Capítulo 1
En la cuarta planta de la emisora de radio, Hikaru estaba frente al ascensor, con los brazos cruzados y una mano en la barbilla. Lanzaba gruñidos pensativos, como un científico canoso que no encontrara la solución a un problema de investigación.
No había sido hasta llegar allí cuando Hikaru se había dado cuenta de que no tenía dónde pasar la noche. Aunque, más que no haberse dado cuenta, lo que había hecho era intentar por todos los medios no pensar en ello. Tenía la mala costumbre de dejar para más tarde todo lo que le resultaba engorroso.
¿Qué podía hacer? Lo normal sería alojarse en un hotel, pero pasar la noche solo en uno de negocios le parecía bastante soso. ¿Y si probaba en un hotel del amor? Por increíble que pareciera, Hikaru nunca había estado en uno. La oportunidad se le presentaba cuando menos lo esperaba, y la idea lo entusiasmaba un poco. Era una sensación que mezclaba la emoción con cierto placer culpable, como cuando uno aprovecha un descuido de su madre para coger un pintalabios de su neceser y embadurnarse los labios imitándola como puede.
¿Remordimientos? Ese hombre no conocía semejante cosa. En definitiva, quería participar en cualquier cosa que pareciera divertida, pero, como no le gustaban las multitudes, al final terminaba quedándose con todo para él solo. Eso no significaba que le gustara estar solo. También deseaba pasar la noche con alguien, y no era raro que acabara dejándose caer en casa de algún conocido con quien no tuviera que preocuparse por las consecuencias. Hasta hacía poco, había estado satisfecho con esa situación, pero, por una serie de circunstancias, había sido él mismo quien había salido de allí por su propio pie.
En fin, era como apuntarse a un servicio de suscripción porque parecía práctico y, antes de que pasara un año, dejar de usarlo y esperar a que caducara, solo para descubrir que la renovación era automática y que darse de baja resultaba bastante más engorroso de lo previsto.
Mientras Hikaru le daba vueltas al asunto, murmurando pensativo, una voz sonó a su espalda. Tenía una vitalidad impropia de la edad de su dueño, curtida por años de experiencia frente al público.
—¿Qué te pasa?
—Mmm… Estaba pensando dónde voy a dormir esta noche.
Al decirlo, Hikaru se volvió hacia el hombre que acababa de hablarle, conocido por todos como el viejo Yukino: Yukino Takatoshi. Era una figura consagrada de la industria musical japonesa que lo había ayudado desde sus primeros días como novato. Sin embargo, a pesar de su posición, era un tipo extraño, afable y despreocupado, que apenas llevaba asistentes a su alrededor y se paseaba de un lado a otro siguiendo sus propios caprichos.
—¿Qué pasa, Hikaru? ¿Te has quedado sin hogar?
—No pasa nada.
—Claro que pasa. Llevas escrito en la cara que necesitas que alguien te eche una mano.
Hikaru preferiría no tener que recurrir precisamente a aquel hombre, pero decidió preguntarle de todos modos si se le ocurría alguna solución.
—¿Se te ocurre algo?
—Mmm… La verdad es que me gustaría dejarte dormir en casa, pero…
—Eso lo descarto.
Hikaru se apresuró a responder, sin dejarlo terminar.
—¡Espera, espera! Al menos escúchame hasta el final.
Yukino se lo pidió casi suplicando, así que Hikaru accedió a dejarlo continuar.
—¿Qué?
—En casa están mi mujer y mis hijos, que todavía son pequeños. Hikaru, a ti no se te dan bien los niños, ¿verdad?
Los niños no le hacían daño a nadie. Hikaru podía convivir con ellos más o menos como quien convive con algún ser vivo que anda por ahí. Así de simple.
Pero no sabía cómo jugar con ellos.
Como apenas recordaba que alguien hubiera jugado con él cuando era pequeño, nunca había conseguido comprender qué había que hacer para que la infancia de un niño fuera una etapa feliz.
—No es que los odie, pero tampoco es que me gusten.
—¿Ves? Por eso se me ha ocurrido esto.
Yukino sacó algo entre los dedos índice y corazón y se lo tendió con un rápido movimiento, como un mago que lanza una carta de la baraja.
Era un «vale especial de alojamiento en un hotel de lujo».
Hikaru lo aceptó y lo examinó con admiración.
—Vaya, ¿existen estas cosas? Para variar, has hecho algo útil, viejo.
—¿A que sí? Me lo dieron como obsequio de agradecimiento por asistir a la boda de un amigo. Úsalo sin reparos.
—Pero aquí pone que es para dos personas.
—Pues disfruta también de mi parte.
Tras dejarle aquel regalo, el viejo se subió al ascensor que acababa de llegar.
Visto desde atrás, parecía un héroe plateado de esos que uno confundiría con el enemigo, hasta descubrir que en realidad se había infiltrado a solas en territorio hostil para destruirlo desde dentro y luchar por sus compañeros.
Vaya, me han regalado algo bueno. Un hotel de lujo, ¡y encima una suite!
Hikaru, tarareando alegremente y con el ánimo de quien baja corriendo por la escalera de caracol de un edificio parisino de estilo haussmanniano que llevara allí unos doscientos años, abandonó el viejo edificio japonés.
—¡Guauuuuu! ¡Qué espacioso! ¡Qué bonito! ¡Qué lujoso!
Al llegar al hotel, Hikaru se puso a recorrer hasta el último rincón de la suite en la que iba a alojarse por primera vez.
El salón era un espacio lujoso, con los muebles en tonos greige a juego. Aquí y allá destacaban cojines amarillos de distintos diseños.
Qué monos.
En el baño había una bañera blanca justo enfrente. Por alguna razón, al otro lado de la ventana se extendía una vista nocturna de la ciudad, deslumbrante e inmensa.
A la derecha estaba la ducha. Incluso tenía una de esas duchas en las que el agua cae desde arriba como si uno se estuviera dejando golpear por una cascada.
El lavabo era amplio y contaba con dos grifos. Hasta había dos inodoros, como si fuera lo más normal del mundo. Y, sin embargo, solo había una cama, de tamaño king.
Por el momento, Hikaru se lanzó de bruces sobre aquella cama enorme y anchísima.
El colchón apenas rebotó bajo su peso y se hundió hasta adoptar la forma de su cuerpo. Hikaru comprendió entonces que aquello era lo que cabía esperar de una suite.
—A ver qué hay por aquí…
Hikaru empezó a aburrirse enseguida.
Al mirar alrededor de la cama, vio que había algo sobre la mesita de noche.
Oh, ¿y esto qué es?
Era un folleto informativo sobre el salón privado reservado a los huéspedes que se alojaban en habitaciones de categoría suite o superior.
Como seguía sin tener nada que hacer, Hikaru decidió acercarse a echar un vistazo. Salió de la habitación y subió al ascensor. Pulsó el botón de una planta dos pisos más abajo y, al instante, las puertas se abrieron con un tintineo.
Nada más salir, encontró a un conserje apostado a la izquierda.
—Bienvenido. Le agradeceríamos que nos mostrara su tarjeta de acceso exclusiva o el código de miembro de la aplicación.
¿El código de miembro? No tengo nada de eso.
Hikaru estaba allí por invitación, así que no era miembro.
¿Y ahora qué hago? Supongo que la tarjeta exclusiva será aquella que venía con el folleto, ¿no?
Era de los que compraban un electrodoméstico y ni siquiera se molestaban en leer el manual. Como era de esperar, había dejado el folleto tirado por cualquier parte, sin prestarle demasiada atención.
¡Maldita sea! ¿No puedo entrar? ¿Después de haber llegado hasta aquí tengo que volver a la habitación? Bah, lo dejo. Mejor regreso y me voy a dormir.
Justo cuando se disponía a darse la vuelta, una voz resonó a su espalda, suave y sedosa como el satén de la mejor calidad.
—Viene conmigo.
Lo dijo en inglés. Al mismo tiempo, un hombre se acercó y le puso una mano en el hombro.
Cuando Hikaru se volvió, se encontró frente a un hombre vestido con un estilo informal pero elegante. Llamaban la atención sus ojos, con las comisuras ligeramente caídas, que le daban una expresión amable. A juzgar por su aspecto, debía de rondar los cuarenta y tantos.
Ah, es el hombre que iba en el ascensor conmigo hace un rato.
Hikaru lo había reconocido por su aroma: una fragancia fresca y afrutada, mezclada con una calidez terrosa, propia de un hombre maduro.
—Qué feo que te hayas adelantado sin mí, honey.
Como era de esperar, llevaba zapatos de cuero. Vestía un conjunto de un tono anaranjado parecido al color de la piedra arenisca, combinado con una prenda interior beige arena. Un pañuelo color burdeos asomaba por el cuello y aportaba un toque de contraste.
Llevaba el cabello relativamente largo, peinado hacia atrás con productos de fijación. Era castaño mezclado con rubio y, en conjunto, a Hikaru le recordaba a la calabaza seca en tiras.
Sí, aprobado.
Después de examinarlo, Hikaru decidió seguirle el juego a aquella dulce mentira. Deslizó una mano por el hombro del hombre, acercó el cuerpo al suyo y declaró con descaro, pero sin vacilar:
—Sí, he venido con él. Quiero entrar cuanto antes.
El hombre sacó el móvil y le mostró la pantalla al conserje.
—¿Con esto sirve?
—Sí, ya ha iniciado sesión. Que disfruten de su estancia.
El conserje inclinó la cabeza respetuosamente, así que Hikaru también le dio las gracias.
—Muchas gracias.
Y así, Hikaru consiguió acceder al salón sin ninguna dificultad. No, acceder no: infiltrarse. Se le escapaba una risita triunfal, incapaz de contener la satisfacción, cuando el hombre le habló desde un lado.
—Parece que te lo estás pasando bien. ¿Es la primera vez que vienes al salón?
—¿Eh? Bueno, sí. Muchas gracias por ayudarme. Entonces…
Hikaru se apartó con naturalidad del hombre al que había estado pegado, le hizo una reverencia de noventa grados y se dispuso a marcharse.
—Ah, espera, espera.
El hombre lo detuvo enseguida.
—¿Qué pasa? ¿Quiere dinero?
—Dinero me sobra, más que de sobra.
El hombre arqueó las cejas de manera deliberada al responder.
—Entonces, ¿qué…?
Antes de que Hikaru pudiera terminar la frase, el hombre le rodeó la cintura con un brazo.
—Acompáñame a tomar algo.
Después de que lo hubiera ayudado, tampoco podía rechazarlo de mala manera.
Unos minutos más tarde…
—¿Eres de Estados Unidos?
El hombre se llamaba Angelo.
Hikaru estaba sentado en un sofá color rubí, con un plato lleno de toda clase de dulces que había ido amontonando sin dejarse ninguno por probar. Angelo le respondió:
—Sí. Mi madre era de ascendencia italiana. Por lo visto, cuando mi padre le pedía que le preparara café, ella le servía espresso sin aceptar discusión alguna.
—¡Qué fuerte! ¿Y tu padre lo soportaba?
—Al parecer, mi padre acababa añadiéndole agua caliente por su cuenta para convertirlo en un americano.
Una de las cosas que Hikaru aprendió aquel día fue que, antiguamente, en Estados Unidos era habitual que el marido trabajara fuera de casa mientras la esposa se encargaba de las tareas domésticas y de criar a los hijos.
—Pero parece que el orgullo de mi padre no se lo permitía. En realidad, a él le gustaba el momento en sí, ese rato en que mi madre le preparaba el café.
Al imaginar las pequeñas batallas cotidianas de aquel matrimonio, Hikaru no pudo evitar sonreír.
¿Habría sido así si yo también hubiera tenido padres?
Su madre pasaba mucho tiempo postrada en la cama, y su padre ya no estaba cuando Hikaru tuvo edad suficiente para recordar las cosas.
Imaginó algo que no servía de nada imaginar y, al mismo tiempo, percibió con serenidad aquel sentimiento cercano a la añoranza de una familia que acababa de brotar en su interior.
Qué desagradable. Siento el corazón pesado.
—Hikaru, ¿te apetece un café? Si sigues comiendo tantas cosas dulces, te entrarán ganas de probar otro sabor, ¿no?
En los ojos dulces y líquidos de Angelo, Hikaru distinguió un estímulo punzante, como el jengibre.
Qué fresco. ¿Será esto lo que significa ser un hombre adulto? Me gusta.
Hikaru se incorporó ligeramente y se deslizó hasta quedar justo al lado de Angelo. Después entreabrió los labios, delicados y apetecibles como una fresa.
—No me gusta lo amargo.
—Si me dejas a mí, hasta lo amargo puede volverse dulce.
Angelo entornó los ojos y dejó la taza de café sobre la mesa baja. Sin interrumpir el movimiento, deslizó una mano suavemente por la línea de la pierna de Hikaru.
Los dos se colocaron uno al lado del otro frente al ascensor, dispuestos a abandonar el salón.
Mientras esperaban, Angelo iba dejando caer temas de conversación con aparente naturalidad. Entre ambos, las palabras florecían en una charla distendida.
El ascensor llegó con un tintineo. Angelo entró primero y Hikaru lo siguió al interior de la cabina.
Poco a poco, las puertas empezaron a cerrarse.
Ya casi estaban cerradas.
Y, de pronto…
Angelo tiró de Hikaru hacia él, rodeándole el hombro con el brazo. Acto seguido, lo empujó contra la pared de aquel espacio cerrado.
La mano que le sujetaba el hombro se desplazó hasta su oreja. Con sus grandes manos, le enmarcó el rostro por ambos lados y, ladeando ligeramente la cabeza, se apoderó de los labios de Hikaru.
Al principio lo devoró con ímpetu, como si quisiera comérselo a grandes bocados. Cuando el ritmo se calmó, empezó a saborearlo con la delicadeza con que se recoge una fresa. Su lengua roja se entrelazó con la de Hikaru, y ambos saborearon aquel fruto rojo.
La lengua de Angelo se movía de un lado a otro, húmeda y voraz, presionando contra la de Hikaru y absorbiendo su néctar.
En ese momento, el ascensor llegó a la planta situada dos pisos más arriba y sonó el timbre.
Angelo sonrió suavemente y se apartó de Hikaru. Se aflojó el pañuelo del cuello y clavó en Hikaru, aquel pequeño fruto enrojecido, una mirada afilada como un tenedor.
Lo ensartó y lo levantó.
Era para llevar.








