Génesis
Tal como una canción de cuna, entonada con esmero por un padre que busca apartar a su hijo del dolor, la angustia y la agonía; de los males que rondan desde las sábanas hasta las montañas, desde el cielo hasta los mares. Todo guiado por un inmenso amor, por el deseo puro de verlos sonreír.
Así cuidaba el señor Renzo de sus dos hijos, Syna y Lotario. Desde pequeños les inculcó los tres valores que consideraba fundamentales para que fuesen personas de bien: jamás pisotear a nadie, saber actuar ante la adversidad y, sobre todo, valorar cada vida. Renzo hacía especial hincapié en este último punto debido a la forma en que le tocó vivir.
Creció en medio del constante conflicto entre su nación, Fos Lotus, y la vecina Exagora. Gracias a su talento innato con la espada, fue reclutado antes de cumplir la mayoría de edad, a los dieciséis años —una hazaña que parecía imposible hasta que él apareció en el frente—. Durante casi toda su juventud se dedicó a acabar con cientos de hombres. Marchaba a la guerra sin temor a morir; parecía un demonio hecho humano cuyos ojos no conocían la misericordia. Daba el alma por su tierra.
Sin embargo, con los años fue adoptando una postura de profunda indiferencia, hasta que conoció a una mujer que cambió su vida. Ella fue la causa de que se retirara del campo de batalla; en su vientre llevaba un motivo poderoso para hacer las cosas de otro modo. Después de ver tanta muerte, contemplaría una vida nueva, una existencia que juró proteger de aquel terrible mundo. Por ello, decidió marchar con su esposa y su hijo a un pueblo apartado, un refugio tranquilo donde sus hijos pudiesen crecer en paz... O al menos esa era la idea.
El tiempo pasó, pero las batallas no cesaban. Todo parecía marchar hacia la misma dirección: una lluvia de muertes sin retorno. Consciente de que debía hacer algo para evitar que sus hijos sufrieran el día en que él faltara, y tras el nacimiento de su hija Syna, Renzo decidió construir una casa aún más escondida en los márgenes del pueblo. No sería una tarea fácil, pero encomendó a Lotario que lo ayudase para enseñarle el esfuerzo y, sobre todo, inculcarle que lo hacía por su hermana.
Los años continuaron su curso y la madre de Syna falleció. Con el cuerpo cada vez más debilitado por la vejez, Renzo supo que su final estaba cerca. Antes de morir, decidió volcar todo su conocimiento letal en sus hijos para que pudieran defenderse y ayudar a los demás.
Lotario poseía un talento inagotable para el combate; era fuerte, poseía una mentalidad inquebrantable y tenía madera para convertirse en una auténtica máquina de guerra. Por su parte, Syna destacaba por una agilidad asombrosa y una inteligencia táctica sobresaliente, virtudes que bien habrían podido convertirla en una asesina despiadada.
Al ver el enorme potencial de ambos, y con la certeza de que su entrenamiento había concluido, Renzo los sentó frente a él una tarde cálida y apacible:
—Hijos míos, todos estos años han sido los mejores de mi vida —les dijo con voz pausada—. Siempre viví luchando, pero jamás me sentí vivo hasta que ustedes me dieron la vida que me faltaba. Así como fueron mi motivo para vivir, quiero que ustedes vivan. Una guerra nos ha sacudido durante demasiado tiempo y no sé cuándo terminará. Solo le pido al cielo que nunca deban luchar, pero si la necesidad los obliga, jamás dejen que su corazón se llene de odio; esa es la verdadera muerte del alma. No me queda mucho tiempo, pero no deben decaer. Sigan viviendo a pesar del mundo que los rodea, y les imploro que jamás dejen que esas sonrisas se borren de sus rostros. Son la única luz que he visto entre tanta oscuridad.
Syna, con apenas catorce años y sintiendo un nudo desgarrador en la garganta, corrió a los brazos de su padre. Lotario se esforzaba por mantener la compostura por su hermana, aunque por dentro un dolor terrible lo consumía. Estaba a punto de cumplir dieciocho años, la edad en la que todo varón de Fos Lotus era reclutado de manera obligatoria para marchar al frente; negarse equivalía a ser acusado de traición a la patria. Aunque vivían escondidos, esa sombra no dejaba de atormentarlo. A pesar de todo, debía hacerse el fuerte.
Renzo se acercó a Lotario y le dio un profundo abrazo, susurrándole al oído:
—Cuida de tu hermana.
Aquellas palabras derrumbaron el muro de Lotario, que comenzó a llorar sin consuelo.
Afuera, el sol que había brillado con intensidad comenzó a ocultarse hasta que la dominó la noche. Los tres se prepararon para dormir. Renzo cayó dormido casi al instante, mientras Syna y Lotario se quedaron despiertos un rato más, rememorando anécdotas de su infancia: las veces que Syna intentaba cocinar o cuando Lotario batallaba para cortar la madera de la casa. Ambos se burlaban con complicidad.
Antes de cerrar los ojos, Lotario le hizo un solemne juramento a su hermana: —Te juro que voy a protegerte. Mientras viva, usaré mis manos para defenderte. No importa a quién deba enfrentar, sea un gigante o cualquiera, no temeré. A lo único que le temo es a que tú no seas feliz.
De los ojos de Syna comenzaron a brotar lágrimas mientras respondía: —Yo quiero que tú también seas feliz, hermano. Esa será siempre mi mayor felicidad.
Una vez dicho eso, ambos se sumieron en el sueño bajo la tranquilidad de la noche. Se dice que antes de la tormenta siempre reina la calma, o que solo hace falta una gota para desatar la lluvia de sangre; realidades que la historia demuestra una y otra vez.
Al amanecer, el señor Renzo no despertó.
Con la certeza amarga de lo sucedido y la ilusión rota de lo contrario, los dos hermanos posaron sus manos sobre el pecho de su padre. La fría realidad se abrió paso ante sus ojos.
—Descansa en paz, papá —susurraron al unísono.








