Chapter 1
Capítulo 1: El espejo retrovisor
Escena 1: Medianoche sobre el asfalto
El chirrido intermitente de los limpiaparabrisas marcaba el único compás constante en la noche de Mateo. Eran las once y cuarenta y cinco de un martes lluvioso. Afuera, la ciudad se disolvía en reflejos rojos y amarillos sobre el asfalto mojado; adentro, el sedán olía a una mezcla densa de café soluble frío y ambientador barato de pino.
Mateo ajustó el espejo retrovisor. Sus ojos oscuros, enmarca-dos por ojeras que delataban catorce horas continuas al volan-te, aún conservaban ese filo desafiante que nadie en su familia había logrado limar. A dos meses de cumplir veintinueve años, la vida parecía haberle cobrado caro cada arrebato de su juven-tud. En su expediente no oficial figuraban suspensiones esco-lares, discusiones a gritos que hacían temblar las ventanas de la casa paterna y proyectos truncos que sus hermanos siempre usaban como ejemplo de lo que «nunca se debía hacer>>.
Para el mundo exterior, Mateo era simplemente un chofer más tratando de ganarle unos pesos al algoritmo de una aplicación.
Aprovechando la luz roja de un semáforo largo en la avenida principal, deslizó la mano hacia el compartimento depla puerta y extrajo una libreta de pasta negra, desgastada en las esquinas por el roce diario. No contenía anotaciones de turnos ni cuentas de gasolina. En esas páginas arrugadas había esquemas meticulosos: tablas de tiempos muertos en entregas comerciales, rutas secundarias trazadas a mano para esquivar los embotellamientos del puerto seco de la ciudad y cálculos de margen operativo por kilómetro recorrido.
El carácter que de adolescente lo empujaba a estrellar puertas contra el marco seguía intacto, pero ya no ardía sin rumbo. La furia se habia transformado en una concentración fría y silenciosa. Mientras los demás conductores pasaban los ratos muertos mirando redes sociales o lamentándose del tráfico, Mateo desarmaba la logística urbana en su cabeza pieza por pieza, convencido de que tarde o temprano encontraría el engranaje que lo cambiaría todo.
El teléfono montado en el tablero vibró con un pitido estridente: una nueva solicitud de viaje a escasas tres calles.
Mateo guardó la libreta en su bolsillo, respiró hondo para aplacar la rigidez de su espalda y metió primera. La noche todavía era larga








