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The Mate Code

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Summary

En Auren, el amor no decide quién pertenece a quién. La genética lo hace. Vaelen D'Arven es el heredero del Trono Alfa: poderoso, privilegiado y criado para gobernar un mundo donde los Alfas mandan, los Betas sostienen el sistema y los Omegas son valorados según su linaje y capacidad genética. Su futuro ya está decidido. Elara Valmont, una Omega de la alta sociedad con un 82 % de compatibilidad genética, será su futura consorte. Para Vaelen, el matrimonio no es amor: es una alianza necesaria para asegurar la Corona y mantener el poder de su familia. Porque Vaelen no cree en el amor. Mucho menos en el vínculo Mate. Hasta que una joven Omega aparece en su vida y comienza a desafiar todo aquello que creía conocer sobre la genética, el deseo y el destino. Ella no debería ser importante. No pertenece a su mundo. Y, según las reglas que gobiernan Auren, jamás podría ser la elección correcta. Pero existe un secreto que las Grandes Casas llevan generaciones ocultando. Un código capaz de cambiar las reglas. Una compatibilidad que la ciencia no puede explicar. Y un vínculo que podría destruir el sistema que mantiene a Auren bajo control. Vaelen creía que podía controlar su destino. Hasta que descubra que su verdadero Mate podría ser la única persona capaz de arrebatarle la Corona… o convertirse en la razón por la que finalmente decida luchar por ella.

Status
9h ago
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

El peso de la corona


POV. Vaelen

El humo denso de los puros importados y la neblina dulce de feromonas sintéticas se mezclaban en la suite privada del Nox, el club más exclusivo y prohibitivo del Distrito Imperial. A través del cristal tintado de piso a techo que dominaba la planta alta, las luces doradas de Aurelia se extendían como una red helada y majestuosa. La capital entera parecía rendirse a los pies de la Casa D’Arven, pero a estas horas de la madrugada, lo único que calmaba la presión sobre mis hombros era el chasquido del hielo contra el cristal de mi vaso, y las omegas que se peleaban por complacerme.

A mi alrededor, el círculo más cercano de mi entorno disfrutaba de la noche como lo hacíamos todas las noches. Varios Alfas de las Grandes Casas y un par de Betas influyentes de la alta administración pública, además de unos cuantos que pertenecen al centro de investigación reían y bebían sin preocuparse por lo que ocurriría mañana. Algunos inhalaban drogas de diseño genético sobre las mesas de mármol negro para anestesiar el peso de sus futuras responsabilidades; otros jugaban al póquer apostando sumas que habrían alimentado a una familia del Distrito Sur durante un año entero.

Y, por supuesto, estaban los Omegas de servicio. Este club era atendido prácticamente por omegas de la clase más baja. Ellos eran quienes debían asumir las tareas menores, y gracias a eso disfrutaban de sueldos y viviendas asignadas en el distrito sur. Los hombres atendían el bar y las mujeres servían y tenían tareas en la limpieza. Habían algunas omegas que al tener alguna característica especial podía realizar otros servicios, los cuales eran básicamente ofrecer sus cuerpos para nuestra entretención.

—¡Muévete más rápido, inútil! ¿Acaso no sabes servir un escocés sin derramar una sola gota sobre mi pantalón? —bramó Marcus, un Alfa de la Casa Vane, apartando con un empujón brusco a una joven sirvienta. Esta escena era normal, la gran mayoría de los alfas en esta sala trataban a estos omegas como basura.

La chica, una Omega de la escala más baja con el uniforme de servicio ajustado y la mirada aterrorizada, se encogió sobre sí misma en el acto. Sus feromonas se agriaron con el aroma del miedo primario, pero no se atrevió a levantar la vista. En nuestro mundo, protestar o mostrar el más mínimo gesto de insolencia frente a un Alfa de élite equivalía a perder el empleo, la licencia de permanencia en el distrito o algo peor. Las humillaciones publicas no eran penadas por leyes, la jerarquia era clara y ella lo entendia.

—Lo... lo siento mucho, mi señor —balbuceó la muchacha, arrodillándose para limpiar el derrame del suelo con las manos temblorosas.

—Las de su clase no sirven ni para sostener una bandeja —se burló otro Alfa a su lado, pateando ligeramente a la sirvienta para apartarla como si fuera basura—. Es ridículo que el club siga contratando basura de los distritos inferiores para atender la zona VIP. Deberían dejarlas en las cocinas, donde nadie tenga que oler su falta de linaje, sus feromonas agrias me producen asco.

Observé la escena con fría indiferencia. No disfrutaba con la humillación que mis amigos ejercían sobre la servidumbre, pero tampoco me molestaba en intervenir. Así funcionaba el reino de Auren. Los Alfas dominaban y tomaban las decisiones; los Betas sostenían el aparato administrativo y científico mientras los Omegas comunes o de servicio existían dentro de una jerarquía diseñada para acatar órdenes, cumplir labores esenciales sin protestar y recordar siempre cuál era su lugar en la pirámide social.

Me desconecte de la situación y fije la atención en mi regazo donde una joven Omega de compañía, con cabello rubio platinado y sonrisa dócil, intentaba en vano llamar mi atención masajeandome el pecho por encima de la camisa, llevando su mano peligrosamente cerca de mi cinturón. Esperando una reacción de aprobación que no tenía ganas de otorgar, la chica era hermosa pero sus feromonas no despertaban el más mínimo deseo, simplemente disfruto de su desesperación por llamar mi atención.A mi lado, otra chica inclinaba la cabeza con sumisión mientras me servía un nuevo trago directamente en la boca. Yo me dejaba, disfrutando de la atención, del control y del privilegio de saber que nadie en esa habitación poseía más autoridad que yo, todos simplemente me adulaban, no tenía que pedir nada, ellos simplemente me daban incluso lo que no pedía.

Era mi supuesta «última noche de libertad». Mañana, el reino entero celebraría el inicio de una nueva etapa formal para la corona. Para el pueblo, sería un evento histórico; para mí, solo se trataba de un movimiento de piezas meticulosamente calculado por mi padre para afianzar nuestro dominio.

De pronto, un silencio pesado y tenso comenzó a extenderse por la suite.

El aroma de las Omegas de servicio y de las acompañantes a sueldo quedó completamente eclipsado por una ráfaga suntuosa, densa y abrumadora de feromonas ricas en matices florales, especiados y profundamente provocadores.

Seris Delyne acababa de cruzar la puerta de la zona reservada.

Avanzó con la elegancia innata de una predadora social, haciendo sonar el tacón de sus zapatos contra el suelo. Poseía esa belleza felina e impactante de la alta sociedad Omega: un cuerpo voluptuoso lleno de curvas tentadoras, la piel trigueña, labios carnosos y unos ojos oscuros que transmitían una confianza descarada. Llevaba un vestido de seda borgoña que se ceñía a sus caderas como una segunda piel, dejando claro desde el primer segundo que ella no pertenecía a la servidumbre ni a las chicas contratadas por horas. Ella era de la élite.

Con un gesto cargado de desprecio, Seris se detuvo justo frente a la muchacha que estaba sentada sobre mis piernas.

—Lárgate —ordenó Seris con una voz aterciopelada pero tajante, sin siquiera mirarla a la cara.

La chica rubia dudó durante un segundo, buscando mi mirada en busca de auxilio, pero al ver que yo no decía nada, se apresuró a levantarse. Seris no perdió el tiempo: con una mirada fulminante levantó la mano y le dio una bofetada que apagó los murmullos de la sala, la omega simplemente bajó la cabeza y salió de la habitación, luego espantó también a la sirvienta que me servía el trago, apartando con la punta del pie como si fueran simples molestias en su camino. Ellas no podían competir con su linaje, su posición ni la cercanía que llevaba años manteniendo conmigo. Yo ya estaba acostumbrado a estas reacciones de Seris, por lo que no reaccioné.

—Estás demasiado entretenido para ser el hombre que mañana se compromete frente a todo el reino, Vaelen —murmuró Seris, tomándome del mentón con la punta de sus uñas pintadas de rojo profundo. Mirándome con esos ojos oscuros y peligrosos, mi mirada bajó a su boca, ella al notarlo pasó su lengua de forma sugerente.

Se inclinó sobre mi regazo, ocupando el lugar de las anteriores con una audacia que sólo a ella le estaba permitida. Deslizó sus brazos alrededor de mi cuello y me besó con una intensidad hambrienta, posesiva, marcando territorio frente a toda la habitación. Sus labios carnosos presionaron los míos con exigencia, buscando desarmar mi compostura habitual. Su abrio paso y profundizo el beso mientras sus manos jalaban mi cabello en la zona de la nuca de forma posesiva.

No la aparté. Deslicé mi mano por la curva de su espalda, sujetando su cintura con firmeza para acomodarla. Presione su cuerpo por la cintura y la deje sentir lo que ella producía en mi cuerpo para luego responder al beso con la autoridad que me caracterizaba. Seris disfrutaba de ejercer ese control aparente, de sentirse la única capaz de imponerse sobre el futuro rey. Comenzó a moverse de forma sugerente sin importarle que la sala seguía llena de alfas poderosos de otros reinos Yo la dejaba actuar porque su arrogancia me divertía y porque su cuerpo era una distracción sumamente eficaz, me perdí en el calor de momento y deje a mi manos explorar su cuerpo con descaro. Su cuerpo era voluptuoso y yo disfrutaba sentir su pecho rozar con el mío, mis manos apretaron uno de ellos con fuerza logrando que ella sufriera un pequeño espasmo. La conocía a la perfección, sabía donde tocar y cómo provocarla. Pero también sabía que estábamos perdiendo el control.

—El reino siempre aplaude cuando su futuro rey está satisfecho, Seris —respondí con voz grave contra sus labios, cuando me dio un segundo de tregua.

—Entonces dejame satisfacerte y deja de pensar en el reino y en esa absurda ceremonia de mañana —susurró al oído, rozando su lengua por mi mandíbula antes de mordisquear el lóbulo con saña—. Esta noche no eres del pueblo, ni de tu padre, ni de Elara Valmont. Esta noche me perteneces a mí. Su mano soltó mi cabello y apretó el bulto que había crecido entre mis piernas.

Me puse de pie de un solo movimiento, levantándola en brazos sin el menor esfuerzo. Dejé una tarjeta de crédito de alta denominación sobre la mesa para que mis amigos continuarán la fiesta a mi cuenta y, sin dar más explicaciones, me la llevé hacia la suite privada de la planta superior.

Seris sabía cómo provocarme por lo que llegamos dando tumbos a la habitación, abrí la puerta de una patada para cerrarla de inmediato, corte el beso y la deje parada frente a mi, esta dinámica era habitual por lo que ella sabía lo que yo quería, no fue necesario insinuar nada. Seris posó sus manos en la hebilla del cinturón y se colocó de rodillas frente a mí, busqué sus ojos y simplemente asentí. Ella me tomó con ambas manos y comenzó a moverse rápidamente hasta que las lágrimas llenaban sus ojos, el placer viajaba por mi cuerpo y se quedaba en la parte baja de mi espalda, con los ojos cerrados busque mi cabello y lo lleve más profundo en su garganta sin importarme si podía soportarlo. Empuje cada vez con más fuerza buscando mi liberación, mientras ella me apretaba con sus manos la parte trasera de mis piernas intentando llamar mi atención o para pedirme que bajara el ritmo.

Pero esto no se trataba de ella, se trataba de mi placer por lo que simplemente la ignoré y seguí hasta que terminé con fuerza en su boca.

Baje la mirada y vi su rostro desfigurado por la falta de aire, mientras tragaba lo que le había dado. La deje ahí y avance al baño para darme una ducha, yo no era un hombre cariñoso y ella lo sabía, yo buscaba sexo y lo conseguiria con ella o con otra por lo que no me importaba mucho si ella lo disfrutaba, pero llevabamos alrededor de 4 años teniendo sexo por lo que me imagino ella tambien lo disfruta.

Luego de bañarme encontré a Seris sobre la cama vestida con un traje rojo de encaje que dejaba poco a la imaginación, simplemente le ordene que se colocara en la posición habitual por lo que se dio vuelta y puso su manos sobre la cama y levanto su trasero para darme acceso, saque un preservativo y me lo jocoque antes de embestirla rápidamente y sin ningún juego previo, siempre uso preservativo ya que estoy muy conciente de lo ambiciosa que es Seris, además una de sus cualidades de omega es la fertilidad por lo que no me arriesgaria ni muerto a cometer ese error con ella. Tuvimos sexo toda la noche hasta que pofin estuve satisfecho, no le di descanso y la trate talvez un poco mas rudo de lo que acostumbro, pero la presión por cumplir las expectativas me estaba costando mi libertad. Así que simplemente vertí toda mi frustración esta noche sobre ella, sin importarme si le gusta o simplemente lo soporta. De todas maneras la hice venir más veces de las que recuerdo.

A la mañana siguiente, la luz fría y grisácea de la aurora atravesaba las cortinas de la habitación.

Me senté en el borde de la cama king size, pasándome la mano por el cabello rubio despeinado y soltando un suspiro pesado. A mi lado, entre las sábanas de seda desordenadas, Seris dormía plácidamente sobre su estómago, con la espalda desnuda al descubierto y las marcas rojas de mis dedos todavía visibles sobre la piel de sus caderas y su cuello.

Cualquier persona fuera del círculo de poder consideraría una locura o un escándalo el pasar la noche anterior en los brazos de mi omega favorita mientras preparaba la llegada de la mujer que se convertiría en mi esposa y futura consorte de Auren. Pero en el nivel social donde yo me movía, la moral tradicional era un chiste para los plebeyos.

Un Alfa tiene necesidades biológicas que la sociedad comprende y respeta. El rut, el estrés de la política, la constante exigencia de mantener el control... Para eso existían las Omegas atractivas, complacientes y bien posicionadas como Seris. Su aroma era delicioso, su fertilidad era alta según las pruebas del Consejo de Compatibilidad y su capacidad para satisfacer mis instintos en la intimidad era impecable. Por eso la había mantenido a mi lado durante tanto tiempo.

Ella interpretaba esa cercanía como un privilegio, una victoria sobre las demás o un camino para asegurarse un puesto permanente a mi lado; yo simplemente lo veía como un acuerdo práctico. Seris podía creer que me controlaba en las sombras, pero la realidad era mucho más fría: los Alfas gobernaban; los Omegas satisfacían nuestras necesidades. Así era el orden natural de las cosas.

Me puse de pie, ajustando mi reloj de oro antes de abrocharme los pantalones. Miré a la mujer que descansaba en la cama sin el menor rastro de sentimentalismo.

Hoy era el día.

Hoy, Elara Valmont llegaba oficialmente al Palacio Real D’Arven para mudarse conmigo como mi futura consorte.

Conocía a Elara desde que ambos éramos unos niños correteando por los jardines del palacio. Pertenecía a una de las Casas Omegas más antiguas, ricas y respetadas del reino: educada, refinada, impecable y moldeada desde la cuna para convertirse en la Luna perfecta de la corona. Elara era hermosa de una manera delicada y clásica, pero cuando la miraba, no sentía absolutamente nada. Ni una aceleración en el pulso, ni un chispazo en la sangre, ni la menor alteración en mis feromonas, según los análisis eramos compatibles y podíamos producir alfas genéticamente fuertes, y eso al parecer era lo único que justificaba el hecho de que tuviera que casarme con ella.

Para mí, Elara no era una mujer; era una transacción de Estado disfrazada de alianza aristocrática. Un trámite inevitable para asegurar mi acceso al trono.

—Un matrimonio no significa perder mi libertad —murmuré para mí mismo frente al espejo del baño, viendo mi propio reflejo frío—. Cumpliré con mi deber, le daré un heredero a la corona y mantendré la fachada que el Consejo exige. Pero eso no cambiará mi vida personal. Seris o cualquier otra omega seguirá en mi cama calentando mis noches siempre que a mí me plazca. Nadie impone límites a un Alfa D’Arven.

En Auren, el sistema de compatibilidad genética determinaba cada matrimonio de la élite. El Consejo analizaba el ADN, los receptores de feromonas y el historial reproductivo de las familias Alfa y Omega. Oficialmente, Elara y yo poseíamos un 82 % de compatibilidad, una cifra considerada excelente por los científicos para garantizar descendencia fuerte y asegurar la estabilidad de la dinastía.

El concepto popular del «vínculo Mate» o el «amor verdadero» que los distritos pobres dramatizaban en sus cuentos no era más que un mito para consolar a las clases bajas. En el mundo real, el Mate era ciencia y pragmatismo: la biología aportaba datos y las familias poderosas elegían cómo manipularlos para preservar su estatus.

Salí de la suite sin despertar a Seris y abordé el vehículo blindado que me esperaba en la salida privada del club.

Dos horas más tarde, tras un baño caliente que eliminó los rastros de alcohol y el olor a feromonas de la noche anterior, me vestí con el uniforme militar de gala de la Casa D’Arven: chaqueta azul oscuro con bordados de hilo de oro en los hombros, botones macizos y la insignia real brillando sobre mi pecho. La mandíbula marcada, los ojos verdes e impasibles, el aro de plata en mi ceja y los tatuajes ocultos bajo la ropa componían la figura exacta del hombre al que todo Auren debía obedecer.

—Todo está preparado en el Gran Salón para recibir a Lady Elara, Lord Vaelen —anunció un siervo Beta desde la puerta, manteniendo la cabeza baja en un gesto de sumisión ensayado.

—Bajo en un momento —respondí sin girarme.

Hoy comenzaba el juego político definitivo para asegurar mi corona. Estaba acostumbrado a controlar cada detalle de mi entorno, cada decisión, cada impulso. Creía saber exactamente cómo funcionaba el mundo, la genética y las personas que me rodeaban. Estaba convencido de que nadie en este reino poseía la capacidad de quebrantar mi voluntad o hacerme perder el control.

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