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Bajo la sombra del agua

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Summary

En la aldea de Lluvia Vieja, el cielo no trae vida; trae desolación. Durante dos meses al año, cuando el agua cae y la noche abraza los tejados, el pueblo se transforma en una prisión de madera y silencio. Una maldición antigua y hambrienta acecha en las sombras: por generaciones, cualquiera que supere los veinte años y lleve el fuego del enamoramiento en sus venas corre el riesgo de esfumarse en el aire sin dejar más rastro que el llanto de su familia. Kael lo sabe mejor que nadie. Tenía cinco años cuando su hermano mayor, de ocho, se perdió en el bosque y su padre salió a buscarlo para no regresar jamás. Su hermano volvió a la mañana siguiente, tirado en el lodo, sano e ileso... pero con la voz robada para siempre. Quienes han intentado investigar el enigma han corrido la misma suerte de desvanecerse en la nada. Ahora, a sus veinte años, Kael ha cometido el error más peligroso: enamorarse. Creyendo poder burlar al reloj y al cielo, acude a una cita furtiva antes del primer aguacero. Pero la lluvia se adelanta, la noche cae y la trampa se cierra. Kael se convierte en el nuevo desaparecido, dejando a su enamorada y a su familia atrás. Sin embargo, desaparecer no significa morir... sino descubrir la aterradora verdad de lo que habita al otro lado de las gotas.

Status
2h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1


El aire de octubre en nuestro pueblo no se respira; se pesa en los pulmones como plomo derretido. Mientras en las leyendas lejanas la lluvia trae vida y prosperidad a las cosechas, aquí es la señal de la cacería. Por generaciones, cuando los cielos se quiebran y cae la primera noche de tormenta, alguien se esfuma. Sin rastros, sin pisadas en el lodo, sin un solo grito que rompa el rugido de la tormenta. Lo único que queda en este plano terrenal es el vacío en una cama y el dolor eterno de la familia.

Durante dos meses, el pueblo entero entra en un aislamiento sepulcral. Nadie sale. Los niños no corren en los charcos, los negocios trancan sus postigos con clavos y los portones de madera se aseguran con triple cerrojo. Nos amontonamos en la penumbra de las casas, racionando la comida y conteniendo el aliento, rogando que el agua pase de largo.

—No deberías cruzar esa puerta, Kael —me advirtió mi madre desde el rincón de la cocina, con la voz temblorosa mientras ajustaba las trancas. Sus manos delataban el pánico de quien ya ha sido despojada de la mitad de su vida.

—Solo será un momento, mamá —insistí, ajustándome el abrigo de lana gruesa—. Prometí ver a Elena junto a los límites del viejo estanque antes de que caiga la noche. Volveré corriendo antes de que empiece a llover. Lo juro.

Ella no me respondió, pero sus ojos se llenaron de lágrimas. El fantasma de nuestra tragedia familiar flotaba entre los dos como una sombra física.

Hace quince años, cuando yo tenía apenas cinco y mi hermano mayor, Julian, tenía ocho, la lluvia nos atrapó. Julian se perdió en la espesura del bosque justo cuando el cielo se abría. Mi padre, desesperado por el amor ciego que le tenía a su primogénito, rompió la regla sagrada: salió a buscarlo bajo su propio riesgo en medio de la noche tormentosa. Mi padre nunca volvió. Jamás encontramos su cuerpo. ¿Y Julian? Apareció a la mañana siguiente tirado en el umbral de nuestra puerta, inconsciente, mojado hasta los huesos y sin un solo rasguño... pero completamente cambiado.

Desde ese día, Julian jamás volvió a pronunciar una sola palabra. Se volvió mudo de la noche a la mañana. Los médicos y los sabios del pueblo dijeron que fue el trauma del frío o del miedo, pero yo siempre sentí que había algo más oscuro guardado en su garganta.

Iba a dar el primer paso hacia la salida cuando una mano fría y nudosa se cerró con fuerza desmedida alrededor de mi muñeca.

Me giré de golpe. Era Julian.

Mi hermano mayor me sostenía con los nudillos blancos por la presión. Sus ojos oscuros, habitualmente vacíos y perdidos en el aire, estaban clavados en los míos con una intensidad atroz. Su garganta se contrajo, y sus labios se abrieron ligeramente, haciendo un esfuerzo sobrehumano, casi agónico, por intentar articular un sonido. Un temblor violento recorría su brazo, intentando retenerme, como si supiera exactamente qué había al otro lado de la puerta.

Le sonreí con torpeza, intentando calmar su desesperación. Le palmeé la mano con suavidad para que me soltara.

—Tranquilo, hermano. Estaré bien. No voy a tardar, te lo prometo.

Julian no aflojó el agarre de inmediato. Me miró con una súplica tan profunda y dolorosa que por un segundo el aire me faltó. Cuando finalmente sus dedos resbalaron de mi manga, me dejó una sensación gélida en la piel, como si me hubiera rozado el aliento de un cadáver.

A pesar de la opresión en el pecho, salí. La necesidad de ver a Elena superaba cualquier prudencia.

El sendero de tierra estaba desolado. Las ventanas de las casas vecinas estaban cerradas a cal y canto; no había un solo alma en las calles. Cuando llegué al viejo estanque, Elena me esperaba oculta bajo los arcos de piedra. Llevaba una bufanda roja que contrastaba con el gris plomizo del atardecer.

—Pensé que no vendrías —susurró ella, dando un paso al frente. Su sonrisa trajo un poco de calidez al ambiente helado.

—Te dije que vendría. No podía pasar dos meses encerrado sin verte antes —respondí, tomando sus manos. Estaban frías, pero al entrelazar nuestros dedos, esa chispa de afecto sincero y enamoramiento juvenil nos envolvió.

Hablamos apresuradamente, robándole minutos al destino. Nos reímos de cosas absurdas, prometiéndonos que resistiríamos el encierro del invierno. Nadie en el pueblo aprobaba lo nuestro; en esta época, demostrar cualquier tipo de amor o cercanía era visto como invocar a la muerte. Las leyendas decían que la maldición buscaba a los enamorados, pero a nuestros veinte años nos creíamos invencibles.

Un error fatal.

El tiempo se nos escurrió de las manos. Sin que nos diéramos cuenta, la última grieta de luz solar desapareció tras la montaña. Una oscuridad densa, casi líquida, descendió sobre el bosque. El aire se volvió inexplicablemente pesado, cargado de un olor a tierra húmeda y a algo antiguo... algo que olía a flores marchitas y ozono.

Un trueno sordo no retumbó en el cielo, sino debajo de nuestros pies. Elena ahogó un grito y se pegó a mi pecho. El viento cesó de golpe. Y entonces, pesada, lenta y helada... cayó la primera gota sobre mi mejilla.

No fue una gota de agua común. Quemaba como el hielo. En ese instante, una niebla espesa y azulada comenzó a brotar de las raíces de los árboles, rodeándonos en cuestión de segundos. Intenté dar un paso atrás, intentar correr hacia el pueblo jalando a Elena, pero mis piernas no respondieron. Un murmullo bajo, una voz que no provenía de ninguna parte y de todas a la vez, resonó directamente dentro de mi cabeza:

«Por fin... has vuelto a sentir algo por alguien».

—¡Kael! —gritó Elena, con la voz quebrada por el terror absoluto.

Intenté sostener su mano con más fuerza, pero la niebla entre nosotros se volvió tan densa como un muro de piedra. Sentí cómo el suelo desaparecía bajo mis pies. Elena intentó sujetarme de la chaqueta, pero sus dedos solo atraparon el aire frío.

La lluvia comenzó a caer a cántaros, borrando el mundo exterior. Lo último que vi antes de que la oscuridad absoluta me tragara por completo fue la cara de terror de Elena, sola bajo la tormenta... y una figura alta, pálida y elegante que emergía del follaje, observándome con unos ojos dorados y hambrientos que me resultaron extrañamente familiares.




HOLIS

Este es el primer libro... intentaré publicar un capítulo cada semana. Pero igual no prometo nada esto lo hago para regular mi estrés.

Los capítulos van a ser cortos. Todos los derechos reservados y blablabla chau

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