nieva… —susurró, tocándose los labios, como si acabara de recibir un mensaje silencioso, uno que solo ella entendía.

Todos los presentes se giraron al escucharla.

—¡No perdamos más tiempo, debemos llevarlo deprisa al carro! —ordenó Leonard, con voz de quien está acostumbrado a liderar.

Stella ayudó a levantarlo. Con cuidado lo llevaron hasta uno de los carros que los aguardaba a las afueras del bosque junto al resto de la familia y los choferes.

Pronto iniciaron el viaje de retorno a la mansión en la villa de Alwick de Umbría del Norte, una villa pequeña y muy próspera, hogar de la respetada familia Stapleton.

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