PRÓLOGO

PRÓLOGO
Caer desde una altura de varios eones no es tan poético como los poetas humanos suelen describirlo en sus libros. No hay música de arpas, ni llamas trágicas cayendo en cámara lenta.
Solo hay un impacto seco, un dolor punzante en el tobillo y la súbita, desagradable e imperdonable sensación de tener un cuerpo físico expuesto a la gravedad.
Cael abrió los ojos sobre el asfalto mojado de un callejón oscuro. La lluvia de medianoche le empapaba la chaqueta —una prenda que había tenido la previsión de hurtar de un perchero terrenal semanas antes de su juicio celestial—. Se incorporó lentamente, sintiendo dos cicatrices ardientes en la espalda donde hasta hacía unos minutos residían sus alas.
Se sacudió el agua del rostro con fastidio, mirando hacia las nubes cerradas que ocultaban el firmamento.
—Sinceramente, una amonestación por escrito habría bastado —murmuró para nadie en particular, con la voz serena y el rostro completamente serio.
Pasó un año desde aquella noche. Un año adaptándose a la absurda rutina de la humanidad. Aprendió que los mortales pagaban por el agua, que necesitaban dormir ocho horas diarias para no estar de mal humor y que existía una bebida amarga llamada café que casi, casi, compensaba la pérdida del paraíso.
Para la sociedad, él era simplemente Cael: un tipo reservado, de elegancia desgastada y mirada demasiado intensa, que trabajaba arreglando objetos antiguos y que jamás decía una mentira... aunque nadie le creyera la verdad.
Hasta que la Tierra comenzó a fracturarse.
Sucedió un martes cualquiera en el archivo municipal de la ciudad. Cael estaba allí buscando un mapa antiguo cuando sintió el latido: una vibración en el aire, un pliegue invisible en el espacio-tiempo que no debería existir. Una grieta.
Y justo en el centro de esa anomalía, ajena a las sombras celestiales que empezaban a retorcerse a su alrededor, estaba ella.
Ella sostenía una pila de carpetas amarillentas, frunciendo el ceño hacia una estantería como si su mayor problema de la noche fuera un documento traspapelado. No tenía idea de que el tejido de la realidad se estaba rompiendo a dos metros de su escritorio. Tampoco tenía idea de que Cael la observaba desde la penumbra.
Cael suspiró con pesadez, reclinando su hombro contra la pared mientras las luces del techo comenzaban a parpadear bruscamente.
—Genial —susurró Cael para sí mismo, ajustándose el cuello del abrigo—. El universo se desmorona y me toca compartir el apocalipsis con la única humana en este edificio que no usa redes sociales para pedir ayuda.
Dio un paso hacia adelante. Su sombra se alargó un segundo más de lo normal en la pared antes de volver a su sitio.
Su vida en el exilio terrenal acababa de volverse oficialmente complicada.








