Prólogo
La casa de los Meir no era precisamente tan grande, pero sí lo bastante silenciosa como para parecer vacía incluso cuando había alguien dentro.
Los pisos viejos de madera crujían poco. Las puertas cerraban sin golpearse y el reloj de la sala marcaba cada segundo con una puntualidad odiosa.
Harper tenía doce años y una de tantas costumbres, contar cosas inútiles para no pensar en otras. Contaba los pasos de su habitación hasta la cocina, anotando todo incluso en una libreta. Veintitrés si no arrastraba los pies, veinticinco si iba medio dormida, contaba cuántas veces su padre acomodaba el nudo de su corbata antes de salir. Dos cuando estaba de humor, cuatro cuando no. Casi siempre cuatro.
Esa tarde llevaba seis.
Desde la mesa del comedor, con la tarea abierta frente a ella y su lápiz mordido número dos entre sus dedos, lo observó sin mover más que los ojos.
El señor Meir terminó de ajustar el cuello de su camisa, tomó su portafolio y revisó el contenido con la precisión de un perfeccionista o un paranoico. Tal vez ambos.
Era un hombre alto, delgado, piel pálida como el papel guardado en cajón y el negro de su cabello que era medianamente largo, peinado hacia atrás, siempre atrás.
Nariz aguileña junto al ceño perpetuamente fruncido y una forma de caminar que hacía pensar que incluso el llegar tarde podía considerarlo un crimen severo.
Y Harper se parecía demasiado a él. Mismo cabello oscuro, misma piel clara, mismos rasgos finos. Solo la nariz la salvaba y los ojos, sobre todo los ojos. Uno gris verdoso y el otro castaño ámbar.
Pero en esa casa nadie hablaba de ojos.
-La cena está en el refrigerador-dijo él, sin verla directamente.
-También buenas tardes.
-Son las 4:20 pm.
-Es lo mismo.
Él caminó a la entrada y tomó las llaves de la mesa. -No le abras la puerta a desconocidos.
-¿Y a conocidos desagradables?-El no dijo nada respecto al comentario. Raro sería que lo hiciera.
-Regreso tarde. Hay dinero en el cajón de la cocina por si necesitas algo.
-El sueño de toda niña-Dijo ella con la barbilla apoyada en la mano. Entonces sí la miró, no con molestia, peor: cansancio.
-Haz tu tarea, Harper.
Y la puerta se cerró detrás de él con un suave clic. La casa volvió a su estado natural, los muebles quietos, el reloj insolente, la rutina de siempre, ausencia bien acomodada o algo así.
Harper cerró el cuaderno de historia con más fuerza de la necesaria, fue a la cocina y abrió la nevera, había un recipiente etiquetado con letra pulcra y recta que decía pasta y un par de botellas de agua. Cerró la nevera y la volvió a abrir esperando encontrar algo distinto. El resultado, el mismo.
Tomó una manzana del frutero en la mesa, subió a su cuarto y se dejó caer en la cama sin quitarse los zapatos. Desde ahí veía una caja guardada arriba del armario. Vieja, gris, siempre cerrada.
La había visto desde niña. Nunca se le permitió tocarla.
Y como suele pasar con las prohibiciones absurdas, cada año brillaba un poco más.








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