Capítulo 0
Arrastraba los pies por las rocosas calles, desganada, casi como si quisiera alargar lo más posible este día y evitar lo inevitable: la nostalgia. La humedad invadía cada centímetro de la ciudad; capas y capas de musgo y vegetales habían logrado salir y asentarse por calles y callejones de manera constante. Gran parte de la mano de obra se dedicaba sorpresivamente al mantenimiento de caminos y edificios; no se sabía si era para mantenerlos ocupados o porque realmente era necesario. Siempre se preguntaba cómo es que la vida llegaba a climas tan extremos. Siempre se preguntaba qué otras formas de vida existirían más abajo. Siempre se preguntaba…
Al llegar al laboratorio todo estaba como siempre: los mismos pasillos, la misma gente, las mismas salas. Poca gente lograba entrar a la división de investigación, pero los contactos de su padre siempre ayudaban, aunque no los pidiera. Siempre se preguntó si realmente era merecedora de aquel puesto. Siempre se preguntó si había alguien más capacitado que ella. Se dirigió como todos los días a los vestuarios y, como todos los días también, no se encontró a nadie. Se puso el traje clínico apresuradamente, con un nudo en la garganta. Quedaban apenas tres días para su Oráculo y nadie había sido capaz de felicitarla, ni siquiera su familia. Caminó a su box y se preparó para su última jornada. Al entrar, la misma habitación la esperaba, majestuosa e imponente. Paredes de concreto y mesas metálicas difícilmente se hallaban por la ciudad, para algunos una leyenda del viejo mundo, para otros un lujo innecesario de Los Primeros. Se detuvo en el marco de la puerta sin querer entrar. Dentro, la mesa larga y metálica dispuesta justo en el centro para examinar las muestras; a la derecha, la mesa administrativa con archiveros, libros, papeles y un puñado de lápices casi sin tinta. La luz halógena del techo emitía su canción de siempre invitándola a pasar, pero algo andaba mal esta vez, como nunca. En la mesa no quedaba ninguna muestra para analizar; en su lugar, un papel blanco gigante cubría toda su dimensión. Se acercó en búsqueda de las muestras. «Quizás están en la otra mesa», pensó. Entró al box y tras ella la puerta se cerraba lentamente. Miró por todos lados, pero no las encontró. «Alguien debió venir antes», concluyó. El ruido burlesco de la luz se hacía cada vez más irritante. Desorientada por el repentino cambio en su rutina, sintió el sonido de la puerta. Se giró anticipando ver a sus amigos, tomó una bocanada de aire y exclamó:
—¡Son tan obvios!
Su voz rebotó entre las gruesas paredes de concreto y los espacios muertos que la eficiente disposición del box dejaba. De la nada, hasta la luz halógena se quedó en silencio. Una silueta alta y fornida la esperaba en el marco de la puerta, vestida con ropa militar azul oscura y un puñado de insignias que le quedaban justo a la altura de los ojos. El hombre la inspeccionó de pies a cabeza sin mover más que los ojos y arquear las alas de su nariz.
—¡Identificación! —respondió el hombre con una voz gruesa y aparentemente gastada por el tiempo.
—Olivia Bell —murmuró, inundada por un mar de vergüenza y miedo.
—¡FUERTE!
—¡Olivia Bell! —contestó a la vez que subía la mirada para verle la cara al imponente sujeto.
—¿Dónde están sus protecciones, señorita Bell? —La pregunta la descolocó tanto que no alcanzó ni a responder—. ¿Usted sabe para qué son las protecciones?
—Para evitar contaminarme con las muestras, mi oficial. —Su cara comenzaba a ponerse roja; si algo no se esperaba en su último día de trabajo era que el mismísimo Primer Oficial fuera a verla a su box.
—Las protecciones, Olivia, no son para usted, son para nuestra gente. Que tú no te las hayas puesto significa un peligro para toda la población allí abajo —respondió el Primer Oficial mientras se inclinaba levemente hacia abajo demostrando una sutil señal de cercanía. «Se relajó», pensó Olivia.
El hombre se ajustó el borde inferior de su condecorado traje militar. Volvió a levantar la cabeza y escaneó el box. Vacío, ordenado y limpio, perfecto. Miró nuevamente a Olivia, que seguía inmóvil frente a él. No entendía qué esperaba para moverse; ella menos.
—Lo siento mucho, oficial Kim, pensé que las había dejado aquí, pero no, por eso regresaba. —Ahora ya sentía una pizca de confianza como para llamarlo por su nombre.
—¿Usted cree que no fui yo quien escribió los protocolos de seguridad, señorita? —dijo Kim con un tono fascinantemente burlón y orgulloso.
—Mil disculpas, no fue mi intención.
—Engañar y mentir son una falta grave para esta sociedad, y usted tiene el Oráculo dentro de poco. Si no fuera por su padre, ya la hubiese suspendido. Rápido, cámbiese y váyase a su casa. Tiene el día libre.
El nudo en la garganta volvió a emerger. Apenas empezaba su último día y ya había terminado. Cada segundo que tardaba en salir del box se convertía en minutos de memorias vividas en él. El primer día de inducción, las primeras muestras, aciertos y errores. Al final, era lo único que le quedaba de ese solitario laboratorio. No sabía distinguir si el nudo esta vez era por la nostalgia o por la prueba que se avecinaba. Siempre estaba preparada, pero los favores de su padre nublaron su autopercepción. El miedo de no sacar un buen resultado llevaba meses quitándole el sueño. «Por más influencias que tengas, nadie puede ayudarte en el Oráculo», pensó.
—Gracias —dijo rápidamente Olivia antes que su angustia se hiciera evidente.
El oficial se apartó de la puerta para cederle el paso. Olivia salió lentamente con la cabeza hecha una tormenta. No podía pensar con claridad; por los pasillos se detenía constantemente, mirando a través de las ventanas. Se le olvidaba qué tenía que hacer, dónde estaban los vestuarios o el baño. Ni siquiera había desocupado su box antes de irse. Para peor, no sabía qué repercusiones tendría su desafortunada interacción con el oficial Kim. Por más amigo que fuera de su padre, la honestidad era de las cosas más importantes para aquella sociedad.
Deambulando sin destino por los pasillos, divisó a lo lejos a uno de sus amigos: Isma. Se criaron juntos; no era de buena familia, pero era muy inteligente. A veces pensaba que su padre también tuvo que ver en eso. Siempre la ayudaba a estudiar y hacían los trabajos en conjunto. Ella no era la más brillante, pero Isma jamás se rendía al enseñarle, muchas veces costándoles discusiones y largas semanas sin hablarse. El alma le volvió al cuerpo, ver una cara conocida y tan querida entre tanto caos le despertó una euforia descontrolada.
—¡Isma! —gritó desde la mitad del pasillo.
Isma parecía perdido mirando desde la intersección hacia el techo. El grito le espantó el alma; le tomó unos segundos entender quién lo llamaba. Sin responder, hizo un sutil gesto con las manos pidiéndole a Olivia que se acercara.
—¿Por qué gritas, Oli? —preguntó, convertido en una bola de nervios.
—Perdón, me emocionó verte. ¿Qué está pasando?
—¿Cómo? —Isma dejó de buscar en el techo, la pregunta le pareció demasiado osada. Acostumbrado a las bromas que solía jugarle, esperó unos segundos la respuesta de Olivia, pero ella no vino—. Coordinación dice que van a dar código cero, tenemos que cambiarnos y salir primeros.
Antes que Isma terminara su frase, luces azules y rojas se encendieron por el techo. El primer día de su inducción se lo habían explicado: si ves rojo, devuélvete; si ves azul, sigue la vía de evacuación. A lo lejos comenzaron a escucharse ruidos. Mesas moviéndose, puertas abriéndose, gente caminando y murmurando; mucha más gente de la que ella imaginaba trabajaba en aquel centro.
—¿Quién viene? —preguntó Olivia con un sentimiento amargo. Toda la acción estaba ocurriendo en su último día.
—Deja de hacer tantas preguntas, Olivia, siempre terminas metida en problemas por eso. La curiosidad dejó de ser un rasgo importante hace décadas. —Olivia disoció a la mitad de la frase. Por un instante su bloqueo mental se despejó y logró recordarlo con claridad.
—No puedo, Isma. Espérame afuera, tengo que pasar al baño.
—¡NO!, es un código cero. —La tomó del brazo mientras ella se giraba.
Olivia miró hacia el pasillo por el que venía. Dos jóvenes se acercaban a ellos con ritmo veloz. Parecían tener su misma edad, pero jamás los había visto. Quiso avanzar hacia ellos, pero Isma la sostenía. Forcejeó suavemente, pero su amigo no la soltaba.
—Te acompaño —insistió Isma.
—¿Al baño? —respondió Olivia con un gesto travieso. Isma, descolocado, la soltó sin querer—. Basta, Isma, no me pasará nada. Nos vemos en cinco minutos afuera, te lo juro.
Terminó de soltarse de un tirón y avanzó por el pasillo. Pasó por el lado de los jóvenes, los miró por formalidad esperando un saludo, pero ninguno desvió la mirada. Siguió su marcha con prisa, su corazón se aceleraba mientras más se acercaba al laboratorio. Al llegar a su box, un haz de luz azul le golpeaba el lado izquierdo de la cara y uno rojo, el derecho. Justo antes de entrar, sintió cómo más allá una compañera de nivel evacuaba el box contiguo. «¿Tuvo trabajo hoy?», se preguntó.
«¿Golpeo o grito? ¿Cuál será peor?», dudó. No hizo ninguna de las dos. Tomó una bocanada de aire, rogando que el oficial Kim hubiera cambiado de parecer y estuviese en otra sala. Abrió la puerta lentamente y escaneó cada centímetro del interior. En el centro del box, sentado cómodamente en una silla con los pies sobre la mesa y mirando en dirección a la entrada, estaba el Primer Oficial.
—¿Olivia? ¿Qué haces aquí todavía?
—Primer Oficial, le suplico me perdone, pero no puede usar este box, está… en mal estado—respondió, rogando por su vida. Él la miró con extrañeza.
—¿Vacié tus tareas para darte el día libre y te rehúsas a irte? Cualquier persona diría que no quieres abandonar este trabajo. —Olivia agachó levemente la cabeza.
—¡¿Y tú?! —Olivia no logró percatar como hace apenas segundos una persona se había posicionado tras de ella. Su voz parecía suave, pero amenazante a la vez.
—¿Yo?
—¿Yo?
Sus voces se juntaron en el aire. Con gran velocidad y precisión, el oficial bajó los pies de la mesa, se acomodó la boina y retomó su postura formal. La escena le parecía fascinante a Olivia. Se giró para ver quién era el ser capaz de intimidar al mismísimo Primer Oficial. Los ojos oscuros de una mujer le registraban el pecho en búsqueda de una identificación que no estaba.
—¿Tú? —repitió, alzando la mirada hacia su rostro.
—Olivia Bell, señorita. Científica en su último año.
—¿Es tu box, Olivia? —respondió la mujer, sin tener la más mínima intención de extender la conversación.
—Sí, señorita.
—Tenemos que cambiarnos, Kim, este box está contaminado. —Le lanzó una máscara al oficial y comenzó a avanzar por el pasillo en dirección a las luces rojas.
El oficial Kim atrapó la máscara y avanzó hacia la puerta. Antes de ponérsela, volvió a mirar a Olivia, que estaba al borde del marco, y le hizo un gesto para que los siguiera. Ella se quedó viéndolos desde la puerta, ya sin nada que perder. Su vida ya estaba arruinada por haber trabajado durante meses sin el protocolo. Antes de que desaparecieran en la intersección del pasillo, apuró el paso para alcanzarlos. La mujer parecía reprochar al oficial; él solo escuchaba. A mitad de camino, ella se detuvo, se giró y se quedó mirando a Olivia como si evaluara algo.
—¿Cuánto llevas así?
—¿Disculpe? —respondió Olivia con ingenuidad.
—Trabajando así, cuánto llevas.
Olivia esperó antes de responder; miró al Primer Oficial y volvió a mirar a la mujer.
—Siete meses, señorita.
—¿Algún síntoma? —preguntó el oficial que juntaba las manos por la espalda.
—¿De qué? —contestó Olivia, sin entender en qué se estaba metiendo.
La mujer se acercó y la tomó sutilmente por la cintura.
—Vamos, te tenemos un último trabajo. —Ambas aceleraron el paso por el pasillo.
—No creo que sea una buena idea, Ángela —insistió el oficial, quedándose un par de pasos atrás.
«Ángela, qué lindo nombre», pensó Olivia.
—No exageres, Kim. Esta mujer lleva meses expuesta y no le ha pasado nada. Solo tiene que tomarle un par de muestras y listo. Si quieres ofrecerte estás en todo tu derecho, pero tú le darás explicaciones al consejo de por qué se quedaron sin su Primer Oficial semanas antes del reinicio.
El oficial se quedó en silencio; resultaba evidente que el riesgo era muy alto. «Prefiere darle explicaciones a mi padre que al consejo», intuyó.
—¿Y los extractores? ¿Por qué no hay ninguno? —preguntó el oficial, acelerando el paso para alcanzarlas.
—Eso estoy intentando averiguar —respondió Ángela mientras revisaba su libreta desesperadamente—. El coordinador no sabe cómo explicar los errores de la agenda. No hay ninguno de turno hoy.
—Que hubiese extractores era tu responsabilidad.
Ángela volvió a revisar su libreta, miró las etiquetas de las puertas y se dirigió a la del box número trece.
—Esta —dijo, intentando evitar responderle al oficial.
La abrió sin entrar y miró a Olivia. Ella avanzó lentamente hacia la puerta y cruzó el umbral, inspeccionando cada esquina. Estaba mucho más limpio que su propio box, mejor organizado y con una luz que no emitía ruido alguno. En el centro no había una mesa metálica, sino una silla limpia y brillante. Asustada por la escena, se giró para pedir explicaciones, pero de un golpetazo sintió cómo la puerta se cerraba frente a sus ojos.








