Capítulo 1
Habían transcurrido cinco años desde aquel accidente automovilístico que le arrebató la vida a los padres de Alessia Hayes. Cinco años desde que una niña de catorce años tuvo que despedirse de las dos personas que más amaba, sin comprender por qué la vida había decidido arrebatárselas de una manera tan cruel. Desde entonces, muchas cosas habían cambiado, especialmente su manera de relacionarse con el mundo. La niña dulce, sonriente y confiada que alguna vez había sido se convirtió en una joven reservada, distante y demasiado orgullosa para reconocer cuándo necesitaba ayuda.
A sus diecinueve años, Alessia era una de las estudiantes más brillantes de la prestigiosa Universidad Saint Edmund. Sus calificaciones eran prácticamente perfectas, sus profesores reconocían su inteligencia y, a pesar de su carácter complicado, nadie podía cuestionar su capacidad académica. Sin embargo, aquella excelencia también había despertado ciertas envidias entre sus compañeros, especialmente en Matteo Bustamante, el arrogante capitán del equipo universitario de fútbol.
Matteo era hijo de uno de los empresarios más conocidos de la ciudad. Su padre, propietario de una importante compañía, realizaba generosas contribuciones económicas a la universidad, circunstancia que el muchacho utilizaba para comportarse como si las instalaciones, los profesores y hasta los estudiantes le pertenecieran. Durante meses había convertido a Alessia en el blanco de sus burlas, llamándola huérfana, nerd y otros calificativos desagradables cada vez que tenía oportunidad.
Alessia había intentado ignorarlo. No porque le tuviera miedo, sino porque sabía perfectamente cómo terminaría cualquier enfrentamiento con alguien que disfrutaba utilizando el apellido de su familia como escudo. Además, Nora Kingsley, la mujer que se había hecho cargo de ella después de la muerte de sus padres, siempre le había pedido que evitara meterse en problemas y acudiera a ella cuando alguien intentara lastimarla.
Pero aquella mañana Alessia había llegado al límite de su paciencia.
Todo comenzó cuando Matteo decidió interceptarla en uno de los pasillos, acompañado por varios integrantes del equipo de fútbol. Primero se burló de sus excelentes calificaciones, después le arrebató algunos apuntes y finalmente hizo un comentario cruel sobre sus padres fallecidos. Aquello fue suficiente para que Alessia dejara de contenerse.
La discusión terminó convirtiéndose en una pelea que atrajo a numerosos estudiantes. Matteo, acostumbrado a intimidar a los demás sin recibir consecuencias, descubrió demasiado tarde que la joven de ojos azules no estaba dispuesta a seguir soportando sus humillaciones.
Cuando los guardias de seguridad consiguieron separarlos, el capitán del equipo tenía un ojo morado, el labio partido y varios rasguños en el cuello y los brazos. Además, permanecía encorvado, sujetándose una bolsa de hielo contra la entrepierna después de recibir una patada que lo había dejado sin aliento y con serias dudas sobre su capacidad de tener hijos en el futuro.
Alessia tampoco había salido completamente ilesa. Su labio inferior estaba partido, un moretón comenzaba a extenderse alrededor de su ojo izquierdo y sentía un dolor desagradable en las costillas cada vez que respiraba demasiado profundo. Aun así, mantenía la espalda recta y una expresión desafiante que dejaba bastante claro que no se arrepentía de haberse defendido.
Lo único que agradecía era que Nora estuviera de viaje por asuntos empresariales. Su protectora llevaba tres días fuera del país y, según sus cálculos, todavía faltaban otros dos para que regresara. Aquello significaba que podría resolver el problema sin tener que enfrentarse a una mujer que, cuando se trataba de su bienestar, podía resultar mucho más intimidante que cualquier director universitario.
O al menos eso pensaba.
El despacho del director de la Universidad Saint Edmund era una habitación amplia y elegante, decorada con muebles de madera oscura, reconocimientos académicos y fotografías de importantes personalidades que habían visitado la institución. Detrás de un escritorio de dimensiones considerables se encontraba el director, Richard Whitmore, un hombre de cincuenta y tantos años que llevaba más de una década ocupando aquel puesto.
Frente a él estaban sentados Alessia y Matteo, separados por varios asientos. El muchacho continuaba sosteniendo la bolsa de hielo contra su entrepierna mientras lanzaba miradas asesinas a la joven, quien parecía mucho más interesada en observar el jardín a través de la ventana que en prestar atención al sermón que estaba recibiendo.
—Señorita Hayes, ¿es consciente de la gravedad de lo que ha hecho? —preguntó Richard Whitmore, golpeando suavemente el escritorio con la palma de la mano para conseguir su atención—. Esta es una universidad prestigiosa que le abrió sus puertas para que pudiera recibir una educación de excelencia. Su comportamiento constituye una falta de respeto hacia nuestra institución y hacia los valores que representamos.
Alessia apartó lentamente la mirada de la ventana y lo observó con una expresión de incredulidad. Llevaba meses denunciando las provocaciones de Matteo, pero cada vez que acudía a algún profesor o responsable académico recibía la misma respuesta: debía ignorarlo y concentrarse en sus estudios.
—¿Una falta de respeto? —repitió, inclinándose ligeramente hacia delante a pesar del dolor que sintió en las costillas—. Falta de respeto es que él lleve meses haciéndome bullying y ustedes no hagan absolutamente nada. He presentado quejas, he hablado con profesores y hasta vine a este despacho hace unas semanas. ¿Y sabe qué hicieron? Nada. Pero ahora que decidí defenderme, resulta que soy yo quien está manchando el prestigio de esta universidad.
El director frunció el ceño ante aquella respuesta, molesto por el tono desafiante de la estudiante. Antes de que pudiera replicar, Matteo soltó una carcajada burlona que terminó convirtiéndose en una mueca de dolor cuando el movimiento le hizo arder el labio partido.
—Por favor, nerd, deja de hacerte la víctima —intervino el capitán, acomodándose con dificultad en su asiento—. Soy un Bustamante. Mi padre aporta más dinero a esta universidad del que tú podrías ganar en toda tu miserable vida. Puedo hacer lo que quiera y nadie va a decirme nada.
Alessia giró lentamente la cabeza hacia él. Sus ojos azules se entrecerraron con una mezcla de desprecio y diversión al observar el lamentable estado en que había quedado el muchacho.
—Pues para ser alguien que puede hacer lo que quiera, terminaste abrazando una bolsa de hielo en un lugar bastante delicado —respondió con una sonrisa insolente—. Ten cuidado, Matteo. Quizá tu padre tenga que comprarte algo más que buenas calificaciones.
—¡Maldita loca! —exclamó Matteo, intentando incorporarse, aunque el dolor lo obligó a permanecer sentado—. ¡Vas a pagar por lo que me hiciste!
—Señor Bustamante, controle su lenguaje —ordenó el director, aunque su reprimenda careció de verdadera firmeza. Después dirigió una mirada severa a Alessia—. Y usted, señorita Hayes, guarde silencio. Su actitud no está ayudando a resolver esta situación.
Alessia soltó un suspiro irritado y volvió a recostarse en su asiento. Tenía demasiadas cosas que decir, pero comprendió que ninguna de sus palabras cambiaría la evidente preferencia del director por el hijo de uno de sus benefactores.
En ese momento, alguien llamó a la puerta.
—Adelante —autorizó Richard, acomodándose inmediatamente la corbata.
La puerta se abrió para permitir la entrada de un matrimonio elegantemente vestido. El hombre, Leonardo Bustamante, era un empresario de cuarenta y ocho años, de cabello oscuro cuidadosamente peinado y expresión arrogante. A su lado caminaba su esposa, Victoria Bustamante, una mujer de apariencia refinada que llevaba un bolso de diseñador y observaba cuanto la rodeaba con evidente superioridad.
—¡Matteo, cariño! —exclamó Victoria al descubrir el estado de su hijo. Se acercó rápidamente y le sostuvo el rostro con ambas manos—. ¡Dios mío! ¿Quién te hizo esto?
—Ella, mamá —respondió Matteo, señalando acusadoramente a Alessia—. Esa loca me atacó sin motivo.
Victoria siguió la dirección de su dedo y contempló a la joven con una expresión de profundo desagrado. Alessia, por su parte, permaneció sentada, sin mostrar el menor interés en justificarse ante aquella mujer.
Leonardo avanzó hasta el escritorio del director, indignado por las lesiones de su hijo. Sin molestarse en preguntar qué había sucedido, señaló directamente a Alessia.
—Espero que suspenda inmediatamente a esta vagabunda callejera —declaró con desprecio—. Una escoria como ella no debería tener permitido estudiar en una institución de semejante prestigio. Mi hijo pertenece a una familia respetable y no pienso tolerar que una cualquiera lo agreda de esta manera.
Las palabras provocaron que Alessia apretara los puños sobre sus piernas. Había aprendido a soportar numerosos insultos durante los últimos años, pero aquella manera de hablarle, como si su vida valiera menos por no tener padres que la defendieran, despertó una rabia que apenas consiguió controlar.
El director, lejos de reprender al empresario por su comportamiento, asintió apresuradamente.
—Por supuesto, señor Bustamante. Comprendo perfectamente su indignación y le aseguro que tomaremos las medidas correspondientes —respondió Richard con una sonrisa complaciente—. De hecho, estaba considerando una sanción severa, pero dadas las circunstancias, considero que lo más apropiado será expulsar definitivamente a la señorita Hayes.
Alessia levantó bruscamente la cabeza.
—¿Expulsarme? —preguntó, incapaz de creer lo que acababa de escuchar—. ¿Me está diciendo que voy a perder mi lugar en la universidad por defenderme de alguien que lleva meses acosándome?
—Su comportamiento ha sido inaceptable, señorita Hayes —contestó el director con frialdad—. Y le recomiendo que no empeore su situación.
Matteo sonrió satisfecho, mientras su padre se acomodaba los puños de la camisa con la tranquilidad de quien estaba acostumbrado a conseguir todo lo que deseaba.
—Aprende cuál es tu lugar, nerd —murmuró el capitán, lo suficientemente alto para que Alessia pudiera escucharlo.
La joven estaba a punto de responder cuando un sonido ensordecedor comenzó a escucharse desde el exterior del edificio. Las ventanas vibraron ligeramente y varios estudiantes que caminaban por los jardines levantaron la cabeza, sorprendidos por el ruido de las hélices de un helicóptero que descendía hacia una de las extensas áreas verdes de la universidad.
Richard Whitmore se levantó de su asiento y se acercó rápidamente a la ventana, confundido por aquella llegada inesperada. Desde allí pudo observar un imponente helicóptero ejecutivo negro que aterrizaba sobre el césped, mientras varios miembros del personal de seguridad de la institución corrían hacia el lugar.
—¿Qué demonios está sucediendo? —murmuró el director, frunciendo el ceño.
La puerta del helicóptero se abrió apenas las hélices comenzaron a reducir su velocidad.
De su interior descendió Nora Kingsley, una mujer de veintiséis años cuya presencia bastaba para imponer silencio incluso entre los empresarios más influyentes del país. Vestía un impecable traje negro de diseñador, acompañado por una blusa de seda color marfil y unos elegantes tacones que resonaron contra el suelo cuando comenzó a caminar.
Su cabello negro azabache estaba recogido en un moño perfecto y sus ojos avellana, habitualmente capaces de transmitir una frialdad intimidante durante las reuniones empresariales, reflejaban en aquel momento una preocupación que apenas conseguía disimular.
A su lado descendió Isabella Moretti, su secretaria personal y mano derecha, una mujer de veintinueve años, eficiente, discreta y acostumbrada a resolver situaciones complicadas antes de que llegaran al escritorio de su jefa.
Isabella llevaba una tableta electrónica entre las manos y caminaba apresuradamente para seguir el ritmo de Nora, quien avanzaba por los jardines sin prestar atención a las miradas sorprendidas de los estudiantes.
—Señorita Kingsley, el director todavía no ha respondido a nuestras llamadas —informó Isabella mientras revisaba los mensajes que aparecían en la pantalla—. Sin embargo, el jefe de seguridad confirmó que Alessia se encuentra en su despacho junto al estudiante involucrado en la pelea.
Nora apretó la mandíbula. Había recibido la llamada de uno de los encargados de seguridad privada que mantenía discretamente pendiente de Alessia mientras ella viajaba. En cuanto escuchó que la joven había terminado involucrada en una pelea y que presentaba lesiones visibles, canceló inmediatamente sus compromisos empresariales y ordenó preparar el helicóptero.
No le importó que estuviera a mitad de una negociación millonaria ni que varios ejecutivos hubieran viajado exclusivamente para reunirse con ella. Su prioridad siempre había sido Alessia y ninguna cantidad de dinero cambiaría aquello.
—¿Sabemos qué tan graves son sus heridas? —preguntó Nora sin disminuir el paso.
—Solamente nos confirmaron que tiene un ojo morado, una herida en el labio y posibles golpes en el torso —respondió Isabella, procurando mantener la calma—. También me informaron que el otro estudiante presenta lesiones considerables.
Nora cerró brevemente los ojos, intentando controlar la angustia que le produjo imaginar a Alessia lastimada. Conocía demasiado bien el carácter de su protegida y sabía que aquella joven podía soportar una cantidad absurda de molestias antes de reconocer que necesitaba ayuda.
—Quiero que nuestro médico esté esperando en la mansión cuando lleguemos —ordenó finalmente—. Y consigue toda la información posible sobre ese muchacho. Si lleva tiempo molestándola, quiero saber por qué nadie hizo nada para detenerlo.
—Me encargaré personalmente, señorita Kingsley —respondió Isabella, asintiendo con determinación mientras comenzaba a organizar las instrucciones recibidas.
Las dos mujeres atravesaron la entrada principal de la universidad. Varios estudiantes se apartaron instintivamente al reconocer a la poderosa empresaria, mientras algunos profesores intercambiaban miradas de desconcierto. Nora Kingsley no era una visitante habitual, aunque su compañía figuraba entre las principales benefactoras de la institución.
Sus pasos resonaron con firmeza por los pasillos hasta que llegaron a la dirección. Isabella apenas tuvo tiempo de indicarle cuál era la puerta antes de que Nora girara el picaporte y entrara sin molestarse en llamar.
La conversación que se desarrollaba en el despacho quedó interrumpida de inmediato.
Nora no prestó atención al director, al matrimonio Bustamante ni al muchacho sentado frente al escritorio. Sus ojos buscaron directamente a Alessia y, cuando finalmente la encontró, sintió que algo se le encogía dolorosamente en el pecho.
La joven permanecía sentada con una expresión desafiante, pero el moretón que rodeaba su ojo izquierdo, la sangre seca en la comisura de sus labios y la manera en que mantenía una mano discretamente apoyada sobre sus costillas fueron suficientes para que la expresión de Nora cambiara por completo.
Isabella, que acababa de entrar detrás de ella, soltó una exclamación ahogada.
—¡Dios mío, Alessia! —murmuró la secretaria, llevándose una mano a la boca al contemplar el rostro lastimado de la joven.
Alessia abrió los ojos con sorpresa. De todas las personas que esperaba encontrar aquella mañana, Nora Kingsley era definitivamente la última.
—¿Nora? —preguntó, enderezándose inmediatamente en su asiento—. ¿Qué haces aquí? Se supone que estabas de viaje.
Nora no respondió de inmediato. Se acercó hasta quedar frente a ella y le sostuvo delicadamente el mentón, inclinando su rostro hacia la luz para examinar las heridas. Su expresión se endureció todavía más al descubrir la inflamación alrededor del ojo.
—Después hablamos de mi viaje, cariño —respondió en voz baja, procurando no tocarle el labio herido—. Primero quiero saber quién te hizo esto.
Alessia apartó ligeramente la mirada, consciente de que estaba a punto de recibir uno de aquellos sermones que Nora reservaba exclusivamente para sus imprudencias.
La empresaria se incorporó lentamente y dirigió sus ojos avellana hacia los demás presentes. La calidez que había mostrado segundos antes desapareció, sustituida por una frialdad que hizo que Richard Whitmore sintiera un desagradable escalofrío.
—¿Se puede saber por qué mi protegida está en ese estado? —preguntó Nora con una serenidad tan peligrosa que nadie se atrevió a responder inmediatamente.
El director palideció al reconocerla. Leonardo Bustamante, que hasta hacía unos instantes se mostraba arrogante y seguro de sí mismo, también perdió parte del color de su rostro.
—¿Su... protegida? —consiguió preguntar Richard, mirando alternativamente a Nora y Alessia.
Nora arqueó una ceja, evidentemente poco impresionada por la confusión del hombre.
—Sí, señor Whitmore. Alessia Hayes es mi protegida. Llevo cinco años haciéndome cargo de ella y soy su tutora legal designada desde que sus padres fallecieron. ¿Existe algún problema con eso? —respondió Nora, sosteniendo la mirada del director sin permitir que su voz perdiera firmeza.
El director tragó saliva. Sabía perfectamente quién era Nora Kingsley, conocía el alcance de su fortuna y, sobre todo, recordaba las importantes donaciones que sus empresas realizaban anualmente a la universidad.
—Ninguno, señorita Kingsley. Por supuesto que no —respondió apresuradamente, intentando recuperar la compostura—. Simplemente desconocíamos que la señorita Hayes estuviera bajo su protección.
Nora lo observó durante unos segundos, sin molestarse en ocultar su desagrado.
—Resulta curioso, considerando que mi nombre figura en su expediente como contacto de emergencia y responsable legal —señaló la empresaria, sin apartar sus ojos del rostro cada vez más nervioso del director.
Richard abrió la boca, pero no encontró una respuesta convincente.
Leonardo Bustamante decidió intervenir antes de que la situación empeorara. Se acercó con una sonrisa nerviosa, extendiendo ligeramente una mano que Nora ni siquiera miró.
—Señorita Kingsley, qué sorpresa encontrarla aquí. Soy Leonardo Bustamante, propietario de Bustamante Corporation. Hemos coincidido en algunas reuniones empresariales —comentó, procurando mostrarse cordial—. Debo reconocer que no sabía que la joven estuviera bajo su protección.
Alessia, que había permanecido observando el repentino cambio de actitud de los presentes, soltó una risita cargada de ironía.
—Oh, vaya. ¿Ahora soy la joven? —preguntó, cruzándose de brazos con cuidado de no presionar sus costillas—. Qué interesante, señor Bustamante. Hace apenas unos minutos era una vagabunda, una callejera y una escoria que no merecía estudiar aquí. Es impresionante lo rápido que cambia el vocabulario de algunas personas cuando descubren quién tiene más dinero.
El silencio que siguió fue absoluto.
Nora giró ligeramente la cabeza hacia Alessia. Durante un instante, una sonrisa divertida amenazó con aparecer en sus labios al reconocer aquel sarcasmo tan característico de su protegida, aunque consiguió mantener una expresión relativamente seria.
Isabella tuvo menos suerte. La secretaria se llevó discretamente una mano a la boca y fingió toser para disimular la carcajada que estaba a punto de escapársele.
Leonardo palideció todavía más.
—Señorita Hayes, le aseguro que no fue mi intención faltarle al respeto —se apresuró a decir, limpiándose el sudor que comenzaba a acumularse en su frente—. Mis palabras fueron producto de la preocupación por el estado de mi hijo. Estoy seguro de que podemos aclarar este malentendido.
Alessia levantó ambas cejas, incrédula ante semejante explicación.
—Qué curioso. Yo también estaba preocupada por mi estado cuando su hijo me golpeó, pero no recuerdo haber llamado escoria a nadie —replicó Alessia, contemplando al empresario con una sonrisa cargada de sarcasmo.
—Alessia —intervino Nora suavemente, aunque sus ojos reflejaban una diversión que no había conseguido ocultar por completo.
—¿Qué? Solo estoy aclarando el malentendido —respondió la joven con una inocencia tan exagerada que Isabella tuvo que mirar hacia otro lado.
Nora negó apenas con la cabeza antes de volver su atención hacia Leonardo.
—Señor Bustamante, no toleraré que vuelva a dirigirse a Alessia de esa manera. No me interesa cuánto dinero posea ni qué posición ocupe en el mundo empresarial. Ninguna de esas cosas le da derecho a humillarla, y mucho menos cuando ni siquiera se ha tomado la molestia de escuchar su versión de lo sucedido —declaró Nora, recuperando aquella firmeza que había hecho desaparecer cualquier intento de sonrisa de su rostro.
Leonardo asintió repetidamente, incapaz de sostener la mirada de la empresaria.
Richard Whitmore aprovechó aquella pausa para intervenir.
—Señorita Kingsley, después de analizar cuidadosamente la situación, considero que lo más apropiado será suspender al joven Matteo por su comportamiento —anunció con una sonrisa forzada—. Nuestra universidad tiene una política muy estricta contra el acoso y no permitiremos que ningún estudiante vuelva a sentirse intimidado.
Alessia soltó una carcajada incrédula.
—Hace cinco minutos iba a expulsarme —murmuró, aunque lo suficientemente alto para que todos la escucharan.
Nora dirigió una mirada helada hacia el director.
—¿Expulsarla? —repitió lentamente, observando a Richard con una expresión que hizo evidente su creciente indignación.
Richard sintió que el estómago se le encogía.
—Fue una posibilidad que estábamos considerando antes de conocer todos los detalles —intentó justificarse—. Evidentemente, ahora que comprendemos mejor las circunstancias...
—Permítame ahorrarle las explicaciones, señor Whitmore —lo interrumpió Nora, dando un paso hacia el escritorio—. Quiero una investigación formal sobre el acoso que Alessia ha sufrido, las quejas que presentó y las razones por las cuales nadie intervino. También quiero que se revisen las cámaras de seguridad y se escuche a todos los estudiantes que presenciaron lo ocurrido. Si descubre que alguien encubrió deliberadamente el comportamiento de este muchacho, espero que tome las medidas correspondientes.
El director asintió con rapidez.
—Por supuesto, señorita Kingsley. Me encargaré personalmente —aseguró Richard, intentando transmitir una seguridad que estaba muy lejos de sentir.
—Más le vale —continuó Nora, manteniendo su mirada fija en él—. Porque, si vuelvo a enterarme de que esta institución permite que un estudiante sea humillado por el simple hecho de que su agresor pertenece a una familia adinerada, retiraré todas las generosas donaciones que mis empresas realizan a esta universidad. Y créame cuando le digo que no me temblará la mano para hacerlo.
Richard perdió definitivamente la sonrisa.
—No será necesario llegar a esos extremos. Le aseguro que resolveremos esta situación —respondió el director, acomodándose nerviosamente la corbata mientras intentaba recuperar algo de autoridad.
Matteo, que había permanecido observando la conversación con creciente indignación, golpeó el brazo de su asiento.
—¡Pero ella empezó! —protestó, señalando a Alessia—. ¡Es injusto que me suspendan cuando fue ella quien me golpeó! ¡Mírenme la cara! ¡Y casi me deja sin poder tener hijos!
Alessia ladeó la cabeza, contemplándolo con una sonrisa maliciosa.
—Por lo menos todavía puedes hablar. Yo esperaba que la patada te enseñara a cerrar la boca —replicó la joven, disfrutando abiertamente de la expresión indignada de Matteo.
—¡Alessia Hayes! —exclamó Nora, mirándola con severidad, aunque la expresión divertida que apareció fugazmente en sus ojos restó fuerza a la reprimenda.
—Está bien, está bien. Ya me callo —respondió la joven, levantando las manos en señal de rendición.
Leonardo se volvió bruscamente hacia su hijo.
—¡Cállate de una vez, Matteo! —ordenó con el rostro enrojecido—. Ya has causado suficientes problemas por hoy.
—¡Pero, papá...! —intentó protestar Matteo, indignado porque su padre parecía haber cambiado completamente de opinión desde la llegada de Nora.
—¡He dicho que te calles! —repitió Leonardo, fulminando a su hijo con una mirada que dejó claro que no estaba dispuesto a escuchar otra palabra.
Matteo apretó los dientes y bajó la mirada, furioso por aquella humillación frente a Alessia.
Leonardo respiró profundamente antes de dirigirse nuevamente a Nora.
—Señorita Kingsley, le aseguro que mi hijo recibirá un castigo ejemplar. Personalmente me encargaré de que comprenda la gravedad de su comportamiento.
Nora lo observó sin mostrar el menor interés por sus promesas.
—Eso espero, señor Bustamante. Porque si su hijo vuelve a acercarse a Alessia para intimidarla, este asunto dejará de resolverse únicamente dentro de la universidad —advirtió Nora con una tranquilidad que no disminuyó en absoluto la firmeza de sus palabras.
La amenaza fue pronunciada con absoluta tranquilidad, pero resultó suficientemente clara para que Leonardo asintiera sin intentar discutir.
Nora dio por terminada la conversación y regresó junto a Alessia. Su expresión cambió al verla intentando acomodarse en el asiento sin hacer demasiados gestos de dolor.
—Recoge tus cosas, cariño. Nos vamos a casa —indicó con una suavidad que contrastaba con el tono que había utilizado segundos antes.
Alessia asintió y se incorporó, sujetando su mochila y varios cuadernos que había dejado sobre una silla. Sin embargo, apenas consiguió ponerse de pie, una punzada de dolor atravesó su costado y la obligó a detenerse, apretando los labios para contener un quejido.
Nora lo advirtió inmediatamente.
—Alessia, ¿qué te duele? —preguntó, acercándose para sostenerla por el brazo.
—Nada, Nora. Estoy bien —respondió la joven demasiado rápido, intentando enderezarse.
La empresaria bajó la mirada hacia la mano que Alessia mantenía presionada contra sus costillas y frunció el ceño.
—No me digas que estás bien cuando apenas puedes levantarte —murmuró, retirándole con delicadeza la mochila del hombro—. Dame eso. No vas a cargar nada hasta que te revise el médico.
—Puedo llevar mis cosas sola —protestó Alessia, extendiendo una mano para recuperar su mochila.
Nora la miró fijamente.
—Alessia —pronunció la empresaria con una firmeza tranquila, sosteniendo su mirada para dejarle claro que no permitiría que siguiera esforzándose mientras estuviera lastimada.
Fue suficiente.
La joven soltó un suspiro resignado y permitió que Nora entregara sus pertenencias a Isabella, quien las recibió con una sonrisa comprensiva.
—No te preocupes, pequeña. Yo me encargo —comentó la secretaria, acomodándose la mochila sobre un hombro.
—Gracias, Isa —respondió Alessia, ofreciéndole una sonrisa discreta que hizo que la mujer negara cariñosamente con la cabeza.
Nora rodeó cuidadosamente la cintura de Alessia, evitando presionar el costado lastimado, y la ayudó a caminar hacia la salida. Antes de abandonar el despacho, dirigió una última mirada al director.
—Espero recibir el informe de la investigación cuanto antes, señor Whitmore. Y quiero que quede algo perfectamente claro: Alessia continuará estudiando aquí sin sufrir represalias por haber denunciado lo sucedido —advirtió Nora, observándolo con la misma autoridad que había mantenido durante toda la conversación.
—Por supuesto, señorita Kingsley —respondió Richard, poniéndose de pie inmediatamente—. Tiene mi palabra.
Nora no añadió nada más. Simplemente acompañó a Alessia fuera del despacho, seguida por Isabella, mientras los presentes permanecían en silencio.
Los pasillos de la universidad estaban mucho más concurridos que cuando Nora había llegado. Numerosos estudiantes se habían enterado de que un helicóptero privado había aterrizado en los jardines y, al reconocer a la poderosa empresaria caminando junto a Alessia, comenzaron a intercambiar murmullos sorprendidos.
Algunos de los compañeros que habitualmente se burlaban de la joven bajaron inmediatamente la mirada al verla pasar. Otros observaban con curiosidad la manera en que Nora la sostenía con una delicadeza casi maternal, completamente distinta de la imagen fría e intimidante que proyectaba en las noticias empresariales.
Alessia, por su parte, intentaba caminar con normalidad, aunque cada paso provocaba una molestia desagradable en sus costillas. No quería preocupar más a Nora, pero sabía que resultaba prácticamente imposible ocultarle algo cuando la mujer estaba decidida a descubrirlo.
Una vez que abandonaron el edificio y comenzaron a atravesar los jardines, Nora rompió finalmente el silencio.
—Alessia, quiero que me expliques por qué terminaste peleándote con ese muchacho —pidió, manteniendo una mano protectora sobre su espalda—. Y esta vez necesito que me cuentes todo, no solamente la parte que consideres menos preocupante.
La joven bajó la mirada hacia el sendero de piedra que se extendía frente a ellas. Durante unos segundos permaneció callada, intentando encontrar una explicación que no provocara otro sermón.
—Porque me cansé, Nora —respondió finalmente, con una mezcla de rabia y agotamiento—. Me cansé de que Matteo me insultara, de que se burlara de mis calificaciones y de que todos se rieran cuando decía alguna estupidez sobre mí. Pero hoy habló de mis padres y no pude soportarlo. Llevo meses intentando ignorarlo y nadie hace nada para detenerlo.
Nora sintió que su expresión se endurecía al escuchar aquellas palabras. Conocía demasiado bien el dolor que Alessia todavía arrastraba por la muerte de sus padres y comprendía lo profundamente cruel que resultaba utilizar aquella pérdida para humillarla.
—¿Por qué no me lo dijiste antes, cariño? —preguntó, disminuyendo ligeramente el paso para que la joven pudiera caminar sin apresurarse—. Si me hubieras contado lo que estaba sucediendo, habría intervenido desde el primer momento. No tenías que soportar todo eso sola.
Alessia apretó los labios, incómoda por la preocupación que escuchaba en su voz.
—Porque puedo resolver mis problemas sola, Nora. No necesito que estés solucionándome todo cada vez que alguien me molesta. Ya no soy una niña —respondió Alessia, intentando mantener un tono firme a pesar del cansancio que comenzaba a reflejarse en su rostro.
La empresaria se detuvo suavemente, obligando a Alessia a hacer lo mismo. Isabella, que caminaba unos pasos detrás de ellas, comprendió que necesitaban un momento de privacidad y se apartó discretamente para responder un mensaje en su teléfono.
Nora contempló a la joven durante unos segundos. Aquella respuesta no era nueva. Desde que Alessia había cumplido dieciocho años, su necesidad de demostrar independencia se había vuelto cada vez más evidente, como si aceptar cualquier clase de ayuda significara reconocer una debilidad que no estaba dispuesta a mostrar.
—Sé perfectamente que ya no eres una niña, Alessia —respondió Nora con calma, aunque una tristeza sincera comenzó a reflejarse en sus ojos—. También sé que eres inteligente, valiente y capaz de resolver muchas cosas por ti misma. Estoy orgullosa de la mujer en la que te estás convirtiendo, pero eso no significa que tengas que enfrentarte a todo sin permitir que nadie te acompañe.
Alessia levantó lentamente la mirada.
Nora respiró profundamente antes de continuar.
—Estoy aquí para ayudarte, cariño. No porque crea que eres incapaz, sino porque te quiero y me importa lo que te suceda. Me duele descubrir que llevabas meses sufriendo en silencio mientras yo pensaba que estabas bien. No quiero que sientas que tienes que dejarme fuera de tu vida para demostrarme que puedes valerte por ti misma —continuó Nora, dejando que su preocupación se reflejara abiertamente en aquellas palabras.
Las palabras consiguieron atravesar aquella coraza de indiferencia que Alessia utilizaba para protegerse. La joven observó el rostro de Nora y descubrió algo que la hizo sentirse culpable: detrás de la preocupación y el evidente disgusto, había una tristeza que no estaba acostumbrada a ver en ella.
Desde la muerte de sus padres, Nora había permanecido a su lado en cada momento importante. La había acompañado durante las noches en que despertaba llorando por las pesadillas, había celebrado sus logros académicos y había tenido paciencia incluso cuando Alessia descargaba su frustración contra todo lo que la rodeaba.
Y, sin embargo, ella continuaba empeñada en demostrar que no necesitaba a nadie.
—Lo siento, Nora —murmuró finalmente, bajando un poco la cabeza—. No quería hacerte sentir así. Solo pensé que podía manejarlo y que no tenía sentido preocuparte mientras estabas trabajando.
Nora sintió que la tensión de sus hombros disminuía ligeramente. Con mucho cuidado, levantó una mano y apartó un mechón de cabello castaño rojizo que había caído sobre la frente de Alessia.
—Mi trabajo nunca será más importante que tú, cariño. Quiero que entiendas eso de una vez —respondió con ternura—. Puedes llamarme aunque esté al otro lado del mundo, en medio de una reunión o cerrando el negocio más importante de mi vida. Si me necesitas, voy a escucharte.
Alessia sintió que algo cálido se extendía por su pecho. Había escuchado promesas similares durante los últimos cinco años, pero Nora nunca había dejado de cumplirlas.
—Está bien —susurró, dedicándole una pequeña sonrisa—. La próxima vez intentaré contarte las cosas antes de que terminen así.
Nora arqueó una ceja.
—¿Intentarás? —repitió la empresaria, observando a Alessia con una expresión que dejaba claro que aquella promesa a medias no terminaba de convencerla.
La joven soltó una risita que terminó convirtiéndose en una mueca de dolor cuando sus costillas protestaron por el movimiento.
—Está bien, te lo contaré —corrigió rápidamente—. Pero tampoco prometo convertirme en una santa de la noche a la mañana.
Nora negó con la cabeza, incapaz de evitar una sonrisa.
—Créeme, Alessia Hayes, hace mucho tiempo que abandoné cualquier esperanza de verte convertida en una santa —respondió Nora, dejando escapar parte de la diversión que le provocaba el carácter rebelde de su protegida.
—¡Oye! —protestó la joven, fingiendo indignación—. Soy una excelente estudiante.
—Una excelente estudiante que acaba de enviar al capitán del equipo de fútbol a la enfermería con una bolsa de hielo entre las piernas —replicó Nora, mirándola con una mezcla de resignación y diversión—. No estoy segura de que eso aparezca entre los requisitos para obtener una matrícula de honor.
Alessia sonrió orgullosamente.
—Bueno, por lo menos aprendió que no debe meterse conmigo —comentó la joven, incapaz de ocultar la satisfacción que todavía le producía haber conseguido enfrentarse a Matteo.
Nora soltó un suspiro y volvió a rodearla cuidadosamente por la cintura para continuar caminando.
—Espero que también hayas aprendido que los golpes pueden tener consecuencias graves. Defenderte no estuvo mal, Alessia, pero quiero que la próxima vez busques una manera de detener la situación sin exponerte a terminar lastimada.
—Lo sé, Nora —respondió la joven, apoyándose un poco más en ella cuando una nueva punzada le atravesó el costado—. Aunque tienes que admitir que su cara cuando llegó su papá fue bastante divertida.
—No voy a admitir absolutamente nada hasta que el médico me diga que estás bien —contestó Nora, manteniendo una expresión seria a pesar de la sonrisa que amenazaba con aparecer nuevamente en sus labios.
Alessia hizo un pequeño puchero, provocando que Nora la mirara de reojo con una sonrisa cariñosa.
Isabella volvió a acercarse cuando ambas llegaron a la zona donde esperaba el helicóptero. El piloto permanecía junto a la puerta abierta, preparado para ayudarlas a subir.
—Señorita Kingsley, el doctor Alexander Bennett confirmó que estará esperando en la mansión —informó la secretaria—. También he solicitado que preparen una habitación tranquila para que Alessia pueda descansar después de la revisión.
—Perfecto, Isabella. Gracias —respondió Nora antes de dirigir nuevamente su atención hacia la joven—. Vamos, cariño. Con cuidado.
Alessia intentó subir por sí misma, pero apenas levantó una pierna sintió otra molestia en las costillas. Nora reaccionó inmediatamente, sujetándola por la cintura y ayudándola a acomodar los pies sobre los escalones del helicóptero.
—Despacio, Alessia. No tenemos ninguna prisa —murmuró Nora, pendiente de cada movimiento de la joven mientras procuraba sostenerla sin presionar sus heridas.
—Nora, puedo subir sola —protestó la joven, aunque esta vez su voz carecía de verdadera convicción.
—Y yo puedo ayudarte. Ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo —respondió Nora con tranquilidad, manteniendo una mano firme sobre su cintura para impedir que perdiera el equilibrio.
Alessia abrió la boca para replicar, pero terminó cerrándola al descubrir la expresión decidida de su protectora. Sabía reconocer cuándo una discusión estaba perdida, especialmente cuando Nora utilizaba aquel tono tranquilo que no admitía negociaciones.
Una vez dentro, la empresaria la ayudó a acomodarse en uno de los amplios asientos de cuero y se aseguró de que el cinturón de seguridad no ejerciera demasiada presión sobre su costado. Después se sentó junto a ella, mientras Isabella ocupaba el asiento contiguo y dejaba las pertenencias de Alessia cuidadosamente aseguradas.
El piloto informó que estaban preparados para despegar. Nora asintió y, pocos segundos después, el sonido de las hélices volvió a intensificarse mientras el helicóptero comenzaba a elevarse sobre los jardines de la Universidad Saint Edmund.
Desde la ventanilla, Alessia observó cómo los edificios universitarios se hacían cada vez más pequeños. Todavía podía distinguir a varios estudiantes reunidos en el césped, mirando hacia el cielo mientras la aeronave se alejaba.
Soltó un suspiro y apoyó la cabeza contra el respaldo, sintiendo finalmente el cansancio acumulado después de aquella mañana desastrosa. La adrenalina de la pelea había desaparecido y ahora cada golpe comenzaba a hacerse notar con una intensidad desagradable.
Nora la observó de reojo y advirtió inmediatamente el agotamiento reflejado en su rostro. Sin decir nada, extendió una mano y acomodó con delicadeza un mechón de cabello detrás de su oreja.
—¿Te duele mucho, cariño? —preguntó con preocupación.
Alessia giró ligeramente la cabeza hacia ella.
—Un poco —admitió finalmente, demasiado cansada para continuar fingiendo que estaba perfectamente bien—. Pero creo que estaré mejor después de descansar.
Nora acarició suavemente su cabello, procurando no acercarse al ojo lastimado.
—En cuanto lleguemos, Alexander te revisará. Después podrás descansar todo lo que necesites y yo me aseguraré de que nadie te moleste —le aseguró Nora, manteniendo aquella caricia tranquila mientras observaba con preocupación las heridas de su rostro.
—¿No tienes que regresar a tu viaje? —preguntó Alessia, recordando repentinamente que Nora había cancelado sus compromisos empresariales para acudir a buscarla.
La mujer negó con tranquilidad.
—No. Ya terminé con ese viaje —respondió Nora, sin mostrar la menor preocupación por los compromisos que había dejado pendientes.
Alessia frunció ligeramente el ceño.
—Pero dijiste que todavía te faltaban dos días de reuniones —recordó la joven, observándola con creciente inquietud al comprender que su protectora había regresado exclusivamente por ella.
—Las cancelé —respondió Nora con absoluta naturalidad, como si aquella decisión no hubiera requerido la menor consideración.
—¡Nora! —exclamó la joven, incorporándose un poco antes de arrepentirse por el dolor que le provocó el movimiento—. No tenías que hacer eso por mí. Seguro eran reuniones importantes.
Nora la ayudó a acomodarse nuevamente y esperó a que dejara de hacer aquella mueca de dolor antes de responder.
—Eran importantes, sí, pero podían esperar. Tú estabas lastimada y necesitaba asegurarme de que te encontraras bien. No voy a disculparme por haber venido a buscarte, Alessia.
La joven permaneció en silencio, observando aquellos ojos avellana que tantas veces le habían transmitido seguridad cuando sentía que el mundo entero estaba en su contra.
—Gracias por venir —murmuró Alessia después de unos segundos, dejando que su voz reflejara el agradecimiento que le costaba expresar cuando se sentía vulnerable.
La expresión de Nora se suavizó inmediatamente.
—Siempre voy a venir cuando me necesites, cariño —respondió la empresaria con ternura, sosteniendo la mirada de Alessia para que comprendiera que aquella promesa no dependía de las circunstancias.
Alessia sonrió apenas y, vencida por el cansancio, terminó inclinándose con cuidado hasta apoyar la cabeza sobre el hombro de Nora. La empresaria acomodó el brazo alrededor de ella, permitiéndole encontrar una posición cómoda sin presionar sus heridas, mientras continuaba acariciándole suavemente el cabello.
Isabella contempló la escena desde su asiento y decidió concentrarse en revisar los mensajes de su tableta. Conocía a Nora desde hacía varios años y había presenciado cómo aquella mujer, capaz de intimidar a una sala llena de empresarios con una sola mirada, se transformaba por completo cuando Alessia estaba cerca.
Para el resto del mundo, Nora Kingsley era una empresaria poderosa, exigente y prácticamente imposible de complacer. Pero para aquella joven de ojos azules, era la persona que siempre regresaba, sin importar la distancia ni las circunstancias.
Mientras el helicóptero avanzaba hacia la mansión Kingsley, Nora bajó la mirada hacia Alessia, que comenzaba a quedarse dormida sobre su hombro. La preocupación todavía oprimía su pecho al contemplar las heridas de su rostro, pero también experimentó un profundo alivio al saber que finalmente la tenía a salvo.
Depositó un beso delicado sobre su cabello y la abrazó un poco más cerca, sin despertarla.
Había prometido a sus amigos que cuidaría de su hija cuando ellos ya no pudieran hacerlo. Durante cinco años había intentado cumplir aquella promesa de la mejor manera posible, acompañando a Alessia mientras crecía y aprendía a vivir con una ausencia que ninguna de las dos podría reparar.
Sin embargo, en algún momento de aquellos años, sus sentimientos habían comenzado a confundirse de una manera que Nora todavía no se atrevía a examinar demasiado de cerca. Sabía que debía respetar la independencia de Alessia y permitirle construir su propia vida, incluso cuando su primer impulso fuera protegerla de cualquier dolor.
Por ahora, lo único que importaba era llevarla a casa, asegurarse de que sus heridas no fueran graves y descubrir por qué había tenido que soportar tantos meses de acoso sin que nadie interviniera.
Nora volvió la mirada hacia la ventanilla, donde las nubes comenzaban a deslizarse bajo el helicóptero. Su expresión se endureció ligeramente al recordar las palabras del director y de Leonardo Bustamante.
Aquella mañana había conseguido sacar a Alessia de la universidad, pero todavía quedaban demasiadas preguntas sin respuesta.
Y Nora Kingsley no pensaba ignorar ninguna.








