Te amo como nunca y te hablo como siempre...
“Unas veces lloramos por golpes y otras por despedidas... Cuando alguien se va quisiéramos verle otra vez, pero jamás nos gustaría olvidarlo...”
—Qué interesante —murmuró Kanna, apoyando la mejilla sobre la mano.
Sentada en la banca del parque, apartó la mirada del libro y contempló el cielo. Luego volvió la vista hacia su bolso: allí descansaban una caja de chocolates y una carta atada con un listón donde se leía: “Mi declaración de amor”.
Sostuvo la mirada sobre la nota unos segundos, sintiendo un leve temblor en los dedos.
—Espero que le guste —suspiró.
Consultó su reloj: las 11:30 a. m. Le quedaba solo media hora para encontrarse con Ren en la estación. Hoy finalmente se inauguraba la visita al antiguo santuario descubierto meses atrás, y habían quedado en tomar el tren juntos.
Kanna llegó a la estación a falta de cinco minutos para la hora pactada. Pensó que encontraría a Ren esperando, pero él aún no había llegado. Guardó un par de minutos la calma mientras contemplaba su reflejo en una ventana, arreglándose el cabello con meticuloso cuidado y luciendo una sonrisa inquieta.
De pronto, la figura de Ren apareció justo detrás de su reflejo. Kanna dio un brinco por la impresión, aunque en realidad era la ansiedad acumulada en su corazón lo que la tenía a punto de estallar.
—Disculpa si te asusté —dijo Ren con una sonrisa afectuosa.
—Tranquilo, con lo concentrada que estaba, cualquier cosa me habría sorprendido —respondió ella, secándose el sudor de la frente con un pañuelo blanco.
—Por cierto, quería decirte que te ves muy bonita.
Tras regalarle esas palabras, Ren dio media vuelta para dirigirse al vagón. Jamás notó que, a sus espaldas, a esa chica aquel simple elogio ya le había hecho valer la pena las más de dos horas que pasó en su habitación arreglándose...
Tomaron sus asientos en el vagón; Kanna se acomodó junto a la ventana, pues siempre le había fascinado contemplar el paisaje. Les esperaba un recorrido de dos horas hasta el santuario.
—¿No te parece increíble este viaje? —preguntó ella con los ojos brillando de entusiasmo.
—¿Qué cosa en particular?
—Todo. Poder conocer el santuario, las vistas tan hermosas... Digamos que un poco de todo.
—Todo esto me parece increíble, sí, pero hay algo que lo supera... Y es estar contigo.
Kanna escuchó esas palabras e instintivamente se llevó una mano al pecho.
—Ninguna experiencia es tan especial sin una buena compañía, y para mí tú siempre has sido la persona más importante —agregó Ren con tono firme y cálido.
Kanna lo miró profundamente y así, juntos, se entregaron a disfrutar del trayecto. Por momentos contemplaban los paisajes mientras tomaban fotografías para el recuerdo; en otros, jugaban a las cartas o simplemente compartían anécdotas de sus vidas, de las cuales guardaban muchísimas.
Al cabo de una hora y media de camino, el vagón lucía cada vez más solitario. Kanna buscaba el instante perfecto para confesarle sus sentimientos a Ren; sin embargo, antes de dar un paso tan decisivo, prefirió ir al baño para intentar calmarse. Los nervios se traducían en un leve sudor, torpeza para articular palabras y un corazón que le latía a toda prisa.
Ya frente al espejo del baño, una ola de pensamientos oscuros inundó su mente: «Te dirá que no», «Solo te ve como una amiga», «Si lo haces, vas a arruinar la amistad».
Kanna se sentía abrumada; dar ese paso requería un valor que apenas le quedaba. Recordó cuando era niña y conoció a Ren. En aquel entonces era una chica reservada y extremadamente tímida; le costaba relacionarse y no sabía cómo agradar a los demás, hasta el punto de que varios niños la aislaban. Pero con Ren todo fue diferente. Él siempre había sido abierto, sociable, y paciente con ella: la impulsó a expresarse y le transmitió una confianza tan firme que disipó su miedo a hablar con la gente.
Resultaba irónico que, años después, todos esos viejos temores regresaran justamente por la persona que los había ahuyentado. Sin embargo, estaba decidida. Ya había dejado pasar demasiadas oportunidades por cobardía; si no hablaba ahora, jamás sabría si sus sentimientos eran correspondidos o, peor aún, terminaría perdiéndolo sin haberlo intentado.
Con esa resolución en el pecho, se lavó la cara y salió del baño. Mientras caminaba hacia el asiento de Ren, miró por la ventana y respiró hondo: a lo lejos se divisaba ya la entrada al antiguo santuario. A solo un par de minutos de llegar, con el vagón completamente solitario, era el momento exacto.
Se plantó frente a Ren y, con voz firme, anunció:
—¡Necesito hablar contigo!
Pero las palabras que recibió a cambio la dejaron helada:
—Disculpa... ¿te conozco? —preguntó él, sumamente confundido.
Kanna no podía asimilar la magnitud de semejante pregunta, pero, sobre todo, no podía soportar ver en sus ojos la fría mirada de un desconocido... ¿Ren la había olvidado?








