Bello, pero muerto
El murmullo de la galería aún me retumba en los oídos. Caminaban frente a mi obra como si diseccionaran un cadáver. Yo los observaba en silencio, con la copa en la mano, esperando… esperando que, al menos uno, pudiera ver lo que yo había puesto ahí.
Pero no.
—Correcta —dijo uno, con una sonrisa vacía—, pero sin vida.
—Se siente muerta —añadió otro, ni siquiera digno de mirarme a los ojos.
Esa palabra se me quedó pegada como una maldición: *muerta*. Todo lo que había creado, cada pincelada, cada noche en vela… reducido a un cuerpo sin alma.
Cuando la galería cerró, regresé a mi estudio con un zumbido constante en la cabeza. El silencio me recibió como una condena. Los lienzos me rodeaban, rígidos, mudos, observando como testigos de mi fracaso. Sus colores parecían burlarse: verdes apagados, azules fríos, rojos… muertos.
Me senté frente a un lienzo en blanco. Mezclé pigmentos con manos temblorosas, como un cirujano en pleno colapso. Busqué el rojo perfecto, pero nada vibraba. Cada trazo era insípido, hueco. Como si la pintura misma estuviera cansada de mí.
El corazón me golpeaba el pecho, un tambor desbocado. La frustración me ardía en la garganta, me nublaba la vista.
Y entonces lo decidí.
Abrí el cajón y saqué la navaja. El metal frío se reflejó en mis ojos. La sostuve un instante, sintiendo cómo mi respiración se agitaba, cómo el silencio se tensaba alrededor de mí.
La apoyé sobre mi antebrazo. El filo presionó mi piel. Un instante después, la atravesó.
El dolor fue inmediato, ardiente, real. Mi respiración se cortó. Observé cómo la sangre brotaba, espesa, caliente… y al caer sobre la paleta, lo comprendí.
No había rojo.
Mi sangre no tenía color.
No había vida, no había fuerza, solo un líquido pálido, traicionero, que se burlaba de mí tanto como aquellos críticos.
Me quedé inmóvil, paralizado, mientras cada gota marcaba un compás cruel en el suelo. Esperaba un rojo profundo, vibrante, capaz de incendiar el lienzo. Y lo único que encontré fue vacío.
Un rugido nació en mi pecho. Lancé la navaja contra la pared; el golpe metálico resonó en el estudio como una carcajada.
—¡No es suficiente! —escupí, con la voz desgarrada—. ¡Nada lo es!
La respiración me quemaba los pulmones, mis manos temblaban, mi corazón era un martillo implacable. Y en ese frenesí, en esa rabia ciega, una certeza se instaló en mi pecho: mi arte no podía nacer de mí.
Me quedé mirando el lienzo en blanco, con la herida abierta, con la sangre goteando sin color. El silencio era absoluto, denso, como si el mundo mismo contuviera la respiración.
Y supe, con un estremecimiento, que el rojo que buscaba… estaba en otra parte.








