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EL AFINADOR

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Summary

Clara Vilar lleva veinte años afinando pianos y posee un don extraordinario: puede sentir, a través de las teclas, las emociones de quienes los tocaron. Un día recibe el encargo de examinar un Steinway de 1890, abandonado durante cuarenta años en el salón de una vieja mansión. Desde el primer contacto descubre que aquel instrumento es diferente. Su madera permanece inexplicablemente caliente y sus teclas conservan secretos que ninguna partitura podría revelar. La aparición de Anselmo, otro afinador que parece compartir su misteriosa sensibilidad, transforma el encargo en una experiencia que ninguno de los dos habría imaginado. Porque aquel piano no solo conserva la memoria del pasado. También espera que alguien escriba una nueva historia sobre sus teclas. Hay instrumentos que se afinan con las manos. Y cuerpos que solo encuentran su verdadera música cuando alguien sabe tocarlos.

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1
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n/a
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18+

EL AFINADOR (historia completa)

Este relato forma parte de la colección Historias para pecar de la autora Rebecca Brand

I. El oído

Clara Vilar tenía treinta y ocho años, las manos pequeñas y una virtud que no se enseñaba en ningún conservatorio: sabía escuchar el interior de las cosas. No el sonido, sino lo que hay debajo del sonido. La tensión de una cuerda, la humedad de un fieltro, el punto exacto donde un mecanismo se rinde. Llevaba veinte años devolviéndole la voz a instrumentos mudos, y en esos veinte años había aprendido que un piano viejo no es un mueble: es un cuerpo que ha sido tocado y que recuerda.

Había empezado de niña, en el taller de su padre, entre virutas y clavijas. Su padre afinaba pianos para iglesias y conservatorios y la llevaba consigo porque no tenía con quién dejarla. Clara pasaba las tardes en un taburete bajo, mirándole girar la llave de afinar, y muy pronto notó algo raro: cuando su padre golpeaba una tecla, a ella se le erizaba la piel en un sitio concreto del cuerpo. El cuello. La muñeca. El hueco detrás de la rodilla. Se lo dijo una vez y su padre se rió. «Niña, eso es imaginación.» Pero Clara no dejó nunca de sentirlo.

Con los años el don se afiló. Se volvió preciso, casi insoportable. Podía entrar en una casa desconocida y saber si había un piano por la forma en que se le erizaba la nuca antes de oír una sola nota. Podía pulsar una tecla y saber si el instrumento había sido querido o solo usado. Los pianos tocados por manos cariñosas devolvían calor. Los tocados por manos frías, por manos de profesora, por manos que solo buscaban aprobar, devolvían algo seco, como un apretón de manos. Clara prefería los primeros. Se había acostumbrado a vivir entre objetos que recordaban más que las personas.

A los diecisiete entró de aprendiz en el taller de un tal Beltrán, un afinador seco y viejo que llevaba cuarenta años metiendo las manos en pianos de conservatorio. Beltrán no creía en el don de Clara; creía en el oído, que se mide, y en el diapasón, que no miente. Pero una tarde, después de que ella afinara un vertical de estudio con una precisión que él no había conseguido en dos visitas, el viejo se quedó mirándola desde el otro lado del taller y le dijo una frase que Clara no olvidó nunca: «Tú no afinas pianos, niña. Tú los escuchas por dentro. Eso es otra cosa, y te va a costar cara.»

El don tenía un precio, y no se pagaba con dinero. Cada instrumento le dejaba dentro un poso de la vida de otro, y Clara no siempre tenía fuerzas para cargarlo. Aprendió a moverse por casas ajenas como por un museo: mirando, sin tocar, conteniendo la respiración. Pero los pianos, cuando están solos, llaman.

Le costó. Le costó cada piano de iglesia fría, cada vertical de sala de ensayo, cada instrumento de sala de espera. Porque había algo en todos ellos, y casi nunca era bueno. Los pianos de conservatorio estaban llenos de miedo: niños tocando con la espalda rígida y las uñas cortas, profesores dando golpes en el atril con la batuta. Clara salía de esos trabajos con el cuello hecho un nudo, como quien ha cargado el peso de otro. Aprendió a poner los dedos en el teclado con delicadeza de cirujano, a pulsar una tecla y retirar la mano antes de que la memoria del piano le subiera por el brazo. Aprendió a dosificarse.

Pero había pianos que la deshacían. Uno, un Bechstein en un piso del ensanche, la dejó temblando casi una hora. Había pertenecido a una mujer que se había ido apagando en aquella casa durante quince años. Cada tecla guardaba un tacto cansado, sin fuerza, casi resignado, y al final del teclado, en las notas agudas, había un gesto que Clara reconoció de inmediato: la mano levantándose del piano cuando ya no esperas a nadie, cuando tocas para no oír el silencio de la casa. Clara tocó aquella nota aguda y sintió, con total claridad, una soledad que no era suya, y se echó a llorar en mitad del salón de una desconocida, con el maletín abierto a sus pies. Desde entonces supo que su trabajo no era reparar pianos. Era sacarlos del luto. Devolverles una voz que no fuera un lamento.

Porque las personas, en su vida, habían sido pocas y breves. Había tenido un marido, Tomás, seis años, y se había ido sin drama, con la sensación de que ninguno de los dos había llegado a tocar del todo al otro. Había tenido después un amante o dos, esporádicos, correctos, de los que se desnudan con orden y terminan con la misma educación con que empezaron. Y Clara, que notaba el temblor de una cuerda de 1890 en las yemas, nunca había sentido esa precisión con un hombre. Nunca había estado con nadie que la tocara como se afina un instrumento: escuchando, corrigiendo, buscando la tensión justa. Se había resignado. Se había dicho que el don era para los pianos y que los hombres eran otra cosa, otro material, menos sensible, menos noble.

Cuando murió su padre, Clara heredó su taller, sus llaves, su agenda y su silencio. Vendió lo que pudo, se quedó con lo esencial y siguió afinando. En el cuaderno de su padre había una lista de clientes con letra pequeña y apretada, y Clara los fue tachando uno por uno, no por rencor, sino porque cada casa le recordaba una tarde de infancia con el delantal manchado de grasa y la voz de su padre llamándola. Tardó tres años en tachar la lista entera. Cuando terminó, se sentó en el taburete y se dio cuenta de que no tenía a nadie con quien hablar de su trabajo. Ni de nada.

Así había llegado a los treinta y ocho. Con un oído perfecto, un taller pequeño, un piso de alquiler y una vida sin sobresaltos. Y con la sospecha creciente de que se estaba convirtiendo en uno de aquellos pianos que ella misma había aprendido a sacar del luto: un instrumento afinado, sí, pero que ya nadie tocaba. Se equivocaba, pero aún no lo sabía.

II. El encargo

La llamaron en marzo, de una casa de subastas del centro. Necesitaban un oído neutral. Un Steinway de 1890, de una herencia, de una familia que se deshacía de todo; el instrumento llevaba cuarenta años en un salón cerrado y ahora querían tasarlo antes de sacarlo a subasta. No querían a un pianista de concierto, que toca como todos saben: con la mano entrenada, con el repertorio encima, juzgando el piano por lo que hace con la música y no por lo que es. Querían a alguien sin escuela, sin prejuicios, sin dedos que se fueran solos. Querían, dijeron, a alguien capaz de escuchar al piano y no de lucirse con él.

—Clara Vilar —dijo ella al teléfono—. ¿Cuándo?

Le dieron la dirección de una casa grande y vacía donde ya no vivía nadie. Le dieron una llave y permiso para acceder al salón mientras se preparaba la subasta. Le advirtieron de que el salón era enorme, de que hacía frío, de que había polvo. Le advirtieron, sobre todo, de que el instrumento llevaba cuatro décadas sin que nadie le pusiera una mano encima, y de que podía estar muerto.

Clara colgó y sintió, antes de verlo, un cosquilleo en la rabadilla. Un piano de 1890, cuarenta años mudo, en un salón cerrado. Un cuerpo dormido. Pensó, sin querer, en lo que un piano así podía tener guardado.

Llegó un jueves de marzo, a las cinco de la tarde, con su maletín de fieltros y llaves, el cinturón de cuero cruzado a la cintura donde llevaba las herramientas, una blusa de lino con las mangas remangadas y un pantalón oscuro. La casa tenía techos altísimos, con ventanales de arco por los que entraba una luz amarilla y oblicua. Conocía de memoria ese tipo de casa: las que se vacían mucho antes de que se muera su dueño. Casas con las marcas de los muebles todavía en la pared y un olor a habitación cerrada. Había estado en veinte iguales. Y todas tenían, en algún rincón, un instrumento esperando a que alguien se atreviera a tocarlo. El suelo de madera crujía bajo sus botas. No había ni un mueble. Todo estaba desnudo, y en mitad del salón, tapado con una sábana blanca, esperaba el bulto grande, con forma de animal.

Clara se quedó un momento en el umbral. Algo le latió en la garganta. Los pianos grandes, cuando están tapados, tienen una silueta engañosa: parecen un ataúd, o una bestia tumbada. Se acercó despacio, como se acerca uno a un perro que no sabe si duerme o está muerto.

Puso la mano en la sábana y notó el polvo. Y debajo del polvo, a través de la tela, notó el nogal. Estaba caliente.

Se le erizó la piel entera. Un piano parado, en una casa sin calefacción, a las cinco de la tarde de un marzo frío, no tenía por qué estar caliente. Y lo estaba. Caliente como la huella de una cama de la que alguien acaba de levantarse.

—Hola —dijo Clara en voz baja, y le pareció una tontería, pero lo dijo.

Tiró de la sábana.

III. El animal dormido

Salió de debajo de la tela un piano de cola negro, profundo, con el barniz cuarteado y el nogal del interior de la tapa asomando donde el negro se había ido. Clara lo recorrió con la mirada como se recorre un cuerpo desnudo después de mucho tiempo: sin prisa, deteniéndose en lo que importa. El teclado, ochenta y ocho teclas de marfil amarillento, algunas partidas, una o dos ausentes. Los pedales, gastados. La tapa, cerrada, con una capa fina de polvo.

No era un mueble. Era un animal dormido. Lo supo con la misma certeza con la que se sabe si alguien respira en una habitación a oscuras. Y como a un animal dormido, lo trató: sin darle la espalda, sin hacer ruido, sin creer del todo que aquello fuera inerte.

Apoyó la palma en la tapa de nogal. El barniz estaba templado, caliente de verdad, y lo dejó ahí un rato, sin moverse, notando debajo de la mano una vibración mínima, como un ronroneo que no se oye, solo se nota. Cerró los ojos. Veinte años de oficio y nunca había tocado un piano así, tan lleno, tan cargado, tan a medio despertar. Otros pianos le devolvían información; aquel le devolvía algo parecido a la respiración de alguien que duerme al otro lado de la pared.

Levantó la tapa. El interior apareció en sombra, con las cuerdas tensas y el hierro, y el olor a madera vieja y a fieltro subió de golpe, un olor dulce y polvoriento que le recordó las sábanas guardadas en un armario. Se sentó en el taburete, que crujió, y probó una tecla al azar.

Golpeó el la.

Y ocurrió algo que no tenía nada que ver con el sonido.

En la yema del dedo, donde tocaba el marfil, sintió una caricia. Una mano que no era la suya le pasó por encima del dorso, lenta, reconociéndola, de arriba abajo, con la yema abierta y sin prisa. Clara retiró los dedos de la tecla y la caricia se quedó flotando un segundo en el aire, como un acorde que sigue sonando después de levantar el dedo.

Se le secó la boca.

Volvió a tocar. Otra vez el la, y otra vez aquella mano por encima del dorso, y esta vez Clara notó que era una mano grande de hombre, con el hueco de la palma caliente y los dedos callosos. Mantuvo el dedo apoyado y la caricia siguió subiéndole por el brazo hasta el hombro y le levantó los pelos del cuello.

—Vale —se dijo Clara, con la voz temblorosa—. Vale.

Bajó el dedo y golpeó el si bemol.

Esta vez sintió una boca. No una boca sobre ella: la boca de otro besando a otra persona, un beso largo y profundo, de los que se dan sin prisa y sin testigos. Sintió la humedad del otro labio, el hueco entreabierto, la lengua entrando despacio, y sintió en su propio labio inferior el mordisco suave que alguien le dio a alguien y que llevaba cien años guardado en aquella tecla. Se pasó la lengua por el labio sin darse cuenta. Le supo a otro.

Golpeó el re.

Y le subió al cuello una risa. Una risa ajena, baja, apretada contra una piel, la risa que se suelta cuando alguien te besa el cuello y te hace cosquillas, y Clara se echó hacia atrás en el taburete y se rió sola, con la garganta expuesta a un techo vacío.

El fa le puso una mano en la cintura. Una mano entera, abierta, que la agarró por el costado blando y tiró de ella hacia dentro, y Clara sintió el tirón de un cuerpo que la arrastraba hacia otro.

El do fue lo peor. El do le puso un peso encima. Un cuerpo entero sobre el suyo, caliente, insistente, subiendo y bajando, y sintió —sin nadie tocándola, sentada en un taburete en una sala vacía— una presión honda y lenta en el bajo vientre, un peso que empujaba hasta el fondo y se retiraba y volvía. Apretó las rodillas. Tenía calor. Estaba, sin motivo, empapada a través de las bragas.

El piano era un archivo de caricias. Cada tecla, un fragmento erótico de alguien que había tocado allí. Clara entendió de golpe lo que tenía delante: no un instrumento, sino una memoria de piel. Alguien había amado sobre ese piano. Varios alguienes. Durante décadas. Y el piano, que nunca había aprendido a tocar música, había aprendido a guardar cuerpos.

Se levantó y fue tecla por tecla, como quien hojea un libro prohibido.

En el sol había una mano en un muslo, alta, cerca de la ingle. En el la agudo, unos labios subiendo por un cuello y deteniéndose en la oreja. En el mi grave, una espalda arqueándose. En el si natural, unos dedos desabrochando un corpiño y tomándose su tiempo, porque temblaban. En el do sostenido, una boca bajando por un vientre y deteniéndose a media altura, sin llegar, porque a alguien le gustaba hacer esperar. En el sol grave, dos cuerpos de pie, contra una pared, con la prisa de quien tiene poco tiempo y la torpeza de quien lleva ropa de más. En el re agudo, un gemido corto que se corta de golpe, como si alguien hubiera entrado en la habitación. En el la grave, la calma después: una respiración lenta, dos cuerpos quietos, una mano que se apoya en una espalda sin pedir nada. En el mi agudo, unas uñas clavándose en una nuca. En el fa grave, una risa contra un hombro. Había teclas con gemidos. Había teclas con silencios, que son peores. Había una tecla, un fa sostenido casi al final, que guardaba una penetración entera: un entrar despacio, un quedarse, un empujar hasta el fondo y pararse allí, respirando. Clara la tocó tres veces seguidas. A la tercera tenía el vientre apretado y las manos temblando.

Iba de tecla en tecla y con cada golpe se le erizaba la piel en un sitio distinto, como si el piano le estuviera recorriendo el cuerpo a trozos, desordenado, tomándose su tiempo. Y Clara, que llevaba años sin que un hombre le hiciera eso, se sorprendió abriendo los brazos para que la memoria de aquel piano la tocara mejor.

Entonces llegó él.

IV. Anselmo

No lo oyó llegar. Sintió, sin girarse, una presencia en la puerta, y supo que era un hombre por el olor y por el peso de la respiración. Y supo, sobre todo, que la estaba mirando como se mira a un instrumento antes de saber si está afinado: con hambre técnica. Fría, calculadora, minuciosa. Y debajo del cálculo, otra cosa.

—Está desafinado —dijo él.

Clara siguió de espaldas, con los dedos en las teclas.

—Está cargado —corrigió.

El hombre soltó una risa corta. Se acercó, y Clara oyó sus pasos en la madera y sintió cómo el aire se movía a su lado. Se sentó en el banquillo, junto a ella, sin pedir permiso, sin presentarse. Un hombro contra el suyo. Clara le echó un vistazo: cuarenta y tantos, pelo rizado y oscuro, dos días de barba, manos grandes, mandíbula fuerte. Olía a tabaco y a barniz.

Le miró las manos antes que la cara: era lo que hacía siempre. Unas manos dicen más que una boca. Las suyas eran grandes, con los nudillos anchos y esa callosidad suave de quien trabaja con cuerdas. Manos que sabían sujetar sin apretar. Clara apartó la mirada antes de que la pillara mirándolas.

—Anselmo —dijo—. Afinador de la casa de subastas. Llevo meses pidiendo que me dejen examinarlo. Ahora abren el salón y llaman a alguien de fuera. Vengo a supervisar.

—Clara.

—Ya sé quién eres. Me han dicho que no oyes los pianos. Los sientes.

—Y es verdad.

—Vale —dijo él, sin disimular del todo su escepticismo. Clara apartó el maletín para no rozarlo: no le gustaba que otro afinador la pusiera a prueba como si fuera una aprendiz. Anselmo miró la madera un instante, más atento de lo que su desconfianza permitía suponer, y puso las dos manos en el teclado.

Tocó un acorde.

Y Clara lo sintió entero. No una caricia suelta, sino todas a la vez: un coro de pieles ajenas que le corrió de arriba abajo, todas las teclas que ella había tocado una por una, ahora juntas, sonando en su cuerpo como un orgasmo de manos. Se le doblaron las rodillas y se agarró al borde del piano.

Anselmo no dejó de tocar. La sujetó del codo con una mano mientras la otra seguía moviéndose por el teclado, y Clara sintió el acorde metérsele dentro y buscarle el centro, y que era él quien lo dirigía, él quien decidía qué parte del cuerpo del piano golpear para que le temblara una parte del suyo. La estaba tocando. Con las dos manos, a través de ochenta y ocho teclas y un siglo de muertos.

—Ya veo —dijo él, muy bajo, casi en su oreja—. No oyes el piano. Lo sientes.

—Y usted también.

—Y yo también.

Porque era verdad. Anselmo tocaba y las teclas le devolvían cosas: Clara lo veía en su nuca, en la forma en que se le tensaba la mandíbula, en la respiración que se le cortaba en el mi. Los dos estaban sintiendo lo mismo, y ninguno era dueño de lo que sentía. Se estaban acariciando a través de cien manos muertas.

Anselmo dejó de tocar. Se giró hacia ella en el banquillo. Estaban tan cerca que Clara le veía el pulso en el cuello.

—Y ahora qué —dijo él.

—Ahora —dijo Clara— hay que afinarlo.

—¿A qué?

—A nosotros.

V. El teclado

Se besaron sin decidirlo, encima del teclado, y el piano soltó un racimo de notas falsas y hermosas al recibir el peso de sus cuerpos. La boca de Anselmo era cálida y sabía a tabaco, y Clara, que llevaba años sin que la besaran así, con hambre, le agarró la camisa con las dos manos y tiró de él. Él le puso una mano en la nuca, la otra en la cintura, y la dobló hacia atrás sobre las teclas, y Clara tenía la espalda contra el marfil y cada vez que se movía sonaba un do o un sol.

Le abrió la blusa. Saltaron dos botones. Anselmo le bajó la tela hasta la cintura y le miró las tetas un segundo, como se mira una pieza antes de tocarla, y luego bajó la boca y le besó lo alto del pecho, entre las clavículas, y Clara sintió que a su beso le contestaba un beso viejo guardado en el si, un beso que otra boca le había dado a otro pecho cien años antes, y los dos besos, el suyo y el del muerto, le llegaron a la vez, superpuestos, y se le escapó un gemido que no reconoció como suyo.

Anselmo le sacó una teta del sujetador con la mano, sin ceremonia, y se la metió en la boca. Chupó. Clara se arqueó. Y debajo de la lengua de Anselmo, mordiéndole el pezón, sintió otra lengua, otra boca, otra época, y un escalofrío le subió del coño a la raíz del pelo. Le agarró la cabeza y se la apretó contra el pecho, y él mordía y chupaba y le pasaba la lengua por el pezón hasta dejarlo duro y brillante de saliva, y cada tirón de su boca le daba un tirón más abajo, en el vientre, y Clara sintió cómo se le empapaban las bragas.

Se desnudaron a tirones, torpes, riéndose, chocando con las teclas. Él le bajó el pantalón de un tirón y Clara lo lanzó por los aires con el pie, y la tela cayó al suelo con las bragas dentro, y se quedó desnuda de cintura para abajo sobre el piano, con la espalda en el marfil y las piernas colgando por el borde del teclado. Anselmo se desabrochó el pantalón y se lo bajó hasta los muslos, y Clara le vio lo que tenía: una polla gruesa, dura, con la punta tirante y un poco húmeda, y sintió que el coño se le abría solo, como si una mano le ayudase.

—Ven —dijo ella.

Él se puso entre sus piernas, erguido, con las rodillas contra el teclado, y empujó con la punta sin entrar, deslizándose por el pliegue, buscando. Clara estaba empapada. Él le pasó la punta de arriba abajo, entre los labios, rozándole el clítoris, y cada pasada le arrancaba un gemido corto, y el piano, al recibir el vaivén de sus cuerpos, soltaba teclas al azar, un fa, un si, un re agudo, y el sonido y el roce le llegaban a Clara por caminos distintos y se le juntaban dentro.

—No juegues —dijo ella—. Métemela.

Anselmo la metió. Despacio, con la mano en la base para guiarla, y Clara lo sintió abrirla centímetro a centímetro, el coño estirándose alrededor de él, y soltó el aire de golpe cuando llegó al fondo. Se quedaron así, quietos, él entero dentro, los dos respirando, y el piano entero se puso a cantar solo, sin que nadie lo tocara: un acorde largo y grave que siguió y siguió.

—Escucha —susurró Clara.

—Estoy escuchando.

Y se movió. Hondo y despacio, cada movimiento una tecla, cada tecla una caricia de otra época, y Clara con la espalda en el marfil y las manos agarradas a los bordes del piano, abierta, empujando hacia él para que entrara más. Él la miraba desde arriba, con las dos manos en su cintura, y Clara supo lo que estaba viendo: su cuerpo entero abierto sobre un piano de 1890, las tetas moviéndose con cada empujón, la espalda arqueada contra el marfil, la boca sin cerrar. Supo también que estaba calculando, porque era un afinador y no sabía hacer otra cosa: buscaba el ángulo, la altura, la inclinación exacta del borde del teclado que la hiciera gemir más alto. Y la encontró. Bajó un poco las caderas y cambió la entrada, y Clara soltó un gemido que le salió de más abajo y que hizo vibrar bajo su espalda un si bemol que nadie había tocado. Y él no dejó de mirarla. Ni una sola vez apartó los ojos de su cuerpo, y Clara, que llevaba años follando a oscuras y con los ojos cerrados, descubrió que ser vista mientras se la metían la excitaba tanto como la mano que tenía en la cintura. Cada vez que la embestía, la madera le devolvía otra embestida, la de un cuerpo de 1910, la de un cuerpo de 1955, todas a la vez, y Clara dejó de distinguir lo que era suyo y lo que era del instrumento. Era suyo. Era de todos. La estaban follando su hombre y todos los hombres que habían follado allí, y le subió un placer ancho y antiguo, que no tenía nada que ver con el placer de un solo cuerpo.

VI. La tapa

Cuando se cansaron del teclado, se pasaron a la tapa.

Clara se tumbó de espaldas en el nogal, y la madera estaba caliente contra su espalda, como un vientre. El polvo se le pegaba a la piel sudada. Estiró los brazos y las manos le colgaron por un lado, y las teclas, debajo de ella, se quedaron mudas. Anselmo se quedó un momento de pie, mirándola entera, desnuda sobre el piano, y Clara, que llevaba años sin que nadie la mirara así, se abrió un poco más para que la viera bien, y todo en ella tembló cuando notó que él se estaba tomando su tiempo.

—Así —dijo él—. Quieta.

Se arrodilló entre sus piernas, sobre la tapa, y le puso las manos en las rodillas. Le abrió las piernas hasta que Clara sintió el tirón en la ingle. Y bajó la boca.

La primera pasada de lengua fue de abajo arriba, lenta, ancha, de su agujero al clítoris, y Clara soltó un gemido largo y se arqueó contra la madera. Anselmo la abrió con los dedos, la dejó expuesta, y se puso a comérsela sin prisa, primero con el plano de la lengua, haciendo círculos anchos alrededor del clítoris, luego con la punta, tocándolo a golpecitos cortos, y Clara sintió que se le llenaba la boca de saliva y que no podía cerrar las piernas porque él se lo impedía con los codos.

Y debajo de la lengua de Anselmo sintió, superpuestas, las lenguas de todos los que habían amado en aquel piano. Un coro de bocas subiéndole por los muslos. Una chupándola despacio, otra mordiéndola suave, otra metiéndole la lengua hasta el fondo y moviéndola, y todas le llegaban a la vez por la piel, y Clara gimió tan alto que el la central vibró solo, afinado por pura casualidad.

—No pares —jadeó—. Por favor, no pares.

Él no paró. Le metió dos dedos, los giró buscándole el punto, y cuando lo encontró —aquel sitio blando y rugoso a un palmo de la entrada que solo se encuentra yendo a por él— Clara dio un grito corto y le clavó las uñas en la cabeza. Anselmo sonrió contra su coño. Siguió, paciente, sin prisa, la boca caliente y húmeda contra ella, los dos dedos entrando y saliendo a un ritmo que no tenía nada de torpe, curvados hacia arriba, presionando en cada vuelta, y la lengua en el clítoris, rápida, precisa, despiadada.

Clara cerró los ojos. El placer le subía en oleadas, cada vez más juntas, cada vez más altas, y con cada oleada el piano entero zumbaba grave debajo de ella, como si participara. Le agarró la cabeza con las dos manos y le folló la cara, moviendo las caderas contra su boca, sin vergüenza, y Anselmo la dejó, la dejó usarlo, y le metió un tercer dedo y lo movió más adentro, y Clara sintió que todo se cerraba, sintió el coño apretándose alrededor de sus dedos, sintió que le subía desde los pies.

—Me voy —avisó, sin aire—. Me voy, me voy.

Y se fue. Se corrió con la mano dentro y la boca encima, con los muslos apretados contra sus sienes, con un grito largo que se le rompió por la mitad, y le temblaron las piernas y el vientre y hasta los dientes, y el piano entero tembló con un zumbido grave y una lluvia de notas falsas, y Clara se quedó unos segundos sin saber dónde tenía los brazos.

Anselmo le subió por el cuerpo a besos: el vientre, el ombligo, entre las tetas, el cuello. Se tumbó encima, piel contra piel, y Clara sintió su polla dura contra la cadera, deslizándose en su propia humedad, y abrió las piernas para que se acomodara. La besó en la boca, y Clara se supo en sus labios, y eso le dio un calor nuevo.

—Ahora tú —dijo ella.

Él se incorporó y la penetró despacio, y fue como si el instrumento se abriera por dentro. Entró entero de una vez, sin la resistencia de antes, y Clara gimió al sentirse llena, y él se quedó quieto dentro, respirando en su cuello, el peso de su cuerpo sobre ella, y Clara le rodeó la espalda con los brazos y la cintura con los talones, y le apretó, y lo sintió latir dentro.

—Muévete —le pidió al oído—. Fóllame.

Y él empezó a moverse. Hondo y despacio primero, saliendo casi entero y volviendo a hundirse hasta el fondo, y Clara lo sentía salir y entrar y cada llegada le dolía de placer. Más rápido después, con la cadera suelta, golpeándola contra la madera, y cada embestida suya era una tecla; cada tecla, una caricia de otra época. Le miraba la frente sudada, la boca abierta, los ojos entrecerrados, la mandíbula tensa. Y sentía, debajo de cada embestida de Anselmo, la embestida de otros, de los muertos, y todas juntas le daban un placer que se le salía del cuerpo. El piano cantaba solo debajo de ellos, un zumbido grave que crecía a medida que ellos crecían, como si la madera fuera un fuelle que recogiera su aliento y lo devolviera en sonido.

La giró. Sin salir, la agarró de la cintura y la puso de lado, luego boca abajo, y Clara se encontró con las tetas aplastadas contra el nogal caliente y la cara girada de lado sobre la madera, y él encima, detrás, entrando otra vez con la mano en la cadera, y así era más hondo, más animal, y Clara mordió la tapa y gimió contra ella y el piano le devolvió el gemido convertido en nota. Anselmo le agarró el pelo con una mano y le tiró de la cabeza hacia atrás, y le mordió el hombro, y embistió más rápido, y Clara sintió que le subía otra vez, la segunda, más honda que la primera, desde el sitio más bajo del vientre.

—Otra vez —dijo él, ronco—. Venga, otra vez conmigo.

Y ella fue. Se corrió por segunda vez apretando la cara contra la madera, con un gemido ronco, y él la siguió unos segundos más, embistiendo corto y rápido, hasta que se le rompió el aliento y terminó dentro con la frente pegada a su cuello, jadeando, vaciándose en espasmos largos que Clara sintió uno a uno, y mientras se vaciaba dio un puñetazo flojo contra la tapa y el piano le contestó con un acorde de séptima que ningún ser humano había tocado nunca allí.

Se quedaron quietos, sudando sobre la madera caliente, él todavía dentro, encima, pesado y bueno.

—¿Lo has oído? —susurró ella.

—Perfecto —dijo él—. Está perfectamente afinado.

—No. Está afinado a nosotros.

Y era verdad.

El piano ya no repetía las caricias de los muertos. Las combinaba con las suyas. Clara lo notó cuando se incorporó sobre un codo y puso una mano en el teclado: la nota que sonó no venía de 1890 ni de 1955. Venía de aquella tarde. Era una nota nueva, con la marca de los dos.

Anselmo le puso la mano encima de la suya, entrelazada.

—¿Lo notas? —dijo Clara.

—Sí.

—Es porque lo hemos cambiado. Ya no es un archivo. Ahora es un instrumento.

Juntos, con las cuatro manos, tocaron una sola nota.

El piano sonó como no sonaba desde hacía ciento treinta años. Un do redondo y lleno, con un cuerpo armónico que no venía de ninguna mano por separado sino del cruce, de la suma. Sonó tan fuerte que las paredes vacías devolvieron el eco, y el eco volvió más pequeño, y murió, y dejó un silencio espeso, con olor a sexo y a madera.

—Yo nunca había hecho esto —dijo él.

—Porque antes solo lo tocaba uno a la vez —dijo ella—. Necesitaba a dos.

Clara había entrado en aquel salón siendo una mujer resignada y salía siendo otra cosa, algo que aún no tenía nombre. No era amor, o no solo. Era la certeza de haber sido tocada por fin con la misma atención con que ella tocaba las cosas: escuchando, corrigiendo, buscando la tensión justa. Y por eso, cuando se vistió, no tuvo la sensación de vestirse para irse, sino de vestirse para volver.

Se vistieron despacio, sin hablar, recogiendo ropa del suelo, y Clara se anudó la blusa con los dos botones que le quedaban. Se miraron en la puerta, con la sábana blanca otra vez en la mano, y ninguno supo qué decir, y ninguno lo necesitó. Clara volvió a tapar el piano. Puso la mano sobre la sábana, sobre el bulto grande y dormido, y esta vez el nogal debajo estaba caliente por ellos, por los dos, y por nadie más.

VII. El segundo jueves

No todo fue fácil. El segundo jueves, Anselmo llegó de mal humor. Había discutido con el encargado de la casa de subastas, que quería mover el Steinway a otra planta para hacerle fotografías, y vino con la mandíbula apretada y una botella de vino a medio abrir en la mano. Clara lo vio entrar y supo, por cómo pisaba la madera, que aquella tarde no iban a hablar mucho.

—¿Qué te ha pasado? —le preguntó igual.

—Nada. Que lo quieren vender.

—Ya. —Clara se quedó un momento con la mano en la sábana—. ¿Y tú quieres comprarlo?

—No sé si quiero. Comprar un piano así es hipotecarse a una madera que ni siquiera sabemos dónde poner. —Anselmo dejó la botella en el suelo, se acercó y le puso las dos manos en la cintura, por detrás—. Lo que sé es que no quiero que se lo lleve otro.

Y le bajó la blusa del hombro y le besó la nuca, despacio, sin prisa, y Clara entendió que aquella tarde no iban a follar: iban a otra cosa. Se sentaron en el suelo, con la espalda contra el costado del piano, y abrieron el vino. Bebieron de la botella, pasándosela, y no hablaron de la subasta. Hablaron de cosas pequeñas: de la hija de él, que tenía once años y estudiaba violín, de un perro que Clara había tenido y que se le murió, de lo mal que habían afinado los dos durante sus primeros años. Y Clara, con la botella en la mano y la cabeza en el hombro de Anselmo, pensó que hacía mucho, mucho tiempo, que no se sentaba en el suelo con alguien a no hacer nada.

Sin el cuerpo por delante, Anselmo hablaba de otra manera: más despacio, mirando al suelo, con las manos quietas sobre las rodillas. Clara descubrió que le gustaba también así, sin las teclas de por medio. Se quedaron hasta que se hizo de noche, con el vino a medias y el salón a oscuras, y cuando se levantaron para irse Clara se dio cuenta de que apenas habían vuelto a tocarse desde que se sentaron en el suelo y de que, aun así, había sido una de las tardes más íntimas de su vida.

VIII. El aviso

El tercer jueves encontraron un papel pegado en la puerta del salón. Un aviso de la casa de subastas: el Steinway salía a subasta dentro de seis meses. Precio de salida, una cifra absurda, inflada por el nombre del fabricante. Y debajo, con rotulador, la frase que lo cambió todo: «No manipular el instrumento hasta la tasación definitiva.»

—O sea, que no podemos tocarlo —dijo Anselmo, leyendo por encima de su hombro—. Como si fuera un mueble.

—Es un mueble —dijo Clara—. Para ellos.

—Para nosotros no.

Se quedaron los dos callados delante del papel. Clara lo despegó con cuidado, lo dobló y se lo guardó en el bolsillo del pantalón, y luego entró en el salón, levantó la sábana y se sentó al piano. Anselmo la siguió. Se sentaron juntos en el banquillo, hombro contra hombro, y Clara puso las manos en el teclado.

—¿Cuánto cuesta? —preguntó.

—Mucho.

—Podemos pedir un crédito.

—¿Los dos? —dijo él—. No se trata solo de pedir un crédito. Hay que pagar el transporte, encontrar un sitio y mantenerlo. Tengo una hija, Clara. ¿Para qué? ¿Para un piano que no es nuestro y que no cabe en ningún piso?

Clara tocó una tecla. El fa sostenido, el de la penetración guardada. Se le subió el vientre de golpe, como siempre.

—Para esto —dijo—. Para esto sí cabe.

Anselmo le puso la mano encima de la suya. Se quedaron así un rato, con las cuatro manos sobre el mismo bloque de teclas, sin tocar nada, solo apoyados. Y Clara entendió, con una claridad que casi le dolió, que lo que le daba miedo no era pedir un crédito por aquel piano. Era pedirlo juntos: comprometerse con algo que ninguno de los dos podría abandonar sin herir al otro. Le dio miedo. También le dio una alegría rara, con filo.

—Si lo compramos —dijo Anselmo despacio—, tendremos que dejar de follar encima.

Clara giró la cabeza y lo miró.

—¿Por qué?

—Porque es una pieza de museo. Un Steinway de 1890. Uno no se sube encima de un Steinway de 1890.

Clara se levantó del banquillo, se puso delante de él y se desabrochó la blusa botón a botón, mirándolo a los ojos. Se la quitó, la dejó caer al suelo, y luego se desabrochó el pantalón y lo dejó caer también, y se quedó en bragas, de pie, entre él y el piano.

—Ven —dijo—. Le vamos a hacer una prueba de resistencia.

Y lo llevó contra la tapa. Lo sentó en el borde, le bajó el pantalón hasta los tobillos y se arrodilló entre sus piernas. Le cogió la polla con la mano, se la mantuvo erguida y se la metió en la boca entera, de un movimiento, hasta el fondo, hasta notarla tocarle el paladar por dentro. Anselmo soltó un gemido y le puso la mano en la cabeza, y Clara empezó a subir y bajar, despacio, con la lengua apretada contra el tronco, chupando, mojándola toda, y cada vez que bajaba hasta el fondo se quedaba un segundo con la nariz contra su vientre y sentía la polla latirle dentro de la boca.

—Para —dijo él al rato—. Que me voy, y quiero estar dentro.

Clara se levantó, se quitó las bragas y se sentó encima de él, a horcajadas, en el borde de la tapa. Se guio con la mano, se la puso en la entrada y bajó despacio, y lo sintió abrirla centímetro a centímetro hasta sentarse entera sobre él, con los muslos contra sus caderas. Los dos gimieron a la vez. Clara empezó a moverse, despacio, con las manos en sus hombros y la frente contra su frente, y él le agarró el culo con las dos manos y la ayudó a subir y bajar, y cada vez que ella bajaba hasta el fondo el piano entero temblaba.

—¿Ves cómo aguanta? —jadeó Clara.

—Aguanta —dijo él—. Aguanta.

Y le agarró la cintura y la embistió desde abajo, fuerte, y Clara se corrió casi de inmediato, con la boca pegada a su cuello para no gritar demasiado, y él la siguió con tres empujones más y se vació dentro con un gruñido, apretándole el culo con las dos manos, temblando.

Cuando terminaron, el piano entero seguía zumbando.

—Aguanta —repitió Clara, y se rió contra su hombro.

IX. La heredera

Pasaron los meses. Clara y Anselmo siguieron viéndose los jueves, unas veces en el salón y otras lejos de aquella casa; la fecha de la subasta, al principio remota, se acercaba sin que hubieran encontrado la manera de pagar el Steinway. A finales de septiembre, cinco días antes de la subasta, apareció una mujer en el salón. Debía de tener ochenta años, con abrigo de lana y bastón, y entró sin llamar, como si la casa siguiera siendo suya, que lo había sido. Se quedó en la puerta, mirando el piano, y Clara y Anselmo, que estaban sentados en el banquillo sin haber empezado todavía, se levantaron de un salto.

—No os molestéis —dijo la mujer—. He venido a verlo una última vez. Soy la heredera. Todo esto era de mi madre.

Se acercó al piano despacio, con el bastón, y puso la mano en la tapa de nogal, en el mismo sitio donde la ponía Clara. La dejó ahí un buen rato, sin hablar, con los ojos cerrados.

—Está caliente —dijo por fin, y abrió los ojos y miró a Clara—. Está siempre caliente. Desde que era niña.

Clara se fijó en las manos de la mujer, apoyadas en el bastón: manos finas, con las venas marcadas y un anillo que le bailaba en el dedo. Y pensó, con un vértigo súbito, que estaba mirando su propio futuro: que también ella volvería a aquel piano con las manos arrugadas, y que ojalá hubiera entonces alguien joven en el salón para contarle que el nogal estaba caliente.

Clara sintió que se le subía el color a la cara.

—Yo también lo noto —dijo.

—Claro que lo notas. —La mujer sonrió, una sonrisa vieja y llena de dientes malos—. Eres afinadora. Y él también. Se nota. —Miró el banquillo, los dos cuerpos sentados demasiado juntos, la blusa de Clara mal abrochada—. ¿Y vosotros también...?

—Sí —dijo Anselmo, sin rodeos.

La mujer se rió, una risa cascada y feliz.

—Gracias a Dios —dijo—. Ya era hora. Llevo desde que murió mi madre con el miedo de que este piano se quedara sin nadie. Ella decía que el Steinway guardaba lo que pasaba sobre él, y yo me reía. A los trece años la sorprendí aquí, una noche, con un hombre que no era mi padre. —Pasó los dedos por la tapa—. Tardé mucho en comprenderla. Y más todavía en atreverme a volver a esta habitación por mis propios motivos.

Clara se quedó mirando el teclado. Todas las caricias, todos los cuerpos, todas las épocas que había sentido tecla por tecla tenían por fin un nombre y una fecha. Eran de aquella mujer del abrigo y del bastón, y de su madre, y de los hombres de su madre, y de los suyos. El piano era un archivo, sí. Y ahora Clara sabía de quién.

—No quiero que se lo lleve un desconocido —dijo la heredera—. Un ricachón que lo ponga en un vestíbulo para hacer bulto. Se lo diré a los de la subasta. —Miró a Clara, luego a Anselmo—. ¿Vosotros lo queréis?

—Sí —dijeron los dos, a la vez.

—¿Tenéis dónde ponerlo?

—No —dijo Clara.

—Da igual. Ya encontraréis. —La mujer sacó del bolsillo un sobre arrugado y se lo tendió—. Aquí está la tasación que encargué yo, no la cifra que han puesto para atraer a los compradores. Voy a retirarlo de la subasta y os lo venderé por la mitad del precio de salida si me prometéis una cosa.

—Lo que sea —dijo Anselmo.

—Que sigáis subiéndoos encima. —La mujer volvió a reírse—. Que no lo convirtáis en una pieza de museo. Que siga guardando. Que cuando yo me muera haya más de vosotros en este piano que de mí. —Le tendió la mano a Clara, que se la estrechó sin saber qué decir.

Los tres se rieron. La mujer se fue despacio, con el bastón, y en la puerta se giró.

—Cuando lo mudéis, invitadme. Quiero oírlo sonar con vosotros dos dentro.

X. Los jueves

Compraron el piano. La heredera lo retiró de la subasta a tiempo, pero no pudieron llevárselo enseguida. Entre el préstamo, la búsqueda de un local y el traslado, pasaron siete meses. No fueron siete meses de dudas, sino de cuotas, llamadas y cuentas hechas sobre la mesa, con la mitad del sueldo de los dos comprometida. Finalmente lo llevaron a un local bajo que Clara alquiló en el barrio, un sitio con las paredes de ladrillo y una claraboya grande por la que entraba la luz de la tarde igual que en el salón vacío. Lo pusieron en el centro. Le pusieron una sábana blanca encima, la misma, la del primer día, porque Anselmo la había guardado sin decir nada.

La primera noche que durmieron en el local, en un colchón en el suelo, al lado del piano, Clara se despertó al alba y puso la mano en la tapa. Estaba caliente. La heredera tenía razón: estaba siempre caliente. Clara se quedó así un rato, con la mano en el nogal, a oscuras, oyendo respirar a Anselmo a su lado, y pensó en su padre, en la lista de direcciones tachada una por una, en veinte años de salir de casas ajenas con el cuello hecho un nudo. Y pensó que por fin tenía una dirección que no iba a tachar nunca.

El local se llamaba Vilar y Anselmo, afinadores. Debajo del nombre, en el cristal de la puerta, Anselmo pintó a mano una palabra más: y piano. Porque el piano también afinaba, a su manera.

Los jueves siguen siendo suyos. Ahora ya no necesitan regresar a aquella casa vacía: la sábana blanca cuelga de un clavo, la levantan a las seis de la tarde, y el Steinway, que ya los reconoce por los pasos, se estira debajo como siempre. Han follado en todas las posturas que la tapa permite y en algunas que no. Un jueves él la tomó de pie, contra el costado del piano, y ella se corrió con la mejilla contra el barniz. Otro jueves ella se sentó encima de él, en el banquillo, y lo cabalgó despacio durante una hora entera, y el piano cantó un zumbido grave que no paró hasta que los dos terminaron a la vez. Otro jueves él le metió la mano bajo la falda mientras ella fingía afinar el sol agudo, y ella se corrió de pie, con la frente en la tapa, sin dejar de girar la llave, y dejó el sol desafinado para siempre.

La heredera viene un domingo al mes, se sienta en el banquillo con el bastón cruzado sobre las rodillas y les pide que toquen. Y tocan. Él una mano, ella la otra, y a veces las cuatro juntas, y el piano suena como lo que es: como dos cuerpos que se han afinado.

Ya no le daba miedo el silencio. Antes, una casa vacía le ponía el cuello tenso; ahora el silencio era solo el hueco donde iba a caber el sonido. Había aprendido que un instrumento callado no está muerto: está esperando. Y ella, que había sacado tantos pianos del luto, había dejado por fin de ser uno de ellos.

Y Clara, que llevaba veinte años devolviéndole la voz a las cosas mudas, entendió que a ella también le habían devuelto la suya. Que el don nunca había sido para los pianos. Que se había pasado la vida entrenando el oído para reconocer, cuando llegara, la única tensión que no se corrige con una llave: la de un cuerpo que se afina contra otro.

Los jueves siguen. Y el piano, cada vez que entran Clara y Anselmo, los reconoce por los pasos. Se estira debajo de la sábana, como un animal que oye la puerta. Clara levanta la tela y pone la palma en el nogal; Anselmo pone la suya al lado. La madera está caliente, caliente de verdad, y late, y les dice, sin sonido, que hoy también.

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