Capítulo 1
MALDITO VIRGO
No puedo desayunar tranquilo. No puedo. Lo he intentado, os aseguro que lo he intentado, pero no hay manera.
Ahí está el plástico del paquete de tostadas.
Encima de la mesa.
Todavía quedan tres tostadas dentro, así que tampoco sería tan complicado dejarlo donde está, terminar de desayunar y recogerlo todo después.
¿Verdad?
Pues no.
Porque mis ojos se van al plástico. Vuelven a la tostada. Otra vez al plástico. Intento concentrarme en mi desayuno, en mi taza de chocolate caliente, en ese maravilloso momento del día en el que uno debería poder disfrutar de la existencia sin tener que resolver absolutamente nada.
Pero ahí está.
El plástico.
—Déjalo tranquilo, hombre. Termina de desayunar.
—Sí, claro. Eso hago.
—Pues deja de mirarlo.
—¡Que no lo estoy mirando!
Lo estaba mirando.
Y tanto lo miraba que, mientras discutía conmigo mismo sobre la conveniencia de levantarme a llevarlo al contenedor de los plásticos, dejé la tostada medio segundo más de lo debido dentro del chocolate caliente.
Medio segundo.
¡Medio segundo de mierda!
La tostada decidió que ya había cumplido suficientemente con su existencia y se partió.
Y aquí es donde entran las famosas leyes de Murphy.
Porque, vamos a ver, si una tostada tiene que caerse, que se caiga como Dios manda. Que respete las leyes. Que aterrice sobre la mesa por el lado de la mantequilla, como está establecido desde tiempos inmemoriales.
¡Pues no!
¡La muy desgraciada tuvo que caer directamente en el centro del tazón de chocolate caliente!
¡CHOF!
Una explosión.
Chocolate por la mesa, chocolate por todas partes y, naturalmente, chocolate sobre mi camiseta.
Mi camiseta limpia.
La que acababa de ponerme para ir al trabajo.
—¡Me cago en la leche!
—Bueno, tampoco es para tanto.
—¿Cómo que no es para tanto? ¡Mira cómo me he puesto!
—Pues te cambias de camiseta.
—¡Claro! ¡Qué fácil! ¡Y todo por culpa del puto plástico!
Me levanté.
Cogí el plástico.
Lo llevé al contenedor correspondiente, porque una cosa es estar cabreado y otra muy distinta empezar a mezclar los residuos como un salvaje.
Regresé a la cocina.
Me quité la camiseta.
Y decidí no ponerme otra.
Por si acaso.
Porque a estas alturas de la mañana ya había aprendido que el desayuno era una actividad de alto riesgo.
Volví a sentarme.
Respiré.
Contemplé la mesa.
Ahora sí.
Sin plásticos molestos. Sin camisetas que proteger. Sin objetos que reclamaran mi atención.
Solo yo, mi chocolate y mis tostadas.
—Vamos a ver si podemos terminar este desayuno amablemente y en paz con todo lo que nos rodea.
Cogí otra tostada.
La observé.
—Tú y yo vamos a entendernos.
La introduje cuidadosamente en el chocolate.
—Esta vez no te vas a caer. Esta vez no me fallas. No te vas a romper. Aquí no se descontrola absolutamente nada.
La levanté despacio.
Perfecta.
¡Por fin!
Y entonces…
¡Ah!
¡Un momento!
Me quedé inmóvil.
Miré hacia abajo.
El pantalón.
¡EL PANTALÓN!
Porque, naturalmente, cuando aquella primera tostada decidió suicidarse en el tazón, el chocolate no se había limitado a salpicarme la camiseta.
No.
También había alcanzado el pantalón.
¡El pantalón que ya tenía puesto para ir al trabajo!
—No puede ser.
—Pues parece que sí.
—¡Pero será posible!
—Hombre, tampoco hace falta ponerse así.
—¡Cállate de una puta vez!
Me levanté.
Me quité el pantalón.
Y entonces tuve una revelación.
Una de esas revelaciones que deberían cambiar para siempre el rumbo de la humanidad.
A partir de hoy desayuno desnudo.
Se acabó.
¡DESNUDO!
Me levanto de la cama, voy a la cocina y desayuno tal como vine al mundo.
Sin camiseta.
Sin pantalones.
Sin absolutamente nada que pueda ser víctima de una tostada con tendencias suicidas.
Y si el chocolate decide volver a saltar por los aires, pues me doy otra ducha.
¡Me la doy y punto!
Porque tampoco pienso irme al trabajo con chocolate seco pegado a la piel. ¡No, por Dios! ¡De ninguna manera!
Primero desayuno.
Después me ducho si hace falta.
Y luego ya arreglo mi vida, me visto y salgo a trabajar.
¡Salga el sol por donde salga!
Me quedé un momento contemplando mi desayuno.
Mi taza.
Mis tostadas.
La mesa.
Y pensé…
Maldito Virgo.
¡Qué asco te tengo!
Si supierais, vosotros, los otros once signos del zodiaco, lo que se sufre…
¡No tenéis ni idea!
¡Ni puñetera idea!
Por Dios, ¿hay alguien que venda su signo?
¿Alguien nacido en enero? ¿En diciembre?
¡Que me venda su signo, por favor!
¡Se lo compro!
¡Se lo cambio!
¡Le regalo el mío con todas sus manías y sin derecho a devolución!
Porque esto no es vida.
Esto es una condena.
¡Qué asco de Virgo!
¡Qué asco me tengo!








