Prólogo
Nathaniel Black permanecía sentado en el amplio sofá de cuero negro de su penthouse, envuelto en ese silencio espeso y absoluto que solo la opulencia extrema era capaz de comprar. Más allá de los ventanales de piso a techo, la metrópolis se desplegaba como un mar de luces lejanas, rendida a sus pies. Sin embargo, su atención no estaba en el horizonte, sino en la pantalla encendida de su teléfono.
La luz fría del aparato iluminaba la compostura impecable de su rostro, recortando los ángulos marcados de su mandíbula y el brillo helado de sus ojos. Pasaba, una a una, las fotografías enviadas por su detective privado esa misma tarde; en las imágenes aparecía Ethan Whitmore, y a su lado la misma mujer de los últimos meses.
Nathaniel ladeó la cabeza con una lentitud calculada, analizando la toma capturada desde la esquina de una cafetería. No había desconcierto en su mirada; solo una evaluación quirúrgica, fría y territorial.
—¿Qué se supone que tiene para que le dedique tanto tiempo? —murmuró con una voz grave, baja, que pareció congelar el aire a su alrededor.
A su lado, un hombre de su misma edad rompió la quietud dejándose caer en el extremo del sofá con el roce elegante de su traje. Llevaba las mangas de la camisa blanca levemente arremangadas y una copa de cristal entre los dedos, luciendo esa sonrisa irónica de quien conoce demasiado bien los oscuros caprichos de su acompañante.
—¿Vas a seguir analizando esas fotos como si fueras a encontrar un código secreto? —preguntó con una risilla provocadora, apoyando el brazo en el respaldo—. Lleves cinco meses o un año mirando las mismas fotos, la realidad no va a cambiar.
Nathaniel ni siquiera se molestó en parpadear. Su pulgar volvió a deslizarse con precisión mecánica para ampliar el rostro de la chica.
—Cinco meses... —repitió Nathaniel, marcando cada sílaba con una certeza helada que no admitía réplica—. Ethan no conserva juguetes por tanto tiempo. Él se aburre, se distrae y cambia de objetivo. Si esto se alargó, no es porque ella sea especial... es porque hay algo más, algo que todavía no estoy viendo.
El chico a su lado soltó una carcajada baja, reclinándose con comodidad mientras saboreaba su bebida.
—O tal vez, solo tal vez, por primera vez en su vida encontró a alguien que le gusta de verdad. No todos tienen tu capacidad para aburrirse de la humanidad en cinco minutos, Nathaniel.
Nathaniel giró despacio el teléfono entre los dedos. Sus ojos, tan grises y distantes como el mármol del piso, se fijaron en la figura de la chica al lado de Ethan. La curva de su boca dibujó una sonrisa sin el menor rastro de humor; una mueca gélida que prometía consecuencias.
—Ethan no se enamora —sentenció, en un tono apenas superior a un susurro, pero cargado de una posesividad implacable—. Ethan juega, y si cree que este juego va a durar mucho más... voy a encargarme personalmente de que recuerde dónde están los límites.
Su acompañante suspiró con una mezcla de resignación y fascinación contenida al ver cómo Nathaniel bloqueaba la pantalla y dejaba el teléfono sobre la mesa de cristal con un golpe seco y preciso.
Afuera, las luces de la ciudad continuaban titilando en la noche, ajenas a la decisión que acababa de tomarse en lo alto de aquel penthouse.
Esa presencia en la vida de Ethan no era un romance ni una amenaza real, simplemente era el detonante que estaba a punto de terminar con la paciencia de Nathaniel Black. Y cuando Nathaniel decidiera reclamar lo que consideraba suyo, ya no habría juego en el que protegerse.








