El sol que llegó un día
Para ella,
que fue sol, y que sigue siéndolo
aunque ya no alumbre estos días.
Lo que el verano guarda
Hay amores que no terminan. Simplemente cambian de forma. Se vuelven recuerdo, se vuelven ausencia, se vuelven ese dolor sordo que aparece cuando el sol cae de cierta manera, cuando el viento huele diferente, cuando ves una pareja caminando de la mano en una tarde de verano y algo dentro de ti se encoge sin aviso.
Este libro nació de ese dolor. De esos meses en los que cada rincón del mundo ha traído su imagen de vuelta. No es un libro de rencor, ni de reproches. Es un libro de amor. Del amor más honesto que he conocido. El amor que duele precisamente porque fue real.
Lo escribo porque guardar todo esto dentro ya no es posible. Porque su recuerdo pide espacio, pide palabras, pide existir fuera de mí para que yo pueda seguir existiendo también.
Aquí están los días que compartimos, las tardes que soñamos, y esa última semana que lo cambió todo. Aquí está ella, tal como la recuerdo: luminosa, esquiva, y absolutamente inolvidable.
El sol que llegó un día
No recuerdo exactamente el momento en que ella se convirtió en imprescindible. Sucedió despacio, como suceden las cosas que de verdad importan, sin que uno se dé cuenta hasta que ya es demasiado tarde para fingir indiferencia.
Ella era eso: luz. No de esa luz que deslumbra y marea, sino la luz de la mañana que entra por las persianas y te convence, sin decir nada, de que el día vale la pena. Era mi sol de cada día. La razón por la que el mundo parecía tener mejor color.
Recuerdo sus manos. Siempre recuerdo sus manos. Caminar junto a ella y sentir sus dedos entrelazados con los míos era una de esas pequeñas perfecciones que uno no sabe que busca hasta que las encuentra. En esas caminatas de verano, el calor no molestaba. Era parte del cuadro. El sol, ella, y ese instante suspendido en el tiempo.
Le gustaba contemplar los atardeceres. Se quedaba quieta ante ellos, como si el cielo le hablara en un idioma que solo ella comprendía. Y yo la miraba a ella más que al horizonte, porque ningún ocaso podía competir con la forma en que la luz del crepúsculo le caía sobre el rostro.
Teníamos pendiente ver juntos el ocaso del sol. Un plan que aplazamos mil veces por el trabajo, por el tiempo, por esa trampa cotidiana en la que uno cree que siempre habrá una próxima vez. Nunca lo vimos juntos. Y ahora cada atardecer me recuerda esa deuda que el destino no nos dejó saldar.








