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HOTEL PARA TRES (COLECCIÓN SOLO SEXO)

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Summary

Mónica y Juan han apostado por una nueva vida: han comprado un pequeño hotel boutique cerca del mar, en Cádiz, y ella dirige las obras que lo devolverán a la actividad. El edificio permanece cerrado al público, lleno de habitaciones vacías, proyectos pendientes y rincones que invitan a guardar secretos. La llegada de Samadu, una figura vinculada al pasado de Juan, altera una tranquilidad que parecía asegurada. Entre recuerdos que afloran y una cercanía difícil de ignorar, Mónica descubre que hay aspectos de su marido que todavía desconoce. Lo que parecía una visita circunstancial empieza a despertar una curiosidad inesperada entre los tres. En un hotel sin huéspedes, las puertas cerradas no garantizan intimidad. Y ciertas historias nunca llegan a pertenecer únicamente a dos personas.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

HOTEL PARA TRES (MMF)


LIBRO 3 (HISTORIA COMPLETA)

CAPÍTULO 1 · EL HUÉSPED

El olor a madera recién lijada y a sal llegaba hasta el patio interior del hotel. Llevaban casi dos semanas allí, en Cádiz, y Mónica comenzaba a reconocer los sonidos de aquel edificio antiguo: las pisadas que resonaban bajo la galería acristalada, las gaviotas sobre las azoteas y el eco de las herramientas que llegaba desde el ala oeste, todavía en obras. A ciertas horas, por encima del rumor de la ciudad, se oía el viento del Atlántico.

Al principio había pensado que unos días lejos de Madrid serían una pausa. Juan y ella necesitaban salir de la rutina, y la rehabilitación del pequeño hotel boutique que habían comprado meses atrás en Cádiz parecía la excusa perfecta. Mónica era arquitecta, especializada en rehabilitación, y había proyectado personalmente la intervención. El establecimiento, una antigua finca urbana de tres plantas organizada alrededor de un patio de baldosas hidráulicas, contaba con doce habitaciones, una cocina de servicio y dos salones. El salón principal y varias habitaciones ya estaban terminados; el ala occidental, donde había funcionado años atrás un comedor de celebraciones, seguía en obras para convertirse en un segundo salón abierto al patio. El hotel permanecería cerrado al público hasta concluir la reforma. Desde la azotea se alcanzaba a ver el mar. Sin embargo, desde la llegada de Samadu, aquella intimidad de hotel vacío le aportaba algo de inquietud. Le agudizaba los sentidos.

Samadu había regresado a España después de unos años viviendo fuera. Juan lo supo por amigos comunes y poco después buscó su nombre entre los contactos del teléfono. El número seguía guardado. La simple certeza de conservarlo le produjo una satisfacción que prefirió no analizar, aunque enseguida le asaltó la duda de si Samadu seguiría utilizándolo después de tanto tiempo.

Antes de llamar, Juan consultó a Mónica. Samadu podía ayudarlos con las vigas del antiguo comedor que estaban convirtiendo en un segundo salón: conocía bien el trabajo de la madera. A Mónica le pareció una buena idea. También sospechó que Juan tenía otros motivos para invitar a aquel amigo al que llevaba años sin ver.

La llamada comenzó con cautela. Hablaron de su juventud, de los años separados y del hotel. Juan le explicó las dificultades de la reforma y le propuso alojarse unos días en una habitación ya restaurada mientras los ayudaba con la carpintería.

Samadu guardó silencio unos segundos antes de aceptar. Juan creyó percibir satisfacción en su voz, aunque ninguno de los dos hizo referencia a lo que había quedado pendiente entre ellos.

Habían sido amigos desde la juventud. Samadu era hijo de inmigrantes de Guinea Ecuatorial, y la amistad con Juan se había tejido entre viajes, trabajos temporales y un piso compartido. Mónica conocía una parte de aquella historia que otros ignoraban: entre los dos hombres también hubo besos, caricias y una intimidad interrumpida por las convenciones, la distancia y una despedida precipitada.

Pocos días después, Samadu llegó al hotel con una bolsa de viaje y la intención declarada de quedarse solo el tiempo necesario para ayudarlos. El vestíbulo aún olía a pintura fresca; en el mostrador de recepción descansaban muestras de azulejos y planos. Ninguno de los tres habló entonces de cuánto podía durar realmente aquella visita.

Durante los primeros días en el hotel, los tres se comportaron como si aquel pasado no existiera. Trabajaban desde primera hora en la zona en obras, comían juntos en el patio cuando el tiempo lo permitía y terminaban las noches agotados en el salón principal, ya restaurado. Juan y Samadu hablaban de vigas, pilares, aislamientos y juntas de madera. Mónica comprobaba cotas, corregía detalles sobre los planos, anotaba incidencias en el cuaderno de obra y fingía no advertir la facilidad con la que ambos recuperaban antiguas complicidades. No había huéspedes: el establecimiento seguía cerrado hasta la inauguración.

Samadu dormía en una habitación de la segunda planta, completamente terminada y preparada para él antes de su llegada, al otro lado de la galería. Sin embargo, dos noches antes, Mónica había sentido cómo Juan se levantaba de la cama que compartían y abandonaba la suite con un sigilo inusual. Regresó algo más de una hora después y volvió a acostarse procurando no despertarla. Mónica fingió dormir. No le preguntó dónde había estado, pero desde entonces la puerta de la habitación de Samadu parecía ocupar un lugar nuevo en sus pensamientos.

Había gestos pequeños que los traicionaban. Samadu sabía cómo le gustaba el café a Juan. Juan recordaba una cicatriz escondida bajo el hombro de Samadu y la historia exacta de cómo se la había hecho. Cuando discutían por una medida o por la forma de resolver un desnivel, la discrepancia duraba apenas unos segundos y terminaba en una sonrisa que parecía pertenecer a otro tiempo.

Mónica observaba sin intervenir. Más que celos, sentía curiosidad por la intimidad que los hombres todavía trataban de esconder. Nunca había contemplado tan de cerca esa atracción, y le sorprendía descubrir que deseaba verla sin disimulos.

Juan y ella seguían queriéndose. Con los años, sin embargo, su vida íntima se había vuelto previsible. Mónica había tenido una aventura fugaz y sospechaba que Juan también pudo serle infiel alguna vez. Ninguno de los dos había considerado que aquello anulase su matrimonio.

Samadu también le resultaba atractivo, pero el verdadero estímulo era la manera en que Juan cambiaba a su lado: la confianza antigua, las miradas que se sostenían un segundo de más y ese pasado compartido del que Mónica apenas conocía la superficie.

Aquel jueves, el cielo amaneció cubierto y el aire que entraba desde el mar olía a tormenta. Después del desayuno, Juan y Samadu trabajaron en el futuro salón del ala oeste, una estancia amplia cuyos tres ventanales daban al patio interior y a la galería superior. Tenían que encajar la última viga de refuerzo del techo. Mónica había revisado los apoyos provisionales y el sistema de elevación antes de instalarse en una mesa de obra con los planos extendidos, aunque hacía varios minutos que no comprobaba una sola cota.

La luz gris que entraba por los ventanales del futuro salón se volvió dorada al final de la tarde. El esfuerzo había humedecido las camisetas de los dos hombres hasta que terminaron quitándoselas. Juan, de piel clara, cabello castaño oscuro y movimientos contenidos, medía la alineación antes de aplicar fuerza. Samadu, de piel negra, hijo de inmigrantes de Guinea Ecuatorial, un poco más bajo, de hombros anchos y movimientos seguros, confiaba en la potencia y en una intuición casi física para entender la madera. Había crecido entre dos tradiciones familiares, pero aquella tarde su destreza tenía poco de exótica: llevaba años trabajando con madera.

—Un poco más a la izquierda —dijo Juan.

—Llevas diciendo eso diez minutos.

—Porque llevas diez minutos empujando hacia el mismo sitio.

Samadu soltó una risa breve.

—Sigues pensando demasiado antes de moverte.

Juan alzó la mirada. Durante un instante, ninguno de los dos pareció recordar que Mónica estaba al otro lado del futuro salón del hotel.

Para sostener la viga en el ángulo correcto, Samadu tuvo que colocarse detrás de Juan. No había espacio entre ellos. El pecho de Samadu rozó los omóplatos de Juan con cada respiración fatigada, y las manos de ambos se superpusieron sobre la madera. Cuando el encaje cedió con un chasquido seco, Juan perdió ligeramente el equilibrio. Samadu lo sujetó por la cintura.

La viga ya estaba firme, pero ninguno se apartó.

Juan inclinó apenas la cabeza hacia atrás. Samadu lo miró por encima de su hombro. El agarre en la cintura se volvió más lento y consciente, como si aquella mano hubiera reconocido un lugar que recordaba. Mónica sintió un calor súbito subirle desde el pecho hasta el cuello.

Fue Samadu quien rompió la inmovilidad. Dio un paso atrás, tomó aire y miró hacia el fondo de la estancia. Sus ojos encontraron los de Mónica.

Ella no bajó la vista.

Samadu sonrió con la certeza de quien sabe que ha sido descubierto. Mónica le devolvió una sonrisa mínima y bajó de nuevo la vista hacia los planos extendidos sobre la mesa, aunque el pulso le latía con fuerza en las yemas de los dedos.

La tormenta estalló antes de la cena. La lluvia golpeó los cristales del patio con tanta intensidad que las azoteas de enfrente desaparecieron tras una cortina de agua. Después de cerrar la zona de obra, los tres atravesaron la galería cubierta que comunicaba el ala oeste con la parte restaurada del hotel. La electricidad se interrumpió durante unos minutos y, cuando volvió, ninguno encendió las lámparas principales del salón. Dejaron que las luces bajas de pared y varias velas repartidas por la estancia proyectaran una claridad cálida sobre el comedor contiguo.

Habían aprendido a cocinar juntos durante aquellos días. La cocina del hotel, preparada para servir desayunos a los futuros huéspedes, tenía una gran mesa central de trabajo y espacio de sobra para moverse, pero Juan y Samadu parecían empeñados en buscar el mismo cajón, alcanzar a la vez una botella o cruzarse demasiado cerca. Juan preparaba cada ingrediente con una meticulosidad excesiva; Samadu probaba las salsas con la misma cuchara y corregía las cantidades sin pedir permiso; Mónica bebía vino apoyada en la encimera y disfrutaba observando aquellos roces que ya no podían atribuirse a la falta de espacio.

Aquella noche querían celebrar que una parte importante de la reforma había quedado terminada: la viga principal del futuro salón de huéspedes estaba por fin en su sitio. Después de ducharse, Mónica recogió su largo cabello castaño en un moño elegante, ligeramente suelto, que dejaba escapar algunos mechones junto al rostro, y se puso un vestido de satén color verde botella, de tirantes finos y caída fluida. Al no llevar sujetador, el tejido se ceñía directamente a la línea natural de sus pechos y de su cintura, insinuando cada movimiento con una sensualidad que la hacía sentirse cómoda, segura y especialmente atractiva. Juan llevaba una camisa azul, abierta en el cuello, y pantalones oscuros; Samadu, una camiseta blanca que marcaba sus hombros y unos pantalones negros.

Abrieron dos botellas de vino para celebrar que la viga principal del futuro salón estaba colocada. Cenaron tarde, hablando primero de la obra y después de asuntos más personales. Evitaron mencionar el roce bajo la viga, pero ninguno lo había olvidado.

Después recogieron la mesa y pasaron al salón principal del hotel, una estancia generosa, completamente terminada, con dos sofás, una biblioteca y lámparas de latón que bañaban los muros encalados con una luz suave. Mónica se sentó en el centro del sofá de cuero situado frente a los ventanales del patio. Juan ocupó un extremo y Samadu se acomodó en la alfombra, con la espalda apoyada cerca de las piernas de ambos. Bebían despacio, prolongando una noche que ninguno parecía querer terminar.

Samadu se había sentado muy cerca y Mónica empezó a sentirse inquieta. Era un hombre atractivo, pero lo que más la impresionaba era cómo miraba Juan a su antiguo amigo. Le sorprendió preguntarse qué papel deseaba ocupar ella en aquel reencuentro. Sabía que Samadu era bisexual y que, en los últimos años, había mantenido relaciones estables sobre todo con hombres.

—Hacía mucho que no sentía la espalda tan cargada —comentó Juan, dejando rodar la copa entre las manos.

Samadu levantó la vista hacia él.

—Has perdido práctica.

—O tú sigues empeñado en resolverlo todo con fuerza bruta.

—Y tú sigues pensando demasiado antes de dar el primer paso.

El silencio posterior fue distinto. Ya no sonó a broma.

Juan desvió la mirada hacia Mónica, buscando quizá una señal que le permitiera retroceder. Ella se reclinó en el sofá, cruzó las piernas despacio y dejó que el satén de su vestido rozara la rodilla de su marido.

—Juan me ha contado casi todo sobre aquella época —dijo.

Samadu se quedó inmóvil. La luz cálida de una lámpara dibujó una sombra profunda bajo sus pómulos.

—¿Casi todo?

—Lo suficiente para saber que no erais solo amigos.

Juan apoyó la copa sobre la mesa baja. Mónica sintió cómo se tensaba a su lado.

—Mónica...

Ella puso una mano sobre su muslo.

—No lo digo para incomodarte.

Samadu miró primero a Juan y después a ella.

—No sabía que lo supieras.

—Lo sé desde hace mucho tiempo. También sé que os despedisteis sin terminar lo que habíais empezado.

—No fue tan sencillo.

—Nunca lo es —respondió Samadu.

Aquellas tres palabras contenían más resentimiento que reproche. Juan lo miró y, por primera vez desde que habían llegado al hotel, no intentó ocultar lo que sentía.

—Pensé que te marchabas para no volver.

—Me marché porque habías decidido la clase de vida que querías llevar.

Juan apretó la mandíbula. Mónica comprendió que aquel reproche llevaba años sin pronunciarse.

—Decidí la vida que creía que podía tener —dijo Juan—. No es lo mismo. La otra noche fui a verte y pasamos una hora hablando de todo salvo de esto.

Samadu bajó la mirada. Mónica deslizó la mano desde el muslo de Juan hasta entrelazar los dedos con los suyos.

—No he sacado esto a relucir para obligaros a revivir nada —dijo—. Tampoco para poner a prueba nuestro matrimonio. Juan y yo no necesitamos pruebas. Pero llevo mucho tiempo viendo cómo una parte de él se queda en silencio cada vez que pronuncia tu nombre.

Samadu respiró lentamente.

—¿Y qué esperas que ocurra?

Mónica sostuvo su mirada.

—Espero que dejéis de tener miedo. Lo demás tendrá que decidirlo cada uno.

Juan volvió el rostro hacia ella.

—¿Estás segura de esto?

—Estoy segura de ti. Y también de lo que deseo.

Samadu se incorporó de la alfombra y se sentó en el borde de la mesa, frente a ellos. Parecía menos seguro que durante el trabajo, menos protegido por su fuerza física.

—No quiero convertirme en una fantasía que mañana os haga daño.

—No eres una fantasía —dijo Juan—. Ese ha sido siempre el problema.

Samadu extendió una mano, pero se detuvo antes de tocarlo. Juan miró aquellos dedos suspendidos entre ambos y después a Mónica. Ella no asintió ni lo empujó. Se limitó a permanecer allí, presente, dándole la libertad de elegir.

Juan tomó la mano de Samadu.

El contacto fue sencillo, casi casto, y precisamente por eso estremeció a Mónica. Los dos hombres permanecieron unidos por las manos durante varios segundos. Samadu acarició con el pulgar los nudillos de Juan, reconociéndolos. Juan dejó escapar el aire que parecía haber contenido durante todo aquel tiempo.

—Ven —murmuró.

Samadu se inclinó. El primer beso fue lento, inseguro apenas durante un instante. Después Juan le sujetó la nuca y lo acercó con una urgencia que no tenía nada de improvisada. Samadu respondió abriéndole los labios y buscándole la lengua, respirando contra su boca, como si hubiera recordado de golpe cada gesto que el tiempo no había conseguido borrar. La mano que le había quedado libre bajó por la espalda de Juan hasta aferrarse a su cadera y pegarlo contra sí.

Mónica los vio encajarse. Vio el muslo de uno deslizarse entre los del otro, vio cómo la tela de sus pantalones ya no bastaba para disimular las pollas duras que el beso había despertado en ambos, y cómo, al juntarse, sus cuerpos se encontraron y se presionaron. Juan gimió bajísimo sin dejar de besar, y aquel sonido, más que cualquier otra cosa, le confirmó a Mónica que su marido llevaba años esperando aquello.

Mónica los contempló desde el sofá. Era su marido, pero había algo en él que solo reconocía Samadu. La ternura de esa revelación se mezcló con un deseo profundo y físico, y sintió el chocho empezar a humedecérsele.

Juan se apartó apenas y apoyó la frente en la de Samadu. Tenía los ojos cerrados y la respiración deshecha.

—Pensé que ya no recordaría cómo era.

—Yo no lo olvidé —respondió Samadu, y su voz salió más ronca de lo que esperaba.

Mónica deslizó los dedos por la nuca de Juan. Él abrió los ojos y la miró. No había culpa en ellos, pero sí una vulnerabilidad que ella rara vez le había visto.

—No quiero que te quedes fuera —dijo.

—No estoy fuera.

Samadu giró hacia Mónica. La observó como si necesitara comprender hasta dónde alcanzaba su invitación.

—Acércate —dijo ella.

Samadu obedeció despacio. Se sentó al otro lado de Mónica y rozó su mejilla con el dorso de los dedos. Antes de besarla, miró a Juan. Fue una pregunta silenciosa.

Juan apoyó una mano en la cintura de su esposa y respondió acercándola a Samadu.

El beso de Samadu fue diferente. Más directo, más oscuro. Mónica percibió el sabor del vino y el calor de su respiración, y su lengua buscándola sin la menor timidez. Cuando él le sujetó el rostro entre las manos, Juan comenzó a besarle el cuello desde el otro lado, y una de sus manos subió por el costado hasta posarse sobre una teta. A través del satén, el pezón se le endureció al instante y Mónica tuvo que contener un gemido. Durante unos minutos no hubo prisa ni orden: tres bocas buscándose, lenguas, dientes suaves, manos que aprendían nuevos recorridos y pausas en las que se miraban para asegurarse de que nadie quedaba atrás.

Las luces del salón quedaron casi apagadas. La tormenta seguía aislando el hotel del resto de la ciudad. Mónica sintió que, pese a la amplitud de la estancia, la distancia entre los tres había desaparecido por completo. Sentía el vestido pegado al cuerpo, el calor de los dos hombres a ambos lados y el chocho empapado, palpitándole entre los muslos. Se levantó del sofá y el vestido de satén recuperó su caída fluida alrededor de sus piernas. Por un momento, los dos hombres la observaron sin saber si aquello anunciaba el final.

—Voy arriba —dijo.

Juan se puso en pie de inmediato.

Mónica le acarició el pecho, notándolo duro bajo la camisa.

—No te estoy pidiendo que me sigas. Os estoy dejando espacio para decidir si queréis hacerlo.

Mónica subió despacio la escalera que bordeaba el patio. No necesitaba comprobar si la miraban: lo sabía. La caída del satén acompañaba el movimiento lento y deliberado de sus caderas, una invitación silenciosa dirigida a los dos hombres. No dudaba de lo que deseaba.

Cada peldaño devolvía un eco tenue a la galería. Al llegar al descansillo, se detuvo junto a la puerta de la suite y escuchó. Abajo persistían el rumor de la lluvia en el patio y una pausa demasiado prolongada: dos hombres decidiendo cuándo la seguirían.

Sabía que Juan subiría. La única incertidumbre —y la que aceleraba levemente su respiración— era si lo haría solo o si Samadu caminaría a su lado.

Entró en la suite, encendió las dos lámparas de las mesillas y dejó abierta la puerta. Habían elegido para vivir mientras duraban las obras una de las habitaciones más amplias del hotel, ya restaurada por completo. Las molduras originales se habían recuperado, el suelo de madera quedaba cubierto en parte por una alfombra gruesa y la cama amplia, con cabecero tapizado, estaba vestida con sábanas de lino de color beige.

Frente a ella, el espejo de cuerpo entero devolvía la suite completa, como si también estuviera esperando. Junto a la ventana que daba al patio había un sillón y una cómoda, apenas alcanzados por la luz cálida de las lámparas. Allí no quedaban herramientas, polvo ni materiales de obra. La lluvia repiqueteaba suavemente detrás de los cristales.

Mónica se descalzó con calma, dejó los zapatos junto a la cama y se sentó en el borde. El vestido de satén se tensó un instante sobre sus muslos antes de caer de nuevo en pliegues suaves. Apoyó los pies sobre la alfombra y esperó, con la mirada fija en la puerta abierta.

Entonces oyó pasos en la escalera: lentos, contenidos. Durante unos segundos no supo si escuchaba un solo ritmo o dos que avanzaban casi acompasados.

Juan apareció en el umbral y se quedó allí, mirando a Mónica.

Samadu llegó detrás de él, tan cerca que la presencia de uno parecía prolongar la del otro. Habían subido cogidos de la mano.

Ambos esbozaban una sonrisa apenas perceptible.

—Podéis entrar —dijo Mónica.

Juan cruzó la habitación y se arrodilló frente a ella. Apoyó las manos sobre sus muslos cubiertos por el satén.

—Todavía puedes decir que no.

Mónica le acarició el rostro.

—Y tú también.

Juan besó el interior de su muñeca. Después se volvió hacia Samadu.

—Cierra la puerta.

El sonido del pestillo tuvo algo definitivo, aunque no amenazante. Era la decisión de proteger aquel espacio.

Samadu se acercó por detrás de Juan. Durante un instante, los tres quedaron reflejados en el espejo: Mónica sentada en la cama, Juan de rodillas ante ella y Samadu erguido, observándolos con una mezcla de deseo y respeto.

Mónica tiró suavemente de la mano de Juan para que se pusiera en pie.

—Quiero veros —dijo.

Samadu fue el primero en moverse. Sujetó a Juan por la nuca y lo atrajo hacia sí. Esta vez el beso no tuvo vacilación. Juan le rodeó la espalda con los brazos y se pegó a él, dejando escapar un gemido bajo, apenas contenido, mientras restregaba su verga dura contra la cadera de Samadu. Mónica los contempló a través del espejo. El reflejo le permitía ver la mano de Samadu recorriendo la espalda de su marido, bajando hasta sus nalgas, y la forma en que Juan se entregaba sin perder la firmeza.

Mónica deslizó una mano bajo el vestido. Lo hizo despacio, sabiendo que ambos podían verla en el espejo. Se encontró empapada. Se acarició el clítoris con dos dedos, sin prisa, y la excitación creció al comprobar que Juan abría los ojos para observarla mientras seguía besando a Samadu.

CAPÍTULO 2 · LA NOCHE DEL ESPEJO Y LA ENTREGA

Juan seguía cerca de Samadu cuando volvió los ojos hacia Mónica. Podía adivinar, incluso a distancia, las vergas duras que se marcaban bajo la ropa. Después de tantos días de cautela, ella había conseguido verlos besarse sin esconder nada. El espejo les devolvía a los tres en la misma habitación.

Juan miró a Mónica. Ella sostuvo su mirada; Samadu comprendió que podía acercarse sin convertir al matrimonio en dos bandos.

Mónica extendió una mano. Samadu vaciló apenas, pero finalmente se acercó con una cautela inesperada. Ella lo atrajo suavemente hasta tenerlo frente a sí. Juan se sentó a su lado y Mónica se acomodó sobre sus rodillas, todavía de cara a Samadu. Quedaron simplemente juntos, tan próximos que el aliento de unos parecía alcanzar a los otros. Juan apartó un mechón que se había soltado del moño de su mujer y dejó los labios sobre su cuello. Mónica inclinó ligeramente la cabeza mientras Samadu, frente a ella, seguía cada leve reacción. Volvió el rostro hacia él. Samadu permaneció inmóvil, como si esperara que fuese Mónica quien diera el último paso. Y así ocurrió.

El beso comenzó despacio, con una prudencia que no tenía nada de inseguridad; era, más bien, una forma de cuidado. Samadu pareció pendiente de cualquier cambio en ella, y Mónica dejó que esa contención durara solo lo suficiente para disfrutarla antes de responder con mayor decisión, mordiéndole el labio inferior y buscándole la lengua. Juan seguía rodeándole la cintura, y una de sus manos subió hasta una teta, hasta encontrar el pezón erecto bajo el satén y jugar con él entre el índice y el pulgar. Sentirlo allí mientras besaba a Samadu transformó por completo el beso: no tenía la impresión de alejarse de su marido, sino de compartir con él algo que ambos llevaban días bordeando.

Esta vez Mónica no hizo de puente. Samadu se inclinó y Juan respondió. El nuevo beso ya no llevaba el peso de averiguar qué quedaba del pasado. Era simplemente deseo. Samadu le metió la lengua y le sujetó la nuca, y Juan gimió contra su boca. Mónica permaneció a su lado, notó la alteración de Juan bajo su contacto y comprendió que no necesitaba intervenir continuamente para formar parte de aquello.

Cuando el beso terminó, Juan se volvió casi de inmediato hacia ella. Mónica lo recibió con una intensidad que lo sorprendió. Samadu permaneció con ellos, todavía pegado a Juan, y desde entonces los movimientos comenzaron a enlazarse sin que ninguno pareciera dirigirlos. Mónica besaba a su marido y notaba a Samadu a su lado; se volvía hacia él y seguía sintiendo a Juan detrás; a veces los dos hombres volvían a encontrarse mientras ella continuaba unida a ambos. Ya no era necesario decidir quién debía ocupar cada tramo de aquella intimidad.

Besó primero a Juan junto a la comisura de los labios y después dejó que Samadu se inclinara hacia ella. Cuando volvió al reflejo, los tres habían quedado más juntos sin saber exactamente cuándo había ocurrido. La imagen conservaba cierta contención, pero ya no la distancia. Mónica sintió la tela desplazarse sobre su piel con cada movimiento y comprendió que empezaba a sobrarle todo aquello que aún los separaba.

El satén del vestido empezó a parecerle una barrera. Juan debió de advertirlo porque deslizó lentamente uno de los tirantes por su hombro. Samadu imitó el gesto con el otro casi a la vez. La coincidencia de ambos movimientos despertó en ella una mezcla de pudor y desafío que duró muy poco. Se incorporó despacio desde las rodillas de Juan y giró ligeramente el cuerpo, ofreciéndose a los dos. El satén descendió y terminó extendido alrededor de sus pies.

Mónica dio un pequeño paso y dejó atrás el vestido sin intentar cubrirse. La luz cálida de las lámparas dibujaba suavemente las curvas de sus tetas y la línea de su vientre. Juan la contemplaba con la familiaridad íntima de los años compartidos; Samadu conservaba algo de descubrimiento, una curiosidad nueva que la hacía sentirse vista de otra manera. Que los dos se detuvieran en ella al mismo tiempo, y que Samadu se demorara apenas antes de volver a su rostro, le resultó inesperadamente poderoso.

Se acercó a Juan y comenzó a abrirle la camisa. Samadu observó brevemente y después la ayudó desde el otro lado. Coincidieron sobre uno de los botones y ninguno se apresuró a apartarse. Juan alzó ligeramente el rostro y cerró los párpados, dejándose llevar por la cercanía de aquellos dos compañeros de viaje.

Samadu terminó de abrir la camisa de Juan y apartó la tela despacio, descubriendo su pecho. Después fue Juan quien se ocupó de la camiseta blanca de Samadu, levantándola por la cintura, recreándose en aquel vientre plano, en la línea de vello que descendía hacia los pantalones, en un cuerpo que tantas veces había fingido no mirar. Samadu se la quitó por la cabeza. Al verse los dos de torso desnudo, se miraron, y por un instante Mónica creyó que volverían a besarse. No lo hicieron: se quedaron muy cerca, respirando, y fue ella la que se coló entre los dos.

El resto de las prendas fue quedando olvidado alrededor de la cama. Juan desabrochó el pantalón de Samadu, y al bajarlo descubrió lo que el beso había anticipado: la polla de Samadu, ya completamente dura, asomando por encima del elástico del calzoncillo. Samadu le devolvió el gesto y liberó a Juan, y los dos se quedaron un instante mirándose el uno al otro, y a Mónica entre ellos, desnudos los tres por fin. No hubo urgencia, pero tampoco la cautela del comienzo. A medida que desaparecían las prendas, el espacio entre ellos se reducía y crecía la certeza de que los tres habían cruzado una frontera que ya no necesitaba explicaciones.

Samadu se acercó a Juan y se detuvo antes de tocarlo. Fue su amigo quien terminó de cerrar el espacio entre ambos. Había algo sencillo, casi tímido, en aquella iniciativa, y por eso a Mónica le resultó especialmente íntima. Samadu deslizó una caricia desde el hombro hasta la nuca, y después bajó la mano por el pecho, por el vientre, hasta cerrarla alrededor de la verga de Juan. Juan cerró brevemente los párpados y dejó escapar el aire entre los dientes. Mónica conocía bien esa reacción, pero nunca la había visto provocada por otra persona.

Ella se aproximó hasta quedar pegada a ambos. Tras una breve pausa, el deseo cambió de dirección sin esfuerzo. Samadu se volvió hacia Mónica antes de besarla, y mientras la besaba le buscó una teta con la mano y se la apretó, jugando con el pezón entre los dedos. Ella respondió sin prisa y, al separarse, descubrió que Juan seguía pendiente de él. Entonces Mónica guió a su marido hacia Samadu. Juan aceptó el gesto y permaneció unido a él.

Aquella aceptación le produjo una emoción inesperada. Bastaba comprobar que Juan empezaba a actuar sin buscar antes su aprobación. Samadu se mantuvo junto a él y su amigo no retrocedió. Después volvieron a besarse, ya sin la sorpresa del primer encuentro y con una seguridad nueva. Mónica permaneció junto a ellos, acariciando la espalda de Juan y notando cómo respondía.

Cuando Samadu volvió hacia ella, Mónica sonrió. Le acarició la mejilla y dejó que el silencio continuara. La cercanía ya no parecía necesitar instrucciones.

Durante un tiempo permanecieron muy juntos, sin convertir cada contacto en un cambio de postura. Mónica podía apoyarse contra Juan mientras Samadu recorría su espalda, volverse hacia Samadu y seguir notando a su marido junto a la cintura, besar a uno y tener al otro al alcance, sumando su calor al propio. A veces ambos se volcaban en ella; otras, el deseo circulaba entre los dos hombres. Lejos de incomodarla, esas transiciones aumentaban su excitación.

La familiaridad de Juan contrastaba con la novedad de Samadu. Mónica disfrutaba de esa diferencia: conocía de memoria los gestos de su marido, pero ahora también veía cómo los reconocía el otro.

Mónica oyó a Juan pronunciar su nombre y le acarició el rostro. Cuando Samadu se aproximó, su marido lo miró sin tratar de disimular. Mónica prefirió no intervenir.

Samadu pareció advertirlo también. Se acercó a su amigo con menos cautela y este no retrocedió. Mónica permaneció junto a ambos, apoyada contra Juan, y notó cómo se alteraba ante la presencia de Samadu.

Samadu volvió a besar a Juan. Mónica no se apartó de la escena. En mitad del beso, su marido la descubrió en el cristal y sonrió apenas. No había desafío en aquel gesto, sino una especie de permiso compartido. La sonrisa bastó para que Juan buscara el contacto de Mónica mientras Samadu permanecía junto a él. Entonces ella comprendió que las tres relaciones de la habitación —la suya con Juan, la de Juan con Samadu y la que acababa de comenzar entre ella y Samadu— habían dejado de competir entre sí. Se alimentaban unas a otras.

Mónica no se movió enseguida. Quiso comprobar qué ocurría si dejaba de ser ella quien propiciaba cada acercamiento. Samadu pareció entenderlo. Fue hacia Juan y permaneció unido a él sin apartarse. Mónica llegó a creer que su marido volvería a refugiarse en alguna de aquellas evasivas con las que tantas veces había disimulado. No lo hizo.

Fue Juan quien atrajo suavemente a Samadu. Mónica sintió que aquel movimiento cambiaba algo porque había nacido de él. Los dos hombres quedaron cara a cara y Samadu apoyó la frente contra la de su amigo antes de besarlo. Mónica permaneció a un costado, próxima pero sin intervenir. Juan no se apartó de Samadu y, al mismo tiempo, buscó a su mujer. Ella respondió acercándose un poco más.

Mónica parecía darle seguridad para avanzar hacia Samadu; tener a su amigo junto a él hacía que regresara a ella con una intensidad distinta. Cuando los dos hombres se separaron, Juan se volvió hacia su mujer sin alejarse de Samadu. Mónica lo besó despacio. Después invitó a Samadu a unirse con una leve sonrisa. Esta vez los tres se encontraron sin que ninguno quedara fuera.

Mónica volvió a buscar a su marido. Juan se colocó a su espalda, ligeramente retrasado, y la rodeó por la cintura con la mano derecha. Mónica dejó descansar su mano derecha sobre la de él.

Samadu se acercó por el otro lado. Mónica giró el rostro hacia él. Durante unos segundos se limitaron a mirarse. Después dejó caer la mano izquierda junto al cuerpo y Samadu la tomó con naturalidad. Sus dedos se acomodaron entre los de ella sin que ninguno necesitara buscar una posición determinada.

Juan continuó detrás de Mónica. Samadu levantó entonces la mano que tenía libre y la apoyó sobre el hombro de su amigo. Juan volvió ligeramente el rostro hacia él. La distancia entre ambos se redujo hasta convertir aquel gesto en algo inequívocamente íntimo.

Mónica contempló la escena en el espejo.

Juan la abrazaba por la cintura; su propia mano descansaba sobre la de su marido. Al otro lado seguía cogida de Samadu, mientras él mantenía la otra mano sobre Juan.

Mónica sostuvo la mirada de Samadu unos segundos más y sonrió.

—Vamos a la cama —murmuró.

Mónica soltó las manos, se separó de ellos y recorrió los pocos pasos que la llevaban hasta la cama. Se sentó primero en el borde y, después de apartar ligeramente una de las almohadas, se recostó despacio.

Juan y Samadu permanecieron de pie unos instantes.

Mónica los observó desde allí. Le gustó aquella breve pausa: los dos hombres junto a la cama, todavía alterados, con las pollas duras, mirándola sin saber cuál de ellos debía moverse primero.

Fue Juan quien terminó haciéndolo. Se tumbó de lado en la cama, mirando hacia el espejo. Mónica se desplazó para acomodarse delante de él. Cuando sintió los brazos de su marido rodeándola, arrimó la espalda contra su pecho con una naturalidad que contrastaba con todo lo nuevo que estaba ocurriendo.

Samadu los contempló durante unos segundos más.

Después rodeó ligeramente la cama y se acomodó detrás de Juan. Al principio dejó una pequeña distancia entre ambos, como si todavía buscara el lugar exacto. Juan volvió la cabeza hacia él.

Samadu entendió el gesto. Se acercó hasta quedar pegado a su espalda y terminó rodeándolo.

Mónica notó enseguida el cambio en su marido, que inspiró hondo. El abrazo de Samadu había bastado para alterar de nuevo su pulso. Al alzar la vista hacia el espejo, vio con claridad la figura que formaban: Mónica delante, Juan en medio y Samadu cerrando la línea. Por primera vez aquella noche, su marido ocupaba físicamente el lugar que ella había intuido desde el principio: era el vínculo entre los tres. No quiso que se movieran. Se acomodó un poco más contra él y dejó que aquella disposición se asentara.

Ya no necesitaba distinguir cada movimiento de Samadu; le bastaban las reacciones de Juan, que cerró los párpados mientras su ritmo se volvía más hondo, menos regular. El deseo de Samadu parecía llegarle a través de su marido. Hasta entonces había compartido el de ambos; ahora lo recibía encadenado, como si cualquier impulso nacido detrás tuviera que atravesar a Juan antes de alcanzarla.

Juan deslizó una mano por el vientre de su mujer, bajó hasta el pubis y, con dos dedos, le abrió el chocho y empezó a acariciárselo. Mónica estaba empapada. Gimió sin disimular y arqueó un poco la espalda, ofreciéndose. Juan retiró los dedos y empezó a follarla.

Detrás, Samadu chupaba sus dedos y se untaba la verga con la saliva recogida y Juan, al notarlo, también llevó los suyos a la boca para humedecerlos y, sin dejar de besar el cuello de Mónica, se los pasó por el esfinter, preparándose. Ninguno de los tres tenía prisa. Cuando Samadu apoyó el glande contra él y empezó a empujar despacio, Juan contuvo el aliento y después lo soltó, y Mónica sintió la presión en todo el cuerpo de su marido, transmitida a través de él como una corriente.

—No te apartes —murmuró Mónica. Juan negó suavemente y la estrechó un poco más. Samadu permaneció en su sitio. Aquella disposición empezó a cobrar vida, lenta al principio, casi contenida. Mónica sentía a Juan pegado a su espalda y reconocía cada tensión involuntaria de su cuerpo. A Samadu lo adivinaba por la forma en que su marido respondía. Precisamente esa parte incompleta de la escena aumentaba su excitación: la imaginación llenaba lo que no podía ver.

Durante un largo rato permanecieron así. Mónica no deseaba que cambiaran. Juan la sostenía; detrás, Samadu lo mantenía pegado a su pecho. Los tres formaban una sola línea, unidos por un mismo eje que nacía en Samadu y parecía prolongarse, a través de Juan, hasta Mónica, sin que ninguno quedara fuera, enlazados en una misma corriente de deseo.

A Juan lo sentía de forma inmediata: el calor de su pecho, los brazos alrededor de la cintura, el aliento junto al cuello. Samadu, en cambio, le llegaba casi siempre a través de él: una presencia apenas entrevista, una variación en la forma en que su marido la estrechaba, un cambio que nacía a su espalda y terminaba alcanzándola. Aquella incertidumbre se convirtió en parte del placer.

Mónica dejó caer ligeramente la cabeza hacia atrás, apoyándola contra Juan. Él acercó el rostro y la besó despacio, y siguió follándola, ya sin pausas, acompasado al ritmo con que Samadu le embestía el culo. Cada alteración de Juan confirmaba la presencia del otro. A ratos, Mónica tuvo la impresión de que aquel beso en su nuca reunía también cuanto sucedía fuera de su alcance.

Juan respondía con una entrega conocida y, sin embargo, había algo distinto en su forma de besar: menos control, una urgencia nueva. Esa diferencia le hizo comprender que Samadu lo estaba conduciendo hacia un límite y que cada señal de ese avance terminaba llegando hasta ella. Ya no necesitaba saber qué ocurría entre ellos; le bastaba con reconocer cómo iba dejando de contenerse.

La atmósfera se volvió más densa. Cada palabra sobraba ya. El calor de los dos cuerpos se cerró sobre Mónica como una misma marea y ella dejó de intentar distinguir dónde terminaba uno y empezaba el otro. Solo quedaba el ritmo, ganando terreno sin pedir permiso: subir, contenerse apenas, volver a crecer. En el espejo, las tres siluetas habían dejado de parecer separadas para convertirse en una sola forma que se tensaba, cedía y volvía a empezar.

La cadencia de los tres comenzó a desordenarse. Mónica cerró los ojos y dejó la cabeza sobre el hombro de su marido. Notaba el jadeo de Juan cerca del oído. Ya no escuchó palabras, solo alientos superpuestos y sonidos que se interrumpían para volver a encontrarse. Su propio cuerpo respondió a aquel compás.

Cuando notaba a Juan tensarse, ella respondía del mismo modo; cuando él perdía la regularidad, una oleada de placer la atravesaba. La excitación ya no procedía de un acto concreto, sino de la certeza de que su marido estaba siendo follado por Samadu mientras ella seguía estrechada contra su pecho. Mónica alzó la mirada y encontró el rostro de Juan en el cristal. Tuvo que contener el aire. Nunca lo había visto exactamente así. Conocía bien su placer, pero aquella noche aparecía mezclado con algo nuevo: sorpresa, vulnerabilidad y una entrega que no estaba dirigida únicamente hacia ella. Saber que Samadu provocaba parte de aquello no la alejaba de Juan; al contrario, la hacía sentirse todavía más unida a él.

—Juan… —dijo Mónica apenas por encima de los sonidos de ambos. Él captó su expresión. Estuvo a punto de decir algo, pero no lo hizo. Aquello bastaba. Mónica sonrió levemente y volvió a acercar su culo contra él. Quería que entendiera que no necesitaba contenerse. Juan lo comprendió: la estrechó todavía más y hundió el rostro junto a su cuello. Samadu no se apartó.

Mónica sintió un cambio más profundo en su marido: una tensión que conocía bien, aunque aquella vez parecía recorrerlo desde atrás, atravesarlo por completo y llegar hasta ella. Ese cambio hizo que dejara de observar. Cerró los ojos y se abandonó a la sensación. Ya solo necesitaba reconocer a Juan rodeándola y saber que Samadu seguía metido en él. Se aferró a aquel abrazo y perdió brevemente la capacidad de seguir el ritmo de los otros dos.

No pudo señalar un principio preciso. Fue una acumulación: la forma en que su marido la sostenía, su jadeo junto al oído, la certeza de Samadu detrás, el recuerdo de haberlos visto besarse y, sobre todo, la sensación de que los tres estaban llegando a un lugar al que ninguno habría podido llegar por separado. Juan pronunció su nombre. Mónica sintió la palabra más que oírla.

La tensión acumulada durante toda la noche terminó por imponerse y Mónica se aferró a los brazos que la rodeaban. Todo quedó reducido a aquella línea de tres cuerpos y a una sucesión de reacciones que parecía avanzar de uno a otro. Notó cómo Juan dejaba de contenerse casi al mismo tiempo que ella. Su aliento se quebró junto al cuello de Mónica y perdió la firmeza controlada que había mantenido. Aquella entrega, tan próxima y tan distinta de cualquier otra que ella conociera, prolongó la suya hasta hacerle imposible distinguir dónde nacía cada sensación.

Samadu continuó detrás, sin apartarse. Mónica volvió lentamente al cristal y lo encontró allí. La contención había desaparecido de su rostro. Juan debió de advertirlo también porque, sin soltar a su mujer, tendió el brazo hacia atrás hasta encontrar a Samadu. Ambos mantuvieron aquel contacto mientras Mónica intentaba recuperar la calma.

Samadu inclinó la cabeza y apoyó la frente contra el hombro de Juan. Permaneció así, cada vez más inmóvil, hasta que su propio cuerpo terminó por ceder y con él desapareció el último resto de tensión. Mónica comprendió entonces que también él había alcanzado por fin el límite al que llevaba demasiado tiempo resistiéndose.

Durante un largo rato ninguno se separó. Mónica continuaba delante, sostenida por su marido; Samadu permanecía detrás, todavía tan próximo que la línea entre los tres no se había roto. Poco a poco fueron recuperando ritmos distintos. Mónica sintió el corazón de Juan contra la espalda y descansó sobre él, disfrutando de la quietud posterior. Su marido seguía unido a Samadu, como si incluso entonces necesitara asegurarse de que nadie quedaba fuera de lo que acababan de compartir.

Mónica volvió al espejo. Ya no estaba entre dos hombres ni ellos aparecían colocados a ambos lados de ella. En el tramo más intenso, Juan se había convertido en el punto de unión, el cuerpo a través del cual parecía transmitirse todo. Mónica levantó una mano y la dejó sobre el hombro de su marido, cubriendo también la de Samadu. Durante horas había pensado en los tres como una figura en la que alguien debía ocupar inevitablemente una posición central. Ahora comprendía que ninguna imagen fija era suficiente. Ya no había un centro claro. Y precisamente por eso le pareció completa.

CAPÍTULO 3 · SIN EXCUSAS

El martes siguiente, cinco días después de la primera noche, los trabajos del hotel habían vuelto a imponer sus horarios. Mónica había discutido con Samadu sobre las contraventanas de la azotea, y Juan había terminado mediando entre ambos; por la tarde recorrieron juntos las habitaciones recién pintadas. Nadie había convertido lo sucedido el jueves en una obligación. Después de cenar subieron a la suite. Mónica dejó la ropa sobre el sillón; Juan y Samadu se besaron junto al espejo sin esperar su iniciativa. Ella los contempló desde la cama. Esta vez los tres habían decidido volver.

Juan buscó sus ojos en el cristal.

—No te escondas de nosotros.

—No me estoy escondiendo.

Juan se acercó y pasó la mano por el costado de su mujer, por la curva de la cintura, hasta detenerse en la cadera, como si necesitara reconocer de nuevo aquella cercanía delante de Samadu. Mónica permaneció frente a los dos sin cubrirse, consciente de la diferencia entre aquellos dos modos de mirarla: el de Juan, cargado de años compartidos; el de Samadu, mezcla de deseo, cautela y descubrimiento. Ya no necesitaba comparar las dos miradas. Le bastaba con saber que ambas iban dirigidas a ella.

Juan guió a Samadu hacia Mónica, pero se detuvo antes de decidir por él. Aquel gesto pequeño le gustó. No había una invitación que pudiera confundirse con una orden, ni una escena preparada de antemano; solo la posibilidad de seguir avanzando si los tres querían hacerlo. Samadu buscó primero los ojos de ella, y Mónica respondió acortando la distancia. El contacto empezó con cautela: primero la cintura, después la espalda, un beso que se prolongó mientras Juan permanecía tan cerca que ella podía sentir cada bocanada suya. Al separarse, Mónica encontró en su marido una sonrisa apenas dibujada, más emocionada que provocadora. Entonces fue ella quien reunió a los dos por un instante, uniendo los tres gestos sin necesidad de nombrarlos.

Juan se colocó detrás de ella, tan cerca que Mónica sintió su respiración junto a la sien. Samadu permaneció frente a ambos, todavía lo bastante cerca para que se rozaran sin esfuerzo. Durante unos segundos los tres contemplaron la escena que devolvía el espejo. Mónica pensó que quizá aquello era lo que Juan había temido durante tanto tiempo: mostrarse entero y no saber si los demás aceptarían todas las partes de esa imagen.

—Llevo años imaginando algo parecido —murmuró él—. Pero no era solo verte con él. Era poder estar con los dos sin sentir que tengo que elegir qué parte de mí puedo enseñarte.

Mónica giró la cara y lo besó.

—Nunca te pedí que eligieras.

Juan cerró los ojos y Samadu permaneció cerca. A Mónica le bastó con verlos juntos para entender que aún quedaban cosas difíciles de decir.

—Yo tampoco te pedí que renunciaras a nada —dijo Samadu, con una voz que había perdido la ligereza habitual—. Me marché convencido de que aquello era lo único que podía hacer. Que quedarme habría sido pedirte algo que no tenías por qué darme.

Juan se volvió hacia él.

—Nunca fue una cuestión de justicia.

—Lo fue para mí —respondió Samadu—. Durante mucho tiempo pensé que la única forma de quererte era desaparecer. Ahora puedo decirlo; entonces no habría sabido cómo.

Mónica escuchó. La historia entre Juan y Samadu era anterior a su matrimonio; aquella noche empezaba a comprender también lo que había costado interrumpirla. No sintió que perdiera su lugar por reconocerlo.

—Estáis aquí los dos —dijo ella—. Eso es lo único que me importa esta noche.

—¿Y tú? —preguntó—. Llevamos toda la noche hablando de lo que Juan necesitaba decir. Nadie te ha preguntado qué necesitas tú.

—Antes de aquel jueves, tenía miedo de convertirme en la que solo mira —admitió por fin—. De que esto fuera una historia entre vosotros dos y yo la testigo que la hace posible. Durante días imaginé que os dejaba espacio, que os observaba con generosidad, casi con orgullo... Pero he descubierto que quiero formar parte de ello, no organizarlo desde fuera.

Juan la atrajo hacia sí.

—Nunca has sido la testigo. Eres la razón de que esto pueda existir sin que nadie salga dañado.

—Lo sé —dijo ella—. Pero quería que lo supierais también vosotros: no estoy aquí por generosidad. Estoy aquí porque os deseo a los dos, cada uno de una manera distinta, y esa parte no tiene nada de sacrificio.

Samadu sonrió, esta vez sin la sombra de duda que había acompañado sus preguntas anteriores.

—Entonces los tres hemos confesado ya lo mismo.

La quietud no duró demasiado. Las manos volvieron a los cuerpos y los besos se alargaron, pero Mónica dejó de fijarse en quién empezaba cada gesto. A veces besaba a Juan mientras Samadu los envolvía a ambos; otras encontraba la boca de Samadu mientras su marido le recorría la espalda con lentitud. Hubo también momentos en que Juan y Samadu volvían a buscarse y ella se limitaba a observarlos desde muy cerca. Al principio creyó que aquella posición podía dejarla fuera de la escena. Ocurrió justo lo contrario. Ver a Juan soltar una parte de sí mismo que había mantenido guardada le producía una cercanía inesperada, como si le estuviera confiando algo que ninguna palabra podría explicar del todo.

Samadu se acercó a Mónica y buscó primero la conformidad de Juan con un gesto casi imperceptible. Después inclinó el rostro hacia ella. Su boca recorrió el cuello de Mónica y fue descendiendo lentamente por su cuerpo: las tetas, lamiendo y chupando los pezones hasta dejarlos duros y brillantes, el vientre, el ombligo, y luego más abajo, sin apresurarse, hasta que terminó arrodillado frente a ella, con las manos abiertas sobre sus nalgas. Permaneció allí un instante, tan cerca del chocho que Mónica sintió su aliento y comprendió, antes de que ocurriera nada más, hacia dónde conducía aquel gesto.

Fue entonces cuando Juan se colocó detrás y la sostuvo contra su pecho, con las manos sobre las tetas. Mónica cerró los párpados y se dejó envolver por aquella doble atención: la firmeza conocida de su marido sosteniéndola y, frente a ella, Samadu, todavía atento a cada reacción de su cuerpo. No había competencia entre ambas sensaciones, sino una suma que crecía sobre sí misma.

—Dime si algo no te gusta —murmuró Samadu, levantando apenas la cabeza.

—Todo me gusta, mucho más de lo que esperaba —respondió ella, con una risa breve que se rompió a mitad de camino en un suspiro.

—Siempre tan generosa.

—Ahora mismo no —replicó Mónica, y tiró de Juan hacia su boca sin dejar que Samadu se apartara.

Samadu volvió a bajar la cabeza. La primera pasada de la lengua le arrancó un gemido. Le lamió el chocho de abajo arriba, despacio, y se detuvo en el clítoris, y empezó a mamárselo con una paciencia que no tenía nada que ver con la prisa con que Mónica lo había imaginado. Le metió un dedo, luego dos, mientras seguía chupándole el clítoris, y los curvó hacia arriba buscando el punto que la hacía apretar los muslos contra sus orejas. Durante la reforma, Mónica había visto a Samadu moverse siempre con seguridad, decidido, como si supiera de antemano dónde colocar cada cosa y cuánto esfuerzo necesitaba. Ahora descubría en él una paciencia distinta. No había prisa en sus movimientos ni intención de adelantarse a la respuesta de ella; parecía atento a cada leve reacción de su cuerpo. Mónica se lo dijo entre dos alientos. Samadu alzó apenas la mirada, dejó aparecer una sonrisa y no respondió. Después continuó con la misma lentitud, aunque esta vez con una firmeza nueva, como si el comentario de Mónica hubiera confirmado que debía seguir avanzando por aquel nuevo territorio que acababa de descubrir.

Juan le sostenía las tetas y le hablaba al oído. Observaba, y participaba, y a ratos se limitaba a sentir. Descubrió que podía cerrar los ojos sin miedo a perder el hilo de lo que ocurría, porque cualquiera de los tres se encargaba de reconducirlo con un roce, con un nombre pronunciado, con una boca que volvía a buscarlo. No hacía falta vigilar la escena para seguir formando parte de ella. Mónica dejó de saber qué hacer con las manos: se agarró a la nuca de su marido con una y a la cabeza de Samadu con la otra, y los empujó a los dos contra sí.

La cama terminó por recibir a los tres casi sin que lo decidieran. Las sábanas de lino seguían frías, pero el calor de los tres las templó enseguida. Fuera, la lluvia continuaba golpeando los cristales con una regularidad que apartaba todavía más el resto del hotel. Durante un tiempo permanecieron muy juntos, descubriendo una intimidad menos aparatosa y más honda de lo que Mónica había supuesto. Ya no había necesidad de avanzar deprisa.

Samadu acarició el pelo de Juan y este respondió con una naturalidad que a Mónica le resultó nueva y, a la vez, extrañamente familiar. Reconocía en su marido señales que llevaba años identificando —la forma de cerrar los párpados, cierta manera de respirar, el momento en que dejaba de pensar antes de dejarse llevar— y descubría otras que solo aparecían cuando Samadu se acercaba. Aquella mezcla la conmovía y la excitaba a la vez. Le gustaba comprobar cómo Juan dejaba de vigilarse, cómo la antigua complicidad con Samadu volvía sin que ella se sintiera fuera de lugar. Cada vez que su marido regresaba a ella, sentía que traía consigo algo más de sí mismo.

Hubo un momento en que Samadu quedó tendido junto a ellos y Juan se volvió hacia él. Mónica permaneció apoyada sobre un codo, tan cerca que podía notar las pequeñas dudas de ambos. Nada en aquella aproximación resultaba impostado. Samadu acarició la mejilla de Juan antes de besarlo, y Juan respondió abrazándolo y después bajó por su pecho, por el vientre, hasta llevarse a la boca la polla de Samadu. Mónica los observó sin intervenir. Ver a su marido mamándole la verga a otro hombre, los labios estirados alrededor del glande, la mano de Samadu en su pelo guiándolo despacio, la conmovió y la excitó a la vez. Años atrás, pensó, aquello habría pertenecido a una historia que no era la suya; ahora ocurría ante sus ojos y, de un modo que no había previsto, también la incluía.

—Ojalá lo hubiera sabido antes —dijo Samadu, sin alejarse realmente de Juan—. Habría sido más fácil volver.

—Estás volviendo ahora —respondió Juan.

Samadu no contestó. Se limitó a buscar de nuevo su boca.

Cuando Juan abrió los ojos, encontró la mirada de Mónica. Ella sonrió. Samadu seguía junto a él. Aquel mínimo intercambio terminó de disipar la última duda que le quedaba: no existían dos escenas paralelas, una entre los hombres y otra entre ella y su marido. Los tres compartían ya una misma intimidad.

Mónica se acercó entonces a Samadu. Lo besó con una confianza que ya no necesitaba demostrar nada y después volvió hacia Juan. Los tres se encontraron varias veces sobre las sábanas, unas por azar, otras de manera deliberada. El aliento se fue haciendo menos regular y las pausas entre un beso y otro, cada vez más cortas. Buscó la mirada de su marido; no encontró en ella celos ni incertidumbre, sino una intensidad serena que le pareció más poderosa que cualquier gesto de posesión.

—Ven —le pidió.

Atrajo a Juan y lo besó sin prisa. Samadu permaneció junto a ambos. Mónica separó apenas los labios de los de su marido.

—Esto era lo que quería.

—¿Qué?

Tardó un momento en responder. No porque dudara, sino porque comprendió que aquellas palabras definían algo que había empezado mucho antes de subir al dormitorio.

—Que no tuvieras que elegir.

Juan parecía más tranquilo que el jueves: ahora tomaba la iniciativa sin buscar continuamente la aprobación de Mónica.

Los tres permanecieron unidos unos segundos, respirando casi al mismo compás. La emoción se confundía ya con el deseo hasta resultar difícil distinguir dónde terminaba una y empezaba el otro. Después, la tensión volvió a crecer por sí sola, como si aquella confesión hubiera acabado con la última reserva.

Las caricias perdieron parte de su cautela. No se volvieron bruscas, pero sí más decididas, menos interrogativas. Mónica dejó de buscar el reflejo en el espejo. Ya no necesitaba comprobar la imagen que formaban ni saber quién estaba junto a quién a cada instante. Cerró los ojos y se abandonó a lo que iba ocurriendo: un cuerpo junto al suyo, una boca que encontraba su cuello, un abrazo que la atraía, la cercanía de Juan y Samadu alternándose sin que ninguno llegara a desaparecer.

A ratos distinguía perfectamente a cada uno; en otros, la proximidad de los tres hacía que todo pareciera mezclarse. Y fue precisamente entonces cuando comprendió que no existía un centro permanente. El placer pasaba de uno a otro. Un gesto provocaba el siguiente, una reacción encontraba otra y cada acercamiento parecía adquirir más intensidad porque nacía de los tres y regresaba, de algún modo, a los tres.

Samadu buscó también la boca de Mónica sin perder la cercanía de Juan. No pareció una decisión calculada, sino la consecuencia natural de estar entre los dos: no había un turno que respetar, ni una parte de la cama que perteneciera solo a una pareja de los tres. Juan cerró los ojos y Mónica comprendió que aquella imagen había dejado de resultarle extraña. Formaba parte ya de lo que eran esa noche.

La tensión acumulada durante toda la noche fue creciendo sin necesidad de precipitarla. Mónica sintió cómo su propio cuerpo dejaba de obedecer a la calma que había intentado conservar, cómo cada bocanada de aire resultaba un poco más difícil y cómo Juan respondía con la misma pérdida gradual de control. Samadu, junto a los dos, dejó también de contener la emoción que hasta entonces había mantenido bajo una apariencia de seguridad.

—No te vayas —dijo de pronto, sin que quedara claro a cuál de los dos se dirigía.

—No voy a ninguna parte —respondió Juan.

Mónica lo atrajo también hacia sí, sumando su respuesta a la de Juan.

Durante unos segundos todo pareció ocurrir a la vez. Mónica se aferró a Juan y él la sostuvo con fuerza suficiente para mantenerla cerca, mientras Samadu permanecía unido a ambos. No hubo palabras claras, solo nombres pronunciados a media voz, alientos entrecortados y contactos que se mantenían incluso cuando ya no hacía falta dirigir ningún gesto. Mónica sintió que la tensión alcanzaba su punto más alto y terminaba cediendo despacio, extendiéndose por su cuerpo hasta dejarla sin necesidad de pensar en nada más.

Juan tardó un poco más en perder esa última contención que ella conocía tan bien. Samadu permaneció junto a él, dejándose llevar también por la intensidad del momento hasta que su propio cuerpo cedió casi al mismo tiempo, con un temblor que le recorrió los hombros y que Mónica sintió propagarse entre los tres, como si aquella corriente ya no distinguiera dónde terminaba uno y empezaba el otro. Durante unos segundos los tres quedaron inmóviles, todavía muy juntos, como si separarse demasiado pronto pudiera romper algo que acababan de descubrir.

El silencio regresó poco a poco al dormitorio. La lluvia seguía allí, constante detrás de los cristales, pero ahora parecía mucho más lejana. Mónica permaneció tumbada entre los dos durante un rato, recuperando el aliento con calma. Juan tenía los ojos cerrados y una expresión de cansancio sereno que ella conocía, aunque esta vez había algo distinto en su cara: una ausencia completa de vigilancia. Samadu se incorporó apenas para apartarle un mechón del rostro y Juan sonrió sin abrir los ojos. Mónica contempló ese gesto y sintió una ternura inesperada. Después apoyó la cabeza sobre el pecho de su marido y permaneció allí, muy cerca de ambos, mientras la quietud volvía a instalarse entre los tres.

—¿Y si mañana esto nos parece imposible? —preguntó Samadu, con la voz todavía baja.

—Entonces lo hablaremos mañana —dijo Mónica—. Esta noche no tiene por qué resolver nada. Solo tenía que ocurrir.

Samadu no respondió enseguida. Cuando lo hizo, había algo distinto en su tono, como si por fin se permitiera decirlo sin miedo a que sonara excesivo.

—Llevo mucho tiempo pensando que esta clase de cosas no me estaban permitidas. Que si algún día volvía a sentir esto, tendría que guardármelo, como siempre.

—No esta vez —dijo Juan.

Mónica levantó la cabeza y buscó los ojos de Samadu.

—Esta vez lo has dicho en voz alta. Eso ya cambia algo.

Habían esperado cinco días para repetirlo. Entre ambas noches siguieron trabajando, comiendo juntos y pensando por separado. El martes demostraba que su intimidad no había sido una excepción irrepetible.

Juan tomó la mano de Mónica y, sin soltarla, buscó la de Samadu. Ella observó cómo las tres quedaban unidas sobre la sábana y sonrió.

—Gracias por venir —le dijo a Samadu, en voz tan baja que casi se perdió entre el rumor de la lluvia.

—Gracias por dejarme quedarme —respondió él.

Nadie corrigió la palabra. Los tres sabían que ya no hablaba solo de aquella noche.

CAPÍTULO 4 · MÓNICA TOMA LOS MANDOS

El sábado, cuatro días después, la lluvia golpeó otra vez las claraboyas del hotel. Esa semana habían terminado los revestimientos del patio y probado las luces de la terraza. Cenaron en el salón de huéspedes y subieron a la suite vestidos. Mónica se sentó en la cama. Juan y Samadu se besaron frente al espejo y, al encontrar la mirada de ella en el reflejo, se detuvieron. Juan tenía algo que decir.

Mónica sostuvo la mirada de ambos. Fue Juan quien terminó separando sus labios de los de Samadu, aunque apenas se alejó. Apoyó la frente contra la suya mientras recuperaba lentamente la respiración y, sin romper aquella cercanía, volvió a buscar a Mónica a través del espejo. Había algo que quería compartir y que no se parecía a las confidencias de los días anteriores.

—Quiero contaros algo. Esta noche está siendo muy especial para mí —añadió Juan.

—Para mí también —respondió Mónica, sonriendo, aunque en su sonrisa había también una pregunta que no llegó a formular.

Juan llevaba años guardando una fantasía que ni siquiera había confesado a Mónica. La confianza de aquellas últimas noches le permitió por fin expresarla.

Juan tardó todavía unos segundos en continuar. Cuando lo hizo, habló despacio, como si necesitara escuchar sus propias palabras para terminar de aceptarlas. Les dijo que siempre había fantaseado con el control. No tanto con tenerlo —eso lo tenía, en casi todo lo demás, con una facilidad que a veces incluso le resultaba agotadora—, sino con soltarlo. Con confiar lo suficiente en otra persona como para dejar, durante un rato, de decidir qué iba a ocurrir después. Con entregarlo sabiendo que podía recuperarlo; incluso con la posibilidad de que ese control pasara de uno a otro, intercambiando los roles como algo que se presta y se devuelve, sin saber de antemano quién decidiría el siguiente paso ni qué podía descubrir cada uno de sí mismo durante ese tránsito.

Mónica lo escuchó atenta. Le intrigaba esa propuesta precisamente porque en su trabajo y en la vida cotidiana solía ser ella quien tomaba las decisiones.

Juan se volvió entonces hacia Samadu. Le costó más sostener su mirada que la de Mónica. No habría sabido explicar del todo por qué, aunque sospechaba que tenía mucho que ver con todo lo que había quedado sin decir entre ellos durante tantos años.

Le recordó que, cuando estaban juntos, Samadu siempre había tenido una extraña facilidad para conseguir que dejara de pensar, para hacer que se olvidara por un momento de todo lo demás y se limitara a dejarse llevar.

Samadu esbozó una sonrisa leve, casi nostálgica.

—Éramos muy jóvenes —dijo.

Juan asintió.

—Sí. Pero aun entonces confiaba en ti más de lo que fui capaz de reconocer.

Juan buscó la mano de Mónica. Habían aprendido a confiar el uno en el otro de una forma distinta, y quería compartir también con ella aquel deseo.

—¿Y qué es exactamente lo que estás proponiendo? —preguntó Samadu.

Juan entendió la duda.

—Nada complicado. Al menos para empezar.

Su mirada se desplazó hacia la mesilla. Sobre ella descansaba un pañuelo de seda color burdeos que Mónica había dejado allí antes de la cena, después de probárselo y decidir que no combinaba bien con el vestido que llevaba. Juan la había visto quitárselo y dejarlo allí. Ahora se acercó, lo tomó y regresó con él.

Mónica comprendió de inmediato lo que estaba proponiendo.

La idea provocó en ella una reacción inesperada. Mandar le resultaba natural y, quizá precisamente por eso, la posibilidad de experimentar el papel contrario comenzó a resultarle especialmente seductora. No se trataba de que alguien fuera a arrebatarle el control, sino de algo mucho más inquietante y atractivo: decidir entregarlo voluntariamente.

Samadu miró a Juan antes de continuar.

—Quiero estar seguro de una cosa. ¿Quieres que participe porque soy yo?

Juan no dudó.

—Precisamente porque eres tú.

Los dos miraron entonces a Mónica. Ella contempló durante unos segundos el pañuelo y después levantó los ojos hacia su marido.

—Has conseguido que me apetezca —admitió con una leve sonrisa—. Tengo muchísima curiosidad por saber qué se siente.

Acordaron unas reglas sencillas. Cualquiera de los tres podría detener el juego en cualquier momento si surgía una duda o algo dejaba de resultar cómodo. Nada se daría por supuesto.

Juan sostuvo el pañuelo y durante un instante pareció dispuesto a entregárselo a Samadu, pero Mónica negó suavemente con la cabeza.

La fantasía era de Juan. Quería que fuese él quien empezara.

Mónica se sentó en el borde de la cama. Samadu ocupó el lugar a su izquierda, lo bastante cerca para que ella percibiera su presencia. La camiseta blanca de manga corta marcaba sus hombros bajo la luz cálida de las lámparas, y Mónica se permitió observar su cuerpo con una atención que ya no podía disimular tras la conversación del salón.

Juan permaneció de pie a la derecha de Mónica, todavía con la camisa azul puesta.

Ella levantó ligeramente el rostro hacia él.

Juan desplegó el pañuelo y dejó que la seda rozara primero su cabello antes de cubrirle los ojos. Ajustó el nudo con cuidado.

—¿Estás cómoda?

Ella asintió.

La oscuridad cambió por completo su forma de percibir el dormitorio. Hasta entonces había podido observar a los dos hombres, leer sus miradas, anticipar sus gestos, y sin darse cuenta había construido buena parte de su seguridad sobre esa vigilancia constante; ahora no veía a Juan, y de Samadu solo podía adivinar la cercanía por el leve hundimiento del colchón a su izquierda. Oyó unos pasos, y después silencio. La lluvia contra los cristales sonaba más próxima que antes, como si la ausencia de la vista hubiera abierto paso a todo lo demás: el olor tenue de las velas que habían encendido antes de subir, el roce de la ropa de cama bajo sus muslos, su propia respiración, y a su derecha, otra más profunda, más contenida, que reconoció como la de Samadu sin necesidad de verlo.

Juan apenas le rozó un hombro. La caricia bajó despacio por el brazo hasta la muñeca, y desapareció. Mónica esperó. Nada ocurrió durante unos segundos que le parecieron mucho más largos de lo que en realidad fueron. Después sintió una mano en la cintura y reconoció a su marido por el olor y por la cercanía de su cuerpo, esa mezcla concreta que llevaba años identificando sin pensarlo y que ahora, privada de todo lo demás, se convertía en la única brújula que le quedaba. El roce abandonó la cintura y siguió bajando por la piel. Notó cómo se le erizaba bajo el roce, mientras el cuerpo parecía dibujarse con más relieve bajo las manos de su marido, como si su propia piel hubiera decidido colaborar en desnudarla antes de tiempo. Su respiración cambió a medida que la caricia continuaba. Juan se detuvo otra vez.

La espera empezó a producirle tanto placer como el contacto en sí. Él podía acercarse, alejarse, interrumpir un gesto justo cuando ella más deseaba que siguiera, y Mónica entendió, con una claridad que la sorprendió, que aquello no era simplemente someterse a la voluntad de otro: era descubrir cuánto placer cabía en no saber. Dejó de intentar adivinar qué vendría después.

Los labios de Juan le rozaron el cuello. Un beso, y otro un poco más arriba. Ella inclinó la cabeza para ofrecerle más espacio, pero él volvió a apartarse, y esa ausencia le hizo desear todavía más que regresara. Entonces recordó que Samadu seguía allí, observándola sin que ella pudiera devolverle la mirada, y aquello añadió una sensación nueva, casi vertiginosa: la de ser mirada por alguien a quien no podía mirar de vuelta, y que por lo tanto podía estar mirándola de cualquier manera que quisiera sin que ella lo supiera.

Samadu, en efecto, no había apartado los ojos de ella desde que Juan le cubrió el rostro. Había esperado sentir, sobre todo, la incomodidad de estar de más, la sensación de asistir a algo entre marido y mujer que no le correspondía del todo. Pero lo que sintió fue otra cosa: la misma atención absorta que recordaba haber sentido años atrás, viendo a Juan concentrarse en algo hasta olvidarse de que había alguien más en la habitación, y descubrir que ahora, en vez de apartarse de ese recuerdo, quería quedarse dentro de él.

Juan volvió a tocarla, repitiendo el mismo recorrido, aunque esta vez bajó un poco más. Mónica dejó de intentar adivinar dónde terminaría cada caricia. Una caricia terminaba y ya deseaba la siguiente. Los labios de Juan se apartaban y su piel esperaba que volvieran. En la oscuridad, cada sensación parecía distinta a la anterior, como si la venda hubiera multiplicado en vez de reducido el número de cosas que podía sentir. Los hombros se le relajaron. Se había dejado llevar.

—Juan...

Él no respondió con palabras. Su respiración, muy cerca, fue toda la respuesta que hizo falta.

—Quítame la ropa, por favor.

Durante unos segundos no pasó nada. La espera fue premeditada, y Mónica lo supo: no era indecisión, era él tomándose su tiempo para hacerla desear todavía más lo que ya había pedido. No lo había dicho como una orden, sino casi como una súplica, y esa diferencia —ella, que casi nunca suplicaba nada— le pareció la más adecuada. Juan empezó a deslizar la prenda despacio. Ella sintió el tejido moverse sobre su piel y el aire fresco alcanzando poco a poco las zonas que la tela iba dejando al descubierto. No podía ver cómo la desnudaba, ni la reacción de Samadu, y esa doble ignorancia se convirtió en algo que ya no quería que terminara. Cuando terminó de caer la última prenda, supo que había quedado completamente expuesta a las miradas de los dos hombres. Y no le importó. Al contrario: descubrió que le gustaba sentirse observada y deseada.

Permaneció quieta, con los ojos cubiertos, sabiendo que podían mirarla cuanto quisieran. Ella solo podía imaginar sus expresiones. Samadu había seguido cada reacción desde que Juan le cubrió los ojos, y también la manera en que su amigo disfrutaba llevando a la práctica lo que acababa de confesarles; había algo casi conmovedor en ver a Juan tan concentrado, tan cuidadoso, como si aquella fantasía llevara dentro, además del deseo, una ternura que nunca le había visto expresar de forma tan clara.

Ya no pudo quedarse al margen. Se acercó a Juan y lo rozó con suavidad, casi como quien hace una pregunta que no se atreve a formular en voz alta. Juan no se apartó. Samadu dejó entonces que sus dedos bajaran por el hombro, por la espalda, despacio, memorizando una geometría que en otro tiempo había conocido de memoria y que ahora reencontraba con la torpeza de lo casi olvidado. Mónica escuchó el roce entre ambos sin saber exactamente qué estaba pasando, y esa incertidumbre acentuó todavía más su deseo. Poco después sintió la mano de Samadu recorriéndole el cuerpo, y por sus movimientos, y por los de Juan a la vez, comprendió que los dos hombres seguían buscándose también entre ellos, aunque no pudiera verlos; había algo en el ritmo de sus respiraciones, superpuestas a la suya, que le contaba una historia que sus ojos no podían.

Renunció a distinguir cada contacto. Ya no importaba de quién era cada caricia. Había una respiración junto a su oído, dos cuerpos cerca que no podía ver, y breves ausencias que la dejaban esperando que la sensación regresara cuanto antes. Durante varios minutos se limitó a sentir. Perdió la noción del tiempo. Podría haber seguido así, sin verlos, sin saber qué vendría después.

Juan dejó pasar unos segundos antes de acercarse de nuevo. Esta vez no la tocó.

—Cariño, ¿quieres subir al siguiente escalón?

Mónica comprendió que no se refería simplemente a hacer algo distinto, sino a renunciar a un poco más de control. Asintió sin vacilar.

—¿Dónde guardas más pañuelos?

—En el segundo cajón de la cómoda.

Oyó a Juan alejarse, abrir el cajón y revolver apenas entre la ropa. Cuando regresó, la seda de otro pañuelo la rozó antes de que él le hablara muy cerca.

—Ponte de pie.

Mónica se incorporó despacio. Con los ojos cubiertos, hasta aquel gesto sencillo exigía una atención distinta: calcular el equilibrio sin la referencia habitual de la vista, confiar en que el suelo seguiría estando donde lo había dejado. Juan esperó a que estuviera completamente erguida y entonces tomó sus muñecas con suavidad, llevándolas detrás de su espalda.

—¿Así está bien?

—Sí.

Juan anudó el segundo pañuelo alrededor de sus muñecas, firme pero sin apretarlo. Mónica movió ligeramente los dedos y comprobó que la presión resultaba perfectamente soportable. Sabía que bastaría una palabra para detenerlo todo y fue precisamente esa certeza —su presencia constante, disponible aunque no necesitara usarla— la que le permitió entregarse un poco más. Entendió entonces, con una claridad que no había tenido antes, lo que Juan había querido decir con entregar el control: no era dejar de tenerlo, sino elegir, en cada instante, seguir sin ejercerlo.

Juan se colocó frente a ella y deslizó muy despacio el índice por el borde de su labio inferior, apenas rozándolo de lado a lado antes de detenerse en el centro. Mónica abrió levemente la boca y dejó que su lengua lo acariciara, esperando el siguiente movimiento. Cuando llegó, lo recibió con un mordisco apenas insinuado y, después de besarle la yema, volvió a darle libertad. Juan permaneció en silencio, sin apartarse, y se llevó el dedo a la boca cuando todavía conservaba la humedad de su mujer. A Samadu, que observaba desde unos pasos atrás, aquel gesto le pareció casi litúrgico: algo entre la devoción y la posesión.

—Ven conmigo.

Mónica dejó que la guiara. Caminó despacio, con los ojos cubiertos y las manos sujetas a la espalda, confiando el equilibrio a la mano de Juan sobre su brazo. Cuando él se detuvo y la soltó, necesitó un momento para orientarse. Entonces comprendió dónde la había llevado: frente al espejo. Ella no podía ver su propio reflejo, pero Juan y Samadu podían contemplar su desnudez tanto de frente en el cristal como directamente de espaldas. Saberse observada, real y reflejada, sin poder comprobar ninguna de las dos imágenes, le produjo un vértigo nuevo.

La ausencia de calor junto a su cuerpo confirmó lo que suponía: se habían apartado unos pasos. Por primera vez desde que empezó el juego, ninguno de los dos la tocaba. Permaneció erguida frente al espejo, con los ojos cubiertos y maniatada por detrás, expuesta ante ellos y privada de cualquier otro recurso que no fuera su imaginación. Había algo contradictorio en sus sensaciones: se sabía sumisa al haberse convertido voluntariamente en objeto de sus fantasías y, al mismo tiempo, empoderada por sentirlos pendientes de ella y saber que seguía siendo quien decidía qué hacer con aquellos deseos. Se había entregado a sus miradas, permitiéndoles contemplar su cuerpo e imaginar cuanto quisieran sobre él sin que ella pudiera saber qué pasaba por sus cabezas.

Precisamente esa libertad para detener el juego en cualquier momento le permitía disfrutar de la exposición y descubrir una faceta exhibicionista que apenas conocía de sí misma. No era solo que le gustara ser mirada, sino no saber cómo la estaban mirando: con deseo, con ternura, quizá con la misma fascinación que ella había sentido al verlos besarse, cuando aquella imagen la excitó hasta llevarla a acariciarse.

Cada posibilidad despertaba algo distinto en ella, y no saber cuál era cierta parecía formar parte del propio juego. Esa incertidumbre la afectaba mucho más de lo que había previsto, provocando en su chocho una humedad cada vez más difícil de ignorar.

Pasaron varios segundos. Empezó a preguntarse qué estarían viendo, cuál de los dos estaría más pendiente de ella y si, a través del espejo, también se buscarían entre sí. Incluso imaginó que en aquel cruce de miradas podía haber algo que la incluyera o que, por un instante, la dejara fuera entre dos hombres que se conocían desde mucho antes que ella. La venda la obligaba a construir toda la escena en su imaginación.

Entonces oyó unos pasos detrás de sí. No supo cuál de los dos se acercaba. Una respiración se hizo más próxima; después sintió el roce fugaz de unos dedos sobre un hombro y, enseguida, otra vez nada. Mónica giró apenas el rostro, intentando reconocer quién había estado junto a ella. El gesto fue inútil y solo consiguió hacerla más consciente de todo lo que había elegido no ver.

Los pasos volvieron a alejarse. Poco después oyó otros desde el lado contrario. Juan y Samadu parecían haber entendido el juego sin necesidad de hablar: no tenían ninguna prisa. Cada pausa aumentaba su impaciencia y cada contacto, por breve que fuera, parecía amplificado por la venda y por la imposibilidad de responder con las manos. Mónica dejó de intentar distinguir quién estaba junto a ella. Terminó por aceptar no saber qué iba a suceder un instante después. Cuanto menos intentaba anticiparlo, más intensa se volvía la espera.

Su respiración se volvió irregular. Sintió que la tensión acumulada empezaba a exigir una salida y comprendió que Juan había acertado al hablar de un escalón más. No se trataba solo de estar atada, sino de descubrir hasta qué punto podía afectarla haber renunciado voluntariamente a esos últimos gestos de control: elegir cuándo mirar, decidir cuándo tocar, anticipar lo que iba a ocurrir. Siguió de pie frente al espejo, consciente de que los dos seguían allí y de que no podía prever el siguiente contacto. Dejó de intentarlo. La sensación fue creciendo hasta imponerse a todo lo demás.

Su cuerpo empezó a tensarse por sí solo, primero apenas perceptiblemente y después con una intensidad que ya no pudo contener. Se arqueó lentamente, abandonándose por completo, hasta que toda la energía retenida terminó por ceder en oleadas que le recorrieron el cuerpo, cada una un poco más suave que la anterior, como el eco de algo que llevaba mucho tiempo construyéndose. Continuó de pie unos instantes más, aunque las piernas dejaron de sostenerla con la misma firmeza.

Juan reaccionó acercándose a ella para sostenerla. La rodeó por la cintura y la atrajo suavemente hacia sí. Ella se dejó caer contra él, todavía con los ojos cubiertos y las muñecas atadas, mientras recuperaba poco a poco la calma. Reconocer los brazos de su marido le devolvió una sensación de seguridad después de tantos minutos sin saber qué ocurría a su alrededor. Cuando sintió que las extremidades volvían a responderle con firmeza, Juan la guio despacio hasta la cama.

Mónica se sentó en el borde sin que él le quitara la venda ni deshiciera todavía el pañuelo de sus muñecas. Permaneció así, respirando lentamente, mientras las últimas réplicas, cada vez más suaves, recorrían todavía su cuerpo. Juan no tenía prisa por liberarla. Se inclinó y acercó los labios a su oído.

—Espera.

Mónica sonrió bajo la venda. Habría podido pedirle que la soltara, pero no lo hizo. Por unos instantes más aceptó seguir sin decidir qué ocurriría después, disfrutando de aquella calma que había sustituido a la tensión.

Cuando por fin se sintió más serena, orientó el rostro hacia donde sabía que estaba su marido. Las palabras le salieron despacio, todavía entrecortadas por la emoción, como una mezcla de agradecimiento y felicidad plena.

—He conocido el séptimo cielo gracias a ti —susurró Mónica—. Devuélveme a la tierra, mi amor.

Juan sonrió y acercó sus labios a los de ella con ternura, prolongando aquel contacto durante varios segundos. Mónica correspondió sin prisa. No quería que terminara todavía aquella sensación de felicidad y calma que la envolvía; deseaba permanecer un poco más así, sin necesidad de pensar en nada más.

A continuación, Juan se situó detrás de ella y deshizo con cuidado el nudo que mantenía sus muñecas unidas. Mónica llevó las manos hacia delante y frotó suavemente sus muñecas mientras él retiraba también la venda. La luz cálida del dormitorio reapareció poco a poco. Parpadeó varias veces hasta distinguir primero a Juan y después a Samadu.

Durante unos segundos no dijo nada. Había permitido que Juan decidiera por ella, había seguido sus indicaciones y había descubierto hasta dónde podía conducirla aquella entrega voluntaria, amplificada por todo lo que su imaginación había tenido que completar, hasta llevarla al final sin necesidad de un último contacto.

…Pero ese juego aún no había terminado.

Mónica devolvió los pañuelos a su sitio y, para su sorpresa, encontró una máscara veneciana de encaje negro, adornada a un lado con una gran mariposa, que había utilizado dos años antes en una fiesta de fin de año. Sonrió al reconocerla y decidió ponérsela. Al verse en el espejo, comprendió que era perfecta para el papel que acababa de decidir asumir: misteriosa, provocadora y con un inequívoco aire de dominación.

Seguía siendo la misma mujer que pocos minutos antes había permanecido vendada y con las manos atadas, pero ahora era ella quien podía verlo todo, quien observaba a los dos hombres y quien decidía qué iba a ocurrir.

Su sonrisa se volvió más pícara. Había llegado el momento de cambiar los papeles.

—Ahora me toca a mí. Lo primero que quiero es que os desnudéis el uno al otro. Y hacedlo muy, muy, muy despacio.

Los dos amigos se miraron. Titubearon por unos momentos. Fue Samadu el primero en empezar a desabrochar la camisa de Juan sin apartar los ojos de él, mientras Juan introducía las manos bajo la camiseta blanca de Samadu y la levantaba poco a poco. Mónica los contempló sin intervenir.

Ahora podía verlo todo. Los gestos, al principio casi prácticos, se hicieron cada vez más lentos. Una mano permanecía unos segundos más de lo necesario sobre un hombro; otra recorría una espalda antes de retirar una prenda. Mónica comprendió que su primera decisión había resultado mejor de lo que esperaba. No quería únicamente verlos sin ropa. Le gustaba observar cómo disfrutaban del contacto.

Cuando terminaron, los tres estaban en igualdad de condiciones. Mónica dejó que se miraran y después les indicó con un gesto que se acercaran. Juan y Samadu obedecieron hasta quedar frente a frente, separados apenas por unos centímetros. Ella esperó a que aquella proximidad empezara a hacerse difícil de sostener y levantó ligeramente una mano.

—Sin tocaros. Al que me desobedezca tendré que darle un cachete en el culito —dijo en tono bromista.

No necesitó añadir nada más. Aunque ellos sonrieron por el comentario de Mónica, la tensión apareció casi de inmediato. Bastaba un pequeño movimiento para que sus cuerpos se encontraran, pero ninguno lo hizo.

Mónica caminó con parsimonia alrededor de ellos, como quien pasa revista a unos soldados. Se detuvo primero frente a Juan y, con un gesto, le indicó que se apartara unos pasos hacia un lado, separándose de Samadu. Andaba con las manos unidas a la espalda. Aquella postura mantenía su torso erguido, proyectando las tetas hacia delante y acentuando una postura impecable, casi militar. Comenzó a inspeccionarlo sin prisa. Su mirada dejó entrever una íntima ironía al advertir el contraste: hacía apenas unos minutos había tenido las muñecas inmovilizadas detrás de su cuerpo; ahora adoptaba libremente aquella misma postura mientras era Juan quien permanecía quieto, sometido a su examen.

Se colocó frente a él y lo miró directamente a los ojos durante unos segundos. Después dejó que su mirada descendiera despacio por todo su cuerpo de una forma muy deliberada, deteniéndose sin disimulo en la verga, ya medio dura. Dio una vuelta completa a su alrededor, deteniéndose en cada detalle y prolongando a propósito aquella inspección. Cuando terminó, señaló con un gesto el lugar que había ocupado antes.

—Vuelve a tu sitio.

Juan obedeció y quedó de nuevo frente a Samadu. Mónica se dirigió entonces hacia este último y le indicó que se apartara hacia el lado contrario.

—Ahora tú.

Samadu hizo lo que Mónica le pedía. La conocía desde hacía unas semanas y, sin embargo, aceptaba sus reglas sin sentirse incómodo. Sabía que Juan lo observaba desde unos pasos más allá, y aquella mirada hacía que todo adquiriera para él un significado distinto. Después de las noches compartidas, ya no se veía únicamente como un huésped del hotel.

Mónica recuperó la misma actitud y repitió con él la ceremonia. Primero sostuvo su mirada; después dejó que sus ojos recorrieran lentamente todo su cuerpo, demorándose en la polla erecta, en los muslos, en el vientre. Caminó a su alrededor con idéntica parsimonia, consciente de que cuanto más prolongaba el examen, más difícil les resultaba a los dos permanecer impasibles.

Cuando consideró terminada la revista, hizo regresar a Samadu a su posición frente a Juan. Mónica dio todavía una vuelta más alrededor de ambos, disfrutando de su obediencia y de la impaciencia que ella misma iba provocando en ellos.

Hacía apenas unos minutos era ella quien esperaba una caricia que Juan retrasaba. Ahora reconocía esa misma impaciencia en los dos hombres y descubrió que también le gustaba provocarla. Se paró frente a ellos. Juan hizo un movimiento casi imperceptible hacia Samadu y volvió a contenerse. Mónica sonrió.

Ahora los tenía delante, ofreciéndose a su mirada, separados apenas por unos centímetros y conteniendo las ganas de tocarse porque ella se lo había ordenado. Mónica comprendió por completo lo que Juan había intentado explicarle. El control no estaba en obligarlos a hacer algo, sino en saber que ambos querían hacerlo y decidir prolongar un poco más la espera.

Fuera seguía lloviendo. Mónica los observó a través de su máscara y no tuvo ninguna prisa por permitir que la distancia desapareciera. La espera se prolongó hasta que les indicó el siguiente movimiento.

—Ahora.

El último espacio que había entre los dos amigos desapareció. Samadu sujetó el rostro de Juan y lo besó con una intensidad que los hizo vacilar. Juan respondió aferrándose a su cintura, y sus vergas se encontraron entre los dos vientres. Mónica se acercó sin interponerse entre ellos. Apoyó las manos sobre la espalda de cada uno. Durante unos instantes los dejó encontrarse a su propio ritmo.

Después los separó un poco, tomó la mano de Samadu y la guio lentamente hacia Juan. Mónica aprovechó precisamente aquella cercanía: hizo girar suavemente la mano de Samadu para que fueran los dorsos de sus dedos índice y medio los que establecieran el contacto. Le indicó entonces un movimiento lento y sutil, haciendo que recorrieran la polla de Juan, el glande húmedo, aquello que delataba el deseo de su amigo. Ella sabía que a Juan le encantaba aquella forma de acariciarlo. No se equivocaba: empezó a perder el control poco a poco; todo lo que llevaba tanto tiempo conteniendo estaba a punto de desbordarse.

—Para un momento —ordenó Mónica sin apenas levantar la voz.

Samadu se detuvo de inmediato. Juan abrió los ojos, respirando con dificultad.

—Dilo todo, mi amor. Quiero oírlo ahora de tu boca, sin guardarte nada.

Juan sostuvo la mirada de Mónica durante unos segundos. Después buscó la de Samadu.

—Deseo que siga. Quiero que me lleve hasta donde ya no pueda contenerme. Y también quiero que tú no te apartes de mí mientras ocurre.

—Tranquilo —respondió Mónica—. Estaré aquí, a tu lado. Además, ya sabes cuánto me gusta beber de tu fuente hasta el último sorbo.

Juan hizo una pausa. Esta vez le costó más continuar.

—Pero no es solo eso. Te quiero a ti, Mónica. Y también te quiero a ti, Samadu. Creo que siempre ha habido una parte de mí que te ha querido, incluso durante todos estos años en los que intenté convencerme de que aquello había quedado atrás.

Samadu permaneció inmóvil. Durante años había terminado por aceptar que nunca volvería a escuchar aquellas palabras de Juan. Ahora que las tenía delante, no supo qué responder. Solo lo miró, incapaz de ocultar lo que habían provocado en él.

Juan volvió entonces hacia Mónica.

—No quiero perderte por decirlo.

Mónica negó lentamente con la cabeza y estrechó la mano que todavía mantenía entrelazada con la suya.

—No me estás perdiendo. Y no tienes que elegir.

Juan permaneció mirándola, como si necesitara asegurarse de haberla entendido bien.

Mónica miró a Samadu. El hotel todavía no había abierto sus puertas y tampoco ellos sabían qué ocurriría cuando terminaran las obras. No quiso prometer un futuro que aún no podían imaginar.

—Lo demás no tenemos que decidirlo esta noche —añadió—. Ya veremos adónde nos lleva esto que empezamos aquel jueves los tres.

Samadu asintió lentamente.

Mónica volvió a mirar a su marido.

—Pero no vuelvas a esconderme que lo quieres.

Durante unos segundos ninguno necesitó añadir nada. Juan mantuvo la mano de Mónica entre la suya mientras sostenía la mirada de Samadu. Algo había cambiado entre los tres, aunque todavía ninguno necesitara ponerle un nombre. Mónica dejó pasar unos segundos más. Después miró a Samadu y asintió.

Samadu reanudó la caricia.

Juan apretó de nuevo la mano de Mónica y la unió a la suya mientras, con la otra, acariciaba el rostro de Samadu. Esta vez ninguno apartó la mirada.

El control de Juan terminó por ceder. Su cuerpo se arqueó, la respiración se le cortó y la polla le palpitó contra los dedos de Samadu.

—Dios...

El gemido que había intentado contener llenó de sonido la habitación. Mónica lo sostuvo mientras Juan se corría, espeso y cálido, sobre su propio vientre.

Durante unos instantes, Juan quedó sin aliento, exhausto. Refugiado entre los dos.

Mónica no lo soltó. Permaneció junto a él, sintiendo cómo su respiración recuperaba poco a poco un ritmo más tranquilo. Samadu tampoco se apartó. Seguía tan cerca que Juan podía sentir el calor de su cuerpo y, cuando levantó los ojos hacia él, encontró en su expresión algo que iba mucho más allá de lo que acababa de ocurrir.

No hicieron falta palabras.

Juan alzó una mano y rozó lentamente el rostro de Samadu, como si aquel gesto sencillo pudiera abarcar todos los años en los que ninguno de los dos se había atrevido a reconocer lo que todavía quedaba entre ellos. Samadu cerró los ojos durante un instante y apoyó la mejilla contra su palma.

Cuando Juan recuperó por completo la respiración, fue él quien atrajo a Samadu.

Lo besó despacio, sin la urgencia de antes. Samadu respondió del mismo modo, y Mónica se acercó a ellos hasta apoyar una mano en la espalda de cada uno. Durante unos momentos dejó que fueran Juan y Samadu quienes se encontraran de nuevo, como si necesitaran confirmar que aquello que acababan de decirse seguía siendo cierto cuando ya no quedaban palabras.

Después fue Samadu quien buscó a Mónica con la mirada.

Ella sostuvo sus ojos durante unos segundos. Había curiosidad, deseo, pero también una pregunta que ninguno de los dos necesitaba formular todavía. Mónica sonrió levemente y acortó la distancia que quedaba entre ellos.

Aquello bastó.

Al final acabaron tendidos sobre la cama, abrazados.

—No sé qué ocurrirá mañana —dijo Samadu.

Juan levantó ligeramente la cabeza.

—Mañana terminamos la carpintería del salón nuevo.

Mónica soltó una risa cansada.

—Eso es lo más romántico que has dicho en toda la noche.

Juan sonrió, pero después su expresión se volvió seria.

—Mañana no tenemos que fingir que esto no ha ocurrido.

Samadu lo miró.

—Tampoco quiero ocupar un lugar que no me pertenece.

Mónica giró el rostro hacia él con un semblante serio pero sereno.

—Los lugares no se ocupan. Se construyen. Y llevamos semanas reconstruyendo este hotel, sin saber que aquí también estaba empezando a construirse algo distinto entre los tres.

Samadu miró a Juan. Después a Mónica.

—¿Y si fuera de aquí no funciona?

—Entonces tendremos siempre este lugar —respondió Mónica—. Y la verdad de lo que ha pasado en él.

CAPÍTULO 5 · TRES PUNTOS Y UNA LÍNEA

El domingo por la mañana, la tormenta había limpiado el cielo de Cádiz. La luz entró en la suite con una claridad azulada. Mónica despertó sola, aún somnolienta. Las voces que ascendían desde la planta baja acabaron de despejarla.

Se puso una camisa de Juan, demasiado grande, y bajó descalza por la escalera del patio. Llevaba en la piel el recuerdo de la noche anterior, pero aquella mañana no pensó en arreglarse para nadie.

En la cocina, Samadu preparaba café y Juan cortaba pan con su precisión habitual. Al pasar detrás de Juan, Samadu le rozó la cintura. Ninguno de los dos interrumpió lo que estaba haciendo.

Juan levantó la vista al ver a Mónica.

—Buenos días.

Ella se acercó y lo besó.

Después miró a Samadu.

Esta vez no esperó a que ninguno de los dos interpretara lo que quería hacer. Se acercó y lo besó también, en la boca, sin la cautela de sus primeros encuentros: un beso breve, todavía nuevo, pero ya sin nada de accidental, con el sabor del café y el recuerdo de la noche compartida.

Samadu la miró con cierta sorpresa. Mónica sonrió.

—El café se va a enfriar —dijo.

Los tres se echaron a reír.

Desayunaron frente a los ventanales que daban al patio. Hablaron de la carpintería del salón nuevo, de las contraventanas de las habitaciones que quedaban por restaurar y de la barandilla de la azotea, desde la que se divisaba una franja del Atlántico.

Samadu contó una anécdota que Juan ya conocía; Mónica protestó porque ambos se reían antes de llegar al final. Juan corrigió un detalle y Samadu le dijo que seguía siendo igual de insoportable.

Cuando terminaron, atravesaron la galería cubierta y entraron en el salón del ala oeste, recién consolidado. La viga que habían colocado aquel jueves atravesaba el techo con una solidez que los días de trabajo posteriores habían terminado de confirmar.

Discutieron unos segundos sobre el nivel de la viga. Mónica los escuchó desde la mesa de obra y acabó sonriendo.

Samadu dijo algo en voz baja.

Juan soltó una carcajada.

Le gustó verlos así.

Quedaban semanas de obra y todavía tendrían que decidir cómo encajar aquella relación fuera del hotel.

Samadu levantó la vista hacia Mónica.

Juan siguió aquella mirada.

Los tres se miraron desde lugares distintos del salón.

Mónica abrió lentamente el cuaderno de obra y escribió la fecha.

Debajo, en lugar de anotar una incidencia, dibujó una línea que unía tres puntos.

Luego levantó la mirada hacia ellos. Sonrió.

Fin.

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