Un trato sin precio
[Imaginemos por un momento a un hombre en el ocaso de su vida. Un hombre que ha acumulado arrugas, monedas y un profundo, inquebrantable rencor hacia todo lo que respira. Para su familia, no es más que un estorbo, un viejo avaro y solitario cuyo único talento ha sido sobrevivir. Pero, ¿qué sucede cuando el miedo a la nada se convierte en una obsesión insoportable? ¿Y si la eternidad se pudiera comprar, ignorando que el precio jamás se paga en efectivo, sino en pedazos de uno mismo repartidos por el infinito? Pasen, por favor, a este rincón donde los deseos concedidos siempre llevan letra pequeña... Un mundo diferente.]
La casa olía a polvo viejo, a sopa recalentada y a un silencio espeso que pesaba toneladas.
Eustaquio se miró al espejo del recibidor y sintió náuseas. Sesenta y ocho años. Setenta kilos de huesos cansados, una piel cetrina y la certeza absoluta de que su paso por la tierra había sido un gigantesco error. Allá afuera, el mundo seguía su marcha ruidosa: los jóvenes reían en las esquinas, las familias compartían cenas dominicales y la gente parecía encontrar un propósito invisible en cada amanecer. Él, en cambio, solo era un engranaje oxidado. Para sus sobrinos y su cuñada, Eustaquio no era un abuelo entrañable; era el viejo tacaño, el ermitaño al que nadie extrañaría el día de su funeral. De hecho, apostaría a que ya hacían cuentas con su modesto testamento.
—Nadie me va a llorar —murmuró, con la voz áspera como lija—. Y lo peor es que yo tampoco quiero morir. Quiero ver cómo se pudren todos ellos mientras yo sigo aquí.
El aire de la sala se volvió denso, eléctrico. La bombilla del techo parpadeó y, de entre las sombras del rincón más oscuro, surgió una figura. No tenía cuernos ni una estampa monstruosa; vestía un traje impecable, gris y descolorido, y una sonrisa demasiado ancha que no llegaba a los ojos.
—Los deseos de los hombres solitarios siempre son tan... predecibles, Eustaquio —dijo el desconocido, con una voz que sonaba como el crujir de hojas secas.
Eustaquio no se asustó. A su edad, el miedo ya se había gastado.
—Si puedes darme lo que quiero, hazlo —espetó el viejo, cruzándose de brazos—. Quiero ser inmortal. No quiero que el tiempo me toque jamás. Pero escucha bien mis condiciones: haz tu magia, concédeme el trato, y desaparece para siempre. No quiero volver a ver tu maldita cara, ni visitas de cortesía, ni explicaciones, ni interrupciones en mi nueva vida. Si aceptas, trato hecho. Si no, lárgate.
El visitante soltó una carcajada seca, divertida por la soberbia del anciano.
—Trato hecho, Eustaquio. Tu soledad será absoluta, y tu tiempo, infinito. Y te lo prometo: jamás volverás a saber de mí.
La figura se desvaneció en el aire, dejando un olor a ozono y ceniza.
Los años pasaron, o mejor dicho, se detuvieron para Eustaquio.
Al principio esperó el colapso, la enfermedad o el fin. Sintiéndose blindado ante la muerte, comenzó a hacer inversiones absurdas en la bolsa, a arriesgar dinero en negocios que todos daban por perdidos, apostando al caos solo por ver si el destino lograba llevárselo. Pero el destino parecía ignorarlo. Una y otra vez, contra toda lógica matemática, sus decisiones descabelladas lo convirtieron en un hombre obscenamente rico.
De la noche a la mañana, pasó de ser el viejo tacaño del barrio a un magnate intocable. Su familia, aquella que lo había despreciado, comenzó a desfilar por su opulenta mansión con sonrisas falsas, pidiendo limosnas y favores. Eustaquio los echaba a patadas con un placer sádico. Se sentía invencible.
Compró una enorme mansión en la cima de una colina, se encerró tras murallas de hierro y cumplió su regla a rajatabla: nadie entró jamás a su intimidad, y aquella entidad jamás regresó a cobrar nada en su universo. Estaba solo, aburrido, pero vivo. El amo indiscutible del tiempo.
O eso creía él.
Porque Eustaquio olvidó un pequeño detalle de la física cósmica: cuando un universo se quiebra para salvar a un hombre, el peso del daño no desaparece; solo se desplaza.
Mientras el Eustaquio original disfrutaba de su millonaria y vacía monotonía en su cómodo estudio, bebiendo vino caro y mirando la lluvia tras el ventanal —absolutamente ignorante de todo, protegido por su estúpida cláusula de no contacto—, en las rendijas del multiverso la historia era radicalmente distinta.
En la Dimensión 404, otro Eustaquio caía al vacío desde un rascacielos, con los huesos rotos, condenado a una agonía eterna de gravedad infinita sin poder morir jamás. En la Dimensión 812, una versión suya se consumía en una cama de hospital, desangrándose lentamente mientras el tiempo se negaba a apagar su conciencia. En la Dimensión 11, un eco de su alma era devorado en un bucle de terror constante, pagando con carne y sufrimiento el segundo de vida que el viejo acaparó en su cómodo despacho.
Ninguno de ellos tuvo un final feliz. Ninguno pudo escapar. Sus otros "yo" se desangraban en dimensiones rotas, pagando con creces la inmortalidad de un anciano egoísta que, sentado en su trono de oro, jamás supo nada... porque exigió que nadie volviera a molestarlo jamás.
[El señor Eustaquio obtuvo exactamente lo que deseaba: una vida sin fin, una cuenta bancaria infinita y la absoluta soledad que tanto suplicó. Nadie volvió a visitarlo. Nadie rompió su paz. Pero la próxima vez que deseen burlar al tiempo, recuerden que el universo siempre cobra sus deudas... aunque decida pasárselas a cobro raquizo a alguien exactamente igual a ustedes, en un mundo del que jamás sabrán nada. Cuidado con lo que desean en un mundo diferente]








